Foto: Eric Seidner,
Foto: Eric Seidner,

El impacto de los seres humanos sobre los ciclos naturales del planeta es innegable. Fue así como Crutzen (2002) denominó nuestra época bajo el término Antropoceno, que hace referencia al nuevo tiempo geológico donde la intervención humana ha generado graves disturbios ambientales. A pesar de la rigurosidad científica del concepto y su grado de convencimiento a los oídos de la población, esta definición reduce el problema ecológico a la simple existencia del ser humano (Serratos, 2020).

Sin embargo, como se ha mencionado en otras oportunidades (véase otros textos de mi autoría Capitaloceno: la época de crisis ambiental y desigualdad económica; Antropoceno y/o Capitaloceno), es importante resaltar las responsabilidades diferenciadas que tienen los diversos grupos sociales y estratos de ingresos sobre el daño ambiental. De acuerdo con el último informe de OXFAM (2022), las emisiones de efecto invernadero generadas por 20 milmillonarios del mundo es 8000 veces mayor a las emisiones de cualquier persona en condición de pobreza. Esto se reafirma con investigaciones que demuestran la causalidad entre la concentración del ingreso y las emisiones contaminantes (por ejemplo, el trabajo de Wan et al. 2022). De este modo, la desigualdad creciente de la riqueza produce que los millonarios y milmillonarios incidan fuertemente en el aceleramiento del cambio climático.

La geología del Antropoceno

Frente a esta evidencia, autores con Jason Moore (2017) utilizan el término Capitaloceno como categoría que establece el vínculo entre la acumulación del capital y el desastre ambiental. Por consecuencia, el cambio climático y las desigualdades no son resultado abstracto de nuestra existencia como especie sino son consecuencia de las relaciones establecidas dentro del actual capitalismo.

Uno de los rasgos característicos del proceso de producción, y que se encuentra en la génesis de la acumulación del capital, es la intensidad en la extracción y utilización de bienes naturales. De acuerdo con el informe Global Material Flows and Resource Productivity (2016) del UNEP International Resource Panel, la economía global se expandió más del triple durante las cuatro décadas desde 1970, la población casi se duplicó y la extracción global de materiales se triplicó.

En efecto, la información disponible señala que el crecimiento de la extracción global de materiales fue tal que el uso global de materiales per cápita aumentó de 7 toneladas por habitante en 1970 a 10 toneladas por habitante en 2010. En consecuencia, la economía mundial ha experimentado una gran aceleración en el uso de materiales desde el año 2000.

Esta velocidad siguió incrementando en la década anterior. Wiedenhofer et al (2019) estiman que entre 2010 y 2015 el uso de materiales primarios y secundarios aumentó un 3.5% en promedio por año mientras el uso de capital manufacturado creció 3.9% anual desde el mismo año, causando un desgaste mayor a la tasa natural de regeneración y alejando la producción de la sustentabilidad.

Por lado de la demanda, la velocidad del comercio es un factor clave en esta tendencia. Siguiendo con el informe de la UNEP (2016), en 2010, se necesitaron 30, 000 millones de toneladas de materiales extraídos a nivel mundial para producir 10, 000 millones de toneladas de bienes comercializados directamente. En otras palabras, la población en su conjunto posee mayor número de mercancías, pero a costa de un alto consumo energético.

Uno de los impulsos importantes en el nivel de extracción es el perfil de desarrollo de las naciones y su grado de industrialización. Schaffartzik et al. (2014) en un interesante estudio analizan las tendencias regionales respecto a tasas extractivas, observando que las naciones industrializadas concentraban el 44% del Producto Interno Bruto (PIB) y eran responsables de casi de la mitad del consumo energético hasta 1970. Aspectos como la crisis petrolera durante los años 70´s y la crisis financiera del 2008 produjo que dicha intensidad disminuyera.

Contrariamente, regiones del mundo como Asia, liderado principalmente por China., señalan Schaffartzik et al. (2014), produjo que durante 2000 y 2010 la extracción y el consumo de materiales se duplicaron regionalmente y casi la mitad del consumo mundial de recursos ocurriera en esta región. Para sostener las altas tasas de crecimiento de estas dos regiones incrementaron la extracción nacional y recurrieron a importaciones energéticas y materiales.

En esa misma línea, regiones de industrialización media y baja como América Latina y África optaron por insertarse al mercado internacional a través de la proveeduría de bienes naturales que alimentaran la industria de países desarrollados y cubrieran las exigencias mercantiles de la población. Mientras que varios gobiernos, aprovechando la existencia de metales raros en su territorio (como el manganeso, uranio, cromo, entre otros en el caso de África) utilizados por sectores específicos, facilitan el arribo de industrias occidentales para la explotación. Asimismo, la historia de los gobiernos latinoamericanos muestra la recurrente tentación a flexibilizar el marco legal y constitucional para la introducción de industrias extractivas como la minera con el fin de recaudar mayores ingresos fiscales.

En el caso latinoamericano, Nadal y Aguayo (2020) indican que durante las últimas décadas existen dos rasgos generales en la región: i) Preferencia por un modelo de orientación “hacia afuera” de exportaciones y un marco de política macroeconómica que reproduce las condiciones de bajo crecimiento y persistente desigualdad, dependencia financiera y ausencia de impulsos dinámicos endógenos de crecimiento. ii) Existencia de un proceso de reprimarización que ha multiplicado el impacto ambiental de la actividad económica, profundizando las asimetrías internacionales en la distribución de la carga del impacto ambiental.

Hasta este punto, el desenvolvimiento del sistema productivo deja en evidencia aspectos puntuales. La naturaleza del Capitaloceno refleja la participación desigual de las naciones y los segmentos de población en el problema ecológico. Conjuntamente, a nivel internacional, existe una sola visión de desarrollo basado en el crecimiento del PIB, consecuentemente, del número de mercancías consumidas y del nivel del comercio internacional sin importar la presión ambiental que genera el despliegue industrial para su elaboración.

A pesar de la gran dependencia del consumo energético y la importancia ambiental para el crecimiento de naciones, desde el enfoque tradicional de la economía no considera relevante lo que acontezca en la dimensión energética. La influencia de Física como disciplina, particularmente de la mecánica clásica, en la fundación de la economía marginalista y posteriormente la economía neoclásica, llevó a la economía a concebirse como un núcleo cerrado. Si bien existe consumo de materia y energía, no son elementos que pongan en predicamento la reproducción del ciclo económico, típicamente conceptualizado por flujos de mercancías y dinero donde lo relevante radica en el equilibrio en el mercado de productos, capital y trabajo. Increíblemente, lo que acontezca en el mundo energético no es considerado.

El vínculo inseparable entre el proceso económico y el ambiente natural es innegable, pero es necesario comprender por qué hay gente en el mundo dispuesta a dar su vida en defensa de su territorio (Georgescu-Roegen, 1977). En efecto, el proceso de extracción de materiales vinculado al crecimiento genera a su vez múltiples tensiones y conflictos. El Capitaloceno, además del daño ambiental, puede caracterizarse como un proceso de disputa entre aquellos que concentran el capital y requieren ampliar el núcleo energético para seguir operando y concentrando su poder.

Frente a los límites y deficiencias de la economía tradicional para comprender estos procesos, desde la economía ecológica se han venido desarrollando conceptos y enfoques que permiten integrar las dimensiones ambientales, económicas y sociales. Entre ello, el metabolismo social identifica los intercambios ecológicos de cada sociedad en un contexto histórico particular a través de la apropiación, la transformación, la circulación, el consumo y la excreción (Toledo, 2013). Al mismo tiempo, la ecología política emerge de la economía ecológica para visibilizar los conflictos derivados de la distribución desigual y las estrategias de apropiación de los bienes y servicios ambientales, considerando el territorio como un espacio multidimensional clave para evitar la homologación de valores apropiados socialmente a la naturaleza (Leff, 2003).

Con este trasfondo, es posible identificar la crisis ecológica y energética actual dentro del metabolismo social a causa de los procesos agresivos de apropiación y extracción, altos niveles de consumo de la población y la falta de atención a los residuos. Como se ha señalado, la reproducción del Capitaloceno requiere un incremento acelerado en los niveles de extracción de bienes naturales por arriba de la tasa de recuperación, convirtiendo esta dinámica en un claro conflicto. Es decir, cierto segmento de la población se aprovecha económicamente de la explotación a la naturaleza y perpetúa su posición de poder mientras que las poblaciones poseedoras de estos bienes ven transgredidos sus territorios y se convierten en principales vulnerables a los efectos del cambio climático.

Para visibilizar los problemas asociados a la intensiva extracción, el comercio, el crecimiento del PIB -en general de la dinámica del sistema económico- y comprender los determinantes de los conflictos de extracción de recursos y eliminación de desechos a nivel mundial, se desarrolló el Atlas de Justicia Ambiental. Esta herramienta se creó el año de 2012 por el Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals de la Universidad de Barcelona gracias al trabajo de Joan Martinez-Alier, Leah Temper y Daniela del Bene. Esto se desarrolló en el marco del ‘Environmental Justice Organisations, Liabilities, and Trade’ (EJOLT), proyecto impulsado por la Unión Europea con el fin de analizar y comprender los conflictos socioambientales desde una perspectiva de justicia ambiental (Martínez-Alier et al.2011).

Este Atlas tiene varios motivantes en su creación. Entre los principales destacan el aprovechamiento de los desarrollos conceptuales en la economía ecológica para establecer parámetros que permitan una integración las relaciones de poder y los procesos socio-metabólicos que están presentes en las luchas por la justicia ambiental. Adicionalmente, es un punto de rencuentro entre académicos, activistas, organizaciones civiles y sociedad en general, pues el trabajo conjunto y vinculante permite elaborar los expedientes con el objetivo de denunciar los casos de injusticias ambientales, visibilizar las luchas, los actores agredidos y contar con un mapeo local e internacional donde se recopilan datos específicos.

Temper et al. (2018) señalan que el Atlas tiene por objetivos: i) ayudar a denunciar casos de injusticia ambiental; ii) fomentar el diálogo y el intercambio de experiencias, ideas, datos y estrategias de acción; iii) proporcionar un recurso con informes de casos concretos, disputas legales y otros asuntos, iv) sensibilizar a los medios de comunicación, los formadores de opinión y la opinión pública; v) presionar a los políticos y responsables políticos para que implementen políticas públicas conducentes a la resolución del conflicto, vi) desarrollar y fortalecer estrategias de articulación internacional en términos de justicia ambiental, viii) finalmente, contribuir a nuevos procesos de creación de conocimiento con una perspectiva de justicia ambiental.

De manera general, el Atlas es una base de datos fácil de consultar debido a su interfaz de interacción y constante actualización. La consulta puede traducirse en 7 idiomas. Los conflictos ambientales se clasifican por categorías cada uno asociado a un símbolo visual y color específico: 1) Nuclear, 2) Extracción de minerales de construcción, 3) Gestión de residuos, 4) Biomasa y conflictos por la tierra (gestión forestal, agrícola, pesquera y ganadera), 5) Combustibles fósiles y justicia climática/energética, 6) Gestión del agua, 7) Infraestructura y ambiente construido, 8) Turismo y recreación, 9) Conflictos por biodiversidad/conservación, 10) Conflictos industriales o servicios.

La consulta puede realizarse por país. Al mes de julio del 2022 se tienen registrados 3710 casos de injusticia ambiental en 168 países del mundo. En los primeros 10 países con mayor número de casos registrado son India (347, 9.35%), seguido de Estados Unidos (195, 5.26%) México (184, 4.96%), Brasil (174, 4.69%), China (158, 4.26%), Colombia (132, 3.56%), Indonesia (102, 2.75%), España (99, 2.67%), Perú (97, 2.61%) y Nigeria (90, 2.43%).

La parte más interesante del Atlas es la posibilidad de indagar en cada caso particular, localizar geográficamente el lugar del conflicto (tal como la vista de satélite en Google Maps). Además, es posible encontrar una descripción detallada del conflicto, empresas/instituciones involucradas, país, provincia, población afectada, tipo de población afectada, número total, tipo de conflicto (primer nivel correspondiente a la clasificación descrita en el antepenúltimo párrafo y segundo nivel hace referencia a una escala más desagregada), detalles del proyecto, nombre de empresas, intensidad del conflicto, instituciones financiadoras del proyecto, actores gubernamentales relevante, impactos ambientales, a la salud y de otro tipo, grupos movilizados, forma de movilización, resultados del conflicto (es decir, si fue resuelto o no), percepción social de la resolución (en caso de existir) y la bibliografía/ fuentes utilizados para la documentación.

El esfuerzo del profesor Joan Martínez-Alier, Leah Temper y Daniela del Bene, su grupo de trabajo en la Universidad de Barcelona y el equipo integrado en todo el mundo a lo largo de estos años representa un ejercicio valioso en al menos dos sentidos. El primero, se trata de un reencuentro entre la academia y los actores principales del cambio. El Atlas permite articular los esfuerzos académicos trabajando de la mano de las comunidades y activistas para visibilizar los conflictos. Además, gracias a la economía ecológica y ecología política es posible dejar de hablar en abstracto, como en la economía neoclásica y, a partir de un cuerpo teórico, dar un contexto histórico, cultural y nombre a los actores en un proceso de degradación ambiental, desigualdad económica y vulnerabilidad frente al cambio climático. Inclusive, como el mismo Alier reconoce, puede considerarse como parte la nueva ecología política estadística (Langa, 2014).

En segundo, se abre un panorama para la sociedad con el objetivo de comprender la dinámica económica más allá de términos cuantitativos como puede ser el PIB. El despliegue de las economías no sólo genera industria, dinero y mercancías, se trata de un proceso inherente a la extracción bienes materiales y energéticos. A medida que las sociedades no replanteemos el actual estilo de reproducción económica basada en la extracción simplemente se vuelve inviable energética y ambientalmente el futuro de la humanidad. Mientras tanto, el Capitaloceno seguirá siendo un campo de conflictos ambientales donde una parte de la población con mayores responsabilidades ambientales se beneficia a costa del resto. Visibilizar estos problemas en el Atlas puede convertirse en un primer paso para la acción.


Referencias

  1. Crutzen, P. (2002). The “anthropocene”, en: Ehlers, E., y Krafft, T. (eds.). Earth system science in the anthropocene, pp. 13-18. Springer, Berlin, Heidelberg

  1. Georgescu-Roegen, N. (1977). The steady state and ecological salvation: a thermodynamic analysis. BioScience, 27(4), 266-270.

  1. Langa, S. (2014). Mapeando conflictos. ¿Hacia una nueva ecología política estadística? Entrevista a Joan Martínez Alier. Ecología política, (48), 20-23.

  1. Leff, E. (2003). La ecología política en América Latina. Un campo en construcción. Polis. Revista Latinoamericana, (5).

  1. Martínez-Alier, J., Healy, H., Temper, L., Walter, M., Rodriguez-Labajos, B., Gerber, J. F., & Conde, M. (2011). Between science and activism: learning and teaching ecological economics with environmental justice organisations. Local Environment, 16(1), 17-36.

  1. Moore, J. (2017). The Capitalocene, Part I: on the nature and origins of our ecological crisis. The Journal of peasant studies, 44(3), 594-630.

  1. Nadal Egea, A., y Aguayo, F. (2020). Los motores de la degradación ambiental: el modelo macroeconómico y la explotación de los recursos naturales en América Latina. CEPAL. Disponible en https://repositorio.cepal.org/handle/11362/45766

  1. OXFAM (2022). Las desigualdades matan. Disponible en https://www.oxfam.org/es/informes/las-desigualdades-matan

  1. Rosas, G. (2021) Capitaloceno: la época de crisis ambiental y desigualdad económica. Crónica, México. Disponible en https://www.cronica.com.mx/academia/capitaloceno-epoca-crisis-ambiental-desigualdad-economica.html

  1. Rosas, G. (2021) Antropoceno y/o Capitaloceno. Viento Sur, España. Disponible en https://vientosur.info/antropoceno-y-o-capitaloceno/

  1. Schaffartzik, A., Mayer, A., Gingrich, S., Eisenmenger, N., Loy, C., y Krausmann, F. (2014). The global metabolic transition: Regional patterns and trends of global material flows, 1950–2010. Global Environmental Change, 26, 87-97.

  1. Serratos, Francisco (2020). El capitaloceno. Una historia radical de la crisis climática. Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, UNAM.

  1. Temper, L., Del Bene, D., y Martinez-Alier, J. (2015). Mapping the frontiers and front lines of global environmental justice: the EJAtlas. Journal of Political Ecology, 22(1), 255-278.

  1. Toledo, V. M. (2013). El metabolismo social: una nueva teoría socioecológica. Relaciones. Estudios de historia y sociedad, 34(136), 41-71.

  1. UNEP (2016). Global Material Flows and Resource Productivity. Disponible en https://www.unep.org/resources/report/global-material-flows-and-resource-productivity-assessment-report-unep

  1. Wan, G., Wang, C., Wang, J., y Zhang, X. (2022). The income inequality-CO2 emissions nexus: Transmission mechanisms. Ecological Economics, 195, 107360.

  1. Wiedenhofer, D., Fishman, T., Lauk, C., Haas, W., y Krausmann, F. (2019). Integrating material stock dynamics into economy-wide material flow accounting: concepts, modelling, and global application for 1900–2050. Ecological economics, 156, 121-133.


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