Vientos de Fusang

Vientos de Fusang (2017), un mural de los artistas Zheng Shengtian y Sun Jingbo, se extiende a lo largo de 12 metros. Fusang, una palabra que se remonta a 2.000 años atrás, se utiliza a menudo en la poesía y el folclore chinos para referirse a tierras lejanas en las Américas, que algunos consideran estarían ubicadas en el actual México. La obra es un homenaje a la influencia de América Latina, en particular de artistas mexicanos, en el desarrollo del arte moderno chino. Con retratos de 50 personas, desde David Alfaro Siqueiros hasta Lu Xun, Frida Kahlo, Li Cheng, José Venturelli y los propios Zheng y Sun, el mural recupera un rico diálogo histórico entre pueblos de tierras distantes.

Este mural de seis paneles aparece en uno de los dossiers del Instituto Tricontinental de Investigación Social: Mirando a China. La multipolaridad como una oportunidad para los pueblos de América Latina. El texto explora el reciente ascenso económico y geopolítico de China y su impacto en los pueblos y naciones latinoamericanos y caribeños. En contraste con la injerencia política, las guerras híbridas y la financiarización que el imperio estadounidense ha impuesto en la región, el rol de China en América Latina ha tomado un carácter diferente de cooperación y no intervención política. Sin embargo, esto no viene sin una serie de contradicciones: aunque hay un creciente déficit comercial entre China y América Latina y el Caribe, en 2021 China representó el 34% de las exportaciones extractivas y 20% de las agrícolas de la región, entre las que destacan la vasta producción de soja en regiones ecológicamente sensibles como la Amazonía.

No obstante, como señala nuestro dossier: “La reemergencia de China reduce al mínimo el espacio para las proyecciones de unipolaridad en todas sus formas y allí es donde se abren ventanas de posibilidad en la periferia del mundo”. Esta posibilidad ofrecida por la cambiante configuración global también tiene una dimensión cultural. El Instituto Tricontinental de Investigación Social entrevistó a Zheng Sengtian, quien conversó con nosotros desde su casa en Vancouver, Canadá, sobre su gran obra, Vientos de Fusang, y sobre los intercambios culturales entre China y América Latina, que se remontan a la década de 1950, impulsados por la Conferencia de Bandung.

En 1956, un año después de que la Conferencia de Bandung reuniera a 29 países de África y Asia recientemente o casi independientes, nacía un proyecto de Tercer Mundo no alineado y con él, nuevas posibilidades de ideas e intercambios culturales. Las y los artistas y trabajadores de la cultura como Zheng, quien por entonces estaba en su tercer año de universidad, estaban deseosos por ayudar a construir la nación china. En el catálogo de su exposición en la galería Long March Space de Bejing, I Was Supposed to Go to Mexico [Se suponía que iba a ir a México] (2021), recuerda lo que significaba ser un artista en aquella época: “Casi todos los días en la cantina solo había col china para comer (…) pero en términos de nuestra vida espiritual, nos sentíamos increíblemente ricos (…) no podíamos dejar de pensar y discutir sobre el futuro de la cultura china”. Sin embargo, en la todavía joven República Popular China, el arte oficialmente sancionado y disponible para estos pintores y para el público en general se hacía en el estilo soviético del realismo socialista.

“Amábamos el buen arte ruso, pero yo no creía que debíamos copiarlo porque China era completamente diferente a Rusia”, dice Zheng sobre los debates artísticos en ese momento. Sin embargo, en 1956, “de repente vimos una gran exposición de México (…) que tuvo un gran impacto, especialmente en la generación más joven de artistas”. La muestra, producida por organizaciones de izquierda, llevó a China las obras de grandes muralistas mexicanos. “Todos los artistas que participaron en la exposición: Rivera, Siqueiros, Orozco, eran socialistas. Hablaban del antiimperialismo, del orgullo por la patria, elogios a la clase trabajadora. Entonces, el contenido era políticamente correcto para China, pero todos esos artistas adoptaron un estilo diferente”, señala. Zheng considera que ese momento fue un punto de inflexión en el arte chino contemporáneo y en su vida personal también. Ha pasado las seis décadas siguientes desenterrando las historias menos conocidas de los intercambios artísticos entre China y América Latina y construyendo nuevos puentes.

La exposición coincidió con la visita del reconocido muralista y comunista David Alfaro Siqueiros y la escritora Angélica Arenal Bastar, que llegaron a Beijing en octubre de 1956. Los principales líderes chinos le dieron la bienvenida a Siqueiros, incluyendo el primer ministro de la época, Zhou Enlai, que conversó con él durante dos horas, abordando temas como la Conferencia de Bandung y las batallas comunes contra el colonialismo y el imperialismo. Siqueiros intercambió ideas sobre arte con el principal teórico cultural y líder del partido, Zhou Yang, que concluyó que “el realismo no puede ser nunca una receta, una fórmula, algo inamovible, sino que es de hecho cambio perpetuo, según la transformación y desarrollo de la sociedad correspondiente”.

En su estadía de un mes en Beijing, Siqueiros dio dos charlas a la Asociación de Artistas Chinos y visitó antiguos sitios históricos y culturales chinos que le dejaron una huella duradera. Jing Cao, traductor y estudioso del arte chino contemporáneo, escribe sobre la importancia de este intercambio: “los diálogos de Siqueiros con artistas chinos en 1956 representan un momento significativo y hasta ahora descuidado de intercambio cultural entre las periferias de posguerra, marcado en ambos lados por una intensa curiosidad y la promesa de una red no alineada de naciones del Tercer Mundo, conectadas por un discurso estético así como por intereses políticos”. Por primera vez, los jóvenes artistas vieron que era posible expresar contenido socialista a través de formas diferentes al socialismo realista de estilo soviético. Estos artistas buscaron aprovechar las posibilidades que ofrecía la multipolaridad, tanto en la política como en la cultura.

Zheng y Sun rinden homenaje a este punto de inflexión artístico centrando, literalmente, una reproducción de la obra de Siqueiros Nuestra imagen actual (1947) en su mural, justo sobre los retratos de Zhou y Siqueiros. En este, la figura sin rostro que protagoniza la pintura de Siqueiros parece ofrecer los “vientos de Fusang” con sus manos extendidas. La cabeza de la figura, hecha de piedra, sugiere la posibilidad de un nuevo ser humano, todavía en el proceso de llegar a ser, con una forma que aún no ha sido esculpida.

Zheng nos cuenta de otra de sus grandes inspiraciones: el artista chileno José Venturelli. En 1962, Venturelli regresó de Cuba a China, donde vivía, llevando noticias del joven Estado revolucionario, así como fotografías y bocetos en papel calco de su trabajo allí. Acababa de terminar un mural en memoria del líder guerrillero Camilo Cienfuegos, el primero de tres murales que Che Guevara le invitó a pintar en La Habana.

Esta visita tuvo lugar durante la crisis de los misiles en Cuba, al mismo tiempo que se daban en Beijing manifestaciones masivas en solidaridad con la isla. En una presentación de la conferencia, titulada Chile, China, Cuba, A Mural and Beyond [Chile, China, Cuba, un mural y más allá] (2020), Zheng comentó: “Estaba marchando con estudiantes de la Academia Central de Bellas Artes hacia la Embajada de Cuba, sosteniendo en alto el retrato de Fidel Castro y consignas antiimperialistas, gritando fuerte ¡Cuba sí, yankees no!”. Durante nuestra entrevista nos mostró un cartel que hizo para la manifestación que muestra una figura central que recuerda a Cienfuegos, con su clásico sombrero vaquero de ala ancha, flanqueado por un hombre africano y una mujer asiática. En el afiche se lee: “Apoyamos decididamente la justa lucha de los pueblos de Asia, África y América Latina contra el imperialismo estadounidense”.

En Chile, cuando tenía 16 años, Venturelli había trabajado como asistente de Siqueiros, a quien le había presentado su compatriota Pablo Neruda, poeta ganador del Premio Nobel. Juntos, Neruda y Venturelli participaron en varias reuniones del Consejo Mundial de la Paz y se convirtieron en figuras clave en la construcción del ala Asia-Pacífico de la campaña mundial contra la guerra. A lo largo de una década, Venturelli pasó un tiempo significativo en China, donde crió a su hija, Paz Venturelli, y le dieron un estudio en el centro de Beijing. En una era en la que ningún país latinoamericano tenía relaciones diplomáticas formales con la República Popular China, Venturelli se convirtió en un embajador cultural y tendió puentes con intelectuales latinoamericanos de izquierda. Fue gracias a Venturelli que Siqueiros visitó China y una generación de jóvenes chinos conoció las historias y las obras de arte de las luchas populares en las lejanas tierras de Fusang.

Después de la década de la Revolución Cultural (1966-1976), durante la cual Zheng dejó de pintar y se fue a trabajar con los campesinos en el campo, se puso a estudiar y enseñar, y viajó a muchos países, trayendo a casa el arte de cada lugar para inspirar a una nueva generación de artistas chinos, antes de establecerse finalmente en Canadá con su familia en 1990. “El mural de Cienfuegos dejó una huella en mi memoria”, nos dijo, llevándolo a viajar a Cuba para buscarlo. Casi medio siglo después de ver por primera vez los bocetos de Venturelli, Zheng tuvo por fin la oportunidad de ir a Cuba, pero nadie parecía recordar el mural ni su ubicación. Zheng dejó la isla decepcionado. Tuvieron que pasar muchos años y encuentros para que visitara la casa de la hija de Venturelli, Paz, en Santiago de Chile, quien le dijo la ubicación exacta del mural: una sala de reuniones del Ministerio de Salud de Cuba.

Cuando Zheng fue a Cuba por segunda vez, recibió un permiso especial para ver el mural con una delegación de artistas chinos e incluso conoció al asistente de Venturelli que ayudó a pintarlo. Estaba feliz de ver que el mural, de cinco metros de alto por veinte de largo, estaba en buenas condiciones. De izquierda a derecha, las tres partes del mural cuentan la historia de la lucha guerrillera en la Sierra Maestra, de Cienfuegos liderando el ejército revolucionario hacia los llanos y, finalmente, de una marcha de los pueblos latinoamericanos, que representa la revolución en el continente. En el mural aparecen 50 personas, el mismo número de personas que Zheng y Sun pintaron en su propio mural 55 años después. En su discurso de la conferencia de 2020, Zheng enfatizó cómo Venturelli “implementó el vocabulario formal del arte moderno: distorsión, exageración y métodos del simbolismo y del constructivismo (…) y abrió los ojos de los artistas chinos”.

Zheng ha vivido algunas de las grandes transformaciones del siglo XX en todo el Sur Global, siendo testigo de primera mano de la solidaridad entre los pueblos que luchan por la liberación nacional y el socialismo, una batalla tanto cultural como política. Recordar esta historia es mirar más allá de la nostalgia por un tiempo pasado y más allá de los binarismos de la Guerra Fría: Este contra Oeste, capitalismo contra socialismo, modernismo occidental contra realismo socialista soviético. En su prólogo a Winds from Fusang – Artistic Dialogue between Mexico and China in the Twentieth Century [Vientos de Fusang – Diálogo artístico entre México y China en el siglo XX], Zheng escribe: «Algunos historiadores del arte heredaron la historiografía de los dos bandos —Oriente y Occidente— del periodo de la Guerra Fría y consideraron el modernismo occidental y el realismo revolucionario como las dos principales tendencias en el desarrollo del arte chino en el siglo XX (…) Tal visión es demasiado simplista. En gran medida, ignoran que hubo tendencias y prácticas alternativas entre estas dos corrientes».

La historia que traza Zheng, conectando China con México, Chile y Cuba, nos ayuda a recuperar estas otras prácticas y una larga tradición de intercambio entre los gobiernos y los pueblos de China y América Latina. Desde la época de Venturelli, 24 de los 33 países latinoamericanos y caribeños han establecido relaciones diplomáticas con China. Muchos de ellos han desarrollado asociaciones estratégicas, principalmente en materia de comercio e inversión, siendo el «aumento del intercambio cultural equitativo» uno de los objetivos de Estado que China planteó en la reunión de 2018 con la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), celebrada en Chile. Como escriben los autores de nuestro dossier, «en última instancia, dejar atrás el camino del desarrollo capitalista occidental requiere una forma diferente de globalización y una ruptura con las nociones occidentales de modernidad. Requiere una globalización basada en la multipolaridad, la cooperación y la planificación».

Después de su viaje hace siete décadas, Siqueiros se dirigió a sus anfitriones chinos con una reflexión que sigue siendo relevante hoy en día:

A todos [los pueblos] de América Latina, ustedes nos dirán cómo lograron el milagro de que una nación entera de 600 millones de habitantes esté ahora construyendo una nueva sociedad, siempre cantando y riendo, incluso sin la violencia ante los enemigos que parecía inevitable en todas las transformaciones sociales de magnitud (…) Es su responsabilidad, en resumen, contarnos cómo han sido capaces de hacer de su país, de su “miseria china”, un lugar que camina a pasos agigantados hacia la modernidad, el progreso y la paz.

Tal vez hoy, cuando los “vientos de Fusang” soplan hacia China, los pueblos de América Latina también miran hacia China en busca de las posibilidades que ofrece un mundo multipolar con una cultura multipolar que defienda los intereses de las naciones en desarrollo y sus pueblos.


 

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