Para mal de la Revolución, aún muchos se sienten extrañados cuando se afirma que el marxismo en su devenir histórico ha sido acompañado de la polémica, del debate interno, de mimetismos y rupturas en sus propuestas teóricas y su accionar práctico revolucionario.

Para mal de la Revolución, aún muchos pretenden encasillarse en dogmas repetitivos, encuadrados en zonas que les son cómodas, que perciben como garantes leales a la tradición revolucionaria y que, sin embargo, de facto se alzan sobre sí mismos, sobre sus descendientes, sobre sus coetáneos y sobre la Patria que aman, como obstáculos, como elementos retrógrados que aún hoy no logran ser desmembrados y alejados definitivamente.

Para mal de la Revolución, muchos no pueden desandar enseñanzas recibidas del marxismo-leninismo tradicional al que les une, más que el raciocinio científico, la emoción y el recuerdo, la juventud, el desvelo, la euforia y el agradecimiento a profesores y compañeros de becas. Tal vez por ello le otorgan la misma validez con que un creyente asume los textos sacros: desde lo más íntimo de su emotividad. No osan dudar de su veracidad, no quieren escuchar las evidencias históricas y menos cuestionar si les resulta incómoda, triste o agresiva, su verdadera significación social.

Tal vez pueda ser comprensible esta posición a partir de recordar que muchos se formaron como marxistas gracias a la labor docente de excelentes profesores que a su vez, de modo perceptible o no, se veían inmersos en inevitables y orientadas omisiones, simplificaciones, remodelaciones caprichosas y voluntaristas que con frecuencia partían del poder político, todo lo cual desdibujaba la realidad pasada y presente.

Así, de modo apresurado aparecían algunas propuestas sociales de los siglos XVIII y XIX; y ahí mismo, con el nacimiento del marxismo, se detenía el tiempo, se acababa el breve recorrido por la historia del pensamiento, desaparecían las polémicas y no se develaban, sino que se construían verdades aparentes, inmutables y a-históricas.

Incluso los que tuvimos la oportunidad de estudiar durante varios semestres docentes la Historia de la Filosofía experimentamos ese detenimiento fatal, pues al describir las posiciones de los fundadores del marxismo y algún que otro continuador se obviaba en general el contexto histórico, el debate, se les presentaba como triunfadores universales, se desvalorizaba por completo toda propuesta contraria.

Y aunque los fundadores del marxismo nunca se dieron el placer del descanso, ya que entendían que su objeto de conocimiento variaba de forma indetenible y que ellos debían constantemente volver sobre su estudio, revalorizar sus reflexiones y propuestas, reorientar su accionar social, después de su muerte fueron secuestrados sus espíritus polémicos y cuasi caricaturadas sus propuestas.

“al describir las posiciones de los fundadores del marxismo y algún que otro continuador se obviaba en general el contexto histórico”

La habitual actitud del marxismo–leninismo respecto al tema religioso evidencia incoherencias, omisiones, sobrevaloraciones y subvaloraciones acorde a los intereses de una doctrina dirigida por el afán de protagonismo a toda costa.

De Marx el marxismo-leninismo ha gustado por muchos años sobredimensionar el significado de la expresión «la religión es el opio de los pueblos». Tal parece que esa afirmación del joven Marx recién graduado, es el alfa y el omega de su postura ante la temática religiosa. Marx fue detenido en esta primera afirmación, que fue simplificada y sacada de contexto. A muchos les bastaron sólo esas siete palabras y a partir de ellas construyeron al menos uno de los estatutos de sus partidos nacionales.

De Engels se ha centrado la atención en su afirmación acerca de la religión como «reflejo fantástico», lo cual ha provocado desde el marxismo-leninismo una disquisición simplista que ha desdibujado todo su sentido y, en no pocas ocasiones, ha obstaculizado la debida unidad que debe primar en todo movimiento revolucionario entre los hombres y mujeres del pueblo que en su gran mayoría portan creencias religiosas, en disímiles formas y niveles.

De Lenin se destaca en preferencia cómo abordaba en sus intervenciones el retrógrado y reaccionario rol social que, en sentido general, la institución cristiana ortodoxa había desempeñado para Rusia, máxime en los momentos donde ejercía fuertes influencias en la Duma; y cómo alertaba que el mensaje cosmovisivo religioso, tal y como se le enseñaba a la población por parte de dicha iglesia oficial, le conducía a la enajenación en relación con sus realidades sociales y a la espera pasiva de la solución transmundana, no terrena, sino celestial, de sus miserias cotidianas. Todo ello fue enfrentado por Lenin a través de una amplia ofensiva, fundamentalmente ideológica.

Fue borrada su capacidad de polemizar en medio de la urgencia de lograr la unidad en la lucha revolucionaria. Fue desdibujada su consideración como intolerante ante cualquier diferencia de derechos entre los ciudadanos según sus creencias religiosas y su explícito deseo de que en los documentos oficiales fuese suprimida cualquier alusión a una u otra religión de los ciudadanos.

Por ello puede testificarse que respecto al tema que nos ocupa se ha generado un amplio y variado arcoíris de reflexiones y acciones, entre ellas un porciento muy significativo de posturas por completo alejadas de la sabia cautela marxista y leninista inicial. Recordemos algunos ejemplos:

En 1925, en la capital soviética tuvo lugar el I Congreso de los Amigos del Periódico El sin dios, que dio origen a la Unión de los Sin Dios de la URSS (en 1929 cambió el nombre por la Unión de los Sin Dios Militantes, conocida como La Sociedad de los Sin Dios, Unión de ateos beligerantes o Liga de militantes sin dios). Entre sus lemas principales estaba A través de los Sin dios hacia el comunismo y Luchar contra la religión es luchar por el socialismo. Durante esta etapa el Estado se interesó en crear universidades obreras antirreligiosas. La primera apareció en 1930, para ella se editó un compendio de programas y materiales titulado Universidad obrera antirreligiosa, intento educativo sostenido por el Estado.[1]

Durante esos años el marxismo-leninismo había obviado las reflexiones expuestas en el artículo «El socialismo y las iglesias» de 1905, firmado bajo el seudónimo de Josef Chmura, cuya autora fue Rosa Luxemburgo, en el que explicaba a los obreros polacos por qué la Iglesia de su patria era una institución reaccionaria, aunque con claridad meridiana declaraba que de ninguna manera combatía los credos religioso, porque ella misma exigía total libertad de conciencia para todo individuo y la mayor tolerancia para cada fe y opinión. No obstante, explicaba que desde el momento en que los curas utilizan el púlpito como medio de lucha política contra la clase obrera, los obreros debían combatirlos por ser enemigos de su derecho y su liberación, si ayudaban y defendían a los explotadores.

Pasadas varias décadas, una vez reabierta la carrera de licenciatura en Filosofía en la Universidad de La Habana (así decía el título de esos años, algo que cambió luego) en los años setenta, el plan de estudio, pese a los esfuerzos de un reducido grupo de brillantes profesores cubanos, se mantuvo como una copia casi fiel de los planes de estudios de la Lomonosov. Esto implicó para nosotros, sus alumnos de entonces, el total desconocimiento de pensadores marxistas tildados como sospechosos y cuasi revisionistas, entre ellos Rosa Luxemburgo, José Carlos Mariátegui, Antonio Gramsci, Ernest Bloch, George Luckas y el propio Trotsky, entre otros muchos. ¿La causa? Osaron concebir, desde sus realidades sociales y a partir de su asimilación del marxismo, propuestas que no respondían disciplinadamente a la dogmática comunista de entonces, eran violatorias de lo establecido y heréticas; ante dichas propuestas la menor sanción sería el intentar silenciarlas.

Antonio Gramsci destaca respecto al tema central de este texto por su especial e interesante análisis referido a la subjetividad humana, novedoso no por su punto de partida, ya expuesto desde los inicios de la filosofía marxista, sino por su grado de profundización una vez resuelto, al menos en lo fundamental, el aparato conceptual marxista, arma revolucionaria de la concepción materialista de la historia.

Sus reflexiones sobre el sentido común, el buen sentido, la filosofía y la religión aún rebosan creatividad. Consideró a la religión como ideología, profundizó en sus especiales formas de racionalidad y sobre todo intentó detectar los mecanismos internos que le garantizan convertirse con frecuencia en norma de conducta de las amplias masas, profundizando en su concepto de bloque histórico, es decir, en la relación entre los elementos supraestructurales e infraestructurales.

Es en la superestructura donde Gramsci detiene su atención y elabora muy acertadas y novedosas reflexiones acerca de la religión católica, la escuela y la familia; y logra develar y justipreciar la significación social del complejo proceso de educación de la población desde sus más tempranas edades. Hurgó en el modo de construcción de valores asumidos desde la conciencia cotidiana e interpretados como sentido común, y alertó sobre la urgencia de la acción revolucionaria sobre las formas espontáneas de pensamiento popular.

José Carlos Mariátegui, desde las particularidades de la realidad peruana, experimentó la presencia real del alto arraigo de las formas míticas en su pueblo, así como de una elaboración teológica revolucionaria de gran riqueza, presente con fecundidad y asiduidad.

A pesar de su actitud crítica ante la ideología religiosa que sirve de garante a los poderes políticos y sus intereses clasistas, y a partir de sus propias cosmovisiones ateístas luchaba, ante todo, contra las ideologías enajenantes, paralizantes del quehacer revolucionario, desmovilizadoras, y no contra toda ideología religiosa, sino contra aquellas encargadas de estimular actitudes retardatarias en el desarrollo social.

Desde su mundo americano exhibió su talento y sensibilidad como pensador revolucionario. A partir de un original acercamiento al estudio de las características de su realidad nacional propuso una interesante interpretación creativa respecto a la temática religiosa, en parte desliada de los fundamentos marxistas-leninistas tan expuestos e impuestos, gracias a su profundo conocimiento, a su cientificidad y tacto.

Muy significativo fue su expreso interés por defender la carga espiritual y ética del marxismo frente a las propuestas de un socialismo ético, pseudocristiano, humanitario, representado por «evangélicos predicadores del bien».

Alertó en repetidas ocasiones acerca de lo ajeno que puede resultarles a las masas indígenas el lenguaje a través del cual se suele explicar la cosmovisión marxista elaborada desde Europa. Siempre mostró respeto por las costumbres religiosas de su pueblo.

Con gran creatividad, y acentuando un momento de ruptura y enriquecimiento, propuso trabajar sobre las potencialidades del mito como lenguaje y símbolo, entendiéndolo como un posible resorte revolucionario ante las grandes masas que asumen su propio lenguaje como el único posible, presente durante siglos en sus culturas, en sus vidas. Ello fue factible a partir de la comprensión plena de toda una rica simbología autóctona. Su lenguaje político no llevó en sí el apresuramiento de la esperada dejación del lenguaje mítico, ni la imposición estéril e inoperante de una visión materialista vulgar y economicista. Mariátegui reafirmó una y otra vez la posible significación del mito como agente decisivo en el despertar de los pueblos, de estos «viejos» pueblos, de estas «viejas» razas.

“Mariátegui expreso interés por defender la carga espiritual y ética del marxismo frente a las propuestas de un socialismo ético, pseudocristiano, humanitario, representado por «evangélicos predicadores del bien»”

Desde una posición realmente marxista debe asumirse que, por mucho que intenten silenciarse, tanto la continuidad como los aspectos discontinuos son momentos inevitables, en perenne interrelación. Ellos — a pesar de las más férreas posiciones dogmáticas — siempre han contribuido, de un modo u otro — con su aceptación, modificación o rechazo — , a una mejor comprensión y adecuación del quehacer práctico político, en este caso, respecto al fenómeno religioso, en relación con los nuevos tiempos que cada día asisten a su parto.

Aunque no sea aceptado por el marxismo-leninismo más ortodoxo, las enseñanzas de los fundadores del marxismo sólo pueden ser salvadas para la historia gracias al enriquecimiento que le tributan sus herederos y hacedores, no sus simples repetidores. El marxismo, ese que alimentó a Lenin, se nutre de propuestas disímiles y ofrece la posibilidad de adaptación en los diferentes contextos. Hay continuidad, ruptura, enriquecimiento, complejidad, disputas, logros, desvíos. Reitero, es una actividad humana.

El marxismo-leninismo aún no ha superado, en esencia, su fobia por los debates, por cualquier afirmación que contradiga lo elaborado antaño.

Los marxistas-leninistas más ortodoxos, apegados a una lealtad dogmática muy debatible y alejada de cualquier viso revolucionario, defensora por declaración propia de una controvertible supremacía ideológica, con frecuencia han desvalorizado el esfuerzo teórico y hacedor de revolucionarios y patriotas muy valiosos que tan imprescindible resulta en la construcción revolucionaria.

La real defensa del marxismo no admite que sea concebida desde una dogmática paralizante. Los fundadores del marxismo nunca hubieran pedido para sí tan equívoca posición, tan trasnochada lealtad. No se ha constatado que hayan deseado convertir sus reflexiones en discursos cuasi sacros, ¿por qué darle ese regalo no deseado siglos después?

Si queremos honrar el marxismo desde posiciones revolucionarias trabajemos todos por revitalizar a cada momento nuestro pensamiento creador. Despojémonos de dogmas. Dispongámonos al debate, a deconstruir lo inadecuado, lo estéril, lo dañino, lo que concebimos y ejecutamos partiendo de concepciones erróneas.

Si nos preciamos de marxistas, debemos construir con la conciencia de que toda obra humana puede ser perfectible. Es dañino ocultar errores teóricos o fácticos: debatir sobre ellos y delinear nuevos caminos es la única forma de subsanarlos.

Reconstruyamos a cada paso el presente desde lo más apegado posible a las ciencias y al corazón. No olvidemos u omitamos nuestra propia historia. No hay tiempo para malgastarnos en divisiones entre los que nos concebimos como revolucionarios. Es urgente. Cuba espera.


Nota

[1] Para 1932 ya se habían editado 12.500 ejemplares del primer tomo de cinco de trabajos de Yaroslavski: Contra la religión y la Iglesia. Sin embargo, el censo soviético de 1937 develó que de 30 millones de ciudadanos de la URSS analfabetos mayores de 16 años, el 84 % (más de 25 millones) se declaraban creyentes.

 

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