La situación de crisis multidimensional que transitamos pone tanto a los proyectos progresistas como a los neoliberales en tela de juicio. El fracaso de estos proyectos para cumplir con las expectativas de las mayorías populares ha dado espacio al crecimiento de nuevas formas de intervención de las expresiones de derecha y extrema derecha que intentan, en cierta medida, capitalizar el descontento y llevar hasta sus últimas consecuencias el sentido común neoliberal.

Las derechas adoptan nuevos rostros que se entremezclan con los viejos y, al mismo tiempo, rompen con ellos. Derechas “alternativas”, derechas neorreaccionarias, ultraderechas, derechas post fascistas, fundamentalismos religiosos, “anarco-capitalistas”, pasaron de los márgenes del sistema político a lugares de relativa importancia, sobre todo en los países del norte global.

América Latina no estuvo a salvo de esta oleada. Desde la elección de Jair Bolsonaro en Brasil –el país más importante de la región en términos económicos y geopolíticos– hasta la llegada a la presidencia de Nayib Bukele en El Salvador, los actores de la derecha no tradicional han ganado peso, visibilidad e incidencia de masas. A su vez, se mixturan con las derechas más conservadoras y tradicionales, o al menos abren el espectro político-discursivo para amplificar la crítica al progresismo, las izquierdas y los proyectos nacional-populares.

Ahora bien, ¿qué hay de nuevo y qué de viejo en las expresiones de la derecha? Veamos qué ocurre, por un lado, en la relación entre el gran capital y las derechas, y en las estrategias de estos actores de derecha en la disputa por el sentido y el plano discursivo, por el otro.

El gran capital, las nuevas y las viejas derechas

Una de las tendencias centrales del capitalismo contemporáneo es la consolidación de un régimen de acumulación global en el que prevalece el poder de las plataformas y los bancos de inversión. Amazon, Facebook, Alphabet, Apple, Microsoft, Tesla y otras, representan a los grandes capitales ganadores de la nueva burbuja post 2008. Y, sobre todo, superdesarrolladas en 2020 y 2021 frente al crecimiento exponencial de la utilización de plataformas y la virtualidad debido a la pandemia. Las grandes empresas financieras operaron entonces como un engranaje indispensable para direccionar los dólares circulantes hacia estos vectores de acumulación de capital.

La relación entre los nuevos desarrollos tecnológicos de Silicon Valley y las nuevas derechas emergentes es bastante conocida. Sin duda, las derechas alternativas ven en el desarrollo del llamado capitalismo cognitivo y en los desarrollos financieros del blockchain y las criptomonedas, formas concretas de favorecer lógicas de acumulación de capital privado en las cuales los Estados nacionales tienen escasa o nula capacidad de intervención.

¿Cuánto de estos elementos ha estado detrás de los proyectos de la derecha latinoamericana? ¿Qué vínculo tienen las nuevas derechas emergentes con las clases dominantes locales?

No proponemos saldar aquí estos interrogantes, pero al menos podemos proponer algunas hipótesis.

La primera hipótesis que planteamos es que el antipopulismo es el principal articulador del gran empresariado de América Latina y el Caribe. El gran empresariado considera como sus principales enemigos a los diferentes proyectos populares (que despectivamente tildan de populistas). En este siglo, el reencuentro entre el capital concentrado y las derechas políticas se dio a partir de la necesidad de confrontar a los gobiernos emergentes de la lucha antineoliberal. Los ejes de estos apoyos fueron las polarizaciones en relación al “populismo”: republicanismo vs. deterioro institucional; libertad de mercado vs. estatismo; democracia vs. autocracia; entre otros.

Si tomamos como ejemplo a Brasil, aparece a las claras que el gran empresariado prefiere apoyar a Jair Bolsonaro, frente a las posibilidades de que su gobierno termine de derrumbarse y acceda nuevamente al poder un proyecto popular encabezado por el expresidente Lula da Silva. Por lo general, la élite económica en Brasil tiende a posicionarse en un neoliberalismo más clásico y globalista, que al interior del gobierno se ve representado en parte en la figura de Paulo Guedes. La síntesis que emergió en Brasil, novedosa respecto de los años 90, es una conciliación entre el programa neoliberal clásico en lo económico con el neofascismo de Bolsonaro en lo político. Desde los sectores del agronegocio hasta los bancos apoyan al gobierno abiertamente.

“la nueva derecha no tiene en realidad un programa económico que pueda ser apropiado por las principales expresiones del capital.”

De manera similar, el gran empresariado se posicionó en Argentina, sobre todo desde 2008, en una postura antipopulista. Y luego dio pasos firmes para respaldar a un proyecto que finalmente logró reemplazar al peronismo en el gobierno. La necesidad de sostener una política neoliberal se mantuvo como el eje central “frente a la amenaza populista”. El fenómeno de la nueva derecha, que tiene como máxima referencia local a Javier Milei, no posee hoy una ascendencia significativa en el empresariado. El capital, con toda su tradición oligárquica, prefiere por el momento a neoliberales conservadores antes que a ultraliberales y anarco-capitalistas.

Estos casos nos muestran que las clases dominantes de nuestra región se encuentran en una encrucijada: seguir sosteniendo un modelo de democracia burguesa hoy en crisis o bien dar el salto hacia una forma autoritaria de gobierno. En todos los casos, el único punto de acuerdo es un programa económico antipopular.

Una segunda hipótesis es que la nueva derecha no tiene en realidad un programa económico que pueda ser apropiado por las principales expresiones del capital. En términos concretos, la mayor parte de las medidas de política económica de gobiernos considerados de “nueva derecha”, como Bukele en El Salvador y Bolsonaro en Brasil, implican un proceso de radicalización de las políticas del Consenso de Washington, más que asumir iniciativas novedosas basadas en la exacerbación de la economía del conocimiento, la revolución 4.0 o la adopción de las premisas de la mentada Escuela Austríaca. Las medidas macroeconómicas centrales de estos proyectos, al igual que las que ha desarrollado Sebastián Piñera en Chile, Mauricio Macri en Argentina o las que lleva a cabo Luis Lacalle Pou en Uruguay, se resumen en el programa del globalismo neoliberal.

“Si la ofensiva de los años 90 se desarrolló en nombre de una utopía mercado-céntrica, esta nueva ofensiva no puede sostenerse en ese optimismo.”

Como tercera hipótesis, sostenemos que cada vez es mayor la distancia entre las lógicas de acumulación global de capital y los proyectos políticos de las clases dominantes. La dinámica de acumulación de la revolución 4.0 y la extrema financiarización subordina como nunca antes a las clases dominantes de los países de la periferia del mundo a los imperativos del capital global. La respuesta de estos capitales que quieren sobrevivir a la competencia global implica retomar la agenda de la reforma neoliberal recargada. Esta agenda no tiene, sin embargo, el apoyo popular que supo tener en la última década del siglo XX. Las burguesías de los países de la periferia latinoamericana oscilan así entre el apoyo explícito a los gobiernos de derecha tradicional y la creciente simpatía hacia los sectores aún hoy marginales de la nueva derecha, que prometen nuevos discursos, nuevas utopías reaccionarias y nuevas formas de movilización para apoyar una refundación capitalista.

La ampliación de la frontera discursiva hacia la derecha

La ofensiva protagonizada en la última década por los sectores dominantes de la región se despliega, en gran medida, en el terreno de la disputa por el sentido. Veamos cómo se están forjando nuevas fronteras discursivas a partir de la acción de las derechas.

Si la ofensiva de los años 90 se desarrolló en nombre de una utopía mercado-céntrica, esta nueva ofensiva no puede sostenerse en ese optimismo.

Hay tres aspectos que caracterizan a esta reacción conservadora en el plano de las estrategias comunicacionales y de los procedimientos de construcción discursiva y que, en mayor o menor medida, se pueden identificar a nivel continental: 1) la demonización de los proyectos populares y la reactivación de una matriz conspirativa que rememora el anticomunismo del siglo XX; 2) la apelación a las “pasiones tristes” como línea de acción estratégica frente a los límites de las promesas mercantilistas; y 3) la revalidación de políticas de corte neoliberal en lo económico y el ensalzamiento del problema de la inseguridad como cuestión central cuya respuesta debe pasar por el punitivismo y la represión.

Ejemplo claro del primer aspecto discursivo es el caso de Perú, donde el anticomunismo es un eje articulador de las diversas expresiones de la derecha. Desde Mario Vargas Llosa hasta el partido de corte nacionalista Renovación Popular –tercera fuerza en las últimas elecciones– asociaron la candidatura de Pedro Castillo a la idea de “una dictadura comunista”. De hecho, su competidora en el ballotage de 2021, Keiko Fujimori, desplegó una campaña anclada en el “miedo al comunismo”. Estos discursos dieron aire a posiciones más extremas. Allí se destacan dos grupos, la Coordinadora Republicana y La Resistencia, que muestran una fuerte intervención en redes sociales, cuentan con voceros en medios de comunicación y se dedican a realizar denuncias a periodistas y funcionarios. En esta línea hay que colocar a Jair Bolsonaro, quien desde antes de llegar a la presidencia venía desplegando una clara impronta neofascista, que demoniza todo lo vinculado al PT y al Foro de San Pablo, así como reivindica a los jerarcas de la dictadura militar brasileña. En esta serie es importante sumar al chileno José Antonio Kast, quien llegó a la segunda vuelta presidencial reivindicando abiertamente a Pinochet, acusando a Sebastián Piñera de encarnar una derecha vergonzosa y planteando que el futuro del país se dirimía entre la libertad y el comunismo.

El fomento de la indignación, como procedimiento que apunta a reforzar posiciones ultra-individualistas, también se puede verificar en diversos países. Esta operación tiene algunos terrenos privilegiados y uno de ellos es el discurso referido a la corrupción. En El Salvador la irrupción de la figura de Bukele estuvo asentada en su ataque al bipartidismo que se consolidó luego de los Tratados de Paz de 1992. En el discurso del actual presidente toda la dirigencia anterior es definida como “los mismos de siempre” o simplemente como “los corruptos”. En Argentina, Brasil y Ecuador la cuestión de la corrupción fue un factor clave para amplificar el desprestigio de los gobiernos progresistas. La oposición política, los medios de comunicación y una parte importante del sistema judicial confluyeron de forma inédita en una estrategia sistemática para presentar a los dirigentes de esas experiencias políticas como la encarnación de la falta de honradez y el uso de la política para beneficio personal. Otro terreno prioritario para las acciones que buscan generar indignación es el referido a la “ideología de género”. Los temas varían pero el modus operandi es el mismo.

Dejamos para el final el aspecto menos novedoso, pero no por eso menos importante: la construcción del discurso represivo y punitivista. Acá vale destacar al menos tres cosas: la inseguridad se construye como un problema en sí mismo –es decir, sin raíces sociales– y como el mayor de todos los males. La peligrosidad del otro es expansiva –va desde el inmigrante hasta el activista social. La reconfiguración regresiva de los límites de lo que puede ser dicho en el espacio público hace que las intervenciones contengan un mayor grado de agresividad y avalen un mayor grado de violencia. Es el caso –aun en realidades completamente diferentes– de la centralidad que tiene para Bukele su Plan de Control Territorial o para el gobierno de Lacalle Pou su Ley de Urgente Consideración. La LUC amplió las condiciones para aplicar la legítima defensa, declaró ilegítimos los piquetes y creó el delito de resistencia al arresto. Un puntal en esta estrategia discursiva es la reivindicación cerrada del accionar de las fuerzas de seguridad. No casualmente en el escenario chileno José Antonio Kast se embanderó también en esa postura.

El círculo parece cerrarse. Ante la precarización de la vida y ante las incertidumbres generadas por las políticas neoliberales, emergen figuras “fuertes” que ofrecen respuestas ante la insatisfacción generalizada. Paradójicamente son voces que se asumen como abanderadas del cambio y que prometen orden, aunque se trate de un orden de bienestar ilusorio que sólo puede reforzar la desigualdad y la violencia.

Los desafíos que nos plantea el momento histórico son gigantes. Pero la lucha de los movimientos populares, la imaginación política y el compromiso con la vida están de nuestro lado.


 

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