La principal transcendencia del reciente XX Congreso del PCCh quizá resida en haber establecido la firme voluntad militante de avanzar con total determinación por la senda de la culminación de la modernización del país. Ese proceso debe estar liderado por un partido bien armado ideológicamente y muy cohesionado en torno a su “núcleo”: Xi Jinping.

Desde que el PCUS (1956) celebró aquel vigésimo cónclave que dejó para la historia la condena del estalinismo e introdujo correcciones más o menos significativas en el modelo soviético, hay una simbología asociada a este número que, salvando las importantes distancias, tampoco en el caso del PCCh ha fallado.

En efecto, hubo en este XX Congreso del PCCh una lectura más acentuada de lo habitual respecto al estado de cosas en la China inmediatamente anterior a 2012, cuando Xi asumió la jefatura del Partido. En esa línea, las alusiones más precisas fueron para el modelo de desarrollo, no solo agotado sino también “desequilibrado, descoordinado e insostenible”, demandante de importantes cambios que se demoraron más de lo debido. Y también para una corrupción que amenazaba con gangrenar el partido, quedando a merced de los nuevos poderes emergentes. Si bien los correctivos introducidos por Hu Jintao (2002-2012) podrían considerarse orientados en la dirección correcta (desde la formulación del cambio del modelo de desarrollo a la sociedad armoniosa o los ocho honores y deshonores), su debilidad, en virtud de la necesidad de primar el consenso, alargaba las posibilidades del estancamiento, cimiento de una crisis que en la URSS llevó al colapso sistémico.

Este XX Congreso del PCCh da carpetazo a esa etapa de “vacilaciones” y reitera muy resueltamente la fidelidad a la misión fundacional, en línea con el tono predominante en la conmemoración del primer centenario del Partido (2021). En la línea política, el xiísmo, por tanto, gana más espacio y proyección de forma que en los próximos años está llamado a ser la guía incontestable para ese doble salto (2035, 2049) que debe explicitar la “plena revitalización de la nación china”, en palabras de Xi. Y se hará sobre la base de un modelo propio –que no pretende exportar- centrado en la profundización de las variables conocidas.

Por otra parte, cabe significarse la insistencia en que todo el proceso debe ser liderado por un partido fuertemente cohesionado, con una militancia altamente virtuosa y comprometida tanto con los valores éticos como con la voluntad de servicio a los intereses supremos del país y, especialmente, confiada en la idoneidad del sistema. Dicho enfoque descarta cualquier reforma política de signo liberal que explore posibilidades de integración de la pluralidad que hubiera podido emerger en la sociedad como consecuencia de las reformas económicas de los últimos cuarenta años. Solo así, entiende el PCCh, se podrán encarar con posibilidades de éxito las enormes tensiones y dificultades que están por venir, tanto en función de lo complejo de la transición interna como de las resistencias que algunos países en el exterior opondrán ante la pérdida de poder que supondrá la definitiva emergencia de China.

“[El enfoque de Xi Jinping] descarta cualquier reforma política de signo liberal”

Con la mirada fija en el cumplimiento del sueño de la modernización, Xi Jinping ha maximizado la presencia de sus fieles en los principales órganos dirigentes, es decir, el Buró Político y su Comité Permanente. Y ha desplazado sin contemplaciones a quienes pudieran simbolizar cierto distanciamiento o reserva hacia sus planteamientos aunque compartan el mismo objetivo final. Ello puede leerse en clave de fin de la dirección colegiada y otros mecanismos singulares implementados por el denguismo, pero afectando también a las dinámicas meritocráticas habituales que ceden relevancia a favor de la lealtad. Por último, asegura una omnipresencia de Xi que va más allá del culto expresado por la propaganda para impregnar todos los ámbitos del poder.

Su reto inmediato es gestionar las dificultades de la economía china, en parte provocadas por la pandemia de Covid-19 y sus efectos, y transformar en realidad apreciable su mensaje de “prosperidad común”, llamado a redistribuir más eficazmente la riqueza generada en las últimas décadas. La segunda economía del mundo está en la posición 90 en el ranking del PIB per cápita….

El mundo podrá contemplar una China mucho más decidida y empeñada en la consecución de sus ambiciosos objetivos, incluida la reunificación con Taiwán. Con unos países desarrollados atrapados en crisis diversas, el PCCh opone su firme resolución para impulsar sus intereses nacionales por una senda propia. No quiere esto decir que necesariamente implique recoger velas en el exterior pues ese proceso, patrimonio principal del denguismo, no tiene vuelta atrás, pero cabe esperar un incremento de las reservas y temores en los países liberales centrales y una intensificación del dilema estratégico que tensiona la relación bilateral con los Estados Unidos.