Guilherme Boulos entra al auditorio y se acerca a saludar una por una a las cerca de 50 personas que llegaron a escucharlo. A fuerza de ese carisma, un extenso liderazgo popular y su lucidez política, se ganó un lugar central en la nueva generación de la izquierda brasileña. Incluso muchos lo ven como el futuro sucesor de Lula. Con sólo 40 años, pasó de referente social a ser “la esperanza del futuro”, según palabras del propio Lula mientras lo abrazaba en aquel memorable discurso antes de ser detenido.

Boulos es dirigente del Movimiento Sin Techo, fue candidato presidencial en 2018 por el PSOL (una vieja ruptura por izquierda del PT) y hoy es coordinador de la campaña de Lula en San Pablo y primer candidato a diputado por ese Estado. En su fugaz paso por Buenos Aires, se hizo un rato para analizar la picante coyuntura electoral en el gigante del Sur y su impacto en el escenario latinoamericano.

–¿Cómo ves el panorama para las elecciones y en qué pueden decantar las constantes amenazas golpistas de Bolsonaro?

-Tengo la convicción de que vamos a ganar, ya sea en primera o en segunda vuelta, porque el rechazo a Bolsonaro es tremendo y Lula representa la esperanza de millones de brasileños y brasileñas de acabar con esta pesadilla.

Pero Bolsonaro está desesperado porque sabe que no se trata sólo de perder las elecciones: está el riesgo de que vaya a la cárcel, de que tenga que pagar por sus crímenes. Por eso está jugando todas sus fichas a sabotear el proceso electoral, generando violencia, diciendo que va a haber fraude, con amenazas golpistas. Va a ser necesaria, más allá del voto, una gran movilización democrática. La violencia política va a tener una escalada: el bolsonarismo aún tiene una fuerza, es una minoría rabiosa, van a intentar crear una situación de miedo, de caos social, porque saben que lo más probable es que sean derrotados. Entonces tenemos que movilizarnos, hacer una demostración de masas en las calles por la democracia, en defensa del proceso electoral, y ganar por amplio margen para neutralizar y colocarle una muralla al golpismo bolsonarista.

-¿Qué sectores lo apoyarían en caso de que no reconozca los resultados y se lance a una aventura a lo Trump?

-Lo que Bolsonaro puede movilizar principalmente son las milicias, esos grupos armados vinculados a las policías estaduales, los que mataron a Marielle Franco. Pero el Poder Judicial, una parte importante del Legislativo y creo que las Fuerzas Armadas no se van a embarcar en una aventura de ese tipo, con riesgo incluso de aislamiento internacional.

–Otro factor clave es que no tendría el apoyo de Biden.

-Claro. Nunca hubo un golpe en América Latina sin el apoyo de Estados Unidos. Biden y los demócratas van a enfrentar a Trump en dos años. No veo que les interese fortalecer a un tipo como Bolsonaro alineado abiertamente con Trump en una demostración golpista.

-¿Y la derecha tradicional como viene jugando, teniendo en cuenta que no logró posicionar un candidato propio?

-Intentaron viabilizar una tercera vía, con João Doria, con Sergio Moro, ahora con Simone Tebet, pero no lo lograron. Están divididos, una parte no ve con malos ojos a Lula y otra está con Bolsonaro. Pero no van a tener un rol fundamental en este proceso y tampoco se embarcarían en una aventura golpista.

-Si gana Lula, llegará en un contexto bien diferente al que asumió en 2003, con las secuelas del bolsonarismo y una situación económica mundial crítica. ¿Cuáles serán los principales desafíos, los temas más urgentes a resolver?

-Un gobierno de Lula sería, ante todo, un gobierno de reconstrucción nacional. Brasil está destruido, con el peor nivel de inversión de los últimos 50 años, en una situación devastadora después de la pandemia, cuatro años de Bolsonaro, ocho años de una agenda neoliberal perversa. Entonces en un primer momento habrá que revocar algunas medidas ultraliberales tomadas por Temer y Bolsonaro, como la reforma laboral o el techo del gasto social. También avanzar en un plan de emergencia de obras públicas para la generación de empleo, un gran programa de viviendas y un plan emergencial de combate al hambre: Brasil es el tercer mayor exportador de alimentos del mundo y tenemos 33 millones de personas pasando hambre.

-¿Qué rol jugarían como PSOL dentro del gobierno y vos en particular con el lugar destacado que seguramente tengas en el Congreso?

-En un eventual gobierno de Lula va a haber una presión inmensa de la derecha, del mercado financiero y del agronegocio para mantener su agenda. Nuestro papel será hacer la contrapresión para el cambio de agenda. Una posición que empuje a la izquierda, desde abajo, desde los movimientos sociales, poniendo en el centro la agenda popular de cambio, en el Congreso y en las calles.

¿Y si Lula no puede o no se anima a confrontar con esos sectores?

-Creo que Lula, después de haber gobernado ocho años y salir con más del 80% de aprobación, después de todo lo que ha sufrido, del golpe, de una prisión ilegal, hará lo posible para no decepcionar, para estar a la altura de las expectativas. Pero no depende sólo de Lula, depende de nuestra capacidad de organización y movilización. Vamos a enfrentar a los sectores de la derecha política y del gran capital financiero que van a intentar secuestrar la agenda de gobierno. Esa va a ser la pelea en 2023.

-¿Ves a un Lula más audaz que moderado, entonces?

-Él me lo ha dicho: sólo tiene sentido volver a ser presidente si es para hacer más. Podría haber cerrado su carrera política como el mejor presidente que tuvo el país, luego preso injustamente y absuelto de todas las causas. Si ahora se lanza de nuevo, a sus 76 años, no creo que sea para hacer un gobierno mediocre.

¿Qué lectura hacés del escenario latinoamericano y esta segunda ola progresista? ¿Creés que Lula, una vez que logre apagar el incendio y atender las urgencias locales, podrá ocupar ese rol de liderazgo hoy ausente en la región?

-La derecha neoliberal en el continente está sufriendo derrotas sucesivas, el ciclo de derecha se está cerrando, pero aún es muy temprano para hacer un diagnóstico de esta segunda ola progresista. El gobierno de Petro todavía no comenzó, el de Chile tiene pocos meses, Bolivia retornó después de un golpe de Estado, Perú con tanta inestabilidad… De ganar Lula, creo que dentro de uno o dos años vamos a tener un panorama regional que nos permita decir si esta segunda ola es más moderada o si puede avanzar más que la primera. Creo que Lula puede ocupar ese lugar de liderazgo, por el papel que tiene Brasil, la dimensión de su economía, su localización estratégica en el continente, y también por la fuerza que tiene Lula para dialogar con los diferentes países. Pero creo que no va a ser algo inmediato. Como dices, primero tendrá que “acomodar la casa”, y después imagino que podremos ir hacia un proceso de integración más fuerte.

-Buena parte de los movimientos populares en América Latina están atravesados por los debates sobre la incursión en el terreno institucional, con resultados y balances dispares. ¿Cuál es tu mirada al respecto y cómo se ha logrado en Brasil la unidad en torno a la candidatura de Lula?

-La unidad se puede hacer por el amor o por el dolor, aquí lo estamos haciendo por el dolor, por una cuestión de sobrevivencia: derrotar a Bolsonaro es casi una cuestión de vida o muerte; él representa no sólo una derecha neoliberal sino una extrema derecha autoritaria, fascista. Entonces es una cuestión de responsabilidad histórica hacer la unidad para derrotar a Bolsonaro. Creo que uno de los principales errores del primer ciclo progresista latinoamericano fue no darle un rol protagonista a los movimientos sociales, y que los movimientos se queden callados, acomodados: no deben ser instrumentos de presión, pueden viabilizar otro modelo de gobernabilidad. Tener fuerza de calle es un instrumento importante para avanzar en la agenda y cambiar la correlación de fuerzas.

-¿Qué otras lecciones dejó el primer ciclo progresista para tener en cuenta en esta etapa?

-Creo que el tema de la gobernabilidad y de ampliar la participación popular es una lección fundamental. Algunos temas estructurales como el monopolio brutal en los medios de comunicación o alterar la lógica de tributación, que los ricos paguen más. Y revertir esa idea de que si en el Congreso no hay mayoría debemos aceptar la relación de fuerzas sin batallar para cambiarla. Varios de los límites en el primer ciclo, en cuanto al combate a la desigualdad y a los privilegios, pasan por no haber apostado a un proceso de mayor movilización para hacer posible esos cambios.


 

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