El escritor y militante marxista Michael Pröbsting ha expuesto una crítica a nuestro enfoque del sistema imperial. Ese planteo reúne los cuestionamientos más corrientes de la visión clásica a las miradas renovadas de esa estructura.

El imperialismo constituye a nuestro entender un dispositivo que garantiza el orden internacional de explotación. Asegura la captura de recursos de los países dependientes por parte de los capitalistas del centro, a través del uso de la fuerza o la coerción indirecta. Pröbsting entiende de manera semejante, que un estado imperialista usufructúa de su posición dominante, para nutrir de ganancias a las clases opresoras a costa de otros estados y naciones.

Pero la caracterización histórica de ese mecanismo no es coincidente. En nuestra opinión, el imperialismo ha estado presente desde los inicios del capitalismo y ha mutado junto a ese régimen social. Ha sido cualitativamente diferente a los imperios precapitalistas y sus conocidas modalidades de principios del siglo XX fueron sucedidas por una coordinación más colectiva, bajo el comando estadounidense.

Pröbsting postula, en cambio, la vigencia de una mega etapa imperial relativamente indistinta a lo largo de la última centuria. Los cambios registrados durante ese prolongado período, no modificaron a su juicio ningún rasgo esencial de ese dispositivo.

Nuestro enfoque subraya la presencia de un sistema imperial que preserva el rol dominante de Estados Unidos, en estrecha conexión con socios alterimperiales de Europa y apéndices coimperiales de otros hemisferios. Washington continúa encabezando el tejido de alianzas forjadas para lidiar con el denominado campo socialista.

Por el contrario, Pröbsting considera que distintas potencias imperiales vuelven a dirimir primacía, a través de conflictos semejantes a los observados durante la Primera Guerra Mundial. Estima que el declive hegemónico de Estados Unidos acrecienta la competencia por el botín de la periferia

El retroceso norteamericano es también remarcado por nuestro enfoque. Pero subrayamos la manifiesta preponderancia de los conflictos que oponen al sistema imperial, con las potencias excluidas de ese entramado. La OTAN acecha a Rusia, que desarrolla políticas de dominación en su entorno, con un perfil de imperio no hegemónico en gestación. La Alianza Atlántica también hostiliza a China, que expande su economía con cautelosas estrategias externas, sin repetir los patrones de una potencia imperialista.

Pröbsting observa un escenario diferente y dominado por choques muy variados, que involucran a todas las potencias (Estados Unidos, China, Unión Europea, Rusia y Japón). Estima que Rusia y China ya despliegan su poder imperial en forma acabada.

Por otra parte, nuestra visión resalta la existencia de un circuito adicional de confrontaciones entre jugadores de menor gravitación. Distinguimos a las semiperiferias económicas de los subimperios geopolíticos, que disputan preeminencia regional a través de acciones autónomas o enlazadas con la OTAN. Pröbsting desconoce este grupo y preserva la clasificación tradicional que opone a los imperialismos con las semicolonias. Observa mutaciones muy relevantes, pero exclusivamente referidas a estas dos instancias.

La dinámica del sistema imperial genera en nuestra opinión tendencias agresivas comandadas por la jefatura estadounidense, frente a países hostilizados que responden con estrategias defensivas. Pröbsting rechaza esa distinción y entiende que todas las potencias se hostigan mediante acosos indistintos.

Estas caracterizaciones divergentes tienen múltiples consecuencias políticas. Una evaluación de los argumentos en juego clarifica problemas del período en curso.

La crisis del sistema imperial

 

Enigmas sin Respuestas

Pröbsting considera que nuestra concepción del imperialismo contemporáneo es defectuosa porque gira en torno a “un sólo núcleo” (Estados Unidos y sus subordinados) y desconoce la presencia de muchos estados que oprimen a otras naciones. Sugiere que hay “varios núcleos” equiparables, en las tensiones que rodean a una generalizada rivalidad.

Pero enuncia este postulado soslayando corroboraciones. Resalta la preeminencia de múltiples conflictos, sin ilustrar ningún choque de alcance militar entre Estados Unidos, Europa o Japón. Todas las confrontaciones que señala involucran a esos aliados en la pulseada con Rusia o China.

En ningún momento indaga la singularidad de ese tablero. Tan sólo afirma que nuestro enfoque “subestima las contradicciones del capitalismo”, que a su entender continúa sujeto a una competencia habitual entre potencias. Pero olvida que esa rivalidad ha mutado tanto como sus corolarios bélicos. La disputa por los negocios no ha desembocado en invariables enfrentamientos militares a lo largo del tiempo. 

Pröbsting elude evaluar esta modificación, pero presenta una cronología que desmiente su propio presupuesto de inmutabilidad. Recuerda que las frecuentes guerras del siglo XIX derivaron en dos grandes conflagraciones mundiales durante la centuria siguiente y en un compromiso posterior para confrontar con la URSS y sus aliados

El viejo patrón de choque interimperialista quedó por lo tanto alterado, desmintiendo la perdurabilidad que postula Pröbsting. Ese cambio introduce una llamativa excepción a su modelo, que no suscita reflexiones del crítico. Si las guerras interimperalistas son intrínsecas al capitalismo por la automática traducción de la rivalidad económica en confrontación militar: ¿Cómo pudo quedar congelado ese desemboque durante un período tan prolongado? Esa alteración ya indica la existencia de procesos subyacentes más gravitantes, que la pura secuencia de competencia transformada en guerra. El principio de Pröbsting no rige con la contundencia que supone su enunciador.

Nuestro objetor relativiza este incómodo inconveniente, señalando que las divergencias interimperialistas igualmente perduraron durante la posguerra. Cita por ejemplo la crisis de Suez -que opuso a Estados Unidos con Francia e Inglaterra- y el retiro de Francia de la OTAN, bajo la presidencia de De Gaulle.

Pero ninguna de estas acotadas discrepancias tuvo correlatos bélicos. Estados Unidos jamás consideró una respuesta militar a la insubordinación de sus socios. Las derivaciones armadas que tenían las tensiones entre potencias occidentales, desaparecieron por completo a partir de 1945.

Cuando en 1970-80 Estados Unidos perdió competitividad frente a Japón y Alemania, recurrió a la presión diplomática para restaurar sus privilegios, a través de fuertes exigencias comerciales y cambiarias. Washington no consideró aumentar su presencia bélica en las economías rivales y tampoco Tokio o Bonn evaluaron el rearme. El conflicto se zanjó sin erosiones en la OTAN y sin cambios en la estructura imperial coordinada.

Pröbsting desconoce este novedoso contexto que extinguió la guerra de todos contra todos. Tan sólo sugiere que las mutaciones registradas en Occidente obedecieron al peligro que entrañaba para el capitalismo, la existencia de procesos emparentados con el socialismo. Pero tampoco ahonda esa intuición, con algún análisis de la forma en que esa amenaza transformó los mecanismos de la estructura imperial.

Evasión de los problemas

Pröbsting no explica los alineamientos actuales. Tan sólo subraya la potencial reaparición de conflagraciones entre potencias indistintas, sin especificar esa diversidad. Omite constatar, que los choques en curso continúan enmarcados en las mismas alianzas de la segunda mitad del siglo XX y en las viejas contraposiciones entre la OTAN y Rusia o China. Si ha reaparecido la disputa interimperialista de 1914-1918: ¿Por qué razón persiste la configuración geopolítica surgida en 1945? 

La mera rivalidad económica debería alumbrar otro mapa. Estados Unidos afronta mayor competencia por parte de empresas alemanas o japonesas que de firmas rusas, pero el Pentágono sólo mantiene su mira puesta en Moscú o Beijing y no se preocupa por Berlín o Tokio. 

Nuestro crítico soslaya ese enigma y se limita a recordar que el capitalismo está sujeto a reglas de desarrollo desigual, que generan disputas combinadas entre imperios con fortalezas dispares en el plano económico y militar. Observa diversidad de potencias con preeminencia en el primer campo (Japón o Alemania) o en el segundo ámbito (Rusia). Atribuye a ese tipo de asincronías la conformación de los distintos bloques del pasado y del presente.

“Estados Unidos afronta mayor competencia por parte de empresas alemanas o japonesas que de firmas rusas, pero el Pentágono sólo mantiene su mira puesta en Moscú o Beijing y no se preocupa por Berlín o Tokio”

Pero esa genérica distinción no clarifica ningún dato del escenario actual. El entramado occidental incluye potencias de ambos tipos y la dupla euroasiática también afronta desniveles entre el poder económico y militar. El misterio que no resuelve Pröbsting es la continuada contraposición entre la Alianza Occidental unificada y los dos adversarios excluidos de ese entramado. 

Nuestro objetor simplemente desconoce que ese marco obedece al reciclaje de la OTAN, como centro militar imperial bajo el comando norteamericano. Prefiere desconocer la incidencia de esa jerarquizada estructura, preservando la denominación indistinta de imperialismo para todos los integrantes ese dispositivo. Con ese término retrata de igual modo a la jefatura (Estados Unidos), a los socios (Inglaterra, Francia) y a los subordinados (Alemania, Japón) de la Alianza Atlántica.

Pero esa equiparación contradice la propia definición que propone Pröbsting del imperialismo. Las empresas alemanas o japonesas no consuman sus negocios en el exterior, por el lugar que ocupan sus Estados en la pirámide decisoria del poder mundial. Ningún ejército de esos países protege a las firmas germanas o niponas, que invierten en todos los rincones del planeta. Y lo mismo vale para Suiza, Holanda, Bélgica o Austria.

El uso indiscriminado del término imperialismo para toda esa variedad países desemboca en inconsistentes vaguedades. Si se explicita, en cambio, el lugar de cada jugador en el sistema imperial, puede notarse cómo el costoso engranaje de la protección norteamericana sostiene una estructura que garantiza el funcionamiento general del capitalismo.

Singularidades de un declive

Pröbsting atribuye la reaparición de las viejas confrontaciones interimperialistas al declive de la primacía estadounidense. Con gran despliegue de estadísticas resalta ese retroceso económico y el consiguiente status de una potencia aún fuerte pero ya no dominante. Su diagnóstico también contempla que el coloso del Norte recupera periódicamente posiciones, en sintonía con el desarrollo desigual.

Pero Pröbsting pierde de vista la coexistencia de esa declinación económica con el continuado liderazgo militar de Washington. Este divorcio es un dato minusvalorado por el crítico. Estados Unidos no ha perdido musculatura bélica en proporción a su regresión productiva y sus rivales de Occidente han convalidado esa anomalía, en vez de aprovecharla. La OTAN continúa bajo el invariable reinado del Pentágono.

Esa singularidad obedece a la persistencia de un sistema imperial erosionado por el declive de su conductor. Esta crisis es potenciada por la reiterada incapacidad que exhibe Estados Unidos, para recuperar predominio económico con despliegue militar.

Pröbsting no registra, ni conceptualiza este desequilibrio específico que salió a flote en los años 90, cuando Estados Unidos no pudo proyectar su triunfo de la guerra fría a la órbita comercial o industrial. Clinton debía construir un orden económico neoliberal en torno a la OMC y falló con todo el viento a favor. Bush despistó ese proyecto y optó por una escalada de guerras, que hundieron al gigante del Norte en un pantano. Obama gestionó el mismo desconcierto con agresiones militares y fracasadas iniciativas de libre comercio. Trump ensayó un giro proteccionista sin resultados y Biden navega entre la indefinición keynesiana y la desorientación imperial.

Nuestro crítico tampoco nota que el retroceso estadounidense está potenciado por el fulminante ascenso de un adversario, que opera fuera del sistema imperial. Aquí radica la gran diferencia entre el choque actual con China y los conflictos precedentes con Japón o Alemania. Cuando la inconvertibilidad del dólar puso de relieve la magnitud de la crisis norteamericana, la primera potencia contuvo con cierta facilidad a dos competidores sometidos al control del Pentágono

“Estados Unidos no ha perdido musculatura bélica en proporción a su regresión productiva y sus rivales de Occidente han convalidado esa anomalía, en vez de aprovecharla. La OTAN continúa bajo el invariable reinado del Pentágono”

En los últimos años no puede repetir esa fórmula con un gigante asiático que opera fuera de su radio. Por esa razón, no logra contrarrestar el déficit comercial y el endeudamiento con Beijing, recurriendo a las cláusulas monetario-comerciales que impuso a Tokio o Bonn. Estados Unidos puede contrapesar sus desequilibrios forzando la militarización de Europa (frente a la guerra de Ucrania) y el rearme de sus socios del Pacífico (QUAD). Pero no dispone de ese recurso ante un adversario extra-OTAN.

Esta monumental diferencia es imperceptible para Pröbsting porque desconoce la centralidad ordenadora del sistema imperial. Nuestro crítico retrata la crisis estadounidense, sin establecer conexiones con la estructura afectada por ese deterioro.

Incomprensión de nuevos conceptos

Pröbsting rechaza nuestra caracterización de Rusia como un imperio no hegemónico en gestación. Considera que esa noción describe una simple potencia secundaria, carente de especificidad e interés analítico. Pero desdeña el concepto antes de comprender su significado. 

Esa calificación deriva, ante todo, de la exclusión de Rusia del sistema imperial. La potencia euroasiática no es un jugador económico menor (como Bélgica), ni un actor militar relevante (como Inglaterra) del dispositivo dominante. Desenvuelve un rol cualitativamente distinto por su choque con la estructura que lidera Estados Unidos.

El crítico pasa por alto esa distinción y arremete contra la propia existencia de algún imperio no hegemónico en gestación. Afirma que esa categoría arrastra un contrasentido, puesto que ninguna potencia jamás desafió a un líder mundial, sin actuar en ese reto como un imperio en regla. Recuerda que Austria-Hungría (antes de 1914) y Japón o Alemania (después de 1939) desenvolvían políticas acabadamente imperialistas, en sus disputas con Gran Bretaña, Francia o Estados Unidos. Subraya que no transitaron nunca por una fase previa de gestación.

Pero Pröbsting se enreda en su propio razonamiento sin aproximarse al problema. Tanto el status de formación, como el lugar no hegemónico de Rusia obedecen a su conflictiva lejanía del sistema que administra Estados Unidos. Ninguno de estos dos conceptos vale para los integrantes de ese dispositivo, ni se aplica a situaciones previas. Carecen de validez para la clasificación de Japón, Austro-Hungría o Alemania en la entreguerra por la simple inexistencia en la primera mitad del siglo XX, del sistema imperial posteriormente forjado bajo el liderazgo estadounidense.

Como Pröbsting no registra la novedad de nuestra época, tampoco puede notar su ausencia en el pasado y la inconsistencia de cualquier comparación con ese estadio. Los imperialismos de la época clásica se forjaban con parámetros diferentes a la actualidad, por la misma razón que en la Antigüedad se expandían mediante conquistas territoriales (o esclavizaciones de la mano de obra), carentes de parangón contemporáneo.

La misma incomprensión se extiende a la evaluación de China. Para Pröbsting el status imperial de ese país salta a la vista y no requiere muchas explicaciones. Emergió con la consolidación del capitalismo en 1989, como natural corolario de la fortaleza económica de la nueva potencia. Pero despacha esa categórica afirmación, sin aportar indicios efectivos de ese rol. China es rápidamente ubicada en el casillero imperial, sin haber incurrido en ninguna intervención militar significativa fuera de sus fronteras.

Nuestro señalamiento de ese último dato -para excluir al país del club de los dominadores internacionales- es ignorado por el crítico. Le resulta tan inconcebible un estadio histórico intermedio en China, como inimaginable una formación imperial no acabada en Rusia. Su mirada sólo admite el blanco y el negro. Desconoce las numerosas variantes del gris, que han signado los procesos históricos transitorios de las estructuras imperiales y los regímenes sociales.

Pröbsting proclama que China no puede disputar el liderazgo en la economía mundial, sin haber madurado previamente su status capitalista. Pero también acepta que esa potencia protagoniza la mayor transformación económica del siglo XXI, en una era de capitalismo moribundo, decadente y parasitario. El crítico no registra cuán contradictorio es asignar tanta vitalidad al capitalismo chino, cuando al mismo tiempo se postula que ese sistema merodea las puertas del cementerio.

Nuestra respuesta a esta variedad de dilemas es la presencia de un curso inacabado de restauración capitalista. No cabe duda que ese régimen social está presente en China, junto a todos los rasgos de la competencia por ganancias surgidas de la explotación. Pero la clase dominante gestada por ese modelo no controla el poder estatal.

Esa situación es muy diferente al típico capitalismo de estado que Pröbsting observa en China, trazando analogías con el mismo tipo esquemas durante el siglo XX. Pero omite la crucial diferencia que introdujo la existencia del proceso socialista que antecedió la reconversión del país. Esa singularidad explica la inédita capacidad de regulación económica que ha preservado el Estado.

Ese atributo es tan secundario para Pröbsting, como toda la política económica que desenvuelve Beijing. Considera que esas orientaciones son muy semejantes a los cursos keynesianos de los gobiernos estadounidenses. Pero no se detiene a considerar que una expansión productiva tan gigantesca o una erradicación tan impactante de la pobreza -como se han verificado en China- no parecen factibles con el recetario habitual de la heterodoxia burguesa

Su mirada impide entender los efectos de la omnipresencia del sector público en el 40% del PBI y la rigurosa planificación (o control) de la inversión externa. Esos datos determinan la vigencia de un modelo económico internacional distanciado del patrón imperial estadounidense. Nuestro crítico simplemente desconsidera la manifiesta singularidad de ese esquema. 

Problemas de clasificación

Pröbsting retoma la clasificación de las potencias imperialistas con criterios clásicos. Incluye en ese casillero a los países que reúnen los atributos observados por Lenin de preeminencia de los monopolios, el capital financiero, y la exportación de capital. Aporta numerosas estadísticas para corroborar esa pertenencia, en estricta correspondencia con los postulados tradicionales

Para el caso de Rusia, subraya la exitosa recolocación capitalista del país en un lugar internacional de privilegio. Ilustra cómo la economía rusa se expandió con inversiones en el extranjero, corporaciones globales y explotación de la periferia. Considera, además, que el protagonismo chino es mucho mayor en todos esos rubros

Pröbsting polemiza con evaluaciones contrapuestas, que destacan la carencia rusa de un potente capital financiero o la escasa relevancia de empresas moscovitas en el ranking internacional. También cuestiona las visiones que observan una reducida incidencia de China en los bancos globales. 

Pero esos contrapuntos apuntan a validar o refutar presupuestos concebidos en 1916, que tienen poca pertinencia en el contexto actual. Lenin no acuñaba conceptos de validez eterna. La aplicación de sus parámetros, un siglo después de su fallecimiento afronta incontables problemas. Salta a la vista que las finanzas poderosas, las inversiones en el extranjero y los grandes monopolios no son patrimonio exclusivo de las potencias imperiales.

El encasillamiento forzado al cumplimiento o negación de esos requisitos desemboca en embrollados laberintos. Pröbsting es parcialmente consciente de esas dificultades y recurre a parches auxiliatorios. Afirma, ante todo, que Lenin no concibió sus criterios en forma tan estricta. Sostiene que las exportaciones de capital de Estados Unidos, la incidencia de las finanzas japonesas y el alcance de los monopolios rusos no definían de por sí, el lugar imperial de esas potencias.

Ese tipo de excepciones ya fue investigado por los autores que destacaron la sesgada influencia del escenario alemán o británico en el texto de Lenin. Pero esas controversias historiográficas son secundarias, en comparación a la inconsistente utilización actual de los mismos ordenadores.

Para eludir estos obstáculos, Pröbsting amplía la variedad de los mecanismos económicos que definen el status de una economía imperialista. Incorpora la superexplotación a ese recetario, identificando su presencia con la existencia de una franja de inmigrantes con bajos salarios, en los países que comparten la crema del poder mundial. Destaca que Rusia alberga un porcentual de ese tipo de trabajadores muy semejante a Europa o Estados Unidos. También observa una situación parecida en China por la dimensión de la población rural que emigra a las ciudades, para realizar tareas penosas

Pröbsting no define exactamente el sentido que asigna a la superexplotación, pero acierta la conceptualización del término, si considera a los inmigrantes como un sector remunerado por debajo del valor de la fuerza de trabajo. Pero esa evaluación no resuelve otro inconveniente: la total ausencia de especificidad imperial de ese postulado. El mismo segmento de trabajadores degradados está presente en muchas economías dependientes del mundo. Hay migrantes fronterizos en países de África, Asia o América Latina que nadie ubicaría en la cúspide imperial.

Pröbsting asigna también otra acepción a la superexplotación, como un mecanismo de apropiación del valor generado en los países atrasados por parte de sus pares avanzados. Pero no se entiende cómo funcionaría esa captura. El pago por debajo del valor de la fuerza de trabajo se verifica en ámbitos nacionales y la sustracción foránea de esas porciones se consuma a través de dispositivos internacionales de transferencia de valor. En cualquier caso, correspondería investigar este tema indagando la dinámica de la ley del valor a escala internacional. No es un problema a dilucidar en los debates sobre el imperialismo contemporáneo. 

Estas controversias se esclarecen, además, definiendo el lugar de cada economía en la división internacional del trabajo, mediante un registro de las fronteras que separan a los centros de las semiperiferia y las periferias. Esa diferenciación facilita la identificación de las economías que transfieren o receptan valor y también el reconocimiento de las situaciones intermedias, que combinan ambos procesos. Para ese estudio son muy pertinentes los criterios aportados por Wallerstein.

Pröbsting cierra todas las puertas a esa clarificación con su hostilidad al uso de esos conceptos. Es particularmente reacio a considerar la ubicación de la economía rusa en el segmento semiperiférico. Pero sugiere esa invalidez sin exponer objeciones relevantes. Tan sólo cuestiona las similitudes de nuestro enfoque del “sistema imperial” con el “sistema mundo” de Wallerstein, ignorando que ambas categorías sólo comparten alguna familiaridad terminológica. Nuestra mirada sobre el imperialismo es muy distinta a la postulada por un teórico estadounidense que introdujo conceptos muy provechosos

Frente a los obstáculos que afronta su actualización de la clasificación económica clásica, Pröbsting opta por introducir parámetros político-militares. Recuerda que Lenin no era “economicista” y asignaba un status imperial a países como Rusia, primordialmente gravitantes en el terreno bélico. Destaca la pertinencia de este abordaje para caracterizar situaciones actuales.

Por ese camino se distancia de la mera aplicación de los parámetros económicos para definir al imperialismo. Esa flexibilidad le permite navegar por el molesto oleaje de situaciones que desmienten su encasillamiento previo. Pero el resultado final es un combo de confusiones. Sólo el reconocimiento de un sistema imperial dominante permite evitar ese mareo.

Estrechez de categorías

Para preservar su fidelidad al postulado clásico, Pröbsting preserva los dos conceptos ordenadores de ese enfoque: imperialismo y semicolonia. Con ese restrictivo soporte evalúa todo el universo contemporáneo. Amolda a ese par, las significativas transformaciones que registraron algunos países, al compás del ascenso de Rusia y China al status imperial. Estima, por ejemplo, que Portugal perdió en la década del 70 sus últimos resabios de olvidado imperio, para devenir en una semicolonia secundaria. También analiza la mutación opuesta que protagonizó Corea del Sur.

Pröbsting entiende que ese último país fue un estado colonial, que se convirtió en semicolonia durante la guerra fronteriza y la ocupación estadounidense. Allí despuntó una rápida industrialización, que alumbró el poderoso capital monopolista de los Chaebols y el nuevo estado imperialista que comanda Seúl.

Nuestro crítico destaca que actualmente Corea ocupa el cuarto lugar en el ranking de las economías asiáticas y el doceavo puesto en el mundo. Se ubica en el séptimo escalón de las grandes empresas y en el trigésimo de la maratón de multimillonarios. Estima que ese extraordinario ascenso económico situó al país en la arena imperial.

Esa descripción retrata un salto en la jerarquía productiva internacional que aproxima ese territorio a las naciones desarrolladas. Si esa evaluación es correcta, Corea habría dejado atrás su vieja condición de economía atrasada, dependiente y subdesarrollada. Pero esa transformación no la ubica en el club de los imperios, puesto que esa pertenencia no se mide con barómetros de inversión, producto bruto o capitalización bursátil.  

El impactante desarrollo de Corea coincide con su continuada subordinación a la tutoría estadounidense. Las bases que el Pentágono instaló hace cincuenta años permanecen en las mismas localidades, con misiles custodiados por 28.500 marines. La gravitación de Washington en la política interna del país es incluso superior a otros súbditos del Pacífico. 

Todas decisiones estratégicas de Seúl atraviesan por el filtro de la Casa Blanca. La expectativa de repetir, por ejemplo, el modelo germano de reunificación está sujeto al veto norteamericano. El país cuenta, en los hechos, con un margen de soberanía política inferior a varias naciones de América Latina. En el Patio Trasero del Norte se verifican gestos de autonomía más significativos, que en el escenario caliente de la nueva guerra fría motorizada por Washington contra Beijing.

Ese sometimiento político no impide a Pröbsting situar a Corea en el campo de los imperios. Pero es un intrigante misterio cómo desenvuelve semejante papel, bajo la agobiante bota yanqui. Nuestro crítico tan sólo afirma que el condicionamiento impuesto por la presencia norteamericana, no desmienten el nuevo status de Corea. Aquí salta a la vista cómo recae en los criterios “economicistas” objetados por Lenin.

Pröbsting olvida que el propio término de semicolonia -utilizado para evaluar la condición previa de Corea- no está prioritariamente centrado en el desenvolvimiento económico. Tipifica especialmente la carencia de soberanía, en un escalón apenas superior al encadenamiento colonial. La expansión de Samsung, Hyundai, KIA o LG no alteraron esa orfandad. En el manejo de sus decisiones políticas Seúl afronta las mismas limitaciones que en el pasado.

Nuestro crítico sustituye esa constatación exponiendo ejemplos de independencia económica. Enuncia varios episodios recientes de confrontación comercial de Corea con Japón, sin registrar la escasa gravitación de esas disputas para una calificación imperialista. Ese tipo de encontronazos no altera el status de un país. El euro ha rivalizado por ejemplo con el dólar en incontables coyunturas, sin precipitar ningún roce imperial entre Europa y Estados Unidos.

“Pröbsting olvida que el propio término de semicolonia -utilizado para evaluar la condición previa de Corea- no está prioritariamente centrado en el desenvolvimiento económico”

El trasfondo del problema es la forzada utilización de nociones que perdieron sustento. Semicolonia e imperialismo eran dos categorías útiles para evaluar el escenario de principio del siglo XX, pero son insuficientes para caracterizar la realidad actual.

La forzada reducción de categorías geopolíticas a su equivalente económico impide conceptualizar el cambio registrado en Corea. Ese país no saltó simplemente de un estadio semicolonial a otro imperial. Modificó su inserción productiva, con un pasaje de la periferia a la semiperfieria (o eventualmente a una economía central). Pero ha preservado su condición subordinada al interior del sistema imperial. 

Pröbsting desconoce esas mixturas porque rechaza todos los conceptos ausentes en el manual clásico. Esa estrechez lo induce a desechar también la noción de subimperialismo, como una “idea inútil y peligrosa”. Con esa cerrazón obstruye la exploración de una categoría muy esclarecedora de los posicionamientos combinados que adoptan países como Turquía. Esas potencias regionales despliegan márgenes de acción autónoma totalmente desconocidos por Corea.

Este tipo de situaciones es tan indescifrable para Pröbsting, como el sentido actual del esquema ultraimperial avizorado por Kautsky. Sostiene que nuestra visión repite los errores de ese cuestionado enfoque, sin notar la frontal contraposición de nuestro modelo con las miradas transnacionalistas, que heredan del pensador alemán el diagnostico de un capitalismo plenamente globalizado. 

En esa versión moderna, el total entrelazamiento económico mundial atribuido a las empresas, es completado por una amalgama equivalente de las clases dominantes y los estados de todo el planeta. Pröbsting desconoce nuestra crítica a esa visión y nos objeta un parentesco totalmente imaginario. Su dificultad para registrar esas diferencias proviene de la propia cerrazón de su esquema de rivalidades plurales e imperialismos equivalentes.

Neutralismo y equiparaciones

Al desconocer la existencia del sistema imperial, Pröbsting supone que todos los contendientes actúan en pie de igualdad. Por eso adopta una postura política neutralista, frente a los principales conflictos internacionales.

Objeta la gravitación que asignamos a la agresión militar en nuestra evaluación de las políticas imperialistas, afirmando que ese criterio coloca erróneamente a Alemania, Japón o los pequeños países de Europa Occidental fuera del dispositivo dominante.   

Pero nuestro enfoque no excluye a esos actores. Los reubica en escalones subordinados de la estructura imperial. Son potencias con limitado poder de fuego, que acompañan al comando de la OTAN. Nuestra mirada no los exime de responsabilidades en la opresión global. Tan sólo describe el rol sustancialmente distinto que cumplen en la actualidad, en comparación a su propio pasado.

El registro de este cambio, también explica por qué razón la dinámica agresiva es intrínseca a la estructura que dirige el Pentágono. Ese militarismo norteamericano es inherente a una potencia que intenta compensar su declive económico con predominio bélico y carece de la flexibilidad requerida para ensayar otros senderos.

Como Pröbsting soslaya este diagnóstico, ubica a todos los actores en el mismo conglomerado, descalificando la diferencia que separa a un agresor de un agredido. Relativiza esta última singularidad, destacando la imposibilidad de diferenciar los ingredientes defensivos u ofensivos de las tropas rusas que actúan en Libia, Siria, Mali o Kazajstán. Pero desecha como irrelevante una distinción, habitualmente presentada como la principal justificación de las acciones militares.

Putin ordenó, por ejemplo, una intervención agresiva en Kazajstán para auxiliar a un socio amenazado por rebeliones populares, pero dispuso una incursión defensiva en Georgia, ante provocaciones teledirigidas por Washington. Esa misma dualidad se verificaba también en la URSS, cuando la burocracia gobernante disponía la ocupación de Checoslovaquia frente al descontento popular e invadía Afganistán para contrarrestar una amenaza del Pentágono.

“Ese militarismo norteamericano es inherente a una potencia que intenta compensar su declive económico con predominio bélico y carece de la flexibilidad requerida para ensayar otros senderos”

Para arribar a este tipo de evaluaciones específicas hay que caracterizar las confrontaciones por arriba y las resistencias por abajo presentes en cada caso. Pröbsting prescinde de este análisis y distribuye culpas entre todas las potencias. Recurre a expeditivas equiparaciones, subrayando la existencia de hostigamientos simultáneos. Estados Unidos atropella con sus socios europeos y Rusia arremete con sus aliados de América Latina.

Pero el crítico omite los hechos. La renovada expansión de la OTAN en la frontera rusa, no tuvo contrapartida en el fenecido Pacto de Varsovia. Ucrania se aproximó a la Alianza Atlántica, sin que ningún país de Europa Occidental negociara asociaciones del mismo tipo con Moscú. El Kremlin tampoco imaginó montar entre sus allegados del Caribe, algún sistema de bombas sincronizadas contra las ciudades estadounidenses, semejante al desplegado por su enemigo. Esa asimetría ha sido tan naturalizada, que el propio Pröbsting ignora quién es el principal responsable de las incursiones imperiales.

Nuestro objetor estima que la categoría “acoso” no tiene sentido en una discusión marxista sobre rivalidades entre potencias. Ese concepto no encaja en sus valoraciones del imperialismo con criterios de competitividad, productividad, tasa de plusvalía o porcentual de ganancia. Pero la noción descartada es muy relevante para dirimir responsabilidades en las tensiones bélicas.

La mirada de Pröbsting priva de cualquier lectura geopolítica a la guerra actual de Ucrania. Su enfoque tiende a observar ese enfrentamiento como una simple disputa por el botín de un país con enormes recursos alimenticios y energéticos. Nuestro enfoque resalta, en cambio, los propósitos defensivos de la incursión rusa frente a la OTAN, los objetivos geopolíticos de control del espacio pos-soviético y las motivaciones internas de un presidente interesado en prolongar su mandato. Esta evaluación corrobora, además, que el registro de una conducta defensiva no implica exculpar (o justificar) a su artífice. Simplemente contribuye a entender la dinámica imperial.

En el caso de China la equiparación que postula Pröbsting es más inverosímil. Afirma que Beijing aumentó su gasto militar y opera como quinto vendedor mundial de armamento, para igualar a su rival norteamericano. Pero omite cualquier análisis concreto del conflicto. China rechaza la demanda estadounidense de internacionalizar su espacio costero y recurre a medidas de control de pesquerías, rutas y reservas submarinas de gas. No envía buques a navegar por las cercanías de Nueva York o California. Ejerce su soberanía en un radio acotado, que contrasta con las enormes superficies marítimas bajo control de Estados Unidos.

Es absurdo presentar el despliegue del Pentágono en las proximidades de Taiwán, como una incursión equivalente a la expansión internacional de la Ruta de la Seda. No son acciones desplegadas en el mismo plano. Los términos que Pröbsting descarta (ocaso, agresión, ofensiva) se verifican con cristalina nitidez en el Mar de China

Desconsideración y derrotismo 

Pröbsting avizora un contexto de guerra no muy distante, como resultado de las rivalidades interimperialistas que sucedieron a la Gran Recesión iniciada en el 2008. Anticipa un escenario próximo de Tercera Guerra Mundial y estima que esa conflagración dirimirá primacía, entre una potencia que mantiene la superioridad militar (Estados Unidos) y otra que se está poniendo al día (China).

Ese diagnóstico es abruptamente despachado sin la cautela requerida para mensurar una perspectiva tan dramática. Desde la existencia de los arsenales atómicos, las guerras generalizadas han quedado contrapesadas por un gran disuasivo. La probable autodestrucción del atacante -junto a la demolición del enemigo- determina una revisión de estrategias. Por ese replanteo, las tensiones de posguerra entre Estados Unidos y la URSS nunca desembocaron en una catástrofe nuclear.

Esta aterradora novedad introduce un paradójico conjunto de variantes de negociación o armisticio, que no existían en la época de Lenin. El repetido presagio de un inexorable retorno a la entreguerra, olvida esta drástica alteración del escenario bélico.

Pröbsting describe numerosas situaciones de tensión, guerra larvada o explícita en distintas partes del mundo, como anticipos de un enfrentamiento de mayor escala. Pero los episodios que cita, no incluyen choques interimperialistas y esa omisión contradice su diagnóstico.

Nuestro crítico extrapola el pasado con presagios de guerras que mantendrían un intrínseco patrón histórico del capitalismo. Pero desconoce la enorme variabilidad de ese parámetro y emite alarmas, con los mismos fundamentos de las notas periodísticas que se exponen un día y se olvidan al siguiente. En cualquier caso, lo importante no es el abuso de los pronósticos, sino su descalificación de la batalla política contra la guerra. El horizonte de desarme y convivencia no figura en su libreto como una meta a conquistar, mediante sostenidas movilizaciones populares y esa displicencia lo aleja de la acción efectiva.

La bandera la paz que rehúye es el emblema frecuente de muchas iniciativas progresistas. De allí se desprende las conocidas exigencias de reducir el presupuesto bélico, desmantelar las bases militares o suprimir la OTAN. El crítico desconoce este principio de intervención, ponderando en cambio el criterio motorizado por Lenin durante la Primera Guerra Mundial. Recuerda que en esa conflagración el líder bolchevique cuestionó las ilusiones pacifistas de la socialdemocracia. Pero olvida que el dirigente soviético contraponía a esas creencias la alternativa inmediata de una revolución socialista.  

Pröbsting retoma ese antecedente como una simple copia y repite la misma convocatoria al derrotismo. Rechaza tomar partido por algunos de los bandos en cualquier conflicto entre potencias, a fin de preparar la “transformación de una guerra imperialista en guerra civil” . Pero Lenin no emitió ese llamado en cualquier coyuntura. Rechazó el alineamiento con los distintos ejércitos enfrentados, porque subrayaba la excepcional oportunidad abierta para inaugurar procesos socialistas. Con esa caracterización comandó la revolución bolchevique.

Es absurdo postular la misma estrategia en un escenario opuesto de carencia de revoluciones, partidos o expectativas socialistas de masas. Pröbsting se despega de la realidad, con su ritual alusión a la continuada presencia de un “período histórico dominado por guerras y revoluciones”. No detalla la ubicación de esos acontecimientos, ni aporta evidencias de alguna semejanza con la época de Lenin. Omitiendo esos datos, convoca en el vacío a reproducir una estrategia desgajada de la realidad. Olvida que el derrotismo del líder bolchevique se inspiraba en hechos (deserciones y revueltas entre los uniformados) y no en meras especulaciones sobre el porvenir.

Para resolver este divorcio del contexto actual, Pröbsting reinterpreta el alcance del derrotismo. Afirma que no es una estrategia restringida a las coyunturas bélicas, sino una política también valedera para tiempos de paz. Operaría como una especie de comodín, apto para cualquier momento y lugar. Esa universalidad contradice el sentido acotado y concreto que tuvo ese principio y choca con la lógica de la acción política, que exige exponer consignas amoldadas a los escenarios cambiantes.

Enemigos indistintos, adversarios en cadena 

La estrategia del derrotismo -que Pröbsting intenta actualizar- fue concebida en disputa con otro principio, centrado en el enemigo principal. Ese criterio parece más apropiado para el período actual. Fue el gran barómetro de Marx, Engels y el propio Lenin hasta la Primera Guerra Mundial. Subrayaba la distinción entre guerras justas o legítimas y conflagraciones puramente opresivas

El primer tipo de conflictos contenía elementos positivos para la liberación de los pueblos, al involucrar confrontaciones contra los monarcas, los colonialistas y la nobleza, en batallas que asumían tónicas progresistas. Los gestores del pensamiento socialista ponderaban ese tipo de acciones bélicas, que socavaban la dominación colonial y afectaban los bastiones de la reacción

Esa estrategia contiene elementos válidos para un escenario actual signado por la preeminencia del sistema imperial. Este dispositivo cumple un rol invariablemente agresivo. El principio del enemigo principal es un orientador de la lucha contra adversarios prioritarios. No implica convalidar la opresión que ejercen los capitalistas locales a través de sus distintos gobiernos. Es un barómetro que también sintoniza con el destinatario popular de las políticas de la izquierda. Contribuye especialmente a recomponer la consciencia socialista, afectada por la significativa regresión que sucedió al colapso de la Unión Soviética.

La estrategia del enemigo principal facilita, además, la formulación de orientaciones específicas, frente a los diversos movimientos nacionalistas contemporáneos. Permite evaluar si esas formaciones asumen posturas convergentes o divergentes, con el epicentro del poder capitalista mundial. Este criterio observa con mucha atención las relaciones de esos movimientos con la OTAN.

Pröbsting propone un enfoque opuesto. Como equipara a todos los enemigos en toda circunstancia y lugar, tiende a reivindicar de por sí a los distintos movimientos embanderados con la autodeterminación nacional. No asigna ninguna importancia a las variadas conexiones de esas fuerzas con el Pentágono. Esa discrepancia de abordajes determina la discrepancia con la evaluación de lo sucedido en Kosovo y Yugoslavia. Sus críticas a nuestro enfoque son igualmente moderadas, en comparación a las furibundas acusaciones de socialimperialismo que despacha contra otros interlocutores

Emite igualmente una enfática condena a nuestra evaluación positiva del avance electoral del Partido Comunista en Rusia. Esa alusión tan sólo apuntó a señalar algún elemento alentador, en el duro escenario político que regentea Putin. Nuestro comentario fue extraído de opiniones expuestas por las corrientes radicales que participaron en ese espacio.

En realidad, siempre celebramos los progresos de la izquierda en los diversificados escenarios del planeta, estimando que el socialismo resurgirá por caminos imprevisibles y novedosas apuestas. Esa recomposición seguramente arrastrará a los militantes que actúen con la mente abierta y dejará a un costado a los veneradores del libreto preestablecido. El debate sobre el sistema imperial contrapone esas dos actitudes, frente a los dilemas teóricos y las disyuntivas políticas de nuestra época.


 

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