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Las diversas manifestaciones del cambio climático han provocado un fuerte cuestionamiento hacia los elevados costos ambientales del crecimiento económico. A finales de la década de 1990 e inicios de 2000, dentro del sistema de contabilidad internacional, comenzó un debate para construir indicadores que dieran cuenta de la relación economía-medio ambiente. Así, en 1993 surgió el Sistema de Contabilidad Ambiental-Económica (SCAE). Gracias a ello, fue posible contar con las primeras estimaciones sobre el precio monetario de los bienes naturales. Posteriormente, esta información sirvió para descontar el agotamiento y desgaste del medio ambiente del nivel de actividad económica dando paso al Producto Interno Bruto (PIB) verde. A partir de la publicación del SCAE varios países comenzaron a experimentar con las cuentas y el PIB verde, por ejemplo, Estados Unidos, China, Canadá, Reino Unido, entre otros. Sin embargo, el PIB verde no logró el auge esperado al considerarse una medición sujeta a errores de estimación.

A pesar de los esfuerzos por contar con una medida sobre la magnitud del deterioro ambiental persistieron dos problemas. El primero fue diagnosticado por Joseph Stiglitz, Amartya Sen y Jean-Paul Fitoussi en el “Report by the Commission on the Measurement of Economic Performance and Social Progress”, publicado en 2009, quienes señalan que el PIB verde no cumple con los objetivos de sustentabilidad pues carece de elementos para saber si la producción nacional está por arriba o por debajo de los niveles compatibles con la tasa natural de regeneración ambiental. De esta forma, los indicadores únicamente se convirtieron en una medida monetaria equivalente al daño ambiental del crecimiento económico.

En segundo lugar, a raíz del despliegue de metodologías que integraban indicadores ecológicos, comenzó el discurso sobre “la economía verde”. De acuerdo con el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) el crecimiento verde trata de garantizar la disponibilidad de los bienes naturales para las generaciones futuras al tiempo que se generan ingresos y plazas de trabajo derivado de infraestructura y disponibilidad tecnología con menor impacto ambiental.

Si bien esta perspectiva es relativamente reciente, en los teóricos de la economía existe un optimismo hacia un crecimiento económico ilimitado gracias al papel de la tecnología. En efecto, desde la corriente neoclásica de la economía los servicios de la naturaleza no forman parte del núcleo epistemológico. El proceso económico depende estrictamente del capital y el trabajo, no existe ningún interés sobre la disponibilidad de los bienes naturales, los balances materiales y energéticos ni hay cabida a los residuos pues, al estar construida de manera similar a la física mecánica, sigue la misma lógica que la primera ley de la termodinámica. Por tanto, en una interpretación económica, toda contribución factorial es convertida en mercancías.

Bajo esta lógica, los trabajos pioneros del crecimiento económico como Solow (1956, 1957) plantea el capital y el trabajo, particularmente la cantidad de capital por trabajador, como elementos sustanciales del crecimiento de un país. Ahora, frente a la caída en el rendimiento de ambos factores (es decir, la contribución de cada unidad de trabajo y capital adicional en el producto nacional), el incremento de la población y la depreciación del capital, la solución para retornar a la senda de crecimiento es el cambio tecnológico. Efectivamente, en el modelo canónico es suficiente con el impulso al desarrollo tecnológico para que las naciones puedan crecer de manera ininterrumpida construyendo una ideología sobre el crecimiento ilimitado gracias a la sustitución de trabajo, capital y en última instancia bienes naturales por tecnología.

Por tanto, el discurso imperante en la gran mayoría de cursos universitarios apunta a la convergencia de las naciones del mundo hacia un mismo nivel de crecimiento y desarrollo gracias al sendero planteado por Rostow (1959). Es así como una de las grandes aspiraciones de la modernidad económica es alcanzar las tasas crecientes y sostenidas del producto de los países industrializados, principalmente reflejado en grupos de países emergentes, por ejemplo, los BRICS, cuyo rasgo esencial fue contar con las condiciones idóneas para realizar el alcance. La búsqueda del mismo objetivo por parte de todas las naciones del mundo presionaría en extremo la disponibilidad del mundo energética y material del mundo.

Reconociendo los límites naturales y energéticos del planeta, las falencias de la teoría económica tradicional sobre el desgaste ecológico generado por el crecimiento económico, ha surgido una corriente de estudio denominada decrecimiento. Dentro de los autores considerados pioneros está Georgecu-Roegen cuyo trabajo seminal The Entropy Law and the Economic Process (1971), demuestra que la economía es un subsistema de un sistema general. Por tanto, ninguna etapa de la producción escapa a las leyes naturales como la entropía. En efecto, de manera sencilla la segunda ley de la termodinámica aplicada a los procesos económicos puede entenderse como la pérdida de energía generada por la fabricación de algún bien. Es decir, la creación de mercancías de manera inevitable produce que la cantidad de energía disponible en el entorno natural disminuya. Imagine la construcción de una silla de madera; el árbol utilizado en su fabricación ya no podrá estar disponible para el resto de los seres vivos en los ecosistemas y por más que incremente la eficiencia de las máquinas habrá elementos del tronco que se convertirán en desecho haciendo imposible su utilización en otra faceta. Más aún, al fin de su vida útil la silla podrá ser reciclada pero nunca podrá ser convertida nuevamente en un árbol y el material reciclado poseerá propiedades distintas a la madera en su estado natural.

“al fin de su vida útil la silla podrá ser reciclada pero nunca podrá ser convertida nuevamente en un árbol”

Esta característica es consustancial a cualquier mercancía creada, en atención a lo cual, el aporte de Georgescu-Roegen es la crítica principal a las ideas que versan sobre el crecimiento económico ilimitado. Por más que se desarrollen las fuerzas tecnológicas nunca podrán sustituir el elemento energético y material que integra el crecimiento. Si las teorías económicas siguen desarrollándose sin consideración de los límites energéticos del planeta, seguirán viviendo en un mito energético fundacional.

Además de los fundamentos sobre el decrecimiento, se ha generado un amplio debate sobre su conceptualización, implementación y alcance. En la diversidad de definiciones destaca Kallis (2017) quien lo describe como una reducción equitativa de la producción y del consumo con el fin de mejorar la calidad ambiental que disfrutan las personas. El autor insiste en que disminuir la cantidad de materiales y energía utilizada por las naciones ricas se reflejaría en una contracción del PIB. Por tanto, se vuelve necesario la voluntad de los países para aceptar una tasa de crecimiento suficiente. En la misma línea, Latouche (2010) indica que se trata de un proceso voluntario negociado a nivel institucional para reducir el consumo energético hasta niveles sostenibles. Esta definición vincula la calidad de medio ambiente con el bienestar humano gracias a un entorno menos destruido por las actividades humanas.

En un análisis muy interesante Romano (2019) critica fuertemente la postura liberal de quienes ligan el crecimiento económico a un aspecto racional y natural del ser humano, contrariamente, señala el autor, es la imposición de una estructura socio-institucional que legitima a las clases dominantes. Este argumento es similar al expuesto por Piketty (2019) que, si bien no habla sobre el decrecimiento, insiste en que las sociedades desde las antiguas a las modernas imperan un discurso ideológico que legitima la concentración del ingreso, justifica el orden natural de las clases sociales y la distribución de la riqueza, tal como Romano critica la idea sobre crecimiento económico como pilar único del desarrollo.

En un estudio relevante, Kallis, Kerschner y Martínez-Alier (2012) destacan la dicotomía entre crecimiento y decrecimiento. Por un lado, las economías endeudadas buscan acelerar su dinámica de producción para enfrentar sus deudas y por otro lado el decrecimiento tiene un carácter inestable pues se corre un riesgo de disminuir la demanda efectiva, crear desempleo y reducir el bienestar social. Para ello, proponen una ruta de acción basada en un diseño institucional que limite los niveles de extracción de energías fósiles, colocar un tope al nivel de emisiones de efecto invernadero, además de acompañamiento con medidas de índole social y laboral como ingreso básico y reducción de la jornada laboral a fin de evitar el desempleo. Compartir los trabajos permitiría un ingreso equitativo para la sociedad. En conjunto, estas medidas lograrían reducir la inestabilidad de la reducción del producto.

Reconociendo lo controversial del tema, Stuart et al (2021) indican que el objetivo del decrecimiento no es abandonar el PIB como medida de progreso, sino que trata de retirarlo como el objetivo social más ambicioso particularmente en las naciones más ricas donde año tras años se aspira a superar las tasas de crecimiento histórico. De tal forma, continuando con los autores, si se logra una planificación de la producción y del consumo en los países lideres podría vivirse dentro de límites biofísicos sostenibles. Este tipo de definiciones destacan el cambio cultural y social para modificar el pensamiento que privilegia la acumulación de la riqueza y desean implementar una autolimitación del consumo personal.

“si se logra una planificación de la producción y del consumo en los países lideres podría vivirse dentro de límites biofísicos sostenibles”

Ligar el decrecimiento a la reducción del producto nacional, y el incremento del bienestar humano, ha generado controversias entre aquellos que señalan que no existe un vínculo claro [por ejemplo, Koch et. al. (2017)]. Mientras, del otro lado de la postura, hay quienes defienden una acertada relación entre ambas variables, aunque reconocen la dificultad en su puesta en marcha debido a los cambios sociales, económicos, políticos, culturales y tecnológicos que requiere un paradigma de esta naturaleza, tal como señala Büchs y Koch (2019).

Por otra parte, los autores consideran la idea del decrecimiento buena iniciativa a pesar de sus vacíos analíticos. Por ejemplo, D´Alissa y Kallis (2020) justifican que no existe una teoría del Estado que permita explicar cómo, por qué y en qué condiciones en las que podría producirse los cambios a nivel sistemático. Mientras Weiss y Cattaneo (2017) identifican en su revisión bibliométrica que el tema está diseñado para naciones desarrolladas. En efecto, al requerir una plataforma institucional para transitar hacia un estadio negociado entre las partes, pareciera que los países líderes del mundo se encuentran con las posibilidades de transitar democráticamente al objetivo común, además de contar con recursos financieros para reducir las vulnerabilidades del cambio climático. Finalmente, en una visión pesimista, autores como Foster (2011) y Cosme et al. (2017) consideran que la génesis del capitalismo nunca permitiría que desaparecieran los incentivos para seguir generando mercancías, al tiempo que Marcos (2017) apunta que este esquema de desarrollo occidental ni siquiera tiene implicaciones sobre la cosmovisión de las sociedades periféricas de América Latina.

Frente a la múltiples aristas que surgen en el debate sobre el decrecimiento es importante destacar que la dinámica económica actual en términos energéticos es insostenible. A pesar de la incorporación de variables ambientales dentro de la contabilidad nacional e internacional, quedan lejos realmente de conducir a la sociedad hacia una ruta de sustentabilidad fuerte. La pregunta que surge es ¿en realidad es compatible el decrecimiento dentro del capitalismo? ¿Quiénes son los protagonistas del cambio? ¿realmente el diseño institucional impulsaría una agenda de cambio profundo?

Sin afán de intentar responder a un debate abierto, es relevante partir de realidades que pueden cambiarse. En primer lugar, reconfigurar el análisis de la dinámica económica dentro de las universidades. Es risorio seguir en el análisis de hace 70 años sin tomar en cuenta la realidad climática vigente. Otra realidad identificable es el papel de las naciones más ricas en el acelerado nivel de deterioro ecológico. De acuerdo con Our World in Data (2022) el 16% de población de mayores ingresos genera el 38% de emisiones de dióxido de carbono mientras el 9% de habitantes del mundo con ingresos bajos provoca apenas el 0.5% del tipo de emisiones descritas. Aunado a ello, con información del World Inequality Report 2022 el 10% de la población tiene casi 80% de la riqueza mundial. Es decir, tal como se apuntó líneas arriba, la idea del crecimiento, dadas las condiciones en que se encuentra la economía, beneficia principalmente al 10% de la sociedad, al mismo tiempo que son los mayores generadores y responsables del daño ecológico. Esto permite identificar perfectamente a los principales culpables del problema actual y cómo, a través de una discursiva ideológica, intentan preservar el orden imperante.

La idea del decrecimiento se enfrenta a una serie de resistencias que lo vuelven en muchos casos en planes difíciles de realizar y que no es objeto de este trabajo cuestionar su viabilidad. Lo que es una realidad es que permite visibilizar una problemática y el papel que ha tomado la sociedad civil y organizaciones en poner freno a la dinámica actual. Se requerirá de mayores esfuerzos, en primera instancia, para profundizar el mensaje en el interior de la sociedad y posteriormente convertirse en una resistencia contra la forma en que la vida económica ha atentado contra la naturaleza. Este trabajo subraya posibles mecanismos, es labor de la sociedad en su conjunto de tomar las apropiadas y transitar en las distintas esferas, caminos y posibilidad hacia esa meta.


Referencias:

  • Cosme, I., Santos, R., y O’Neill, D. (2017). Assessing the degrowth discourse: A review and analysis of academic degrowth policy proposals. Journal of cleaner production, 149, 321-334.

  • D’Alisa, G., y Kallis, G. (2020). Degrowth and the State. Ecological economics, 169, 106486.

  • Foster, J. (2011). Capitalism and degrowth: An impossibility theorem. Monthly review, 62(8), 26-33.

  • Georgescu-Roegen, N. (1971). The entropy law and the economic process. Harvard University Press.

  • Kallis, G., Kerschner, C., & Martinez-Alier, J. (2012). The economics of degrowth. Ecological economics, 84, 172-180.

  • Kallis, G. (2017). Radical dematerialization and degrowth. Philosophical transactions of the royal society a: mathematical, physical, and engineering sciences, 375(2095), 20160383.

  • Koch, M., Buch-Hansen, H., y Fritz, M. (2017). Shifting priorities in degrowth research: an argument for the centrality of human needs. Ecological Economics, 138, 74-81.

  • Latouche, S. (2010). Degrowth. Journal of cleaner production, 6(18), 519-522.

  • Marcos Perez, J. (2017). Beyond Development: Degrowth. Revista Internacional Pensamiento Politico, 12, 467.

  • Piketty, T. (2019). Capital et idéologie. Seuil

  • Romano, O. (2019), Towards a Society of Degrowth. Routledge,

  • Rostow, W. (1959). The stages of economic growth. The economic history review, 12(1), 1-16.

  • Solow, R. (1956). A contribution to the theory of economic growth. The quarterly journal of economics, 70(1), 65-94.

  • Solow, R. (1957). Technical change and the aggregate production function. The review of Economics and Statistics, 312-320.

  • Stiglitz, J., Sen, A. y l Fitoussi, J. (2009). Report by the Commission on the Measurement of Economic Performance and Social Progress. Disponible en https://library.bsl.org.au/jspui/bitstream/1/1267/1/Measurement_of_economic_performance_and_social_progress.pdf

  • Stuart, D., Gunderson, R., y Petersen, B. (2020). The degrowth alternative: A path to address our environmental crisis? Routledge.

  • Weiss, M., y Cattaneo, C. (2017). Degrowth–taking stock and reviewing an emerging academic paradigm. Ecological economics, 137, 220-230.

  • World Inequality Report (2022). Disponible en https://wir2022.wid.world/

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