11de septiembre
11 de septiembre. Foto: Andrew Lichtenstein

Hace 20 años, una escena de horror tuvo lugar en Nueva York, centro financiero mundial, y una de las ciudades más importantes de Estados Unidos. Famosa por sus rascacielos, en 1972 la ciudad construyó dos torres idénticas en el centro de Manhattan, que se enmarcaban en su opulencia arquitectónica: 110 pisos cada una, una capacidad para albergar 35.000 personas y 70.000 visitantes diarios entre las dos. La altura máxima de cada una superaba los 400 metros.

La mañana del 11 de septiembre de 2001, a las 8:46 un avión con 76 pasajeros se estrelló en una de esas torres. Un segundo avión con 51 pasajeros se estrelló en la otra torre minutos más tarde a las 9:03. A las 9:59 se derrumbó la segunda torre en ser embestida, y la otra, cuyo derrumbe demoró más, colapsó a las 10:28. 

Antes del colapso, la inmensa cantidad de combustible que cada avión llevaba incendió varios pisos, corrió por los huecos de los ascensores por los que varios trabajadores evacuaban – cayendo sobre su piel y provocandoles quemaduras – para finalmente dañar la estructura y provocar el derrumbe final.

Ese martes laborable por la mañana en medio del centro de una de las ciudades más poblada de Estados Unidos, este escenario irreal y difícil de creer para las personas que lo presenciaron – y tantos otros alrededor del mundo que lo seguían por las noticias desde la TV – dejó como resultado casi 3.000 muertos y 25.000 heridos. También dejó el interrogante para los estadounidenses ¿Por qué nosotros? ¿Por qué nos odian?

El mundo nos presenta tantos escenarios de injusticia y dolor, que calificarlos de distópicos pareciera rehuir a la realidad de que de hecho, son más cotidianos que excepcionales. No por eso la sensibilidad por ese grito ante la injusticia – tan humano y que suele tomar la forma de interrogación ¿Por qué a mi? ¿Por qué a nosotros? – debiera aminorarse para tenderse cómodamente en la resignación. Más bien, la sensibilidad frente a las injusticias debería intensificarse. Intentar dar respuestas que ayuden a comprender. No desde el odio. No que busquen revancha y generen una escalada de violencia que se extienda al punto tal de no poder recordar que la motivo. Bueno, esto último es lo que les ofreció el gobierno de los Estados Unidos a sus ciudadanos, quienes por cierto, movidos desde el desconcierto y el dolor aceptaron en un principio de una forma muy complaciente, pero que no tardaría en traerles costos también a ellos. El gobierno de Estados Unidos estaba presto a ofrecer venganza. 

Resulta útil recapitular un poco en la historia para explicar porque esa mañana de martes dos aviones chocaron contra dos rascacielos, siendo, además, parte de un ataque coordinado: al igual que los otros, un avión también había sido secuestrado y estrellado en el pentágono – un edificio horizontalmente inmenso que alberga oficinas militares en Washington D.C. – y  otro avión también secuestrado no llego a impactar en ningún objetivo porque los pasajeros se rebelaron contra los captores y finalmente cayó en medio de un campo cerca de Washington D.C.

Afganistán es un país de Asia central. No tiene salida al mar y limita con Irán al Este y Pakistán al oeste. Al norte, con varias ex repúblicas soviéticas tales como Turkmenistan y Ubekistán. Vale la pena correr a un mapamundi. Tiene una superficie mayor, por ejemplo, que potencias como Francia y Alemania. La mayor parte de su territorio es montañoso. Su población pertenece mayoritariamente a la etnia pastún – el mismo nombre adopta su lenguaje oficial – y la religión que se practica es el islam en su vertiente sunita. Afganistán tiene una economía basada principalmente en la agricultura, no teniendo mayores desarrollos. Se trata de un país que no es rico, sino más bien todo lo contrario.

En 1978 un gobierno encabezado por el Partido Democrático Popular de Afganistán de orientación socialista se forma en el país. Por enfrentamientos internos, en 1979 la Unión Soviética ingresa militarmente al país en apoyo del gobierno recientemente formado. Esto es considerado por Estados Unidos – en el marco de la guerra fría- como una invasión y una maniobra de expansión por parte de la Unión Soviética, por lo cual decide intervenir en el conflicto. Durante la guerra civil y hasta la retirada de las tropas soviéticas del país en 1989, Estados Unidos brinda apoyo militar al bando contrario, los llamados “muyahidines”. Se trata de afganos que practican una visión conservadora del islam -por no usar adjetivos como extrema o fundamentalista – comprometidos con la “yihad”, lo que se traduce, en sus términos, en una guerra santa contra los invasores de territorios musulmanes. En este caso, los soviéticos son identificados como tales.

Los muyahidines triunfan, contra todo pronóstico, sobre el ejercito de la Unión Soviética. Aun con su poder militar, el ejército soviético sufre un gran desgaste a manos de combatientes que libran – sin ser un ejército regular – una guerra de guerrilla, bien equipados y con un buen conocimiento del terreno. Sin embargo, tras la retirada soviética en 1989, la guerra civil en Afganistán se extiende siete años más, hasta 1996, momento en que el gobierno es asumido por los talibanes. Esta facción promueve una visión extremista del islam. Su rasgo más distintivo es el patriarcal y machista: el odio hacia la mujer se expresa en una suerte de su muerte civil. Entre otras cosas, no se les permite salir sin la compañía de un hombre, no tienen permitido estudiar, se les impone el uso de la “burka” – un velo que cubre de cabeza a pies que apenas deja un espacio a la altura de los ojos para que puedan ver –, imposiciones cuyo incumplimiento implican el castigo con azotes públicos u otros tales como arrojarles acido en la cara. En una inmensa menor medida, claro está, la población masculina también es parte de tratos inhumanos y de la justicia talibán cristalizada, entre otras cosas, en ejecuciones sumarias. Aún así, tras la guerra civil, la población afgana en un principio recibió complacida el “orden” impuesto por los talibanes. Un orden del cual carecía el país tras una guerra civil que se prolongó por casi 20 años. 

Así, Afganistán se conforma como un país que alberga los grupos que expresan la visión más radical del Islam, tergiversando su verdadero sentido, poniéndolo al servicio de la intolerancia. Sin embargo, sería injusto atribuirle a esta nación el origen del extremismo musulmán. Por dos motivos. Primero, por la simple razón de que, si bien son grupos poderosos dentro del país, la población es diversa y mal podría endilgarse a todo un pueblo tal carácter. Son esas generalizaciones que no distinguen entre una elite política y un pueblo los que llevan a la incomprensión del fenómeno y finalmente a expresiones de intolerancia, en este caso, la islamofobia, con la que – torpemente, desinteresadamente, cruelmente – se ha tratado a miles de personas en occidente. En segundo lugar, sería injusto porque significaría obviar la hipocresía con la que conducen sus intereses las mismas potencias occidentales, en particular Estados Unidos. Erigido como el gendarme del mundo, Estados Unidos protege sus intereses relacionados al petróleo en la península del golfo pérsico. Puntualmente, Arabia Saudita, quien confronta en el golfo pérsico y la península arábiga con otras potencias – por ejemplo Turquía e Irán – por tener un rol hegemónico en la región, tiene como principal aliado a Estados Unidos, además de tener fuertes lazos comerciales con Europa. Si Estados Unidos ha manifestado que sus invasiones son motivadas por promover los derechos humanos y la exportación de la democracia, entonces es una manifiesta hipocresía su indulgencia y respaldo a la monarquía Saudí, donde tuvo origen – y se sostiene al día de hoy – la corriente islámica “wahabí” cuya interpretación de la religión y su influencia en la vida social son tan conservadoras y represivas como la visión que sostienen los talibanes.

La respuesta del gobierno estadounidense al atentado contra las torres gemelas: el presidente Bush pocos días después pasó por el congreso una resolución que le permitía “hacer uso de la fuerza para reprimir a aquellos que sean hallados responsables de los ataques”. De esa manera, inició la invasión a Afganistán, donde se suponía que el presunto responsable de los atentados y líder de Al Qaeda – Osama Bin Laden – era refugiado por el régimen Talibán. Rápidamente el ejército de Estados Unidos derroca al gobierno controla gran parte del país. Este es el puntapié de la “guerra contra el terrorismo”.

Paralelamente, la prisión estadounidense afincada en la Bahía de Guantánamo (territorio de la isla cubana controlado por Estados Unidos) se constituye como el lugar para llevar a cabo las flamantes “técnicas de interrogatorio mejoradas” aprobadas por el Congreso: un eufemismo para el abuso y la tortura de prisioneros.

Más adelante, en 2003, se decide la invasión de Irak, so pretexto de que Sadam Hussein (el líder político del país) tendría armas de “destrucción masiva”, y que brindaría apoyo a grupos terroristas, entre ellos, Al Qaeda. Se derrocaría al gobierno, y la intervención militar cesaría en 2011.

La suerte de Afganistán fue otra: se trató de una invasión sin ninguna estrategia, que duró 20 años. Se llevo unas 47.000 vidas de civiles afganos, unas 51.000 de combatientes talibanes y opositores, y unas 6.200 vidas de estadounidenses. Sin duda, el complejo militar fue el principal beneficiado, con la destrucción de capital en una guerra sin objetivos. En el medio, el “US Army” se constituyó como una oportunidad para una juventud norteamericana que era presa de la crisis financiera de 2008 desatada por los especuladores de Wall Street, jóvenes que en muchos casos, al regresar a su país enfrentaban una difícil reinserción social por las heridas de la guerra.

En términos de transformaciones culturales y políticas, es claro el emergente de la figura del terrorismo y el potencial terrorista como nuevo enemigo de Estados Unidos y las democracias occidentales. Su irrupción no solo se va a expresar en guerras devastadoras impulsadas por Estados Unidos y llevadas adelante por la OTAN y la legalización de la tortura en la prisión de Guantánamo. Además, se va a impulsar desde Estados Unidos y organismos internacionales – ONU, GAFI – un sistema de lucha contra el financiamiento del terrorismo, acoplado con el sistema antilavado de dinero. Estados Unidos es reconocido por ejercer la extraterritorialidad de facto, pero también ha pretendido ejercerla de iure – o basado en el derecho. El hecho de que sea la plaza financiera más grande del mundo, y que prácticamente toda transacción financiera de un punto al otro del planeta requiera un corresponsal estadounidense, sirve de excusa a los Estados Unidos para extender su jurisdicción. Sin dudas no es una novedad, pero el sistema contra la financiación del terrorismo ha aceitado la vocación de extraterritorialidad estadounidense, y con ella su poder de coerción política.

Es notable, entonces, que la vocación globalizadora de la potencia del norte encuentre algunos límites. En 2017, durante el gobierno de Trump, la Corte Penal Internacional con sede en La Haya anunció de la mano de la fiscalía que iniciaría una investigación por crímenes de lesa humanidad llevados a cabo por fuerzas estadounidenses en Afganistán. Estados Unidos niega la jurisdicción de la corte, so pretexto de no haber ratificado el tratado de Roma – constitutivo de la corte – desconociendo por otro lado que no es el único supuesto para fundar la jurisdicción de la corte. Así, termina por sancionar a la fiscal y toda persona que la ayude en su investigación.

20 años pasaron de aquel ataque que provocara una increíble cantidad de víctimas, y produjera un profundo grito contra la injusticia, contra el daño inmotivado contra personas cuyo cotidiano se vio monstruosamente desarticulado en segundos. Otros tantos años pasaron de que a ese grito se le ofrezca la venganza como explicación y satisfacción. Y que su consecuencia haya sido a lo largo de todos estos años – Estados Unidos retiró este año las ultimas tropas de Afganistán – la creación de más dolor, más situaciones injustas, especialmente sobre el pueblo Afgano. Un pueblo que por la ocupación extranjera, por la guerra civil o por los regímenes extremistas no tiene fuerza para gritar ante la injusticia. O más bien si lo hace, es sordo, y no llega a ser escuchado.

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