Chile Rechazo
Foto: MARTIN BERNETTI

La mirada y el compromiso internacional frente al proceso chileno es ineludible, se debe a múltiples razones, a hechos del pasado y del presente. Recoger esos hilos es sin duda necesario en estos momentos para encarar la nueva etapa de un proceso constituyente que mantiene un horizonte transformador, aún en medio de un nuevo balance político. Sostener y ampliar el camino de cambios estructurales es tarea compartida desde todos los lugares y entornos que coincidimos en la búsqueda de sociedades del buen vivir, con democracias de nuevo tipo, con justicia económica, social, de género, histórica y ambiental.

Señalemos, brevemente, algunos antecedentes que hacen de Chile un proceso de tanta expectativa y compromiso en el plano internacional: la trayectoria compartida de búsqueda de transformaciones en países capitalistas periféricos marcados por la desigualdad; los hitos que han significado tanto la experiencia de la Unidad Popular como el posterior golpe cruento y la implantación del neoliberalismo; la presencia de pensamiento y movimiento de este origen en muchos países debido al exilio; la trascendencia de las acciones de confrontación al poder dictatorial, de vuelta al régimen democrático y, más recientemente, de resistencia al neoliberalismo.

De entre los múltiples factores y temas que se anudan en este nuevo momento, interesa enfatizar precisamente en la importancia de ‘salida del neoliberalismo’ que, desde una mirada feminista, sintetiza dinámicas de economía, sociedad, ambiente y cultura en tensión y redefinición.

En los ya abundantes análisis sobre el resultado del plebiscito de salida, uno de los factores anotados es que el miedo agitado en la sociedad por la campaña ‘rechazo’ aludía principalmente a asuntos asociados a una agenda de identidades, entre los que se alude a la plurinacionalidad.

Así también, en el antes y en el después de ese día se distinguen los alcances y la legitimidad del feminismo, en términos de movilización y propuesta, que mostró un carácter más integral en su visión, marcada por la ubicación de la vida como eje del rediseño del nuevo pacto social plasmado en una Constitución. Pasar del autoritarismo de mercado que tan extensamente afectó a la economía, la sociedad y la naturaleza chilenas, a una economía y sociedad organizadas en torno a la reproducción, cuidado y restauración de la vida en todas sus expresiones, se planteó como una necesidad y una urgencia, que siguen vigentes más allá del resultado del domingo 4.

Esta reubicación de la vida por sobre el capital es no solo lo sustantivo del mandato que derivó del estallido social de 2019, sino lo que la evidencia pandémica presentó de manera clara: en las condiciones de parálisis económica del confinamiento, la capacidad social y solidaria de iniciativas de producción y servicios para sustentar la vida, muchas veces desplegadas por mujeres, permitió en buena medida la subsistencia de la población. Así también, en tiempos de acelerado cambio climático, Chile aparece como ejemplo de desastres directamente provocados por el neoliberalismo, entre ellos la desertificación causada por los monocultivos y el acaparamiento privado del agua, o los incontrolables incendios en zonas de plantación maderable (los llamados ‘desiertos verdes’ para diferenciarlos de los bosques).

El protagonismo de las mujeres, del movimiento feminista y sus propuestas sistémicas y transversales en la etapa que se cumplió el domingo 4 deja pautas ineludibles para la nueva fase de un proceso que está llamado a entregar al país y al mundo ese rediseño constitucional a tono con las urgentes salidas para un sistema en crisis terminal.

Como sucede en varios procesos contemporáneos en la región, las conexiones entre la sociedad movilizada y las esferas políticas formales no son del todo claras, hay confusiones, desconfianzas, desencuentros, fragmentación, que se traducen en fragilidad. Las energías sociales que se despliegan en la resistencia, los estallidos de magnitudes inéditas no siempre logran un correlato, una proyección adecuada en la esfera política.

Así, en esta nueva fase se destaca la importancia de recoger el espíritu del estallido de 2019, que no fue un hecho coyuntural sino la síntesis histórica de décadas de resistencia y búsqueda de alternativas, junto con la de fortalecer un frente político capaz de llevar a buen término un anhelo sin duda mayoritario, más allá de hegemonías transitorias fundadas en la siembra de miedo y odio. El arraigo social de un proceso constitucional que continúa, la experiencia acumulada que incluye este resultado provisionalmente adverso, son bases firmes hacia un resultado prometedor.


 

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