Hace un par de meses me invitaron a dar el discurso inaugural en la Cumbre de Sistemas Alimentarios en la Universidad de Vermont, realizada la semana pasada en la Universidad de Vermont, UVM en Burlington. Recibo muchas invitaciones de este tipo, son parte del trabajo en Food First. Vuelo de ida, doy la charla, voy a la recepción, levantarme temprano y volver a casa. Pero Vermont es especial. Recientemente aprobó regulación que obliga etiquetar los organismos genéticamente modificados, OGMs y ley para elevar el salario mínimo. Les pregunté a mis anfitriones si habría tiempo para conocer a algunas personas del movimiento alimentario y ver algunas de las famosas granjas lecheras y de maple del Estado. Amablemente sugirieron que llegara un día antes para enseñarme la zona.
 
El lunes temprano en la mañana me reuní con Doug Lantagne, rector de Extensión Agrícola de la UVM, la catedrática de la UVM Teresa Mares, Naomi Wolcott-MacCausland, la Coordinadora de Salud para Migrantes en el programa de Extensión “Puentes para Salud” y Jessie Mazar, Coordinadora del Proyecto Huertas, un proyecto de huertas y seguridad alimentaria. Me llevaron al condado Franklin, en la frontera canadiense, la principal región lechera de Vermont. No tenía idea de lo que significaba la combinación de “frontera” y “producción láctea” para las comunidades agrícolas del condado Franklin.
 
En junio el Vermont rural tiene un encanto de postal, con campos verdes y bosques frondosos con viejos graneros rojos magníficos y pintorescos caseríos de dos pisos situados entre los riachuelos y arroyos que desembocan en el lago Champlain. Doug, ingeniero forestal originario de Vermont, nos ofreció continuos comentarios sobre la historia, agroecología y cultura de la región mientras avanzábamos a lo largo de las bien mantenidas carreteras rurales. 
 
Pasé gran parte de mi juventud viviendo y trabajando en granjas lecheras familiares en el norte de California. Las granjas lecheras de mi infancia—y el estilo de vida—hace tiempo desaparecieron, sentí nostalgia viendo que muchos habitantes de Vermont han logrado capear el desastre en curso de las políticas lácteas federales de nuestro país. También había muchos invernaderos llenos de verduras y hortalizas frescas. Estos se venden a nivel local y regional, desde Burlington hasta la ciudad de Nueva York. Vermont está lleno de mercados campesinos, Agricultura Apoyada por la Comunidad (CSA siglas en inglés), empresas locales de alimentos, restaurantes orgánicos, capítulos de Slow Food, proyectos de granjas a escuelas, iniciativas de la granja al plato, las incubadoras de granjas… Los habitantes de Vermont se enorgullecen de sus gobiernos locales fuertes, políticas progresistas y el espíritu de la independencia—Vermont fue una república antes de convertirse en un Estado.
 
“Somos la Meca de los sistemas alimentarios locales”, dijo Doug, medio en broma. Después paramos en una granja.
 
Nos encontramos con dos ordeñadores en el camino a sus quehaceres. Era evidente que no eran de Vermont. Eran bajos, fuertes hombres indígenas. Hablamos con ellos brevemente, para no distraerlos de su trabajo. Me di cuenta de que su español tenía la cadencia propia del sur de México. Eran de Chiapas. Mis anfitriones me llevaron a un remolque para conocer a "Juana", la esposa de uno de los ordeñadores. Juana era una de las mujeres que trabajan en el Proyecto de Huertas Puentes a la Salud, que ayuda a familias de trabajadores agrícolas a cultivar verduras para mejorar la dieta familiar. Las verduras de su huerta las había plantado recientemente así que no había mucho que ver, pero estaba claro que en unas semanas los chiles, tomates, berenjenas, cilantro, calabazas y hierbas en su patio trasero producirían. A pesar de que Juana no tenía experiencia previa en la huerta en México (ella me dijo que en su aldea la agricultura era trabajo de hombres), este era su segundo huerto en Vermont y ella creía en ello.
 
Juana nos invitó a pasar y comiendo tamales caseros hablamos de cultivar, de Vermont y de México. Yo tenía curiosidad sobre Puentes a la Salud. Yo había trabajado con escuelas y huertas familiares en México en los ‘70s. En mi experiencia, el patio detrás de la casa en las fincas  pequeñas era dominio de la mujer de la casa. Era un laboratorio y ella era la científica. Nuevas semillas, variedades, fertilización y técnicas de cultivo se iniciaban, dirigían y evaluaban bajo su atenta mirada. El sabor, la facilidad para cocinar, el valor nutricional y la adaptabilidad en el sistema agrícola grande formaban parte de sus criterios. Cuando los cultivos tenían éxito, a menudo se incorporaban a los del campo. El conocimiento de la nueva práctica se compartía ampliamente con la familia extensa y las redes comunales en el pueblo, de campesino a campesino. Creo que de esta manera las mujeres fueron esenciales para el éxito de Campesino a Campesino, el movimiento de pequeños agricultores para una agricultura sostenible que extendió prácticas agroecológicas a un cuarto de millón de familias de agricultores en América Central durante las décadas de 1980 y ‘90s.
 
Cuando les pregunté a mis amigos de la Extensión de UVM si estaban usando técnicas de campesino a campesino para expandir el nuevo conocimiento de Juana a otros campesinos, disintieron con la cabeza.
 
Y después me contaron algo que me rompió el corazón.
 
Juana no puede salir de la granja cuando quiere. Tampoco su marido ni el otro ordeñador. De hecho, muchos de los trabajadores agrícolas indocumentados que viven cerca de la frontera canadiense en Vermont no se atreven a salir de las granjas donde trabajan regularmente por miedo a ser detenidos por alguna patrulla de la frontera norteamericana. Los que viven en estas comunidades fronterizas no pueden ver a amigos o familia, ir a la tienda, a la iglesia ni acudir al médico cuando se necesita. No van a ningún sitio por miedo a ser vistos. Son invisibles.
 
Yo he pasado veinte años trabajando con familias campesinas como estas. Sus culturas están arraigadas en la vida familiar y comunitaria. Son profundamente sociables ya que en esas condiciones de vida, a menudo precarias, dependen los uno de los otros. Su cultura es su resiliencia. Estar solo es ser dolorosamente vulnerable—y estar profundamente triste.
 
El proyecto Huertas ha intentado acercar a los campesinos para compartir semillas, plantas y productos. Desde el inicio del proyecto hace cinco años, han invitado a los cultivadores a uno o dos talleres sobre conservas al año en una granja familiar local para ayudar a todos a procesar el enorme excedente de verduras que producen. El año pasado, el mayor temor de los participantes se hizo realidad cuando un conductor voluntario fue detenido por la Patrulla Fronteriza cuando llevaba a los trabajadores de vuelta a casa tras un encuentro sobre las cosechas. Ahora los coordinadores de los proyectos transportan semillas y plantas entre las familias que cultivan los huertos, comparten información y sólo visitan a las personas confinadas a sus remolques y apartamentos improvisados.
 
A lo largo de los años he visto un buen número de campos de trabajo y he visitado muchas familias de trabajadores agrícolas en los Estados Unidos. A estos trabajadores del campo parecía que comparativamente les iba mejor. (Aunque aprendí que esto no es siempre el caso). Sus salarios están por encima de $7/hora, las viviendas son rústicas pero no les cobran. La gente me contó que muchas familias productoras se ocupan de sus trabajadores y hacen las compras para ellos. No es culpa del granjero que nuestra frontera del norte se haya militarizado y la reforma migratoria esté atascada en un Congreso disfuncional. Aun así, nunca había visto tanta soledad demoledora. Viviendo en las sombras de la Meca de comida local de Vermont, estos hombres y mujeres sufren una violencia estructural que afecta la esencia de lo que son como personas. Me estremezco al pensar en su aislamiento durante los meses de invierno.
 
Fuimos a otra granja a visitar a “Tomás”, un hombre de mediana edad que insistió en darnos un segundo almuerzo. El arroz, los frijoles, la ensalada y la salsa casera estaban deliciosos. Después visitamos su huerto, uno de los varios que mantiene en la granja en la que trabaja. En México, Tomás era un curandero, un herborista. El huerto albergaba una combinación de hierbas y verduras. Él cultiva muchas de las plántulas que luego se reparten con los otros trabajadores. Él caminaba con entusiasmo entre las filas, arrancando verduras y dándonos ramitas de hierbas para oler y probar.
 
“En realidad no como mucho de esto”, confesó, “¡me gusta dárselo a la gente!”
 
Se me ocurrió que Tomás cultivaba el huerto para aliviar su soledad. No sólo ocupaba su tiempo, también atraía a gente. Era algo por lo que había sido respetado en su propio pueblo. Su actitud positiva era contagiosa y todos disfrutamos estando juntos y hablando de cultivar, de salud, de amistad. Me di cuenta que Tomás era uno de los promotores excepcionales (extensionistas del pueblo) típicos del movimiento de Campesino a Campesino: curioso, entusiasta y dedicado al cultivo y a su gente. Después me enteré de que tras once años trabajando en esta granja lechera, la Patrulla Fronteriza había cogido a Tomás. Tenía una cita en el tribunal y muy probablemente sería deportado.El lado positivo, he aprendido, es que por primera vez en una década se movía libremente por todo el condado. Si la Patrulla Fronteriza lo paraba, lo único que tenía que hacer era mostrar su citación judicial. 
 
De allí Naomi nos llevó a la granja de su familia donde plantan verduras, tienen vacas lecheras y (como la mayoría de los granjeros de Vermont) hacen el miel de maple. Ella los ha reclutado a todos para trabajar con el proyecto de Huertas. Resulta que muchos de los agricultores de Vermont se sienten muy mal por las condiciones draconianas impuestas a sus trabajadores por la Patrulla Fronteriza. La policía local es decididamente menos entusiasta que los federales en perseguir a los trabajadores agrícolas indocumentados e incluso el gobernador ha pedido al departamento de Seguridad Nacional que afloje un poco. Una organización local, Justicia Migratoria, ha trabajado duro para abrir el acceso a las licencias de conducir vehículos para todos los residentes, independientemente de su condición legal y aprobar políticas policiales libres de prejuicios a nivel estatal. Sin embargo, estos esfuerzos están necesariamente limitados por la vigilancia de la frontera federal.
 
Al día siguiente, la Conferencia de Sistemas de Alimentación inició con ponentes, paneles y tiempo para la discusión. Una animada multitud de unos 300 trabajadores sociales, académicos, estudiantes, agricultores y ciudadanos de Vermont abordaron las cuestiones de la sostenibilidad y la equidad en el sistema alimentario. Aprendí bastante. Cuando me llegó el momento de hablar, en 40 minutos expuse sobre las atrocidades del régimen alimentario corporativo y los valientes esfuerzos de las/los agricultores y consumidores de todo el mundo para establecer la justicia y la soberanía alimentaria frente a lo que parecen ser insuperables adversidades. Posiblemente abrumé a mucha gente, incluso a mí. El hecho es que la transformación de nuestro sistema alimentario es un trabajo difícil y a menudo deprimente. Las normas y las instituciones se unen en favor del status quo.
 
Cuando terminé, en medio de la sensación de hundimiento que sentí frente a 300 personas que anhelan algo positivo, me acordé de Tomás. Él viene de una de las muchas comunidades que han sido devastadas por los acuerdos de libre comercio y la expansión de la agricultura industrial del régimen alimentario corporativo. Pero de alguna manera, Tomás se niega a renunciar a la esperanza. La esperanza, no es lo mismo que el optimismo. El optimismo es cuando crees que las cosas van a salir bien. Con un billón de personas hambrientas a pesar de las cosechas récord (y las ganancias récord del monopolio), es difícil ser optimista sobre el sistema alimentario mundial. Es difícil ver cómo vamos a desmantelar las prácticas contaminantes de la agricultura industrial. Es muy difícil, a veces, ser optimista. La esperanza, sin embargo, es diferente. La esperanza es cuando haces cosas no porque tienes la certeza de un resultado, sino porque crees que es lo que hay que hacer. Uno espera que las cosas salgan mejor. Al igual que Tomás, plantando y compartiendo a pesar de que está a punto de ser deportado. Para Tomás, para Juana y para cientos de millones de personas en los Estados Unidos y alrededor del mundo, renunciar a la esperanza simplemente no es una opción. Tenemos que estar con ellos, por el futuro de todos. Gracias, Tomás.
 
– Eric Holt-Giménez, Food First