Leyendo la Bibliografía de Nelson Mándela, el alma de color que luchó contra el apartheid en Sudáfrica,Premio Nobel de la Paz en 1993”, me hizo hilvanar mis pensamientos entorno a un grupo de niños que hace años atrás en una calle de arena entre el polvorín, vi jugando una caimanera de Fútbol, con una pelota hecha de medias viejas y trapo, en uno de aquellos barrios humildes que recién nacían al Noroeste de Maracaibo. 
 
La forma de vida de aquellos niños me dejó una huella imborrable que recuerdo con exactitud a uno de ellos; su cabello negro alborotado, sus pantalones rotos, su mirada esquiva y piernas como una pantera, él decía que lo llamaban “Luis Espiga Veloz” por su estilo rápido como deportista de calle y porque tenía la ilusión algún día ser como aquellos grandes deportistas del Fútbol, pienso yo mientras escribo estas letras, que Madiba o Nelson Mandela utilizó ese mismo deporte, en su versión de Rugby, para salvar a su país Sudáfrica de disimiles momentos de violencia. Qué diferencia tan contrastante entre aquel juego de niños y la propuesta de Mandela hecha realidad.
 
Así, transcurren las historias que logran capturar la atención del tiempo, atizar las fantasías de los lectores, además comparar dos tiempos distintos, un niño en la calle arropado en sus ilusiones y una celebridad que entregó su vida con ahínco para sacar a su nación de los graves problemas que le acarreaban, para liberarlos de la opresión brutal de la ignorancia y la segregación racial.
 
Ahora, a propósito de este Mundial de Fútbol 2014 y de toda la alegría que impregna, consideré oportuno abstraer a la memoria al gigante Mandela, quien en 1995 le puso todas sus fuerzas a la Copa Mundial de Rugby, de la cual nadie se imaginaba sus resultados y donde su equipo los Springboks” se convirtió en un icono de la historia al derribar la muralla del Apartheid que sacudía a Sudáfrica por décadas.
 
En efecto, aquel “Ángel de Color” no solo logró que “39 millones de sudafricanos, blancos, negros, mestizos e indios” se unieran como hermanos a una sola voz a través del deporte, sino que fue el propulsor del cambio en la manera de pensar, de ser y actuar de sus coterráneos, bien acertado entonces, el sobrenombre de Madiba que es una honra al título otorgado por el concejo de ancianos de la tribu a la cual pertenecía, es una señal de una vida honorable y gloriosa. De allí que este mundial debería ser en honor a ese luchador que levantó las banderas del deporte para alcanzar la Paz de su pueblo.
 
En este 2014, las naciones todas se paralizan, se colman de alegría y de coloridas canciones, cada quien empuña el matiz de su equipo favorito, las miradas se fijan en el campo de juego, las emociones saltan en los asientos, se encienden una a una millones de luces, para ver y abrigar la pasión de la Copa Mundial de Fútbol. Así es como todo comienza, con un sueño, Mandela un día se llenó de las ganas de aquellos niños que jugaban en la calle, para buscar la paz de su país.
 
Hoy Brasil y las naciones del mundo tienen atrapado en sus manos aquel sueño de Madiba que pudiera servir si quisieran para derribar las diferencias y las barreras que existe en naciones enteras.
 
Y, aquel niño que un día me encontré en la calle; cansado, sudoroso, hambriento, soñador, rápido como una pantera negra, “Luis Espiga Veloz”, era un niño huérfano, de la calle, soñaba con su pelota hechas con medias viejas y trapo, quería ser el mejor jugador de fútbol, pero un accidente le afectó sus piernas, a cambio de su sueño, se hizo un profesional de la medicina y diariamente a sus pacientes con su mirada de humildad, les dice; “No pude ser un jugador de fútbol como yo hubiese querido ser, pero ahora me dedico a salvar vidas”.
 
Henry Sánchez es Licenciado en Comunicación Social venezolano y profesor universitario
 
 
 
 
 

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