En el pensamiento crítico latinoamericano, un punto de consenso bastante amplio es que la serie de crisis que estamos viviendo –la crisis económico-financiera, la ambiental, la climática, la alimentaria, la energética, la misma crisis epistemológica– no son simplemente coyunturales, sino que estamos frente a una crisis civilizatoria.  Es decir, el modelo de desarrollo impulsado por Occidente en el conjunto del planeta desde hace unos cinco siglos está llegando a su punto de agotamiento, poniendo incluso en peligro al propio planeta o, por lo menos, la sobrevivencia de gran parte de la humanidad y de las especies vivientes.  Es a la vez un modelo que ha saqueado los recursos de los países del Sur para beneficio de los del Norte.
 
Salir de este enfoque del desarrollo requiere de una transformación profunda del modelo de pensamiento que lo sustenta, lo que, entre otros, pasa por rescatar y renovar filosofías y conocimientos distintos de lo occidental hegemónico, y por establecer un diálogo intercultural.  También es necesaria una fuerza social que impulse el cambio.
 
Justamente, la hegemonía del pensamiento occidental se ha establecido, entre otros, mediante el aniquilamiento o la deslegitimación de los conocimientos y saberes de las otras culturas del mundo.  No es coincidencia que hoy, cuando este pensamiento, basado en la racionalidad antropocéntrica y la explotación de los recursos hasta su agotamiento, está mostrando sus límites, van recobrando vigencia corrientes de pensamiento distintas, entre las cuales, en América Latina, se destacan los aportes de las culturas y conocimientos ancestrales y su relación con la naturaleza.
 
Así, Aníbal Quijano, desde su teoría de la colonialidad del poder, se refiere a una crítica radical del eurocentrismo en América Latina, y argumenta que están resurgiendo racionalidades que antes fueron colonizadas, o que incluso aparecen otras nuevas.  Él sostiene que “probablemente lo que tendremos en el futuro no es tanto una racionalidad común a todos… sino varias racionalidades, o sea, varios modos de producir sentido y explicar”, y que la esfera común de estos modos sería la comunicación, el aprendizaje mutuo, en un marco de reconocimiento a las diversidades. [1]
 
Buen Vivir y soberanía alimentaria
 
Uno de los detonadores del resurgir de racionalidades alternas en América Latina fue, sin duda, el proceso de resistencia al modelo neoliberal, que ganó fuerza a partir de los años 90.  En ese proceso de cuestionamiento del modelo dominante, sectores intelectuales críticos se acercaron a los actores sociales movilizados, y de ese intercambio comenzaron a tomar cuerpo diversas propuestas de alternativas, de las cuales se hicieron portadores los propios movimientos.  Propuestas que ahora, en el nuevo siglo, en varios casos se están traduciendo en política pública, o incluso se han plasmado en algunas constituciones nacionales.
 
Dos ejemplos son el Buen Vivir y la soberanía alimentaria.  El Buen Vivir o Vivir Bien (Sumak Kawsay o Sumaq Qamana) es una filosofía o cultura ancestral, particular de los pueblos indígenas de los Andes, aunque comparte raíces comunes con otras culturas originarias del Abya Yala y de otros continentes.  El canciller boliviano, David Choquehuanca, lo define como una cultura de vida, de armonía entre seres humanos y la naturaleza, cuyos principios incluyen: vida equilibrada, identidad, complementariedad hombre-mujer y el consenso por encima de la democracia de las mayorías.  Él argumenta que no persigue el “vivir mejor” de la economía capitalista -de siempre querer tener más, estar mejor que el vecino-, sino que se trata de tener lo justo y que el vecino también lo tenga.[2]
 
El segundo ejemplo, la soberanía alimentaria, acuñada por la organización mundial Vía Campesina, plantea un sistema de producción y distribución de alimentos, centrado en lo local, valorizando la agricultura campesina.  Frente al gran gasto en energía de la agroindustria en producción y transporte (una de las principales causas del calentamiento global), la soberanía alimentaria propugna un uso mínimo de energía y agroquímicos y la defensa de las semillas criollas frente a los monopolios; además, demuestra evidencias que la agricultura campesina “enfría el planeta”.
 
Resulta muy significativo que estas propuestas ya no son simplemente demandas de movimientos marginados.  Así, por ejemplo, desde que Ecuador y Bolivia introdujeron el Buen Vivir/Vivir Bien como principio y eje rector en sus constituciones, se desarrolla un debate en estos países sobre su sentido y cómo traducirlo en políticas concretas.  Ecuador ya cuenta con su Plan Nacional del Buen Vivir, que orienta las grandes decisiones de las políticas de Estado.  En algunos foros de negociación mundial sobre cambio climático y biodiversidad, el concepto andino de Buen Vivir ya ha sido reconocido por países de otros continentes como una propuesta emblemática para un cambio de modelo cada vez más necesario.
 
Se trata, por supuesto de un proceso complejo, que no está libre de tensiones entre distintas visiones, e incluso encuentra resistencias en el seno de los mismos gobiernos que lo han adoptado.  También se puede prestar a posiciones fundamentalistas. Proceso que además está atravesado por la confrontación entre estos gobiernos y ciertos sectores que critican que ellos asuman el Buen Vivir solo como un adorno o en forma retórica, sin cambiar el trasfondo del modelo (siendo el extractivismo el tema más polémico).  Lamentablemente, esta confrontación a menudo carece de una elaboración conceptual y llega a abandonar el terreno del debate constructivo, aun cuando ese debate sigue en otros ámbitos.
 
La investigación en agroecología
 
El medio ambiente y la biodiversidad constituyen sin duda uno de los ámbitos para el desarrollo científico y tecnológico que mejor pueden beneficiarse de un diálogo de saberes en la región, y con un gran potencial para un desarrollo sustentable.  Tomaremos como ejemplo el caso de la agroecología, que es una ciencia que se ha desarrollada principalmente en América Latina, justamente a partir de un diálogo de saberes entre el conocimiento tradicional campesino e indígena y ciertos avances de la ciencia agrícola moderna, como la biología del suelo o el control biológico de plagas.  La agroecología comparte raíces y principios afines con la soberanía alimentaria y el Buen Vivir.  Cuenta con un desarrollo, al menos inicial, de pensamiento e investigación; sin embargo, es un área que aún está escasamente asumida en las políticas estatales y los planes de investigación en la mayoría de países de la región.
 
El agua y la tierra constituyen los dos mayores recursos o bienes naturales de Suramérica.  En principio son recursos renovables, pero en la práctica, en buena parte del continente una explotación irracional, sobre todo de la agricultura industrial motivada por el afán de ganancias rápidas, amenaza con agotar o contaminar estos recursos en el corto o mediano plazo.  Lógicamente, su conservación debería ser una alta prioridad en los planes de desarrollo.
 
Mientras la agroindustria está orientada a eliminar con químicos todo lo que no es el producto meta –matar plagas, matar la maleza, pero termina matando a la propia tierra– el principio central de la agroecología es que concibe a la tierra como un organismo vivo, al que hay que cuidar y conservar.  Se trata entonces de combinar los cultivos de manera de alimentar la tierra y sostenerla permanentemente, lo que, evidentemente, produce alimentos mucho más saludables.  Se ha demostrado que puede contribuir también a una mayor productividad y, por lo tanto, a una mejor sostenibilidad de la vida rural.
 
Desarrollar la agroecología como proyecto viable implica un manejo territorial, pues no es posible sostener una finca agroecológica al lado de monocultivos donde se utilizan químicos.  Asimismo, implica desarrollar una visión de colaboración comunitaria.  En la práctica, hasta ahora la agroecología se ha desarrollado principalmente en comunidades pobres, como estrategia de supervivencia y para evitar los altos costos de los agroquímicos.  Sin embargo, uno de los principales investigadores del tema, el chileno Miguel Altieri, ha mostrado que con técnicas adaptadas, que incluyen el uso de maquinaria, se puede aplicar también en extensiones de hasta 3000 has.
 
Según Altieri, la agricultura industrial ocupa en el mundo un 80% del área agrícola, pero solamente produce 30% de los alimentos que se consumen.  Mientras que unos 1.500 millones de campesinos que ocupan solo 20% de las tierras producen 50% de los alimentos que se consumen, y la mitad de ellos practican la agroecología.[3]  Por lo mismo, si se dedicaran mayores inversiones a la investigación en agroecología, en distintos territorios y climas, complementada con políticas públicas para extender su uso y mejorar la distribución de alimentos (principal factor del hambre en el mundo), no solo se podrían mejorar estas técnicas y su productividad, sino mejorar las condiciones de vida en el campo y la alimentación y salud de la población en general.
 
Uno de los mayores obstáculos, sin embargo, es que el modelo agroindustrial está enraizado, no solo en la práctica de grandes productores privados, sino también en la política de los ministerios de agricultura y en el currículo de las escuelas de agronomía.  Hay algunas excepciones notables: Cuba es sin duda el país que mejor ha demostrado que la agroecología es un método eficaz, y que puede reducir costos.
 
Este ejemplo del potencial de la investigación en agroecología resalta, entonces, la importancia de un diálogo de saberes con los conocimientos tradicionales para buscar caminos hacia el Buen Vivir de la población.  Además, interpela a la ciencia y tecnología a buscar nuevos caminos para el desarrollo, donde la industrialización no siempre es la mejor opción.  Y por último, advierte que la conservación de los bienes renovables, como el agua y la tierra, requiere de estrategias integrales, yendo más allá de la ganancia a corto plazo.  Sin duda, es un área donde se podría avanzar mucho más con la cooperación y el intercambio entre países en el marco de los procesos de integración.
 
Sally Burch, periodista de ALAI.


[1] Anibal Quijano, “América Latina: hacia un nuevo sentido histórico”, en Sumak Kawsay/Buen Vivir y cambios civilizatorios, 2da Ed., Coord. Irene León, FEDAEPS, Quito, 2010, p. 55-71
[2] David Choquehuanca, “Hacia la reconstrucción del Vivir Bien”, América Latina en Movimiento, No. 452, ALAI, febrero 2010. pp. 8-13.
[3] Sally Burch, “Diálogo con Miguel Altieri y Marc Dufumier: Crisis alimentaria y agroecología”, en América Latina en Movimiento, No. 487, ALAI, julio 2013.