Nuevamente mis clases se cruzan con la coyuntura nacional, estos tiempos que nos ha tocado vivir nos brindan un escenario estimulante para repensarlo todo, y contrastar teorías descontextualizadas provenientes de otros lugares con nuestras realidades.
 
Las subculturas delictivas son una de las teorías clásicas de la criminología. Este enfoque fue iniciado por Cohen en EEUU a finales de la década de los años cincuenta del siglo pasado, su objeto de estudio fueron los jóvenes de la clase obrera quienes, según este autor, buscaban superar un problema de estatus a través de su participación en una banda delictiva, esta solución sería más de carácter simbólico que instrumental. Más adelante, Cloward y Ohlin argumentarán que estos grupos de jóvenes infractores también pueden concebir estos espacios como una forma de solventar carencias materiales concretas, es decir, que también pueden tener un carácter instrumental. Estos autores hicieron referencia también a subculturas juveniles de carácter apático que se autoexcluían de la sociedad a través del consumo de drogas. Autores subsiguientes como Miller seguirían viendo solo a los jóvenes de las clases menos favorecidas como el germen de las subculturas delictivas. Con esto terminaban dando un soporte teórico a la criminalización de la pobreza y a su juventud.
 
Esto tiene una interesante ruptura con los trabajos de Matza y Sykes, para ellos el problema de las subculturas delictivas juveniles no tiene que ver con el estrato social, sino con la juventud misma, que se caracteriza por la búsqueda de experiencias excitantes. Con esto se da pie en las décadas posteriores al estudio de subculturas ideológicas, que muy poco tienen que ver con los jóvenes menos favorecidos, por el contrario, sus miembros pertenecen a estratos que tienen poder adquisitivo y que cubren todas sus necesidades, que en parte son productos del “mercado juvenil” y de la propaganda trasnacional. Sus modelos referenciales surgen de los centros de poder mundial y luego se exportan a través de los medios de comunicación para ser presentados como “subculturasglobalizadas”. Desde esta perspectiva, Hamm en los noventa estudió a grupos de extrema derecha en los EEUU.
 
La rebeldía puede vaciarse de contenidos para convertirse en un producto, en una moda. Así a través de cierta estética y de la violencia como un fin en sí mismo puede construirse una subcultura, que puede ser instrumentalizada por bandos políticos diversos.
 
En los últimos meses las manifestacionesviolentas que se han dado en el país han ocurrido en municipios con buen poder adquisitivo, sin mayores problemas de pobreza, en algunos casos, incluso, se han cometido delitos concretos. El perfil de los protagonistas de estos eventos no es el del joven excluido de las clases populares. Esto contrasta radicalmente con la constante estigmatización que se hace del joven del barrio como portador monopólico de la violencia.
 
Este fenómeno no es del todo espontáneo, es importante analizarlo y develar oportunamente lo que hay detrás de él.