“No sólo es que el Estado no quiera, sino que no se da cuenta de que el país está reclamando la integración de los 30 millones de peruanos. Hoy día ellos se lo están ganando solos, a pulso, y por eso está desbordado el Estado”.
(José Matos Mar – “La República” Lima – Perú – 12/05/13 – Pág. 6)
 
Hoy el Perú reclama fe, frente a voces pesimistas, fortalecimiento de la credibilidad en nuevos liderazgos, consolidación de la participación activa de la sociedad, promoción de la cultura y práctica de valores éticos y morales, mesas sobre crecimiento económico, desarrollo humano (agenda social), reformas políticas, seguridad ciudadana, eliminación de la reelección inmediata de congresistas, para garantizar la alternativa de poder, e igualdad de oportunidades para postular a un cargo público. Que el Estado no sea clientela del gobierno de turno, la repartija y la corrupción.
 
Desde el siglo XX durante los años 40 el Perú dio inicio a una revolución silenciosa, cuyo pico más alto se dio a partir de los años 80 con la crisis de la estructura agraria, las migraciones, el terrorismo, la hiperinflación, el crecimiento de la economía informal y el crecimiento de las provincias. Éste mapa recién ha comenzado a ser estudiado por los politólogos en su vertiente de un Perú oficial en crisis y el Perú emergente en busca de representación política para un siglo XXI.
 
La sociedad nacional emergente es uno de los resultados más impactantes de la revolución económica que ha tenido el Perú en los últimos 20 años, ha sido el surgimiento de una clase media emergente, al margen del Estado en las principales ciudades del país y en algunos sectores rurales. Se trata de millones de peruanos que antes tenían solo lo justo para sobrevivir, pero que hoy pueden destinar una parte cada vez más grande de sus ingresos a formas de ahorro como la autoconstrucción y a rubros como la educación, la salud y el entretenimiento.
 
Ésta sociedad nacional emergente, formada en la informalidad vive, por definición, al margen del Estado. Según Carlos Meléndez sería esencialmente informal, antipolítica y antiinstitucionalista. Una clase media, por tanto, de la que no se podría esperar que sea “motor de desarrollo” del modelo neoliberal.
 
Una clase media formada en la informalidad es una clase media que, por definición, vive al margen del Estado –en realidad, huyendo de él– y de la que no se puede esperar, por tanto, compromiso con la cosa pública ni mayor interés en participar, por medio de sus representantes, en ella. Es decir, todo lo contrario de una “ciudadanía” real, muestra de un Estado desbordado.
 
Oscar Ugarteche, economista peruano e investigador de la Universidad Autónoma de México expresó respecto al Perú: “¿Por qué hay mejores cosas en otros países? Porque hay más ciudadanos con participación. A más ciudadanos más gente con conciencia de derecho, mas control, mas defensa de los derechos humanos, más actuación de la opinión pública, menos corrupción, menos cosa impune que es tan gruesa en el Perú”.
 
Debemos advertir en Perú, frente a un proceso de alta concentración del poder económico y la ausencia de alternativas democráticas, la sociedad espera un liderazgo fuerte, olvidándose de lo “éticamente creíble”, centrándose sólo en la capacidad de enfrentar el poder, con el riesgo de la tentación autoritaria, para salvar el modelo voraz de la gran ganancia.
 
En el lado de la “meritocracia” de un Estado desbordado, un dato importante lo dio Anita Etzioni, docente de la Universidad George Washington, que mencionó “luego del descalabro financiero del 2,008 en los EE.UU. se constató que quienes gozaron de las repartijas especulativas, generando la crisis, se habían graduado en la crema y nata de los MBA.
 
Ello implica asumir los retos que impone la globalización y rescatar lo “político”, abriendo el debate sobre asuntos de interés público, que involucran a todos los ciudadanos; y, no sólo a sus representantes elegidos. Implica dejar el viejo concepto del protagonismo (yo lo hice), para reemplazarlo por el concepto de reconstrucción del Estado (la institucionalidad) entendida como un proceso, implica un reconocimientos sin anuncios, sino un reconocimiento del pueblo, de su pluriculturalidad, de ser una patria multiétnica.
 
Finalmente de cara al siglo XXI, estamos en un trance histórico, rico en oportunidades para el crecimiento de una alternativa progresista y popular. Las distintas organizaciones nacionales y regionales, deben aportar lo mejor, el frescor de una vanguardia de líderes nuevos con ideas nuevas una posibilidad de acordar en conjunto la Plataforma para un gobierno democrático y popular: tenemos el deber de poner a disposición de la ciudadanía estas decisiones.  
 
Ubaldo Tejada Guerrero – Analista Global