Hasta el 9 de setiembre era inminente un ataque norteamericano contra Siria. Ese día, tomándose del pie dado por John Kerry, Moscú elaboró una propuesta de salida pacífica al conflicto. Aún se negocia y conviene no bajar la guardia.
 
La guerra es la continuación de la política por otros medios, dijo el prusiano Karl von Clausewitz en el siglo XIX. Tal enunciación mantiene plena vigencia, en todo sentido: determinadas políticas necesitan de guerras para lograr ciertos objetivos, y esas guerras, guiadas por la política, pueden estallar o bien encogerse para otros tiempos.
 
La reflexión viene a cuento de los planes guerreristas de la administración Obama contra Siria. Ese plan tenía (tiene) objetivos políticos y económicos bien marcados, como derribar un gobierno díscolo en Medio Oriente, succionarle sus riquezas hidrocarburíferas y asentarse en una plaza clave para continuar su larga marcha hacia Teherán, Moscú y Beijing.
 
Las armas estaban (están) bien aceitadas, listas para disparar contra ese pueblo árabe: barcos de guerra en el Mediterráneo, en el Golfo Pérsico y la zona; portaaviones, submarinos y bases militares propias y prestadas por los aliados del Reino Unido, Bahrein y Turquía, además de su cabo de cuarta en estas aventuras contra los árabes, Israel.
 
La excusa, antes utilizada contra Saddam Hussein (2003), era (es) de las armas prohibidas que atesoraría el presidente Bashar al Assad, en este caso químicas, y que habría empleado el pasado 21 de agosto contra la población en la periferia de Damasco. Tamaña aseveración no tuvo pruebas que la fundamentara, antes bien hubo varias denuncias de que quienes emplearon esas armas químicas fueron los mal llamados “rebeldes” (grupos terroristas) del “Ejército Libre de Siria” y la Brigada al Nusr, cercana a Al Qaeda.
 
Cuando las armas estaban por comenzar a hablar en su diálogo de muerte, de golpe la política metió la cola y al menos por un tiempo, les trabó el disparador. ¿Qué pasó? El canciller ruso Serguéi Lavrov estuvo más lúcido que el estadounidense John Kerry y elaboró una propuesta de negociación pacífica que ante el mundo dificultó el ataque cuando la cuenta regresiva llegaba al final.
 
Kerry, millonario pero algo tonto
 
Kerry tenía una larga carrera como senador demócrata y fue candidato a presidente, derrotado por George W. Bush en 2004. Es un multimillonario pero en política parece un poco tonto, al menos contra el texano y ahora en la pulseada con Vladimir Putin.
 
Es que cuando el Pentágono había afinado la puntería sobre los blancos en Siria, el secretario de Estado visitaba Londres en busca de apoyos para esa agresión y en una rueda de prensa fue preguntado: “¿no hay nada que pueda impedir el ataque a aquel país? El aludido dijo: “podría entregar todas sus armas químicas a la comunidad internacional la próxima semana, entregarlo todo y permitir un recuento completo, pero no lo va a hacer”.
 
Rápido de reflejos, el canciller ruso, que estaba reunido en Moscú con su colega sirio Walid al-Moualem, le propuso al gobierno de Al Assad que pusiera su armamento químico bajo verificación internacional. El sirio, seguramente luego de una consulta con su presidente, dio su okey. Y así, en el mismo día 9/9 que Kerry puso una condición supuestamente imposible de cumplir, Rusia y Siria la dieron por buena, tomándole la palabra. Obama y su plan de guerra, ¡touché!
 
Inmediatamente Damasco comunicó a la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPCW) con sede en La Haya que se adhería a la entidad, corroborando su decisión de instrumentar la puesta bajo control internacional de sus armas químicas, tal como había sido el núcleo de la propuesta moscovita.
 
El resultado fue que Kerry y Lavrov estuvieron reunidos ayer y anteayer en Ginebra, viendo cómo instrumentar esa salida pacífica y, si se llega a buen puerto, avanzar hacia la Conferencia de Paz para Siria, “Ginebra II”, por la que también abogaban China, el BRICS, la Liga Árabe y otros países.
 
Rusos, factor a tener en cuenta
 
En los ’90 y un mundo crudamente unipolar, EE UU se acostumbró a actuar según sus intereses sin contrapesos. La Casa Blanca tomaba las decisiones y luego la Unión Europea, la OTAN, el FMI, y la Rusia implosionada por Yeltsin y Gorbachov se acoplaban a las órdenes. En este rincón del mundo había presidentes aficionados a las “relaciones carnales”.
 
Ese mundo hegemonizado por Washington ya no existe más. Sin ser el único motivo, es evidente que el crac bancario comenzado el 15 de setiembre de 2008 (mañana se cumplirán cinco años), tuvo mucho que ver con esa decadencia y la aparición de otros gobiernos capaces de discutirle en lo político y económico. No podían igualar su poderío militar, pero ya se aclaró que la política prevalece sobre los arsenales…
 
Ese cambio de época, diría Rafael Correa, se patentiza en el nuevo rol de Rusia, reflejado perfectamente en este caso. Primero, mantuvo su comercio y buenas relaciones, como China, con Al Assad. Segundo, reclamó por la paz y bloqueó en el Consejo de Seguridad de la ONU, nuevamente con Beijing, tres mociones norteamericanas y británicas para autorizar el uso de la fuerza. Tercero, movió sus barcos al Mediterráneo, en defensa del gobierno de Siria pero también por su propia seguridad y su base naval de Tartús en ese país. Cuarto, al ser sede de la cumbre del G-20 en San Petersburgo, el 5 y 6 de setiembre último, Putin introdujo en la agenda la cuestión siria, no prevista, y profundizó el aislamiento del bando agresor. Y quinto, como quedó consignado, su cancillería le dio una lección de diplomacia al multimillonario Kerry, quien deberá saber que la plata no compra talento.
 
Como si esos cinco elementos no fueran suficientes, hubo además una columna de opinión de Putin en The New York Times, asegurando que quienes habían empleado armas químicas en Ghouta fueron los terroristas ligados a Al Qaeda y que le llamaba la atención que Obama coincidiera con semejantes actores. Además lo criticó, diciéndole que “es muy peligroso animar a la gente a considerarse excepcional”. La corresponsal de “La Nación” en el Norte, Silvia Pisani, ninguna prorrusa, opinó que esa nota del ruso había sido “un zarpazo certero al orgullo nacional; un texto incisivo y redactado con estilo atrayente”. También escribió: “para quienes buscan la reelección (en el Capitolio), no es negocio aprobar un ataque rechazado por el 70% de la población”.
 
Bien el gobierno argentino
 
Ante la crisis en Siria y el riesgo de guerra por medio de una agresión norteamericana, la cancillería argentina emitió un buen comunicado tomando postura a favor de la paz, en la misma dirección que por esos días se pronunciaban otros gobiernos latinoamericanos reunidos en Surinam, en la cumbre de Unasur.
 
Esa política pacifista fue reiterada por la presidenta Cristina Fernández en la reunión del G-20 en San Petersburgo, a su llegada a Rusia y en las deliberaciones con el resto de los asistentes. “Una intervención militar de Estados Unidos en Siria sería nefasta”, afirmó la Presidenta a los periodistas en el hotel donde se alojaba.
 
La mandataria declaró que “a la muerte no se la soluciona con más muerte”, y en ese marco deslizó que toda muerte es un drama, sea producida por armas de fuego o por armas químicas.
 
Este último comentario suyo dio pie a que el ex banquero Emilio Cárdenas, columnista de “La Nación”, la criticara el 11/9 por subestimar supuestamente la gravedad de ese tipo de armas. Ese medio ligado a la Sociedad Rural, lo mismo que Clarín, también defensor de la entidad y el Cronista Comercial, que respeta la línea de Francisco de Narváez, ex propietario del predio de Palermo, han presentado a la jefa de Estado como aliada de Siria, Rusia y China. Eso, para esos intereses, sería una pésima política.
 
En ese espectro periodístico la postura más pro norteamericana la tuvo “Tribuna de doctrina”, en su editorial del 7 de setiembre (“El drama sirio: hora de decisiones”), donde se abogó a favor del ataque estadounidense. “La comunidad internacional debe actuar unida y en forma rápida para evitar un mal todavía mayor en la convulsionada región de Medio Oriente”, propuso ese diario, avalando la linea de los bombardeos.
 
Para justificar semejante paso, “La Nación” dio como válida la excusa de Obama sobre las armas químicas supuestamente empleadas por Al Assad. Lo aseguró dos veces. La primera: “la última demostración de barbarie sin límites ha sido el uso recurrente de armas químicas de destrucción masiva contra la población civil inocente de Siria por parte del gobierno de ese país”. La segunda: “al-Assad es también responsable de haber cometido el acto insano de usar armas químicas contra sus propios ciudadanos”.
 
Usaban las mismas mentiras que la Casa Blanca, promoviendo la guerra de agresión. También quedaron desairados por la movida de la cancillería de Moscú, que le dio una oportunidad a la paz.
 
En este momento Lavrov, Kerry y el enviado de Naciones Unidas, el argelino Lakhdar Brahimi, discuten cómo avanzar hacia una solución pacífica al conflicto. No será fácil porque los grupos terroristas sirios se oponen a un acuerdo y seguirán con sus atentados, pero sobre todo porque los planes agresivos de la Casa Blanca han sido postergados, pero no abandonados.