Es fácil hablar o escribir sobre la pobreza cuando se tiene la barriguita llena y la posibilidad de soñar con el buen vivir.
 
 Pero es muy distinto en la realidad para aquellos que tienen el estómago vacío y ninguna expectativa para solucionar el resto de su tormentosa vida, porque están encerrados en el círculo de la pobreza.
 
Ese círculo no es casual ni producto de la suerte: es una muralla, un cerco impenetrable e inaccesible, producto de la herencia sucesiva que arrastra la familia desde los tatarabuelos, condenados a reproducirla hasta sus tataranietos si no se abre una puerta de cambio para romper el aprisionamiento.
 
Van de una a otra generación, atrapados por la carencia de oportunidades para individuos que se estancaron por la falta de evolución en sus hábitos, obligados a una rutina que los conduce a la desesperanza.
 
La posibilidad de romper el cerco es a través de la educación y el conocimiento, abriendo la opción de la autosuficiencia en la capacidad de producir recursos a través de un trabajo estable.
 
 Según el lugar donde se nace y las posibilidades de que a ese lugar se lo haya dotado de los servicios elementales para el sostenimiento de la dignidad humana, es obvio que los individuos van a responder en el proceso de mejorar su existencia y al empeño que hayan puesto para superar los niveles sociales en que se encuentran atrapados.
 
Si en ese territorio no hay escuelas donde estudiar, ni centros de salud donde preservar la existencia, ni fuentes de trabajo donde obtener las posibilidades de vida; si no hay alcantarillado, ni vías de comunicación, ni recolección de basuras, ni parques o áreas verdes, ni sitios de distracción y no se conoce lo que es la recreación, la cultura, el arte, es decir, no existe posibilidad alguna de romper el círculo de la pobreza, esa condena a cadena perpetua aniquila la esperanza de las víctimas de esta realidad.
 
Ésa es la naturaleza propia del subdesarrollo, de la marginalidad, de la exclusión que pulula en los cinturones de miseria de los suburbios, de la ruralidad.
 
Esta dolorosa realidad, que se radica por todos los confines, no se cambia con palabras bonitas sino con la construcción de una nueva apertura para que esos focos de pobreza extrema reciban los servicios elementales.
 
Nadie quiere destruir parques extraordinarios como el Yasuni para conseguir los recursos que se inviertan en la ruptura del círculo de la pobreza.
 
Es inadmisible que el egoísmo o la perversidad lleve a unos cuantos críticos opositores que destilan veneno a condenar la decisión gubernamental de buscar esos recursos.
 
Alfredo Vera, escritor, periodista ecuatoriano, ex ministro de Educación
 
Publicado en El Telégrafo  2013-08-19