Esas negras y negros que conocemos transitando por calles de esclavitud, recostados a paredes impregnadas de sudor cautivo, mirando hacia el mar como un espacio insondable y misterioso que recuerda no saben qué cosa pero que en realidad no quisieran recordar  y hacia el bosque como la única posibilidad de echar a rodar las ansias de libertad que no entienden por qué se desatan al interior de las entrañas ahí justo donde a uno se le hace un nudito cada vez que enfrenta situaciones extremas. Esas negras y negros que conservan a África en recónditos depósitos del alma donde están los secretos que nos dijeron nuestras madres cuando éramos apenas bebés, o en el cerebro reptil donde se mueven los fantasmas de la memoria, o en el metasuprasubconsciente donde archivamos todo aquello que no admite ser arrojado de nuestra mente. Esas negras y negros tienen la posibilidad, y casi la obligación, de resucitar a África procurando no perder la cabeza con los hallazgos.
 
¿Y para qué revivir a África si África puede seguir inexplorada allá donde se encuentra?
 
El problema es que no está allá sino aquí. Se encuentra dentro de nosotras y nosotros. Aquí adentro está África. Aquí en el interior de cada uno de nosotros está el cordón umbilical que la mirada nostálgica busca en cada ocasión que nos detenemos a dar una ojeada a ese mar de lejanía. En la materia gris con sus neuronas y todo, en la sangre, linfa, en el ácido desoxirribonucleico, en la melanina, en el campo perceptual, en nuestros saberes, gustos, usos y costumbres amordazados y maniatados, está África.
 
Así, descubriéndola en nuestro interior, podemos plantarnos con dignidad y con dominio de nuestro piso existencial frente a los descendientes del colonizador, a los neocolonizadores, a nuestros hermanos afrovenezolanos con quienes hemos compartido siglos de ignominia pero también de sabrosura, a nuestros compatriotas venezolanos indígenas o criollos con quienes hemos avanzado en el desarrollo histórico de esta nación, y sobre todo, a aquellos africanos que vienen por estos lados en esta época, a aquellos que no llegaron en barcos de perdición, que no ven al mar sino como deidad y al bosque como fuente de vida y escondite de las más hermosas energías de natura.
 
Se trata de reencontrar y reafirmar nuestra independencia, libertad, soberanía, esencia y raíz dentro de nosotras mismas, dentro de nosotros mismos.