Sin ningún recordatorio, festejo o remembranza consistentes transcurrió el aniversario número 25 de la jornada comicial más impugnada en la historia política del siglo XX mexicano. Vaya, ni siquiera Cuauhtémoc Cárdenas, su protagonista principal, recordó en las entrevistas que otorgó que él, y no Carlos Salinas, fue quien ganó más voluntades ciudadanas expresadas en las urnas, pero no en la calificación de los resultados a cargo del Colegio Electoral, conformado por los diputados federales fuera de toda sospecha de impugnación.
 
El ingeniero se ocupó más, por lo menos con Gerardo Galarza de Grupo Imagen Multimedia,de subrayar los avances porque hoy “tenemos mejores elecciones que antes, sobre todo desde 97. Del 97 en adelante no ha habido ninguna elección federal o local que recuerde, donde se haya impugnado el conteo de los votos. Ha habido otro tipo de impugnaciones, otro tipo de reclamos, pero no en la cuenta de los votos”, dijo Cárdenas Solórzano, quien en 1988 fue candidato a la Presidencia de la República por el Frente Democrático Nacional, conformado por cuatro partidos con registro (Auténtico de la Revolución Mexicana, Popular Socialista, Socialista de los Trabajadores y Mexicano Socialista) y grupos políticos sin él, además de una diversidad de organismos sociales, en los comicios en los que oficialmente triunfó Carlos Salinas, luego de que la noche del 6 de julio de ese año “se cayó el sistema” (expresión atribuida por Francisco Solís a Diego Fernández) de la entonces Comisión Federal Electoral, encabezada por el secretario de Gobernación, Manuel Bartlett.
 
Un cuarto de siglo después, Cárdenas ve “retrocesos profundos” en el país “en lo más preocupante que es la condición social de la gente”, donde dos terceras partes de los mexicanos viven en pobreza y 25 de cada 100 en pobreza alimentaria, pero no brinda ninguna fuente para respaldar sus datos, como si su verbo tuviese la misma credibilidad de 1988, año en “que las cosas pudieron haber estado deteriorándose, pero no en el grado de deterioro que tenemos actualmente”, en lo que resulta una defensa involuntaria de Cárdenas de los gobiernos del tricolor hasta Miguel de la Madrid, el abuelo del modelo de desarrollo impuesto a México, aunque el colimense lo negaba tanto en público como en privado.
 
Consumado lo que muchos ciudadanos estimaron como un robo de la elección, concluido el gobierno del presunto genocida que paró en Dublín, pero quien todavía ejerce una influencia poderosa desde su condición de El Padrino del establecimiento, quedó la duda a dilucidar por los historiadores sobre si Cárdenas “estiró o no suficientemente la liga” de la movilización poselectoral. Sostengo que lo hizo y que tensarla más implicaba provocar un baño de sangre al que estaba dispuesto Salinas de Gortari con tal de colocarse la banda presidencial, como lo demostró con las alianzas y concesiones que otorgó a la Casa Blanca de George Herbert Walker Bush en el Tratado de Libre Comercio de América de Norte, la jerarquía católica, la banca trasnacional, el panismo, los viejos y los nuevos dueños de México que él forjó y, presumiblemente, con los que comparte propiedades y ganancias. Y todo para que lo reconocieran como el titular de la última Presidencia absolutista.
 
25 años después reivindico la idea, expuesta entonces, de que Cárdenas no debió declinar al liderazgo del FDN para encabezar el partido que denominó del 6 de julio. La pertinencia de la fundación de éste no la objeto, con independencia del estado en que se encuentra, pero no a costa de la desintegración en automático del FDN para presidir al Partido de la Revolución Democrática.
 
Utopía 1273