La apertura del gobierno de Enrique Peña Nieto al vasto mundo de la República popular China no incluye solamente la perspectiva de un incremento en el intercambio comercial, hasta ahora desfavorable a México en términos de balanza, sino que entraña un cambio en la percepción que en México y en otros países se tiene sobre “lo chino” e impactará en aspectos sociales, políticos y culturales. Se prefigura con ello un fenómeno que está modificando la imagen de los chinos, con innegables efectos en el universo de la comunicación.
 
   Históricamente, hablar de los chinos en México ha tenido diferentes evocaciones, desde el rechazo a las migraciones de esa parte del mundo que en diversas partes del país, principalmente en el norte y en especial en la época revolucionaria, originó persecuciones, mal trato y hasta masacres contra los pobladores chinos que llegaban a asentarse en nuestro territorio, hasta la figura del chinito simpático, misterioso y taimado, refugiado en sus clásicos cafés y en actividades como el lavado de ropa y diversas formas de servidumbre.
 
   Con sus más de mil millones de habitantes y su apertura económica que convierte a su país en un activo capitalismo o socialismo de estado, China se erige como una de las grandes potencias –la segunda en el mundo, se dice—en materias de producción, exportación, importación e inversiones tanto en su territorio como fuera de él.
 
   Esta transformación ha generado reacciones encontradas en los gobiernos y en los sectores empresariales del mundo, una mezcla de desconfianza hacia el vertiginoso crecimiento de China como potencia mundial y de reconocimiento a la imposibilidad de sustraerse a una relación económica que ha sido aceptada, a regañadientes en algunos casos, sin reservas en otros. Subyacen en esas reticencias elementos de rechazo a todo cuanto signifique socialismo y economía centralizada, así estas ideas subsistan, como en el caso de China, sólo en el papel, habida cuenta de la apertura capitalista que ese país ha tenido en los últimos años.
 
   La apertura hacia China del gobierno del Presidente Peña Nieto muestra rasgos de estar acompañada de un cambio en la percepción de la figura tradicional de lo que significa “lo chino” y de la flexibilización de la desconfianza hacia las formas de negociación con ese país. Los tonos de los discursos de los presidentes de ambas naciones en los encuentros sostenidos durante la visita del mandatario chino así lo demuestran. Mientas Peña Nieto habla de una relación de igualdad y equidad y firma acuerdos que incluyen aspectos culturales y en materia educativa, el presidente Xi Jonping pronuncia un discurso en la Cámara de Senadores en el que habla de la relación histórica entre ambas naciones. La Nao de China, la China Poblana, las sentencias de Benito Juárez y de Confucio respecto a la soberanía de las naciones; lo añejo de la amistad simbólicamente representada en el tequila como factor de cordialidad en el trato humano; Octavio Paz y los logros de deportistas mexicanos preparados por entrenadores chinos fueron temas evocados en uno de los discursos más conceptuosos y brillantes de cuantos se han escuchado a un mandatario visitante en los últimos años.
 
   El nuevo tono del diálogo entre ambos países despejará sin duda los prejuicios del pasado. El chino ya no será el misterioso personaje que en apariencia se deja engañar o se queda “nomás milando” mientras prepara una venganza ejemplar. No se dirá más que rescatar una deuda a la mala es “cobrarse a lo chino”. El chino será, sin duda, un socio y sobre todo un amigo con el que se podrá llegar a entendimientos y acercamientos en una renovada etapa de la historia de una relación multivalente que data de muchos siglos.  

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