El pasado 29 de mayo fue el 32 aniversario del arresto del prisionero político puertorriqueño Oscar López Rivera. Actualmente cumple en el sistema penal de Estados Unidos una cadena perpetua de facto por "conspiración sediciosa". Oscar fue miembro de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), organización clandestina que realizó una lucha armada por la independencia de Puerto Rico en los años 70.
 
Este grupo es recordado en Estados Unidos por su bombazo mortal en Fraunces Tavern, en el bajo Manhattan de la ciudad de Nueva York, en enero de 1975. Por increíble que parezca, hasta el día de hoy nadie ha sido convicto o siquiera procesado por este acto.
 
De hecho, Oscar nunca fue vinculado a ese bombazo y ni siquiera fue convicto o acusado por un solo acto de violencia de las FALN. En lugar de eso, fue convicto y encarcelado bajo el cargo excesivamente vago y general de "conspiración sediciosa".
 
Las condiciones de su encarcelamiento son inhumanas bajo cualquier definición de la palabra. Pasó doce años en aislamiento sin poder recibir visitas de su familia, y cuando su madre falleció las autoridades no le permitieron asistir al funeral. Oscar tiene ahora 70 años de edad y ha pasado casi la mitad de su vida en prisión. Este hombre, quien no ha sido acusado de un solo acto violento, no tendrá otra vista de probatoria sino hasta dentro de 14 años.
 
La mayoría de los hombres y mujeres que fueron capturados junto con Oscar en 1981 fueron liberados por la administración Clinton en 1999. El presidente Clinton ofreció clemencia a Oscar, pero él no aceptó porque el trato no se le ofreció a todos los prisioneros del grupo, y él no quería ser un hombre libre mientras uno solo de sus compañeros siguiera preso. Pero tras la liberación de Carlos Alberto Torres en 2010, Oscar ha sido el único convicto de las FALN que sigue encarcelado.
 
Organizaciones de sociedad civil de Puerto Rico, junto con líderes de todos los partidos políticos de la isla, le están reclamando al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que libere a Oscar. La prolongación de su cautiverio no sirve propósito alguno y su liberación sería un acto de humanidad por parte de una administración que no se ha distinguido por su defensa de los derechos civiles o de la comunidad latina.