El Caracazo del 27 de febrero de 1989 supo abrir camino a un tiempo nuevo en nuestra región, en el que convergieron expresiones y tradiciones de lucha y resistencia social y popular, templadas desde la época de las dictaduras militares y que, en democracia, fueron atizadas por el fuego criminal del neoliberalismo.
 
A los 95 años de edad, falleció en días pasados Stéphane Hessel, el reconocido diplomático francés autor del ensayo Indígnense, publicado en el 2010 y que, como se sabe, se convirtió en una suerte de manifiesto del Movimiento Indignados en Europa –en especial en España y Grecia- y en los Estados Unidos; pero más importante aún, el texto constituye un elogio de la dignidad y del valor de resistir los atropellos del capitalismo y la dictadura financiera que gobierna por encima de los gobiernos en casi todo el planeta.
 
La prensa internacional refirió el deceso como la dolorosa pérdida de un hombre cuya voz, en la oscura hora que vive Europa, supo decir las palabras necesarias y en voz alta, en momentos en que el neoliberalismo se empeña en doblar la cerviz de la clase política y de no pocos intelectuales. Uno de los grandes méritos de Hessel, se afirma, “fue innovar con el rescate del valor de la resistencia legítima que medios y gobiernos habían logrado reducir a un resabio obsoleto del antibelicismo, de la izquierda y de otros movimientos; a una simple manifestación de inconformidad con el estatus quo” (La Jornada, 28-02-2013).
 
En su ensayo, Hessel acusó al pensamiento productivista occidental de la actual crisis civilizatoria, y vislumbró como única salida la ruptura radical “con la huída hacia adelante del siempre más, tanto en el dominio financiero como en el dominio de las ciencias y de la técnica. Ya es hora de que la preocupación por la ética, la justicia y la estabilidad duradera sea lo que prevalezca”.
 
Mucho se ha escrito y comentado sobre la influencia de las ideas de Hessel en las movilizaciones y protestas de la indignación ciudadana contra los planes de recorte que, desde el seno de la Unión Europea, están acabando con lo último que quedaba del Estado de Bienestar. Sin embargo, muy poco se comenta sobre ese otro gran estallido de la indignación latinoamericana que ocurrió hace 24 años en Caracas, un 27 de febrero, cuando el pueblo venezolano se rebeló contra las políticas neoliberales y los planes de ajuste estructural impuestos por el Fondo Monetario Internacional, y aplicados sin reparos por el entonces presidente Carlos Andrés Pérez. Aquellas jornadas de lucha popular, en las que perdieron la vida más de 300 personas producto de la represión policial y militar (aunque diversas fuentes hablan de entre 2000 a 3000 fallecidos), prendieron una llama que parecía extinta en América Latina y en un mundo en el que el pensamiento único ya cantaba loas al fin de la historia.
 
El Caracazo, como se le conoce desde entonces, supo abrir camino a un tiempo nuevo en nuestra región, en el que convergieron expresiones y tradiciones de lucha y resistencia social y popular, templadas desde la época de las dictaduras militares y que , en democracia, fueron atizadas por el fuego criminal del neoliberalismo. Cambio de época se le ha llamado a este período, que ya en 1999, con el triunfo de Hugo Chávez, experimentó un giro profundo marcado por  el ascenso al poder, por la vía electoral, de nuevas fuerzas políticas y sociales (progresistas y nacional-populares) en buena parte de la región; lo que a su vez  permitió una reconfiguración de los esquemas de alianzas y los equilibrios de fuerzas frente al imperialismo (piénsese, por ejemplo, en el eje Caracas-Brasilia-Buenos Aires, forjado por Chávez, Lula da Silva y Néstor Kirchner, o la nueva arquitectura de la integración regional con el ALBA, UNASUR y CELAC) y un salto cualitativo en la recuperación de la política como instancia de articulación de nuestras sociedades frente el dominio del mercado, hasta hace muy poco revestido de una cuasi infalibilidad por los tecnócratas y administradores de turno.
 
Ignorado sistemáticamente por los medios de comunicación hegemónicos y las cadenas internacionales de fabricación de noticias, el Caracazo es un acontecimiento sin el cual todo análisis que se pretenda hacer sobre el desarrollo político, económico y cultural de América Latina y el Caribe en las últimas tres décadas, estaría desprovisto de uno de sus referentes centrales: el que señala paso de la resistencia a la construcción de alternativas al neoliberalismo. Un proceso complejo, diverso y en alguna medida contradictorio y lleno de tensiones –como es propio de todo lo humano-, pero que devolvió la esperanza al continente y el protagonismo a los sectores populares.
 
En el año 2011 la revista estadounidense Time eligió como personaje del año al manifestante: ese sujeto colectivo que emergía en las “revoluciones” de la primavera árabe, en la toma de la Puerta del Sol en Madrid por parte del movimiento Indignados, o en la irrupción del movimiento Occupy Wall Street en el corazón financiero del capitalismo. La publicación reconocía el aporte de los manifestantes, esa “gente que ya está cambiando la historia y que la cambiará en el futuro”, dijeron en esa ocasión sus editores.
 
Paradójicamente, o acaso como prueba del desprecio y los intereses ideológicos que al fin y al cabo expresa esta revista, en 1989 la indignación venezolana, en cuyas entrañas estaba ya la indignación latinoamericana y caribeña contra la tiranía neoliberal, pasó  desapercibida paraTime, que otorgó e reconocimiento de personaje del año al líder soviético Mijail Gorbachov: la influyente publicación celebraba así la caída de la URSS y, con ello, el cierre de un ciclo histórico y el triunfo del capitalismo sobre al socialismo real. ¡Ni siquiera fueron capaces de imaginar que sobre las ruinas de aquel mundo que se fragmentaba, y que parecía dejar a las utopías a la intemperie, estaba siendo sembrada la semilla de un mundo nuevo en nuestra América y que, a la vuelta de casi un cuarto siglo, empieza a florecer en ejemplos y realidades concretas!
 
Desde entonces, con cada avance de los movimientos sociales y de los gobiernos que resisten y crean, resuenen con más certeza las palabras del expresidente chileno Salvador Allende, en el que fuera su último mensaje en vida: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”.
 
Andrés Mora Ramírez / AUNA-Costa Rica