La arrogancia de la política exterior estadounidense sigue viva y coleando.

Mientras las imágenes de cuerpos humanos cayendo de un avión estadounidense que despega de Kabul conmocionan al mundo, el desastre afgano me recuerda a un compañero mío de la Facultad de Estudios Orientales de la Universidad de Leningrado. Se había especializado en filología persa, dominaba el pastún, la principal lengua de Afganistán, y llegó a ser un intérprete tan excelente que en la década de 1970 fue nombrado intérprete de Mohammad Zahir Shah, el último rey afgano.

 

Mi amigo, cuando volvía de vez en cuando de Kabul o de Moscú, me hablaba de ese país, de esa sociedad tradicional en proceso de modernización. Sus impresiones coincidían con las imágenes de los telediarios, que mostraban a mujeres jóvenes en manga corta que se apresuraban a ir a la Universidad de Kabul o a nuevas y brillantes fábricas construidas por ingenieros formados en la URSS. Por supuesto, todo esto reflejaba sólo la vida urbana, me decía, ya que en el campo, como en el  Asia Central soviética, la vida seguía siendo mucho más tradicional. La modernización allí se encontró, como siempre, con una resistencia que, sin embargo, era esencialmente pasiva y no violenta.

 

Todo esto cambió en el verano de 1979, cuando Estados Unidos comenzó a movilizar a los que se oponían a la modernización y entrenar y armar a los que se convertirían en los muyahidines. Toda la operación fue el resultado de una iniciativa del Asesor de Seguridad Nacional del Presidente Carter, Zbigniew Brzezinski. Veterano de la Guerra Fría, Brzezinski había presentado la intervención como un medio para combatir la influencia comunista y, sobre todo, como una provocación que podría desencadenar una respuesta militar soviética. Como admitió en una entrevista de 1998, en realidad fue una treta para atraer a los soviéticos a lo que él programaba como su “debacle de Vietnam”. El plan de Brzezinski tuvo éxito y unos meses después las fuerzas soviéticas entraron en Afganistán.

 

Así, para provocar a la Unión Soviética, Estados Unidos había iniciado la creación de lo que más tarde se convertiría en los talibanes y luego, con el apoyo financiero de Arabia Saudí, en Al Qaeda. La violencia de los militantes islamistas provocó la intervención militar soviética, no fue una reacción a ella. Parecía una gran victoria estadounidense contra el enemigo comunista. A nadie en Washington, por supuesto, le importaba el destino de la modernización de Afganistán o el futuro de las jóvenes que se embarcaban en carreras académicas. Brzezinski sólo tenía un objetivo: debilitar a la URSS. Y en su entrevista de 1998 con el Nouvel Observateur, cuando la Unión Soviética había sido desmantelada y la Rusia de Yeltsin estaba debilitada y humillada, dijo que si se le volvía a dar la oportunidad, lo haría de nuevo. Afganistán había sido utilizado simplemente como un instrumento para socavar las fuerzas soviéticas.

 

La intervención de Estados Unidos en Afganistán no fue provocada por los atentados del 11 de septiembre de 2001 en suelo estadounidense. No fue más que la culminación de lo que el gobierno estadounidense había iniciado en 1979 y de lo que estos atentados eran sólo la consecuencia. Millones de refugiados afganos, cientos de miles de víctimas, principalmente afganas, pero también soldados soviéticos, de la OTAN y los empleados de las Torres Gemelas, pagaron sin saberlo el precio de la iniciativa de Brzezinski. Hace tiempo que está muerto y enterrado, pero la arrogancia de la política exterior estadounidense sigue viva y coleando, alimentada no sólo por sus discípulos, que pueden encontrarse hoy como en el pasado en los pasillos del poder en Washington, sino también por todo el complejo militaro-industrial que se beneficia de esta arrogancia, independientemente de quién gane. No hace falta ser historiador ni economista para ver que las “guerras eternas” benefician sobre todo a los fabricantes de armas.

 

La modernización no se limita a los nuevos artilugios, sino que valora el análisis y el debate racional. Por eso es importante no limitarse a la conmoción de las fotos, sino comprender los acontecimientos que dieron lugar a esas imágenes de hombres cayendo del cielo. La responsabilidad de la tragedia afgana es consecuencia directa de la arrogancia y la impunidad de los responsables de la política exterior estadounidense. Mañana, en busca de una victoria fácil, si les sirve, no dudarán en desatar la violencia y el caos en otra parte del mundo. Evitar que esto ocurra, en cambio, está fuera del alcance de un historiador.