La fractura en la reproducción natural del globo terráqueo avanza peligrosamente y se aproxima inexorable al punto de no retorno.

Entre pecados capitales y jinetes apocalípticos, dicho así sólo por juguetear con los dogmas, el sistema capitalista en poco más de 200 años tronó el equilibrio entre el desarrollo de la humanidad y la naturaleza, la explotación industrial de los recursos de esta ha sido tan irracional que sometió al planeta a la crisis más profunda que amenaza la existencia misma de la vida. Evidencia cada vez más palpable y violenta. Y así, el reclamo en los tiempos actuales se repite día tras día, hasta el cansancio. Pero pareciera canto de sirenas en mar abierto.

 

La fractura en la reproducción natural del globo terráqueo avanza peligrosamente y se aproxima inexorable al punto de no retorno. En los días corrientes la deforestación arruina prácticamente la mitad del mundo, en consecuencia, el estiaje tiene en jaque la producción mundial de alimentos y el calentamiento global se evidencia contundente con el deshielo de los polos y derretimiento irremediable de los glaciares.

 

“Aterrador (…) nos encontramos al borde del abismo” declaró, en Nueva York, António Guterres, secretario General de las Naciones Unidas, cuando leyó el informe que presentaría la ONU en la Cumbre virtual del 22-23 de abril sobre el cambio climático.

 

“Este informe muestra que 2020 también fue otro año sin precedentes de desastres climáticos y meteorológicos extremos. La causa es clara. Cambio climático antropogénico: alteración del clima causada por actividades humanas, por decisiones y locura humana. Los efectos son desastrosos. Los datos de este informe deberían alarmarnos a todos”, sintetizó y advirtió en ese momento Guterres.

 

Cierto, esas decisiones, acciones y locura que refiere el secretario general de Naciones Unidas no es otra cosa que el capitalismo rampante que en su desmedida ambición de concentrar la mayor cantidad de riqueza fustigó con tanta fuerza las ancas de los jinetes del Apocalipsis, que la Peste cabalga indomable y esparce por todos los rincones del planeta el Covid-19, un virus letal que asola a la población mundial, ante el cual los Estados han dejado de manifiesto su incapacidad para enfrentarlo, mientras las grandes empresas multinacionales duplican su poderío geoeconómico y multiplican sus ganancias al grado que podría decirse que es en las mismas proporciones en que aumenta la pobreza extrema como consecuencia de la pandemia.

 

La peste viene a ser lo que asoma del iceberg futuro que verá y experimentará la humanidad en los próximos años. La realidad estadística, aún la versión oficial de los organismos internacionales y gobiernos muestra un panorama drástico, lamentable y muy poco alentador.

El espectro maligno desencadenó con descaro sus cabalgantes inseparables y la hambruna ya toca la puerta en los países rezagados, las cosechas se anuncias precarias al grado de que los precios internacionales del maíz, por ejemplo, se incrementaron en cien por ciento en lo que va del año, y la lucha por conseguirlas, unos, y por conservarlas bajo su dominio, los otros; se anuncia a punta de misiles; y así suman su inmundicia letal y enlutan a la población mundial.

 

En febrero de 2019 Eva Cajigas, ambientalista, escribió “talar árboles nos está matando lentamente (…) año tras año, se destruyen miles de kilómetros cuadrados de bosques por actividades que realiza el hombre, especialmente, por el avance de la frontera agrícola. Cada año se destruyen alrededor de 150,000 km cuadrados de bosque, o lo que es lo mismo, 190 veces la superficie de la ciudad de Nueva York”.

 

La cifra prende un foco rojo, porque lleva a resultados terribles; 50 por de los bosques del planeta desaparecieron por la tala y ahí el hábitat cambió radicalmente por la desaparición de especies de la fauna y la flora de esos territorios y en consecuencia se rompió el equilibrio ecológico. Resarcir el daño requiere de la siembra de tres billones de árboles.

 

Estadísticas de los organismos internaciones como ONU, FAO y Banco Mundial coinciden en que cada año se talan 15,000 millones de árboles. Cajigas pone en contexto la cifra y para ello hay que conocer, explica, cuántos árboles hay en el planeta. La revista Nature publicó en 2015 un estudio que aportaba el cálculo más preciso hasta ese momento. El estudio cuantificó que había alrededor de 3 billones de árboles, a razón de 422 por persona. Los bosques cubren 31 por ciento de la superficie terrestre mundial (4,060 millones de hectáreas de acuerdo con datos de la FAO). Aproximadamente la mitad de la superficie forestal está relativamente intacta y más de un tercio son bosques primarios.

 

Sin que ello quiera decir que esa población arbórea sea uniforme en la faz de la Tierra, existen lugares como Bolivia en que la concentración es de cinco mil árboles por persona y en contraste está Israel donde son dos por persona.

 

Pero lo más impactante es que de continuar con el ritmo de la deforestación actual, en 300 años sencillamente ya no existirán los árboles y con ellos desaparecerán una cantidad impresionante de especies animales y vegetales, que viven asociadas a su existencia. Las causas de esto son la explotación industrial de la madera, minería, agricultura, ganadería, generación de energía y el crecimiento urbano. Todos lo saben; nadie pone el remedio.

 

Banco Mundial cita que “en muchos países, los bosques respaldan las economías rurales y sirven de fuente de empleo a poblaciones con pocas alternativas fuera del sector agrícola. Producen más de 5,000 tipos de productos madereros y generan un valor bruto agregado de más de 600,000 millones de dólares anuales, es decir, alrededor de uno por ciento del producto interno bruto (PIB) mundial (en algunos países, como Camerún, esa contribución es mucho mayor y llega al seis por ciento).

 

En la explicación del organismo financiero se dice que “los bienes derivados de los bosques constituyen una importante ‘cosecha oculta’ para las zonas rurales, evitando que muchas personas se vean afectadas por la pobreza extrema. Alrededor de 350 millones de habitantes que viven en o cerca de zonas boscosas densas dependen de los bosques para subsistir y obtener ingresos. De esa cantidad, cerca de 60 millones (en particular, comunidades indígenas) dependen totalmente de los bosques. Ellos actúan como guardianes de los bosques naturales que aún permanecen intactos en el mundo”.

 

Datos de esta institución precisan que las zonas arboladas son una importante fuente de energía para muchos países, de tal forma que, por ejemplo, 65 por ciento del suministro total de energía primaria en África proviene de biomasa sólida, como la leña y el carbón vegetal. El combustible derivado de la madera -afirman- será una fuente de energía clave en los países de ingreso bajo durante algún tiempo, y cada vez más se le considera una alternativa “verde” a los combustibles fósiles en los países desarrollados: “dada esta demanda, los bosques deben gestionarse de manera sostenible, y se deben alentar métodos de cocción limpios y seguros”.

 

Sobre el tema las estadísticas de la OIT (Organización Mundial del Trabajo) exponen que el forestal emplea a nivel mundial alrededor de 13.7 millones de trabajadores formales, equivalentes a 0.4 por ciento de la fuerza de trabajo total. De esa cifra, diez países concentran más de 60 por ciento del empleo en los que se incluye los tres subsectores: tala, transformación de la madera, pasta de papel y papel. De dichas naciones, China representa 26 por ciento de esa ocupación mundial, con 3,5 millones de empleos formales. Los otros países son Estados Unidos, Brasil, Rusia, India, Japón, Alemania, Indonesia, Italia y Malasia.

 

En tanto la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) precisa que una de las características más notables de la utilización de los bosques en las zonas tropicales, pero también en otras regiones, es el desperdicio de bosques y madera. Estima que a menudo se aprovecha menos de 50 por ciento de la madera de los grandes troncos de árboles tropicales abatidos, mientras que en las regiones industrializadas se utiliza más de 75 por ciento.

Todo esto conforma una parte fundamental de la explotación capitalista de los recursos naturales, que por más explicación que se dé, nunca podrá justificar la depredación del planeta. Un ejemplo de ello es lo que hace Apple para justificarse en sus acciones en este sector. La empresa afirma que “cuando se trata de envases responsables con el medio ambiente, Apple no se siente encajonada”.

 

En julio de 2017 este gigante tecnológico anunció la expansión de su estrategia forestal sostenible destinada a proteger o crear suficientes bosques gestionados responsablemente para compensar su huella de envasado. Dijo que el Consejo de Administración Forestal había certificado 320,000 acres de bosque de trabajo que la compañía apoya en China, suficientes para cubrir todos sus envases de productos.

 

Dos años antes, la compañía se había comprometido a proteger los bosques de trabajo gestionados responsablemente y anunció una asociación de cinco años con el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) para convertir hasta 1 millón de acres de bosque, en las provincias meridionales de China, en una gestión responsable para 2020. Todo para no detener su proceso industrial.

 

Pero veamos las consecuencias de la deforestación en masa. El impacto más dramático es la pérdida del hábitat de millones de especies, no sólo animales, sino vegetales. El 70 por ciento de los animales y plantas del planeta viven en entornos boscosos. Muchos no pueden sobrevivir la deforestación que destruye su medio ambiente. Asimismo, los científicos han advertido de la liberación de organismo y microorganismos que al salir de su hábitat pueden representar una amenaza para la existencia de las otras especies.

 

Tan grave como lo anterior es que la deforestación también acaba con las lluvias. Los bosques y selvas en sus ciclos naturales actúan como receptores y filtradores de agua de los temporales al subsuelo. Sin árboles esto deja de existir. En consecuencia, los páramos generados por la tala también ponen en riesgo la producción de alimentos, por las sequías que originan.

 

México es un claro ejemplo de ello; 84 por ciento del territorio (164 millones de hectáreas) sufre sequía en diferentes intensidades, situación que empeora a cada momento por la falta de lluvias de los meses recientes, y esto lo tiene en sus registros la Conagua y mientras empeora la disponibilidad de agua para la agricultura, ya desde mayo la Balanza Comercial Agroalimentaria registró un déficit 1,559 millones de dólares, y la producción agrícola en 450 municipios de 19 estados de la República se encuentra en riesgo, se incrementa la importación de frijol americano y crece 6.3 por ciento los precios de productos agropecuarios de la canasta básica. Como si eso fuera poco, el Gobierno federal recortó el Presupuesto del Programa Especial Concurrente en 2,585 millones de pesos en el primer trimestre de 2021, según refiere la Central Independiente de Obreros Agrícolas y Campesinos.

 

Todo esto tendrá un mayor impacto en los productores de menores ingresos, pequeños productores que representan 73 por ciento de las unidades de producción, unos tres y medio millones. Asimismo, los habitantes de las ciudades lo resentirán en sus bolsillos por el encarecimiento de los alimentos. Así el horizonte para el futuro inmediato.

 

 

Juan Danell Sánchez, reportero mexicano, director de la revista electrónica sostenible.com.mx

Autor del libro Campanas Rotas, jdanell1@hotmail.com