Durante la crisis del coronavirus, la riqueza de 42 multimillonarios brasileños aumentó en aproximadamente 32 mil millones de dólares, según datos recientes de Oxfam.

“No vine a traer la paz, sino la espada…

Vine a prender fuego a la Tierra”

[Jesucristo, apud Mateus y Lucas]

 

Vivimos en una época de crisis generalizada: política, económica, sanitaria, ética. A nivel internacional, desde 2008 la crisis económica mundial ha mostrado su evidente rostro estructural (desempleo crónico, desastre ambiental, hambre creciente), ahora agravada por uno de los resultados de la industrialización irracional: la pandemia del coronavirus.

 

En el plano brasileño, sin embargo, es que el concepto de irracionalidad se puede observar claramente y en las instancias más diversas. En esta nación inestable y desagregada, en la que las élites optan recurrentemente por la irracionalidad de los fascistas para contener los mínimos avances en las reformas sociales, vemos hoy el drama de esta opción por la ignorancia política, ética, económica, social.

 

La falta de un proyecto nacional –racional– por parte de las clases dominantes (“castas” ultra privilegiadas que nunca abandonaron el poder, aunque renunciaron al gobierno por poco más de una década) hizo que la economía brasileña se desplomara.

 

Brasil: el gigante cayó

 

Bajo la presidencia genocida de Jair Bolsonaro y su “Chicago boy”, el banquero Paulo Guedes del Ministerio de Economía, según datos del FMI el país en 2020 cayó al puesto 12 en el ranking de las mayores economías del mundo, siendo superado por países como Canadá, Corea del Sur y Rusia.

 

Volvimos al nivel de 2002, época del fin de la agonía neoliberal impuesta a la nación por el moribundo, hoy arrepentido, Fernando Henrique Cardoso (PSDB), en que Brasil ocupó el puesto 13 entre las economías mundiales, según cifras del Banco Mundial y FMI.

 

Una notable diferencia en el estatus alcanzado durante los gobiernos nacional-desarrollistas de Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff, cuando el país alcanzaría el sexto lugar entre las economías del planeta (en 2011), por delante de potencias como el Reino Unido (ver artículo de la BBC sobre estudios del instituto inglés “Centre for Economics and Business Research”).

 

El monstruo creado por la mezquindad

 

Temerosos del monstruo que crearon, lo que ahora se observa entre las clases privilegiadas es una estampida creciente, incluso por parte de los señores de la industria y el agronegocio que en gran medida financiaron el golpe de 2016 contra la presidenta Dilma. Golpe de Estado que – hoy ya está probado con todas las letras y audios – fue llevado a cabo por jueces vendidos al exterior, parlamentarios terraplanistas (la bancada bala-buey-biblia), militares antinacionales (zombis del golpe militar de 1964 que no logran morir) y otros personajes de películas de terror.

 

Toda esta ensalada de locos, por supuesto, es siempre bien presentada en finas toallas de encaje a los oídos cotidianos de la opinión pública: mentes martilladas día a día por los medios corporativos “unidimensionales”. En sus editoriales cuidadosamente adornados, las cuatro grandes hermanas brasileñas – Folha, Estadão, Globo, Abril – conocidas como PIG (“Partido da Imprensa Golpista”)- no se avergüenzan de seguir siendo portavoces del atraso nacional (y en esto somos campeonas del mundo).

 

Sin embargo, el hecho es que una gran parte de las clases pudientes también perdió (aunque menos que el pueblo) en este movimiento de saludo al fascismo; hubo pérdida de competitividad y de poder de inversión.

 

El fascismo, como sabemos (y lo sabían esos que apostaron por él), por su propia apelación al inconsciente – al odio de los impotentes, a las frustraciones existenciales y coyunturales, a la venganza contra lo diferente, el otro – el fascismo contiene elementos irracionales que difícilmente podrían ser adiestrados.

 

Pero en esta tontería la creyeron ingenuamente los teóricos del proyecto “Bolsonaro domesticado”. Para los capos del mercado, ese animal irracional, el capitán títere construido para terminar el trabajo sucio del golpista Michel Temer (MDB), a pesar de todo pasaría las contra-reformas antipopulares (de Seguridad Social, Tributaria, etc.) por la garganta de la nación; y eso no causaría tanto daño al “discurso neoliberal moderado” que los tucanes (el PSDB) y sus cómplices de la “derecha más racional” tenían como primer plano (si no hubiera el voto…).

 

Este grave error político también fue un error económico, y la caída ha sido dura incluso para los patrones. El escenario adverso solamente no ha llegado a unas pocas decenas de familias – las más ricas del país – que, dada su inmensa ventaja en el “juego del poder” (mercadológico) lograron lucrar, y mucho, con la desgracia nacional.

 

Es un caso para reflexionar – con atención – que solo durante la crisis del coronavirus, la riqueza de 42 multimillonarios brasileños aumentó en aproximadamente 32 mil millones de dólares (según datos recientes de Oxfam, noticia tan escabrosa que no pudo ser omitido ni por la prensa más conservadora.

 

La otra cara de la moneda, en cambio, es visible para todo aquel que se aventure por las calles de las grandes ciudades o el interior del Brasil: la miseria se agrava con velocidad descontrolada, hambre, inseguridad, enfermedad, trabajo precario, familias enteras echadas a las calles; de abuelos a bebés “estorbando el tráfico” (como dice la canción de Chico Buarque).

 

Según una investigación de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la pandemia de covid ha llevado al infeliz récord de 41 millones de latinoamericanos desempleados en 2020. A su vez, el Banco Mundial estima que, en nuestro subcontinente, 50 millones de personas han caído por debajo de la línea de pobreza el año pasado.

 

La cuenta del caos: la imposición de impuestos a las grandes fortunas es inevitable

 

En el informe de Oxfam, titulado “¿Quién paga la factura? – tributar la riqueza para enfrentar la crisis del covid en América Latina y el Caribe”, la organización (que lejos de ser socialista, es liberal-reformista) propone poner en práctica dos viejas e importantes banderas de izquierda: la de un sistema tributario menos injusto, “progresivo”; y aun el gravamen de unas pocas docenas de inmensas fortunas.

 

En la hermana nación argentina, que también ha sido golpeada durante años por golpes jurídicos y mediáticos – pero que ahora vuelve a erguirse – este debate (ineludible) sobre la tributación de los multimillonarios ha ido ganando terreno y avances.

 

En diciembre pasado, el Senado del país aprobó una ley denominada “Aporte solidario y extraordinario para ayudar a morigerar los efectos de la pandemia”. El gesto, aunque paliativo, puede ser germen de una ley futura que se mantenga permanentemente vigente, corrigiendo mínimamente las aristas violentas del abismo social. Por el momento, la medida consiste en un pago único de una tarifa que varía entre el 2% y el 3,5% aplicada sobre activos declarados superiores a 33 millones de dólares.

 

 La iniciativa, que ya existe en países industrialmente más avanzados, es una de las pioneras en América Latina, y llega en buena hora. Nuestra región soporta la carga de tener los niveles más altos de desigualdad social en el mundo: el 1% más rico de la población posee el 21% de la riqueza, mientras que el 40% más pobre sobrevive con solo el 13% (la porción más pequeña del mundo, de acuerdo con datos del PNUD).

 

En Brasil, según un estudio de la CEPAL (“Panorama Social de América Latina”, 2019), el índice es aún peor: el 1% más rico posee el 28% del ingreso nacional total.

 

La nueva ley argentina solo afectará a las 10.000 personas más ricas del país (según artículo de Brasil de Fato). Con este impuesto único, el gobierno progresista vecino estima que recaudará 3.500 millones de dólares, una suma que se utilizará en parte para los residentes de barrios de bajos ingresos (15%); equipo médico para combatir el covid-19 (20%); y el programa de incentivos económicos para estudiantes (20%).

 

Sin embargo, el proyecto no solo tiene como objetivo combatir la pobreza. Las voces influyentes del comercio y la industria también han logrado su parte, y se beneficiarán de buena parte de esta ley (aún frágil y defectuosa), en forma de subsidios a las pequeñas y medianas empresas (20%), y la producción estratégica de gas natural (25%).

 

Brasil de rodillas

 

Pero si el avance argentino es un comienzo de luz en este moribundo patio trasero latinoamericano, en Brasil las cosas van a ser más difíciles – bajo la jurisdicción de nuestra burguesía antinacional y campeona de la estupidez.

 

Recordemos que en medio del primer gobierno de Lula, cuando sectores de la izquierda empezaron a presionar por la tributación de inmensas fortunas, en un movimiento cuasi-sincrónico, los portavoces de la élite (especialmente las cuatro hermanas PIG) comenzaron a plantar en la opinión pública la idea de que el Partido de los Trabajadores (PT) practicaba una corrupción “sistemática y regular”, denominada jocosamente “menéalo” (pero eso supuestos “depósitos regulares” nunca fueron verificados en ninguna cuenta bancaria).

 

En ese momento, no lograron derrocar a Lula debido a su enorme popularidad – popularidad que en parte permanece, a pesar de los ataques que sufrió la última década. Y esa su fuerza, dicho sea de paso, todavía asusta a las corporaciones mediáticas y al resto de socios del “mercado”, como se ve en el discurso de la “nueva polarización” que aparece en ciertos editoriales del PIG, desde que se hizo público que la Operación “Lava Jato” (de la Policía Federal) no era más que una farsa criminal apoyada por intereses económicos estratégicos de superpotencias extranjeras.

 

Fuego en la tierra

 

También en Argentina la vida no será fácil. Con la aprobación de la nueva ley, la oposición conservadora se dirigió al ala gobiernista (kirchnerista), acusando al impuesto de “confiscatorio”, e iniciando una guerra legal.

 

Finalmente, como es sabido, no es tarea sencilla cambiar los caminos más tortuosos de la historia, cuyo andar es dialéctico, y se mueve precisamente desde los conflictos, las necesidades, la fuerza y la sangre de las calles.

 

Que así sea. Como ya dijo un cierto Jesús: “No vine a traer la paz, sino la espada … vine a prender fuego a la tierra”.

 

– Yuri Martins-Fontes es filósofo, periodista y escritor; doctor en Historia Económica por la Universidade de São Paulo/ Centre National de la Recherche Scientifique; con post doctorados en Ética y Filosofía Política (USP), y en Historia, Cultura y Trabajo (PUC-SP). Autor de, entre otros, “Marx na América: a práxis de Caio Prado e Mariátegui” (Alameda/Fapesp, 2018); “Caio Prado Júnior: Historia y Filosofía” (Rosario: Último Recurso/Núcleo Práxis, 2020).