El intelectual venezolano Gabriel Jiménez Emán nos invita a un viaje sideral por los universos de la memoria, lo fantástico, la mismidad, la fragmentación…

Lectura de la obra de Gabriel Jiménez Emán

 

Y en verdad no podemos, Señor de las verdades,

Daros muestra más alta de nuestra dignidad

Que este ardiente sollozo que surca las edades

Para morir al borde de vuestra eternidad”

Charles Baudelaire. “Los Faros”.

 

Con herramientas espirituales, morales, literarias, psicológicas, estéticas, lúdicas, ha forjado en el yunque de la literatura como una inacabable liturgia creativa, una obra que le es reconocida por propios y extraños, de diferentes edades, lugares, generaciones, y hacedores también de las distintas formas de arte, incluyendo cineastas; una obra que indudablemente se alimenta de los más acertados logros de tendencias estéticas que han surgido en el siglo XX, como respuesta a la gran crisis de Occidente, que llevó en los años veinte, a la Primera Guerra Mundial. Nada que tenga que ver con el desarrollo del arte y la literatura en este siglo y lo que va -por supuesto- del siglo XXI, ha quedado sin dejar huella en su oficio. La gran discusión entre los antiguos y los Modernos, el surgimiento del Cubismo, del surrealismo, el expresionismo, el creacionismo, el Nadaísmo, el modernismo, postmodernismo, la deconstrucción, la fake new, la posverdad, la desaparición de la realidad y la ilusión por la llamada realidad virtual, los harakiris del arte Moderno, la discusión escatológica, etc.; y todo cuanto sucede en el mundo de la música y del cine, hacen mella en el modo de ofrecer su oficio, que es ya un dado redondo.

 

Gabriel Jiménez Emán nos invita a un viaje sideral por los universos de la memoria, lo fantástico, la mismidad, la fragmentación, como forma de ejercer de zapador contra los puentes de una “realidad” que hastía, agobia, asfixia como una hostia envenenada y conduce a algo que no satisface, ni presenta ninguna solución digna al ser humano; una realidad a la que -pensando con el budismo- no cabe más que desearle un renacimiento mejor; o descubrir -como Cortázar- una “realidad otra”. De allí también ese reconocimiento de la otredad y de lo fantástico, que es un puente firme para cruzar el abismo, ponerse a salvo, en un allá adonde el bofetón de la “realidad” no alcanza, algo que desde temprano se plantearon -con acierto- los llamados postimpresionistas, y tiene también sus raíces en la propia Edad Media. Arnold Hausser nos dice: “El arte postimpresionista no puede ser ya llamado, en modo alguno, reproducción de la naturaleza. Podemos hablar, a lo sumo, de una especie de naturalismo mágico, de producción de objetos que existen junto a la realidad, pero que no desean ocupar el lugar de ésta” (Hausser, A. (1974). 278).1

 

Son muchos los caminos por los cuales ha llegado a sí mismo. Ha movido sus alfiles y sus caballos y comenzado su juego escritural, que va del poema al relato como quien cambia de camarote en un tren.

 

Comparte su palabra, su elan vital, su quehacer, con Maestros y con jóvenes que le siguen, le escuchan, le celebran sus ocurrencias, sus cantos, sus muecas insólitas, la fuerza de su alegría, la contundencia de sus juicios; y creen en él por su manera de darse, que es continua, indesmayable, ejemplar. No se ralentiza, sino que fluye en forma de libros, de talleres, eventos, encuentros, jornadas, simposios, revistas, homenajes, entrevistas, traducciones, polémicas magistrales; siempre avivando el fuego del poema y de la palabra loca y lúcida; y lanzándola a quienes llamaría nuestro tocayo mayor, Gabriel García Márquez “los náufragos siderales” y su remo imbatible e inexhausto, para mostrarles la brasa aquella donde arden los carbones inmortales de la poesía y de la literatura en cualquiera de sus expresiones; pues él ha descorrido todos los velos de la creación, y no es posible afirmar que un puñado de duendes le ayudan por las noches a forjar sus elucubraciones, sus aforismos, sus fábulas, sus poemas y su prosa, producto prístino de su voluntad en su Dasein. Es un digno prototipo de este continente, en el cual -según García Márquez- “América latina es el primer productor mundial de imaginación creadora”.

 

Con humildad y la prudencia debida, sumo mi júbilo y mi juicio a esta cadena de triunfos y evaluaciones brillantes todas, sobre la persona, la obra y la voluntad creadora de este viejo lobo de la comarca, quien -como dijera antes- ha sido reconocido por las grandes figuras, de la talla de Lezama Lima, Eduardo Galeano, Augusto Monterroso, Harold Alvarado Tenorio, entre otros; y los grandes viejos lobos de nuestra pradera, Ramón Palomares, Salvador Garmendia, Ludovico Silva, Pascual Venegas Filardo, José Manuel Briceño Guerrero, Hernando Track, El Chino Valera Mora -manada en la cual era uno de los más jóvenes- José Barroeta, José Balza, Gustavo Pereira, Luis Britto García, Laura Antillano, Ida Gramcko, Víctor Bravo, Luis Alberto Crespo, William Osuna, Alberto José Pérez, Julián Márquez; él ha comido y digerido la verde y fresca lechuga que nace aún en la fértil tumba de los grandes Maestros de todos los tiempos, desde Homero y Shakespeare hasta Pirandello, Strindberg, Chesterton e Italo Calvino. Sobra decir cómo le juzgan con lucidez y respeto sus pares contemporáneos; Y esta joven, entusiasta, talentosa generación emergente que se mueve como langosta por el país y fuera de él; que anda, vuela, bucea, sueña, se atreve, se desvela, con una fuerza y un esplendor admirable. Invitamos a leer esas dos compilaciones en torno a su obra: Literatura y existencia. Valoración múltiple de su obra (Imaginaria, 2012)2 y Nueva valoración crítica (Fábula, 2019)3. El mejor comentario es su lectura. Hay allí una enjundia crítica sorprendente, de alto vuelo y un haz de visiones que esculcan bien su obra, bajo marcos y cánones disimiles y muy ricos, que realmente dan su peso en oro al tiempo que dedique un lector inteligente y apasionado a estos testimonios.

 

Como los románticos se sumergieron en el pasado, en el hermoso campo, en la Naturaleza, en el mundo interior, en la noche, en los sueños, en la Fe, para enfrentar el despertar de las masas, el ruido de las ciudades y sus máquinas y la siembra endémica de la desigualdad y la pobreza; así como se sobrepusieron y forjaron su poesía y su arte, como niños, como locos, como alucinados de todas las horas y flotaron en sus predios hombres como Schiller, Goethe, Novalis, Shelley, Hölderlin, etc.; de la misma manera, conscientes de los componentes de lo que llamamos Modernidad y posmodernidad, en cuyo torbellino nos encontramos; convencidos de que es indiscutible la hipertrofia de la ciencia y de que todo a lo que ha llevado ese gigantismo, no resuelve la incógnita de un mundo mejor, ni despeja la ecuación o resuelve la aporía del dolor humano o la destrucción de las especies, del planeta, del ser mismo; así, con esa fuerza, ese empuje, ese coraje que los románticos, los impresionistas, los simbolistas, los expresionistas, surrealistas, de los dadaístas, creacionistas, nadaistas, tuvieron para enfrentar las taras morales, estéticas y políticas de su tiempo; así, nuestros actuales creadores -los que reconocemos como tales- enfrentaron y enfrentan, diría Heidegger como “seres en el mundo” y “ser con otros”, con su quehacer incansable, calidoscópico, versátil -en todos los géneros posibles de la escritura, del arte, del cine, del teatro, de la danza- esa visión catastrófica, escatológica, inmoral y cínica de la siembra de un miedo y una diáspora que pretende justificar la guerra, el genocidio, el ecocidio, el hambre, el mnemocidio, la ignorancia, la incomunicación, la indignidad, el dolor inmerecido y la muerte del amor, del silencio y de las grandes verdades esenciales. Todo ello con el mayor cinismo e impunidad, en nombre de un derecho internacional (con minúscula) que hace aguas y es un fuego fatuo en el horizonte de la esperanza, la muerta cáscara del ejercicio innoble de la condición humana y causa de esta anomia que todo lo invade e intoxica.

 

Y de qué manera creadores como Gabriel Jiménez Emán responden y transitan por esos campos minados. Reivindicando la palabra, el cuerpo como arte, la autoconciencia, la amistad como una responsabilidad infinita por el otro; cierran su ser psíquico, amasan mejor su erlebnis, su analogía y su pan poéticos; pasan la aldaba, resguardan su trance, su locura y su lucidez y procuran vivir en y del arte, como el seguro refugio donde sienten a plenitud lo que significa tener, amar, soñar, vivir la vida; y no en un concepto envenenado que la sustituya. Con ello evitan la desgracia que atisbó John Lennon y que le llevó a decir que “la vida es todo aquello que ocurre cuando estás ocupado haciendo otras cosas”. Triste certidumbre que me llevó a quererle y admirarle más.

 

Si me preguntaran con qué libro caracterizamos a este autor, a este escritor -con un libro que no fuese suyo- no dudaría en decir que si hubiese existido en la Alemania de 1788-1860 y hubiesen sido amigos, habría escrito Arthur Schopenhauer su obra Aforismos sobre el arte de vivir4 inspirado en él, en este viejo joven que es Gabriel Jiménez Emán. Cumple a cabalidad tres premisas fundamentales de la “filosofía práctica” propuesta aquí: 1º. Lo que uno es. 2º. Lo que uno tiene y 3º. Lo que uno representa5. Quiso el ilustre Maestro alemán, enseñar a moverse en la vida evitando trampas y calamidades, transmitir “el arte de la prudencia”, ir del pesimismo a la felicidad pese a tener conciencia de que esa meta es realmente inalcanzable para el hombre, pero como bien dijera Volpi, en el prólogo, sabiendo que el pesimista es “un optimista bien informado”, alguien que ya conoce las claves; tornarse desenvuelto y cautivador. Sin ignorar -decía Schopenhauer- que “la vida está determinada por una fuerza ciega, irracional e inescrutable: la voluntad”.

 

En esta lucha, emerge desde hace tiempo con un indiscutible liderazgo en el ejército de creadores y promotores de la cultura. Lo demuestra su heterogeneidad creativa, la voluntariedad, la tenacidad, la constancia ¡Y su buena salud! No es necesario, como diría el Gabriel Mayor “despertar el tigre o desatar la viruela de los elogios mutuos”. Como intelectual íntegro que es, él tiene la certeza de que el puente es el que justifica las orillas y que la vocación del puente es, permitir la neutralidad, el tránsito, el encuentro de conceptos, expectativas estéticas, artistas y poetas; el abrazo de la tolerancia y la reconciliación, la solidaridad y la enseñanza, la fusión con el conocimiento y la pasión creadora del otro; y abrazarse, como lo hicieran Alina Reyes y la chica de Budapest, en aquel puente, aquella noche de invierno en “Lejana” de Julio Cortázar, autor con quien tan bien afinada está su manera de contar, sobre todo en algunos de sus cuentos más extensos, o de minificción. No hay espacio para disertaciones en torno a las características generales de su trabajo poético y en prosa, porque eso ya está blindado en libros como Literatura y existencia y nueva valoración múltiple; ni menos aún para hacer un estudio comparado de la misma. Nada agregaría, sinceramente. Aunque prefiero sus Tramas imaginarias, sus Relatos de otro mundo; nos sigue sorprendiendo, desde que le salieron “Los dientes….” (1973)6 a su obra, hasta Los 1001 cuentos de una línea, donde hallo algunos como “El gato Octavio” “El sombrero del turista” “Mis pantalones sin mí” “Antes de tiempo” “El soñante” “Sorpresas de un decapitado” “El anciano” (…) que son de mi agrado; hasta sus más recientes libros como Historias imposibles,7 que seguramente los lectores disfrutarán, donde hallamos textos como “Generaciones” “Nuevas razas” “Foto en álbum familiar” “En la biblioteca” “El siervo de Dios” “El oficio de escritor” “Un día en la vida”; es un libro que en la medida en que vamos penetrando en él encontramos que cobra más fuerza, revela una substancia mayor que nos va atrapando y en el que encontramos todo un despliegue de recursos, de categorías muy útiles para el estudio crítico. Nos interesa sobre todo el abordaje psicoanalítico, teniendo en cuenta -según los estudios de Freud de algunas obras de arte y literatura- “lo que implica que el creador literario puede intuir directamente las verdades que los psicoanalistas sólo descubren más tarde por medios más laboriosos” (D. Evans, 40) y nos atraen mucho más -en lo personal- los relatos más extensos, que son más ricos en elementos dignos de ser observados.

 

Pudiéramos agrupar aquellos que tienen que ver con la comunicación, los conflictos propios del oficio, el ars relatio y el ars poética: “Ideas para un cuento” “El oficio de escritor” “La novela inmortal” “De cualquier cosa” “Poesía” etc. En segundo lugar, los relativos al delirio, la alucinación, el sueño, la dualidad, la alteridad, los problemas de identidad, Dios, la ausencia y la presencia como modos de ser y de estar del sujeto, la fractura del cógito, el erotismo, la moral patógena, las pulsiones sexuales, el estadio del espejo, el conocimiento imaginario o paranoico; y el desconocimiento, el sentimiento de culpa, la neurosis. Son realmente excelentes, todos: “espera inacabada” “Paseo por el camposanto”* “La réplica” “El jazz de los fantasmas”* “Origen de los sueños”* “Diálogo postrero entre Sancho Panza y Alonso Quijano”* ”La mano de Cervantes”* “En la biblioteca” “Historia de amor”* “Adiós a los libros” “Dios escribe a Pascal”* “El misterio de Monte Claro” “Los niños” y “Teorías sobre Dios”*. He marcado con asterisco algunos en los cuales la mayor parte de dichas categorías se cumplen a cabalidad y con una riqueza para el análisis; sólo que no es posible abordarlos todos. Tomaremos como ejemplo uno de ellos.

 

En “Paseo por el camposanto” los seres que se supone están ausentes, hacen acto de presencia en el espacio que se ha destinado para su reposo eterno en una dimensión ignota, no concebible por la intuición ni el conocimiento directo, de la experiencia humana. Se asume que esta realidad es una especie de introyección donde la experiencia revela un deseo de representación que a lo interno motiva al narrador, que proyecta en seres que pertenecen al orden imaginario y genera una imagen especular de la realidad, sólo que, sin el atropello, ni la mengua espiritual o moral que invade a los seres de la llamada zona de la realidad:

 

Salí del sarcófago apenas pude, y me puse a caminar por las veredas del cementerio. Era un domingo claro y me sentía muy bien saludando el resto de los personajes que vivían en sus moradas horizontales. Se oía el cantar de algunos pájaros y el chillar de las cigarras; un gato amaríllenlo cruzó raudo frente a mí y me preocupó no fuera a traerme mala suerte; todo lo contrario, fue de buen augurio, porque una mujer de luto muy elegante me hizo una seña buscando compañía y yo la seguí por una de las zonas verdes del camposanto

 

(…)

 

Ya había recorrido un largo trecho, que daba una ventaja grande para salir de ahí y dirigirme al mundo real, pero mi sorpresa fue enorme al cobrar conciencia de que el mundo exterior tenía mucho menos vida que el del cementerio. Las gentes iban metidas en unas suertes de escafandras con tubos que salían de aquellos extraños cascos hacia otras partes del cuerpo; ya no había autos ni ruidos de coches; sólo se veían transeúntes adormecidos o asustados llevando aquellos cascos a la manera de globos transparentes… (Jiménez, E. (2019) 72)

 

He aquí la proyección dual entre el Yo y la imagen especular de lo que conocemos como “imaginario”, que linda con la fascinación y la ilusión; pero que no se presenta impune, sino que “genera consecuencias” diría un psicoanalista como Lacan, y por algo éste lo incluye entre los tres órdenes de su esquema central de pensamiento: lo simbólico, lo real y lo imaginario.

 

Siguiendo a Dylan Evans, lo imaginario cautiva al sujeto, bajo un poder casi hipnótico, despliega la relación entre el yo y el semejante, afinca el modo narcisista de actuar por parte del sujeto, hace gala de los “rituales del cortejo” y se muestra seductor y firme en su sexualidad:

 

(…) la mujer de luto apareció otra vez y me dio esperanzas. Esta vez venía acompañada de una mujer vestida de rojo que tenía una actitud distinta a la de ella, una mujer muy esbelta y sensual que caminaba bamboleando el cuerpo. Por fin se detuvieron a poca distancia de mí y casi pude abordarlas, pero cuando estuve a punto de hablarles salieron corriendo a esconderse detrás de un mausoleo muy suntuoso ubicado cerca de unos pinos. Después vi algo extraño: un perro y un gato paseaban juntos y sentí que hablaban mi propio idioma, intercambiaban susurros y relamían los cuerpos del otro. Esto me excitó y me llevó a seguir la pista de la mujer de rojo y de la mujer de negro, para ver cuál de las dos se decidía. La mujer de rojo vino de un lado y la mujer de negro del otro y me agarraron cada una de un brazo hasta conducirme cerca de una tumba nueva. Les dije que ya tenía tumba propia y ellas rieron. No se burlaban; simplemente retozaban por mi respuesta. La de negro comenzó a desnudarse y la de rojo a bailar en torno a la mujer de negro desnuda, cuyo cuerpo blanco y maravilloso ejecutaba unas piruetas muy graciosas, y luego la de rojo también se desnudó y se subió a la rama de un árbol con una agilidad sorprendente. (Jiménez, E. (2019) 73)

 

No tenemos claro qué es verdad o realidad, ni tampoco nos interesa entender lo fantástico como una oposición a la realidad, sino más bien como su dimensión correlativa, una suerte de fusión que salva al sujeto de la febril labor del tedio, del hastío, le da la opción de elegir de qué lado vivir, actuar y comunicarse en y desde allí, de realizar su acto (como ser que es). Nos sucede aquí que hay cosas difíciles de entender y que ignoramos -es nuestra confesión- como en los Proverbios bíblicos: “el rastro del águila en la atmósfera, el rastro de la culebra en la roca, el rastro de la nave en altamar y el proceder del hombre en la mocedad” (XXX: 18)

 

Otro texto que hemos tomado en consideración es, “La Réplica”, ya que nos permite ver con claridad varios de los conceptos que se manejan dentro del psicoanálisis, como la neurosis, la paranoia, el Otro, el estadio del espejo, el conocimiento, la comunicación, etc.

 

El hablante narrativo o sujeto, un profesor universitario, acecha a otro sujeto, lo persigue de tal manera obsesiva, ya que este despierta en él una incontenible necesidad de ubicarlo, conocerlo, desentrañar su actitud, su presencia en los límites de su entorno, razón por la cual se siente amenazado:

 

Cuando cruzó la esquina hacia la calle Solano, vi su cabeza por un instante, la parte del cuello y el cabello cano, la calva incipiente. Doblé rápido hacia la izquierda, y cuando me asomé para intentar seguirle, ya había desaparecido de mi campo visual. (79)

 

Freud aplicó el término “neurosis”, que viene desde el siglo XIX a todo espectro de desórdenes mentales. Tanto Lacan como él lo asumen como algo contrario a la “psicosis” a la “perversión”. Freud ve la paranoia como una “defensa contra la homosexualidad”, caracterizada por delirios, empeñada en negar la tendencia homosexual, la oración “yo (un hombre) lo amo a él”, subyacente en cada hombre. Cabe aquí pensar que es cierto que el hombre mata lo que ama. Para Lacan, el YO es “sede de una alienación paranoica” de tal manera que no tiene forma de curarse, simplemente “el proceso de la cura” se reduce a lograr “una paranoia controlada en el sujeto humano” (Lacan, E, 15). Vemos pues, al sujeto que se debate de manera angustiosa, perniciosa, en el deseo de capturar detalles físicos, de ubicuidad, ademanes, rasgos, actividades, entorno, roce y comunicación con otros, para tener una certeza posible de qué es lo que persigue, conocer el objeto de su presencia en su territorio societal, profesional, en su desempeño psíquico, amoroso:

 

Ayer, mientras estaba esperando a Cristina Sofía en el aeropuerto, que venía de regreso de México, lo volví a ver cargando unas maletas por un andén, y esta vez sí pude precisar más el parecido, razón por la cual perdí la concentración necesaria para recibir debidamente a mi novia. Lo seguí un buen trecho por el aeropuerto y caminaba como lo hago yo; mi réplica tenía la misma pisada, el mismo porte, la misma complexión. La sensación de estar vigilado por alguien que puede ser tú mismo no tiene explicación ni comparación con nada, lo aseguro. (79)

 

Freud no encuentra nada que distinga de manera fundamental la “vida normal” de la “vida neurótica”; concibe al sujeto como alguien potencialmente neurótico. Lacan en cambio, en su nosología detecta “tres estructuras clínicas: la neurosis, la psicosis y la perversión”; por tanto, de igual manera, para él, no hay ninguna posición de “salud mental” que pueda considerarse normal (Evans, S8, 374-5).

 

El sujeto es un profesor universitario, que estudia, enseña, hace investigación (presenta trabajo de ascenso) hace cursos en el exterior, escribe literatura, forma parte de una institución seria; corteja a una chica, Cristina Sofía, de la cual en principio no estaba enamorado, relación que se fue construyendo a pulso. Es pues, un neurótico normal –diríamos– sólo que, al atisbar la presencia de un elemento extraño, se desencaja y revela toda la escisión contenida en él. Es por ello que el psicoanálisis no procura la erradicación de la neurosis sino “la modificación de la posición del sujeto ante la neurosis”. El sujeto persigue a su réplica de manera incesante, la ubica y observa en varios lugares y países, al punto que después ésta aparece en sus sueños, relacionándose con sus seres más íntimos:

 

Lo seguí a una distancia prudencial, hasta que de improviso él aceleró la marcha y su descenso se hizo tan veloz, que le perdí definitivamente en las próximas cuadras. La visión perturbó por completo mi estadía en esa ciudad y estuve varias noches viéndolo en alguno de mis sueños: almorzando con un profesor amigo en un restorán, hablando con mi madre en una tienda o reclinado en un muro hojeando un periódico; en ocasiones confundía estas imágenes con las de la realidad, luego en una visita a Madrid creí verlo o vi –no lo sé bien- en una tasca tomando vino y probando tapas con un grupo de amigos míos. Luego en Roma lo vi sentado en uno de los peldaños de la escalinata de la Plaza de Italia conversando con una chica en actitud seductora. (80)

 

El sujeto padece una catástrofe interna que libera un trastorno radical y total en su interior, pues la presencia de ese “extraño” que es su doble, alguien que su mente ve como una proyección real afecta firmemente su experiencia interna, sus vivencias (erlebnis) y promueve en él la autoconciencia de que existe una relación conflictiva entre el yo ideal y el real. Esto no es nada nuevo, ya lo había tratado Schelling en el Sistema del Idealismo Trascendental. Tal es la crisis de identidad del sujeto:

 

Desde ese día tuve la certeza que se trataba de la misma persona, que andaba en distintas partes haciendo cosas similares a las mías, aunque no precisamente tenía el don de la ubicuidad; consideré incluso la posibilidad de que yo fuese el doble suyo, cosa que me llenó de horror y me dejó cavilando acerca de la probable circunstancia de ser yo una creación irreal, un ser soñado o inventado por alguien, una entidad ficticia o novelesca que se encontraba protagonizando la comedia siniestra de algún escritor alucinado o desquiciado, llevando una existencia injustificable o imposibilitada de dejar una huella en la vida de las personas que le rodeaban; incluso también la vida de estas personas pudiese ser algo inventado, lo cual traspasaría toda mi realidad a la existencia de aquella imagen replicada, empeñada en aparecer en mi camino. (81)

 

El hablante narrativo, el sujeto -como le queramos llamar- se ve afectado a tan alto grado que solicita un permiso a la Universidad para atender su salud, su desorden nervioso, y se somete a la ingesta de psicotrópicos, aunado a ello bebe, fuma, se desvela; en fin, se desdibuja esa imagen apolínea, se ve afectada su relación con su novia, con quien ha pensado en casarse, es amonestado en la Universidad por ausentismo a clase, las personas que le observan, el mesonero, el dueño del cafetín, se sorprenden de su actitud, de su mengua psíquica. El sujeto logra recuperar alguna buena parte de su estado anterior, con ayuda de su novia y de los medicamentos, más la voluntad y el empeño propio; pero ocurren unos eventos que les separarán por periodos más o menos largos: el accidente de su hijo, la enfermedad de la madre de ella. Luego se reencuentran, se esfuerzan en recomponer sus vidas, sus planes y su tiempo perdido. Hasta que surge la amenaza más cierta y firme:

 

En otra ocasión lo vi cerca de la Universidad hablando con una de mis estudiantes, lo cual me constató su entrada definitiva en mi realidad; ya no podía ser producto de mis desvaríos o delirios especulativos ni una construcción de mi mente febril, sino un ente palpable, pues tuve oportunidad de constatar con mi estudiante la cita con mi réplica el día anterior y ella hasta me dijo que lucía mejor con ropa deportiva, con bermudas y camisa celeste. Esta comprobación me aterrorizó, pues ya el ente replicado se estaba acercando a mi mundo. Me prometí que la próxima vez que se aproximara a un conocido mío, yo me adelantaría a presentarme, para llevar a cabo la fatal aclaratoria. (82)

 

Ya antes hemos visto desarrollado este tema, este conflicto en obras como “El Vizconde demediado” de Italo Calvino, “axolotl”, “Lejana” “Historias que me cuento” de Julio Cortázar; “un sueño realizado” de Juan Carlos Onetti, entre otros. Sería muy interesante una lectura comparada de estos textos, incluyendo algunos contenidos en “tramas imaginarias” de Jiménez Emán, como “los sueños cruzados” y “misterio carnal”.

 

La neurosis se presenta en dos formas: la histeria y la neurosis obsesiva. La pregunta del histérico es: “¿soy un hombre o una mujer?” y se relaciona con una actitud dubitativa sobre la condición sexual; mientras que la pregunta del neurótico obsesivo es: “¿Ser o no ser?” y tiene que ver directamente con la contingencia existencial: vivir o morir. Para Lacan, estas preguntas no tienen solución y es lo que da a los neuróticos su “valor existencial” (Evans, S3, 190). Otro término o concepto manejado por ambos maestros del psicoanálisis, Freud y Lacan, es el de “otro /Otro” (Autre/autre). Freud nos habla de “der Andere” (la otra persona) y “das Andere” (la Otredad).

 

Es Lacan quien en 1955 traza una distinción entre “el pequeño otro (autre) y el gran Otro (Autre) (Evans, S2, cap.19) e insiste en la importancia de tener presente tal distinción en la práctica psicoanalítica. Bien, pudiéramos decir que el sujeto Otro se ve enfrentado al otro en el pleno conocimiento de que mítico “otro completo” no existe, por tanto, habrá que referirse a otro incompleto que él llama “Otro barrado”. El “Otro” es también “el otro sexo” (Evans, S20, 40) la mujer. De esta manera, podríamos entonces suponer que el sujeto ha determinado suprimir su proyección homosexual para afirmar su proyecto de hombría: casarse con su novia, seguir siendo el profesor y colega masculino, digno, dedicado a su rol profesional; y deshacerse del “otro” que ha colocado en el abismo todos sus logros: su carrera, su imagen, su matrimonio futuro, su tranquilidad para enseñar, viajar, escribir. Ya aquí no se trata del conocido “stade du mirroir” (estadio del espejo) en el que el sujeto se deja seducir y captar permanentemente por su propia imagen y mantiene una relación libidinal y de identidad con la imagen de su cuerpo, con la imagen especular. (Véase Evans, 81). No, aquí el sujeto está determinado a cercenar de plano, en forma absoluta la presencia molesta del extraño que usurpa su vida, sus sueños e invade su realidad:

 

Me dirigí a ver a mi novia para decirle la fecha en que yo pensaba podía celebrarse nuestro matrimonio, cuando noté que ella venia saliendo por la puerta del edificio, y más adelante él se le acercaba llamándola y ella viró para atender sus señales: las piernas me temblaron. Retrocedí y desvié mi rumbo hacia el café de siempre, lugar que me servía de observatorio. Estaba débil y con náuseas; me senté en el lugar habitual del cafetín, mi visión estaba nublada y casi me desmayo cuando vi cruzar la réplica ante mis ojos junto a Cristina Sofía, mientras yo permanecía sentado haciendo el papel de espía. Se despidió de ella en la esquina con un beso en la mejilla y mi piel se erizó, mi corazón palpitó fuerte, mis orejas se abrasaron y un dolor me subió por el cuello hasta la base del cráneo, acompañado de un sopor compuesto de rencor y miedo. Nunca le había visto tan de cerca: él era mi cuerpo, pero no era yo, es decir, no contenía mi yo dentro de sí y ya se había convertido en mi enemigo. Tenía dos opciones de enfrentarme a él: retarle para desenmascararlo y luego quitarle la vida, o él asesinarme a mí, ese podía ser su objetivo último para suplantarme, y ese sentir profundo del odio, aquel rencor implicaba una angustia de proporciones brutales: el desquiciamiento de mi psique era agudo en extremo, mi razón sacó fuerzas de alguna parte para enfrentarse a aquel descalabro neurológico que me hizo terriblemente fuerte unos cuantos días, me proporcionaba energías para maquinar mi plan, para vengarme y hacerlo desaparecer, y poder así recuperar mi vida otra vez (83)

 

El sujeto se debate en un conocimiento imaginario de sí mismo, propio del yo y el conocimiento simbólico, propio del sujeto. De esta manera, conocimiento y desconocimiento se funden en el conflicto de identidad que padece el sujeto, lo que Lacan llama “conocimiento paranoico” porque él considera que en el ser humano una de las condiciones de todo conocimiento es “la alienación paranoica del yo” (Lacan, 1951). El sujeto tiene problemas serios de comunicación consigo mismo, es ineficaz en el manejo de la relación emisor / receptor, experimenta la imposibilidad y la imprecisión en el mensaje que emite y en el destino del mismo. De allí que la verdadera preocupación al respecto, por parte del analista sea “hacer posible que el analizante oiga el mensaje que está dirigiéndose inconscientemente a sí mismo”. Si ello no se logra, el resultado es fatal. El sujeto ha de tomar una decisión definitiva, irrevocable, que no admite el cedazo de una reflexión última:

 

No me fue fácil elaborar el plan. Consideré todas las probabilidades de llevar a cabo mi objetivo, pero finalmente me decidí por el convencional pero efectivo medio del arma de fuego, una pistola que tenía guardada hacia años en el armario, descargada, más bien como un objeto curioso, una Beretta muy bonita de color plomizo brillante y cacha negra que había adquirido en mis tiempos de estudiante y de vez en cuando sacaba de su funda para limpiarla y tocarla, acariciarla más bien, obedeciendo a mis impulsos de coleccionista enfermizo, quien profesa una extraña pasión fetichista por los objetos bien diseñados y fabricados. Mientras miraba la pistola veía también dentro de mí y atisbaba un ser oscuro vencido por el miedo, dando los primeros pasos hacia la locura, ya no podía hacer nada para detener un impulso que sobrepasaba todo lo vivido anteriormente. Sólo tuve que ir a la tienda a hacerme de las balas, que no tuve problema alguno en adquirir. Las llevé a casa y allí las puse dentro del peine cargador y la probé bien hasta que el arma emitió ese sonido crispante del metal pesado, y la coloqué de nuevo en su funda hasta el día elegido. (84)

 

Lacan se opone firmemente a asumir el concepto del “cogito” en el mismo sentido que lo han asumido otros pensadores y analistas. Si para Descartes era “pienso, luego existo” y en la filosofía occidental se le ha asumido como sinónimo de autoconciencia, auto transparencia de la conciencia y de la autonomía del yo; Lacan subvierte todo esto. Argumenta que el cogito encierra “la falsa ecuación “sujeto =yo = conciencia” y opone el sujeto al yo y “propone que el sujeto del cogito cartesiano es en realidad uno y el mismo del sujeto inconsciente (…)” (Evans, 51). Así, aceptando el modo cartesiano, se va de la duda a la certidumbre, pero no partiendo del enunciado “pienso” sino de que algo desdibujado, inasible, incierto indefinido, inacabado, que es el hombre, el humano, “eso piensa”. El sujeto, determinado en su propósito, cumple con lo que le aconsejan su paranoia, su neurosis, su incomunicación consigo mismo, su cogito. Y va al rescate de todo lo que es su vida, su realidad, sin sospechar siquiera las consecuencias de su acto, que es lo humano, porque lo que se define como conducta, es lo animal:

 

Se detuvo el intruso justo en la esquina de la calle del café cercano al edificio donde habitaba Cristina Sofía y esperó a que escampara antes de cruzar, me acerqué al cristal dentro del cafetín para verlo mejor sin que él pudiera percatarse de mí y detallé las líneas de su rostro, sus orejas y una cabeza rasurada como la mía, pero era más joven y en su boca se dibujaba un rictus perverso, malévolo, que me llenó de valor y me hizo salir del lugar; yo llevaba ya el arma en el bolsillo de mi chaqueta y pensaba usarla, como en efecto lo hice cuando la saqué para descargarla contra su cuerpo haciendo tres certeros disparos. Antes de efectuarlos lo miré de frente y vi en sus ojos un fulgor espantoso que me llenó de valor para ejecutar mi objetivo, ahí en plena calle. Él también llevaba un arma y la sacó en el mismo momento en que me vio: ambos disparamos casi al unísono nuestras tres balas, que dieron cada una certeramente en sus blancos respectivos.

 

Lo vi caer primero. Se palpó el pecho antes, comprobando el flujo de sangre que brotaba. Al instante sentí las balas fatales dentro de mí, pero éstas no me impidieron caminar, cruzar la calle para ir al último encuentro con Cristina Sofía, que venía atravesando la avenida en medio del tumulto, venía abriendo los brazos a encontrarse conmigo.

 

De esta manera, ha atentado contra su mismidad, ha matado todo lo que ama, y queda demostrado que “Eso piensa”

 

Nos sucede lo mismo que con las antologías, cuesta dejar de lado algunos textos ya que son muchos los que debieran ser nominados, pero ni el espacio breve de un prólogo ni la terna amplia de textos elegibles da para cumplir ese deseo. Tampoco es este un espacio para hacer gala de tantas citas de los textos y de los críticos; preferible es remitir a los lectores estudiosos de la literatura a acompañar el análisis con obras como las de Víctor Bravo, Carmen de Mora Valcárcel, E. Anderson Imbert y las demás que se referencian en las notas finales. Toda esta riqueza nos lleva a pensar que este libro es una suerte de muelas del juicio y molares de su arte del relato. Este último es una prolongación, un legado, un linaje de aquella fecunda fiesta de iniciación ficcional de 1973, con la cual se anunciaba todo esto que hoy le es reconocido: una obra sólida, sostenida, incesante y cuyos aportes han sido fehacientemente develados y revelados por los críticos y por el mismo autor, dado que confluyen en él, el narrador, el poeta y el ensayista.

 

No es necesario ponerse un disfraz, una máscara, para parecer “intelectual” y sobrevivir flotando en una tabla sobre el mar de vanidades; tantas máscaras se han caído ya que lo único que queda es el rostro blanquecino, de tanto haber sido ocultado. Nuestra tragedia universal y local no necesita de más simulación y fingimiento. La marea ha traído a la playa las verdaderas perlas con las cuales sortear -diría Nietzsche- “la enfermedad histórica”, el conocimiento exasperado del carácter devenido y deviniente de todas las cosas, que ha vuelto al hombre incapaz (…) de crear verdaderamente historia, de producir asuntos nuevos en el mundo” (Vattimo, G. 21)8.

 

Los creadores están llenando el espacio de la verdad histórica, apelando siempre a nuevas formas de expresión, a la potenciación de nuevas ideas, de todos los géneros, e incluso, del lenguaje y la ficción misma. Es algo patente en las últimas artes y la Poesía, más allá de que algunos cataloguen el arte moderno como un “arte feo”, que “destruye los valores pictóricos en la pintura, el sentimiento y las imágenes cuidadosas y coherentes de la poesía, y la melodía y la tonalidad en la música. Implica una angustiosa huida de todo lo agradable y placentero, de todo lo puramente decorativo y gracioso” (Hausser, A. 278). Vacío, una simulación inauténtica, una caricatura de sí mismo, según lo expresado por Baudrillard en su libro La ilusión y la desilusión estética9 acerca del “complot del arte moderno”. Constituye esta verdadera lucha de todos nuestros legionarios, la mejor forma de distinguir entre “el ser y la apariencia”, así como el campo de respuesta, de batalla y un refugio ante la falacia generalizada.

 

Y luchamos, en la medida en que enaltecemos el mensaje, el instrumento, la obra; y tenemos conciencia de quién será el mejor receptor de todo ese desempeño espiritual, artístico y moral que significa crear y creer en el arte como vía de redención y fuerza para la esperanza de un mundo a la altura del hombre y la mujer que están aún subterráneos, porque la humanidad no ha logrado hallar el estado de coincidencia absoluta entre el ser y la conciencia, como bien dice Nietzsche.

 

En medio de esa dialéctica estamos atrapados en esta insuficiencia de la realidad, y la creación seguirá siendo la llave que abrirá definitivamente esa puerta que le dé al hombre el verdadero sentido y justifique su derecho a existir sobre la tierra. Celebremos que exista tanto cine como antes realidad, que haya tanto libro como pensamiento no escrito y tantas posturas como miradas. Eso es un Mundo, no una mimesis, sino una revelación. Es lamentable que Platón no entendiera que la Escritura y la plástica no falsean la idea absoluta y esencial, ni la copian burdamente, sino que son una alternativa hacia el descarrilamiento de la realidad, cualesquiera sean la forma, la razón y sus responsables como esto sucede.

 

Estamos en presencia de una obra que aprovecha todo, de un autor que no desecha nada de lo bueno que ha existido, que hace crónica y ficción nutrida de la tradición, y la innovación, la imaginación al límite -especie de René Magritte o Edward Hopper literario- y el razonamiento en sobrevuelo por todos los territorios de la actividad intelectual y creadora. Un autor que ejerce todos los géneros y puede ser leído de múltiples maneras, para aquellos que gustan de aplicar el canon crítico, el norte interpretativo, la diversidad hermenéutica de su preferencia: recepción, narratología, estructuralismo, semiótica o psicoanalítica; o estudiar en él el despliegue de recursos como la intertextualidad, la mimesis, el palimpsesto, la metaficción, la autoconciencia, la ironía, el désir10 o el acting out (Lacan)11, la paradoja, los distintos tipos y manejos del hablante poético o narrativo. Así como sus temáticas más sólidas.

 

Basta leer ciertos ensayos, reflexiones y esas ricas entrevistas para conocer sus centrados juicios sobre asuntos de extrema urgencia e importancia tanto artística como social.

 

Cada hombre es un destino a veces buscamos un camino, pero al final hallamos un destino, algo que nos encuentra más allá de cualquier previsión que hayamos tomado. El destino de Gabriel Jiménez Emán ha sido ser un escritor reconocido y querido intensamente por tantas mentes lúcidas, de tantas formas ¡Y con qué argumentos tan brillantes! Él ha sabido jugar la partida, con preferencia desde lo fantástico, en el limo de sus profundidades, ha movido sus fichas, la sombra de las jugadas, hacer oportunos y pertinentes enroques ante esos dos grandes Maestros que son el tiempo y la adversidad; coronar su peón, conservar intacta su dama y sus torres. Y ha vuelto a colocar las piezas en el tablero, porque él desea seguir el juego; como bien lo señala Spinoza “el deseo es la esencia del hombre”; y el juego para él no acaba nunca.

 

Mérida, Valle de Santa Rosa, 8 de febrero de 2020.

 

Gabriel Mantilla Chaparro (Cali, Colombia, 1954, nacionalizado venezolano) es profesor titular jubilado de la Escuela de Letras de la Universidad de los Andes, Mérida. Magister en Literatura Latinoamericana en la Universidad Pontificia de Bogotá. Poeta, ensayista, crítico de arte, conferencista, pacifista y filósofo. Autor de obras poéticas entre las que se cuentan Ultimo bosque (1985), Almendra mística (2000) y los ensayos Vivir a pulso (1995), Los hijos de Acteón (2002) y Ser filosófico y ser poético en la obra de Álvaro Mutis (2004). Reside en Mérida, Venezuela.

 

 

1 Arnold Hausser. Historia social de la literatura y el arte. Madrid, Ediciones Guadarrama, 1974 (Vol.3)

 

2 Gabriel Jiménez Emán (2012) Literatura y existencia. Valoración múltiple de su obra, Imaginaria, Mérida, 293 págs.

 

3 Gabriel Jiménez Emán. (2019) Nueva valoración crítica, Varios autores, Santa Ana de Coro, Fábula, 215 págs.

4 Arthur Schopenhauer. Aforismos sobre el arte de vivir, Madrid, Alianza Editorial, 2009. P.29.

5 1º. LO QUE UNO ES. Su naturaleza, con sus cualidades físicas e intelectuales, como la salud, el vigor, la belleza, el temperamento, la inteligencia: eso es lo determinante para nuestra relativa felicidad. 2º. LO QUE UNO TIENE. Es decir, los bienes materiales que uno posee y que son instrumentos para defenderse de las adversidades de la vida. 3º. LO QUE UNO REPRESENTA. Es decir, la reputación, lo que los demás piensan de uno y la influencia que semejante opinión tiene sobre la autoestima (…) la cual debe surgir de uno mismo y no depender de los demás.

6 Gabriel Jiménez Emán, Los dientes de Raquel y otros textos, Editorial La Draga y el dragón, Ilustraciones y portada de Vladimir Puche, Mérida, 1973.

7 Gabriel Jiménez Emán (2020) Historias imposibles, Caracas, Monte Ávila Editores.

8 Gianni Vattimo. El sujeto y la máscara. Nietzsche y el problema de la liberación, Barcelona (Esp.) Ediciones Península, 1989, 333 págs.

 

9 Jean Baudrillard. La ilusión y la desilusión estéticas, Caracas, Montea Ávila Editores Latinoamericana, 1997, 119 págs.

10 Désir (deseo). “El deseo es al mismo tiempo el corazón de la existencia humana y la preocupación central del psicoanálisis.” “Lacan no se refiere a cualquier clase de deseo sino siempre al deseo inconsciente. Esto no se debe a que considere que el deseo consciente carece de importancia, sino que sencillamente a que el deseo inconsciente es el que constituye el interés central del psicoanálisis”

 

11 Acting out. Uno de los temas más importantes que recorren toda la obra de Freud es la oposición entre la repetición y el recuerdo. Por decirlo así, estos son “los modos contrastantes de traer el pasado al presente” (Laplanche y Portalis, 1974,4) “Si se reprime el recuerdo de los acontecimientos pasados, ellos vuelven expresándose en acciones; cuando el sujeto no recuerda el pasado, por lo tanto, está condenado a repetirlo en el acting out”. (…) Aunque casi toda acción humana puede encontrarse un elemento de repetición, la expresión acting out se reserva habitualmente para las acciones que presentan “un aspecto impulsivo relativamente inarmónico con las pautas motivacionales habituales del sujeto” y que por lo tanto son “muy fáciles de aislar de las tendencias generales de su actividad” (Laplanche y Portalis, 1967,4).

El sujeto mismo no logra entender los motivos que tuvo para su acción. “Desde una perspectiva Lacaniana, esta definición básica del acting out es correcta pero incompleta, ignora la dimensión del “Otro”. Si bien Lacan sostiene que el acting out resulta de la imposibilidad de recordar el pasado, subraya la dimensión intersubjetiva, del recuerdo. En otras palabras, el recuerdo no involucra sólo recordar algo a la conciencia, sino también comunicarlo a otro por medio de la palabra” (Evans, D. (2003) 29).