El día anterior al ataque al aeropuerto de Adén se conoció que el Departamento de Estado de Estados Unidos había aprobado la venta de 290 millones de dólares en armamento a Arabia Saudita.

En la tarde del pasado miércoles treinta de diciembre, en el aeropuerto de la ciudad de Adén, en el sur de Yemen, en el momento que abandonaban el avión proveniente de Riad, los miembros del nuevo gabinete de “unidad”, se escucharon dos fuertes explosiones, que se cree fueron producto de un ataque con drones, o de tres proyectiles de mortero, que dejaron hasta ahora 26 muertos y más de un centenar de heridos.

 

Muertos, heridos, explosiones y ataques, es el pan diario del que se alimentan los casi 30 millones de yemeníes que, desde marzo de 2015, sufren los ataques de la coalición encabezada por Arabia Saudita, acompañada por Estados Unidos, Reino Unido y el enclave sionista que ocupa Palestina, junto a una docena de países musulmanes, de manera nominal, de los que solo han tenido participación efectiva los Emiratos Árabes Unidos (EAU). Esta intervención ha provocado centenares de miles de muertos, la devastación económica y de infraestructura monumental, además de poner a unos 24 millones de personas en condición criticas tanto el campo sanitario como alimenticio, que dependen solo de la ayuda internacional, por lo que para los expertos es la mayor crisis humanitaria de nuestro tiempo.

 

La intervención saudita se produjo con la huida del presidente Abd Rabbo Mansour Hadi, de hecho derrotado tras una larga guerra civil, y la toma de Sanna, la capital del país por la coalición huthí o movimiento Ansar Allah (Seguidores de Allah) que, además de la capital, controla gran parte del noroeste del país. Yemen está compuesto por la comunidad chií en un 47 % y por la comunidad sunita con el restante 53 %. Mansour Hadi, defensor de los intereses sauditas, tras exiliarse a Riad, anunció al mundo su renuncia al cargo de presidente, pero fue obligado por sus “anfitriones” a retomar el cargo y autorizó a iniciar las acciones militares pocos meses después.

 

En el trascurso de la guerra, frente ya no a la infranqueable resistencia Huthí, sino a la posibilidad cada vez más concreta de una derrota, en el bloque ofensor estalló una fuerte división entre el Reino Saudita y sus aliados de los Emiratos Árabes Unidos, (EAU) que a partir de 2017 alientan, arman y dan sustento político al movimiento separatista del sur del país, conocido como Southern Transitional Council (STC), que controla Adén desde 2019, además de las cinco provincias del sur. Esta organización se funda en el al-hirak al-janoubi (Movimiento del Sur), que intenta retrotraer la situación del sur del país a los años anteriores de la unificación de 1990, cuando existía la República Popular Democrática del Sur de Yemen, vinculada a Moscú y Pekín, y la República Árabe de Yemen, con una fuere injerencia de occidente. En la actualidad el STC, reclama se realice un referéndum para la declaración de independencia de una nueva Yemen del Sur, esta vez atada a los intereses de los EAU.

 

El gabinete de “unidad” que fue sorprendido por las explosiones del pasado miércoles está compuesto por miembros de las dos facciones atacantes, tras meses de difíciles negociaciones justamente llegaba a Adén para hacerse cargo del gobierno de las zonas del país que la coalición saudíemirati todavía controlan.

 

Rápidamente fuentes pro occidentales denunciaron a los Houthis y a la República Islámica de Irán, como los responsables del ataque, versión que ha sido negada por ambos acusados. Si los bombardeos hubieran sido guiados apenas con un centenar de metros de diferencia, se estaría hablando de una masacre mucho mayor, ya que, al momento del arribo del avión con el nuevo gabinete, la pista fue invadía por casi un millar de personas, entre partidarios, periodistas, fuerzas de seguridad y personal del aeropuerto, quienes, tras las primeras explosiones, huyeron despavoridas. Esto recuerda, sin duda, el bombardeo de agosto de 2019, cuando unas cuarenta personas murieron también en Adén, tras un ataque misilístico en mitad de un desfile militar, entre los que se contó al general y líder de las fuerzas separatistas de sur, Mounir al-Yafie, acción que, en ese caso, sí se adjudicaron los Houthis.

 

Más tarde se reportó otra explosión cerca del palacio presidencial de Maasheeq, un verdadero bunker, donde habían buscado refugio los hombres del gabinete encabezado por el primer ministro Maeen Saeed y el embajador saudí, Mohammed Said al-Jaber. Lo que demuestra que las precauciones tomadas por el presidente Mansour Hadi, y sus ministro no son pocas, al seguir resistiendo heroicamente desde los cómodos palacios que los sauditas han puesto a su disposición en Riad.

 

Este último ataque, cuyos perpetradores podrían ser muchos, entre ellos las khatibas, tanto del Daesh como de al-Qaeda que operan en el país, y también un conglomerado de fuertes jugadores en esta guerra como los Estados Unidos o Reino Unido, los dos principales vendedores de armas en el mundo que han incrementados sus ventas a Arabia Saudita desde el 2015, que es el mayor comprador de armas del mundo, Su objetivo, además de sostener esta guerra, es mantener en la mira a Irán, acusado de ser el mayor socio de los Houthis en la resistencia contra la invasión saudita. Sin contar sectores internos del reino, que podrían estar intentando boicotear al príncipe heredero Mohamed bin Salman, el principal responsable de esta guerra. Además estaría el Mossad, el servicio de inteligencia sionista, que tiene sobrados motivos para la continuidad de la guerra. Aunque también, sectores divergentes de los EAU y del STC. Sin embargo, como siempre sucede en estas cuestiones, los únicos culpables serán Irán y/o Hezbollah, la organización político militar libanesa.

 

El secreto más conocido del mundo

 

El día anterior al ataque al aeropuerto de Adén, se conoció que el Departamento de Estado de Estados Unidos habían aprobado la venta de 290 millones de dólares en armamento a Arabia Saudita, factor fundamental de las buenas migas que el rey Salman ha tenido con Donald Trump.

 

Diferentes voces críticas a Trump, dentro de los Estados Unidos, han señalado el apuro de Trump en gestionar estas ventas a menos de un mes de abandonar el cargo y la oposición del propio Congreso y la opinión pública de seguir abasteciendo de armamento a uno de los regímenes más sanguinarios del mundo.

 

La venta se centra en bombas GBU-39 de pequeño diámetro y sus equipos para operarlas. Ese mismo día fueron aprobadas las ventas de helicópteros Apache AH-64E por un valor de 4 mil millones de dólares a Kuwait, 104 millones de dólares en el equipo defensivo contra misiles para el avión del presidente egipcio Abdel Fattah al-Sisi, además de otros 65.6 millones de dólares, en sistemas de puntería para aviones de combate egipcios. El presidente al-Sisi, “el dictador favorito” de Trump como el mismo lo llama, se encuentra en una guerra sucia en el Sinaí, contra focos de insurgentes vinculados al Daesh, guerra de la que se sospecha los civiles se han convertido en la principal víctima sufriendo graves abusos contra los derechos humanos, que incluyen asesinatos y torturas de civiles y el desplazamiento de miles de familias que han debido abandonarlo todo. (Ver: Egipto, de cara a la debacle).

 

En los primeros días del nuevo año el secretario de Estado Mike Pompeo, será demandado en los tribunales de Nueva York, por el Centro de Asuntos de Política Exterior de Nueva York, por su responsabilidad en la venta de armamento por 23 mil millones de dólares, a los E.A.U, entre los que se cuentan aviones de combate F35 y drones, ya que la oficina de Pompeo, no ha cumplido con los requisitos para la venta. A pesar de que se justifica diciendo que el acuerdo de armas con los Emiratos permitió “disuadir el aumento del comportamiento agresivo de Irán”.

 

A la vez, el equipo de transición del presidente electo Joe Biden ha denunciado que el Pentágono no le ha informado de manera precisa respecto a las operaciones militares en curso, como es norma en las semanas anteriores al cambio presidencial.

 

También el Reino Unido, después de un año, reanudó las ventas de armas a Riad en junio pasado, después de que un tribunal dictaminara que los ministros habían ignorado las pruebas de que “los ataques aéreos sauditas en Yemen infringían el derecho humanitario”. Londres en julio, tras la reanudación de las ventas, había reconocido que una investigación oficial concluyó que “sólo había sido incidentes aislados”.

 

A pesar de que las estadísticas de exportaciones de armas del Reino Unido no desglosan a los compradores por país, se sabe que el 60% de las transacciones, unos 15 mil millones de dólares en 2019, fueron con destino a Medio Oriente, una mejora respecto al 2018, que fue de un 80%. Se conoce que el mayor fabricante de armas del Reino Unido, BAE Systems, vendió armas por un valor de más de 20 mil millones de dólares a Arabia Saudita desde el inicio de la guerra contra Yemen, principalmente en materiales utilizados en misiones de bombardeo, gigantesco ejercicio militar que solo ha tenido un único destinatario: la República Islámica de Irán y ese “obsoleto” principio de la autodeterminación nacional.

 

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC