La crisis económica que se profundizó por la pandemia de la COVID-19 refleja, entre otras cosas, una crisis de gobernabilidad y gobernanza mundial, de la que América Latina no está exenta.

 

En entrevista exclusiva con el Centro de Investigación sobre Globalización (Global Research) para el Boletín “Integración regional. Una mirada crítica”, Alberto Rocha Valencia, integrante del Grupo de Trabajo “Integración regional y unidad latinoamericana” del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), asegura que el progresismo latinoamericano constituye todavía una alternativa.

 

El académico peruano (residente en México) asegura que esta orientación política, hoy en repliegue, puede volver. Fundamentalmente, porque se observa una vuelta a políticas neokeynesianas y neodesarrollistas a partir del agravamiento de la crisis económica internacional.

 

La incursión de China en el continente, destaca, representa la posibilidad de articular un gran bloque de países en torno a una orientación económica y política distinta, el “Sur global”, según la caracterización de Boaventura de Sousa Santos.

 

Sin embargo, serán los pueblos quienes, a través de la vía electoral, tendrán la última palabra sobre el futuro de este proyecto, reconoce Rocha Valencia.

 

La pandemia de la COVID-19 terminó profundizando la crisis económica. Pero no es solamente una crisis de la economía, sino que hay varias crisis que se articulan entre sí ¿Cómo caracterizarías este momento histórico?

 

Estamos atravesando una crisis histórico-estructural del capitalismo y/o del sistema mundo moderno capitalista/colonial (de acuerdo con Wallerstein y Quijano). En este contexto, la pandemia, como crisis sanitaria mundial, ha desencadenado una crisis que incluye múltiples crisis. Estamos frente a una crisis multidimensional.

 

En primer lugar, tenemos la crisis de la civilización occidental cuyo punto de partida es el año 1492; esta está en curso desde que la crisis del patrón de poder colonial (formado en este año) comenzó a fracturarse. Otras civilizaciones están emergiendo, notablemente la asiática, la latinoamericana y la africana. Esta emergencia civilizacional avanza a la par de los procesos de integración regional que se desenvuelven en el mundo. En segundo lugar, tenemos una crisis ecológica a nivel planetario, provocada por un capitalismo depredador que no respeta la tierra, los animales, los bosques, el aire y los seres humanos, y que se encuentra vinculada de manera muy estrecha con la pandemia de la COVID-19.

 

La tercera crisis es la del patriarcado, tal como lo han planteado los movimientos feministas en los últimos años. El hombre en el centro de la estructura social, promoviendo relaciones desiguales y jerárquicas entre los géneros masculino y femenino e, incluso, los otros géneros. En cuarto lugar, estamos ante una crisis del antropocentrismo, pues ya no es más posible que los seres humanos sigan usando y sirviéndose del sistema ecológico planetario ( y de sus elementos vivos) como si fueran pura “naturaleza”; la que a su vez está vinculada a la crisis ecológica y a la pandemia del COVID-19. Estamos frente a un conjunto de crisis que se desenvuelven de forma imbricada y simultánea. Incluso se puede añadir la crisis de la Iglesia Católica y otras.

 

Estamos también frente a una crisis del orden económico mundial. La pandemia ha profundizado esta crisis. Los países centrales de la economía mundial (Estados Unidos, Unión Europea y Japón) se han visto muy afectados por la recesión económica y el crecimiento negativo de sus economías. Las políticas económicas neoliberales y el establishment político neoliberal entraron en crisis. Hay una suerte de “agotamiento” de los regímenes neoliberales en todo el mundo. Lo cual se empata con la decadencia de Occidente, como civilización y motor impulsor de la economía mundial. De la mano de esta crisis del orden económico mundial va la crisis del orden político mundial fundado en 1945 después de la Segunda Guerra Mundial. Esta crisis política del orden mundial se puede ver claramente en dos de sus elementos centrales: la crisis de la jerarquía en el sistema interestatal internacional y la crisis de la Organización de las Naciones Unidas. La jerarquía interestatal se encuentra totalmente desarticulada, las potencias mundiales que se encontraban en su cúspide ya no son las mismas y así de arriba hacia abajo. Entonces, la competencia entre las viejas y nuevas potencias se ha desencadenado, presentando un espejo de crisis multipolar. El sistema de las Naciones Unidas, derecho, instituciones, financiamiento, alcances, entre otros, no son más respetados por los Estados y sus gobiernos. La cooperación internacional ya no funciona, los intereses nacionales de los Estados se sobreponen al interés internacional proclamado por la Carta de San Franciso. Es evidente, la crisis de Gobernabilidad/gobernanza internacional. Queda como desafío la necesidad de un nuevo Pacto político y social mundial. Posiblemente este arreglo todavía pueda darse a nivel internacional (Estados y otros actores internacionales) y para un corto-mediano plazo, pero la verdadera solución llegará cuando las regiones formadas en el mundo propicien una Organización de las Regiones Unidas, esto es un organismo supranacional.

 

Por ahora, en el corto plazo, La competencia abierta en las potencias mundiales (viejas y nuevas) ha acentuado estas dos crisis del orden mundial y no tenemos claridad sobre el proceso que nos conducirá hacia una solución a nivel mundial. ¿La constitución del orden mundial de 1945 implicó dos guerras mundiales, el nuevo orden mundial también implicará una guerra global? Por ahora, nos encontramos ante la competencia económica y la pugna política crecientes entre Estados Unidos y China, lo que trae como consecuencia que los Estados redefinan sus relaciones y alianzas, tanto el sistema interestatal internacional como en la ONU. Pero, en esta crisis general del orden económico y político, está en curso un desplazamiento del poder económico-político mundial, desde los centros tradicionales de la economía mundial (América del Norte, sobre todo) hacia la región Asia-Pacífico. E, indudablemente, Estados Unidos hace de todo para detener esta transición del viejo orden a un nuevo orden mundial. El gobierno del presidente Donald Trump está tratando de detener este desplazamiento del poder mundial. Las sanciones económicas contra China y Rusia (sobre todo) se impusieron con este objetivo.

 

En medio de esta gran crisis observamos una escalada de las tensiones entre potencias y, asociado a ello, competencia entre diversos procesos de integración regional. Cada una de estas potencias, buscando fortalecer sus zonas de influencia ¿Hay también una disputa entre los bloques de integración regional?

 

En el mediano plazo, tenemos los problemas de la globalización y la regionalización, procesos que, en su vertiente neoliberal, también entraron en crisis. Con todo, los estados están intentando buscar salidas, hallar respuestas a la crisis.

 

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), por ejemplo, se transformó en Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). México quedó muy vinculado con América del Norte a partir de este nuevo acuerdo. Pero también hay que destacar la especificidad de México: un “nexo geopolítico” entre América Latina y América del Norte. No es que México se olvidó de la región latinoamericana y ya solo mira hacia el Norte, no. México seguirá siendo un “nexo geopolítico”.

 

Hay otro proceso de integración regional, el de la Unión Europea. Hay un impulso en el viejo continente de ganar autonomía frente a Estados Unidos. El distanciamiento y salida del Reino Unido (Brexit) de la UE va en ese sentido. El Reino Unido era la voz de los Estados Unidos dentro de la UE. Esta región está tomando distancia de la política exterior que se trata de imponer desde Washington. La relación política de Estados Unidos y la UE se encuentran en crisis. La UE tiene como objetivo avanzar en su proceso de constitución como región, pues tienen muy en claro que la competencia mayor en el mediano plazo será entre regiones.

 

Y el tercer sistema de integración regional es el que se desarrolla alrededor de China, a través de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP, por sus siglas en inglés) y la Iniciativa de la Franja y la Ruta (OBOR, por sus siglas en inglés). Aquí están en juego Asia, Asía Pacífico y Euroasia. Y si este proceso se concretiza y tiene éxito, estaremos frente a un nuevo centro gigante del sistema mundo moderno y capitalista. Y en el mundo habrá finalizado la colonialidad del poder y su patrón de poder colonial.

 

Hay diferencias entre otros tres sistemas de integración regional. Pero si tenemos en cuenta que la economía mundial gira alrededor de Asia-Pacífico, con China a la cabeza, es indudable que este último sistema de integración regional promete mucho.

 

Y esto tiene que ver con un cambio del orden mundial, incluso podría ser una salida para el sistema-mundo capitalista. Hay que destacar que China cada vez está más volcada hacia África y América Latina. Hay un nuevo sistema de alianzas y de correlación de fuerzas.

 

Y no olvidemos, las posibilidades de los procesos de integración regional de América Latina y de África. América Latina y el Caribe, después de un avance intenso de su proceso de integración, impulsado por los gobiernos progresistas, se encuentra estancada y en regresión. Tres proyectos todavía persisten: la reactivación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) (bajo la presidencia pro-témpore del Gobierno de México), la Hoja de Ruta y el Plan de Acción para el acercamiento e integración entre el MERCOSUR y la Alianza del Pacífico, y la constitución de un Tratado de Libre Comercio regional.

 

En esta competencia entre grandes potencias también se incluye a la periferia. En este sentido, América Latina aparece como un escenario que refleja esta disputa entre Estados Unidos y China ¿Qué papel está jugando la región frente a este proceso?

 

América Latina no está exenta de esta gran crisis general. América Latina está sumida en la recesión económica. La pandemia está profundizando la crisis económica. Afecta a muchos países de la región, independientemente de su perfil político. Los países que han salido mejor librados hasta el momento son Uruguay y Cuba. No se puede dejar de anotar que la pandemia del Covid-19 ha desnudado totalmente la situación de abandono de los sistemas de salud causada por los gobiernos neoliberales; y ya no digamos del estado de precariedad económica y social de las poblaciones de los respectivos países. Situaciones de catástrofe humanitaria están ya a la vista en varios países.

 

Y hay dos aspectos en cuanto a América Latina que me gustaría destacar. Primero, hay una regresión histórica de la región, a partir de que en 2016 llegaron al poder gobiernos conservadores y neoliberales. Esta regresión se orienta hacia un perfil primario-exportador en la región y una vuelta de las oligarquías cuasi coloniales y dependientes. Hay un acoplamiento perverso entre el neoliberalismo y oligarquismo (el ascenso de las oligarquías), que conlleva una reducción de las dinámicas económicas, sociales y políticas de los países. Los levantamientos y resistencias de los pueblos de la región durante el año 2019 es una expresión de todo esto.

 

Dentro de esta regresión histórica hay un segundo aspecto: una crisis de gobernabilidad y gobernanza en toda la región. Esta crisis se expresa a través de la competencia abierta entre gobiernos neoliberales y gobiernos progresistas.

 

Los gobiernos conservadores y neoliberales están completamente alineados con Estados Unidos y con las dinámicas impulsadas por la Organización de Estados Americanos (OEA). Fundaron el Grupo de Lima, que de alguna manera pretendió suplantar a la cumbre de presidentes de la CELAC, para establecer las directrices de gobernabilidad-gobernanza en América Latina. Y por otro lado, fundaron el Foro para el Progreso de América del Sur (PROSUR), para suplantar a la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR). Está claro, sus proyecciones no alcanzaron a toda la región. Grupo de Lima y Prosur no han podido desechar la CELAC.

 

Estos gobiernos del Grupo de Lima y del PROSUR llegaron a la conducción de sus de sus países no solamente para establecer políticas económicas neoliberales, sino para redefinir su política exterior, en este momento alineada con el gobierno del presidente Donald Trump. Representan una opción ante los gobiernos progresistas que todavía quedan en la región (por ejemplo, Venezuela, Nicaragua, México y Argentina). Hay una competencia abierta entre estas dos orientaciones de gobierno. Y por ello no se han podido construir consensos. Esto afecta a toda la política regional latinoamericana, que en este momento está trabada.

 

La integración regional latinoamericana se ha visto socavada durante los últimos años ¿Crees que existen posibilidades para su relanzamiento? ¿Qué estrategias podrían ponerse sobre la mesa para defender los instrumentos que todavía quedan de esta integración?

 

La integración regional se ha visto muy afectada. Definitivamente, no hay condiciones para un relanzamiento de los procesos de integración regional. Por muchas razones, por un lado, la política exterior del Grupo de Lima es un foro sin representatividad y legitimidad regional y, por lo tanto, sus propuestas van en el sentido de debilitar los procesos de integración regional, pues solamente piensan en una integración comercial, al estilo del exTLCAN y hoy T-MEC. El enfoque multidimensional e intergubernamental-supranacional se está abandonando. Brasil con el presidente proto-fascista Bolsonaro, ni siquiera mantiene sus compromisos con el MERCOSUR. Tampoco, el PROSUR favorece la integración de la región de América del Sur, todo lo contrario, echó por tierra la UNASUR, sin una evaluación previa sobre la importancia de Sudamérica como una mesoregión. A esto hay que añadir, las discrepancias abiertas entre los gobiernos del proto-fascista Jair Bolsonaro y del progresista Alberto Fernández en el MERCOSUR; y también la presencia ahora de un gobierno progresista como el de Andrés Manuel López Obrador en la Alianza del Pacífico.

 

En la dinámica internacional, varios países de América Latina se han inclinado hacia Estados Unidos a nivel geopolítico, pero quizás sin quererlo, su mayor vinculación geoeconómica es con Asia-Pacífico, fundamentalmente con China. El grueso de las exportaciones de los países latinoamericanos y caribeños no va hacia Estados Unidos o la Unión Europea, va hacia China. Esta dinámica resulta esquizofrénica para todos los gobiernos conservadores-neoliberales, con China y Estados Unidos muy presentes en la región; China en el despliegue económico en toda la región y Estados Unidos empeñado en mantener el control político y militar de toda ella.

 

No sabemos cómo se va a resolver esta disputa entre gobiernos conservadores y neoliberales y gobiernos progresistas. Los pueblos van a decidir esta situación de impase a través de la vía electoral y es así como se resolverá este “entrampamiento”. Veamos, por ejemplo, qué va a pasar en las próximas elecciones generales de Bolivia y con el Plebiscito Nacional en Chile. Tampoco sabemos cómo se va a resolver la disputa entre China y Estados Unidos a nivel mundial y en nuestra región. Pero, la solución de estos dos problemas condicionarán el futuro de nuestra región.

 

En el caso de las relaciones de América Latina y el Caribe con la Unión Europea, siempre difíciles, no dejan de ser importantes, pues implican la presencia de Europa en la región. Ahora bien, en la Unión Europea se está dando un viraje del neoliberalismo hacia políticas neokeynesianas, lo que tiene su correlato en la región, pues abre el camino a políticas progresistas y neodesarrollistas. Creo que el mundo va en esa perspectiva, hay un retorno de las políticas neokeynesianas y de orientaciones progresistas.

 

El progresismo latinoamericano sigue siendo una alternativa, aun cuando en estos momentos está en minoría políticamente. Esta perspectiva sigue siendo prometedora para América Latina, pues el progresismo y neodesarrollismo reinventados todavía pueden sacar a la región de la situación de regresión en que se encuentra. Y esta vía es la perspectiva de lo que Boaventura de Sousa Santos llama el “Sur global”, un gran bloque de regiones y países liderado por Asia Pacífico y China. Pero, para ello necesitamos una región autónoma y soberana.

 

 

Esta entrevista ha sido realizada por Ariel Noyola Rodríguez, corresponsal del Centro de Investigación sobre la Globalización (Global Research) en América Latina y el Caribe en exclusiva para el Boletín “Integración regional. Una mirada crítica”, Nº 10 agosto – septiembre 2020.