En las últimas semanas me ha dado por leer y estudiar filosofía, como un rapto surgido de una necesidad de alimentarme interiormente, frente a tanta precariedad política que enfrentamos. Me atrevo a hablar en plural: no creo que sea yo el único que sufre estas decepciones; si no también la comunidad venezolana y del mundo donde nos movemos. Me he puesto a cavilar profundamente acerca de tantas cosas que nos faltan y de veras no creo que esta decepción se deba sólo a causas fenoménicas ni a reacciones pragmáticas ante una realidad, o a meros enfrentamientos ideológicos entre izquierda y derecha, entre revolución y reacción, o entre socialismo o neoliberalismo. Creo que el asunto no sólo va más allá, sino que se adentra en causas más profundas, las cuales quizá radican en los preconceptos que nos hemos hecho de familia, progreso, sociedad, éxito, realización personal, patria o bienestar; es decir, una serie de nociones que constituyen utopías, ideas radicales que forjamos sobre nuestros roles en este mundo. La filosofía y los filósofos que nos anteceden están ahí para que nos veamos en ellos como en un espejo de ideas, para que apreciemos la variedad del pensamiento humano a través de la historia y la pluralidad maravillosa de sus formas, esos pensamientos no solamente son válidos para aquellas épocas, sino también para la nuestra, pues en materia de filosofía no hemos avanzado mucho, mas bien creo que vamos en retroceso en cuanto a esa búsqueda de comprender el mundo o la realidad.

 

En primer lugar, no hay sociedades perfectas, ni personas, ni proyectos, ni formas de pensar completas, acabadas, definitivas. Desde nuestra juventud nos han transmitido ideas acerca de lo que queremos tener, realizar, poseer, amar, abarcar. Luego vemos cómo todo ello, a medida que vivimos, cambia de modo inevitable, toma otro rumbo que apenas sospechábamos. No podemos modelar la realidad a nuestro antojo, ni siquiera cuando creemos que ya hemos logrado algo, súbitamente las cosas toman otro camino. Sólo una voluntad sembrada en el bien y en la nobleza del espíritu, en la paciencia y la sabiduría, puede salvarnos de tanta infamia y corrupción.

 

  1. La vida no es una cosa que podamos moldear ni decidir de antemano, no es un proyecto que alimentamos como si fuese una planta o un animal doméstico. Los seres humanos no somos domesticables ni maleables, ni individuos que estamos aquí para dar o recibir órdenes, ni para tener jefes o subalternos. Vinimos aquí sencillamente a vivir.

 

  1. Los seres humanos no nacimos para ser felices o infelices, pues somos imperfectos por naturaleza; ni para creer en determinados dioses ya impuestos, de quienes vamos a recibir enseñanzas eternas para alcanzar una pretendida felicidad o una armonía absoluta, porque no hay nada absoluto. Hemos venido aquí a coexistir con la naturaleza.

 

  1. La sociedad no es un espacio dado, predeterminado, donde hay que ejecutar comportamientos ya previstos o planificados para sobrevivir a costa de otros o con ayuda de otros, o para obtener ciertos bienes materiales como casas, departamentos, autos, haciendas, terrenos.

 

  1. No vinimos aquí a alimentarnos solamente, ni a procrear ni a perpetuar la especie teniendo hijos o familias, sino a relacionarnos con otros seres humanos por empatía o simpatía para intentar comprendernos, o quizá a generar efectos alejados de la envidia, los celos, la avaricia, el odio. Los sentimientos o pensamientos no son simples puentes para lograr cosas inmediatas, sino para pensar qué podemos hacer con ellos, desde ellos y para ellos.

 

  1. No vinimos a este mundo a rendir pleitesía a dioses creados por otros ni a postrarnos a los pies de ninguna imagen política a la que prometamos sumisión eterna, sino para construir mundos y pensamientos nobles como los de la poesía o la filosofía, el arte o la música. Esto no constituye la utopía de un mundo estático para siempre armónico, inmóvil. La ciencia no puede andar sola por el mundo, pues necesita del arte y el humanismo para sobrevivir. Vinimos aquí a pensar y sentir libremente.

 

  1. No vinimos aquí a alistarnos en ejércitos para hacer guerras a otras naciones que otros nos imponen, ni a obedecer órdenes de militares o políticos. Vinimos aquí a librar una batalla por la vida.

 

  1. No vinimos aquí a sentir miedo hacia ningún dios. Vinimos aquí a hablar con los dioses.

 

Pese a todos los errores que los humanos hayamos cometido, hemos logrado llevar a cabo una serie de descubrimientos e inventos maravillosos que pueden ser utilizados para lograr la liberación definitiva de nuestros espíritus, frente al oscuro porvenir que nos acecha.

 

Nos hallamos, ciertamente, en una encrucijada –no sólo histórica, o económica, social o cultural— sino sobre todo en una encrucijada ética, donde los valores morales han experimentado una caída dramática, y ello nos amenaza en un mundo donde ni el capitalismo ni el socialismo, ni ningún otro sistema, ha logrado superar la profunda crisis moral y ambiental que vivimos hombres, mujeres, niños, niñas, animales y plantas, ríos y mares, aire y atmósfera, en todos los continentes de nuestro planeta.

 

Los verdaderos dioses se han ocultado. Nuestros mitos y símbolos están siendo envenados. El manejo y administración del Estado se han corrompido y los principales gobernantes del mundo dan nefastos ejemplos a gobernadores, alcaldes, jueces, prelados, conminándolos a mentir y a separarse de los verdaderos estadistas, de los sabios, los filósofos, los pensadores, los poetas, los héroes verdaderos, cediéndoles el paso a banqueros, comerciantes, magnates, burócratas, narcotraficantes, agiotistas, mercaderes, burgueses, y éstos a su vez se han convertido en negadores de la humanidad. La política global –la geopolítica— ha mostrado su rostro perverso, se ha quitado la careta, ha lanzado a la calle sus máximos engendros para que devoren a la ternura y al amor, para que sacien su sed con las lágrimas de los amantes.

 

No es ni siquiera el apocalipsis, ni una revelación de los arcanos. La humanidad clama por nuevos evangelios sin templos, clama por una espiritualidad sin ídolos, por una filosofía de la desposesión, por una vida más nítida, más cristalina, más inmersa en el agua, en el aire, en la tierra y en el fuego.

 

Llegó la hora de anunciar la utopía final de la defensa de la vida.

 

 

 

 

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