Una de las nociones más vacías de cuantas se usan para describir el estado de las cosas es aquella que se alude con el término crisis. A fuerza de usarlo como comodín para indicar algo irresuelto o en estado de quiebra social o mental, el concepto de crisis ha dejado de tener sentido, por la misma razón por la que estamos en medio de ella o pretendamos salir de ella, para entrar a ella de nuevo. Pero nunca se sale de la crisis por la sencilla razón de que la crisis forma parte de la naturaleza misma del ser social, igual que la política convencional, que mientras sea política se valdrá de la crisis para intentar superarla de modo transitorio para luego entrar ineludiblemente a otra; crisis distintas pero crisis al fin.

 

Por ello soy esencialmente escéptico en política. En Venezuela, por ejemplo, nunca ha existido un gobierno que pueda superar las distintas crisis económicas, sociales o políticas que forman parte de la crisis “sistémica” del capitalismo, un organismo que se alimenta justamente de ella. Apenas se presenta, los capitalistas la enfrentan con instrumentos para intentar superarla, pero nunca logran erradicarla por la sencilla razón de que es ella es necesaria para fortalecer al sistema.

 

En Venezuela han existido estados feudales surgidos desde la época colonial, de los terratenientes del siglo XIX que se hicieron ricos con la mano de obra esclava, y a través de negocios que hicieron en ultramar con Europa y los Estados Unidos, llevando y trayendo mercancías, mientras la población seguía empobrecida y más jodida cada día. Simón Bolívar y sus oficiales en la guerra de nuestra independencia no hizo sino luchar para librarse del yugo español que, una vez vencido, volvió por sus fueros después de la muerte del Libertador, con nuevos caudillos (como Páez) y generales como Antonio Guzmán Blanco, que traicionaron luego al general Ezequiel Zamora para despojarlo del poder popular que representaba. De aquella fecha a ésta parte se sucedieron en el poder una serie de militares como Julián Castro, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita, Juan Vicente Gómez y Marcos Pérez Jiménez; manteniendo estos dos últimos tiranías “liberales”, esto es, que continúan haciendo negocios con países “libres y democráticos” que les permitieron ingresar a esa ficción rozagante que hemos llamado modernidad, en nombre de la cual se han cometido las mayores tropelías bélicas, manteniendo al país en un vaivén comercial insólito, con relativas épocas de prosperidad que nos permitieron por un tiempo remendar el capote, mantenernos en ilusorios estados de riqueza y en otros de prosperidad artificial, mientras la política hacía de las suyas a través de pactos y reformismos, hasta que arribamos a una época petrolera que nos permitió despilfarrar miles de millones de bolívares gracias a la explotación del petróleo por más de cincuenta años consecutivos.

 

Desde los años 30, escritores e intelectuales como Arturo Uslar Pietri, Enrique Bernardo Núñez, Augusto Mijares y Mario Briceño Iragorry reiteraron hasta el cansancio el despilfarro de nuestros recursos petroleros, al convertirlos en fines en sí mismos mediante una burocracia que no permitió desarrollar la agricultura, la ganadería o la pesca y mucho menos construir una infraestructura adecuada para estos rubros, dejando todo en manos de empresas privadas que sólo esperan divisas preferenciales para hacer sus importaciones y desarrollar otros proyectos no urgentes: automóviles, carreteras, autopistas y todo lo relacionado con artefactos, máquinas, electrodomésticos, ordenadores, teléfonos y aparatos digitales y el peor de los casos empresas de maletín; se desarrolló una tecnología de la comunicación que se tragó literalmente los recursos destinados al desarrollo del agro, la pesca o el ganado.

 

Llegamos a los albores del siglo XXI sin recursos alimentarios propios (importamos la mayoría de los productos), mientras por otro lado nos ufanamos en adquirir objetos de todo tipo; por el otro, un derroche inaudito de productos importados: vinos, refrescos, enlatados, embutidos, chucherías producidas por empresas trasnacionales. Bajo estos esquemas es imposible apostar a una prosperidad material.

 

En las universidades, la educación se basó siempre en una filosofía importada de Estados Unidos o Europa, y se hizo caso omiso de lo que proponían nuestros pensadores: Bello, Miranda, Rodríguez, Bolívar, Martí, Hostos, Alberdi; siempre teniendo en mente los modelos extranjeros, pero nunca pensando por nosotros mismos. Y la crisis por supuesto continuó.

 

A principios del siglo XXI surgieron en Latinoamérica líderes como Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales, Lula de Silva o Néstor Kirchner, que intentaron continuar las ideas de Salvador Allende, Ernesto Guevara, Jorge Eliecer Gaitán, Augusto César Sandino, Fidel Castro, Omar Torrijos y otros, pero casi todos fueron depuestos o asesinados por ser considerados “amenazas” flagrantes para la seguridad del continente. Unos fueron encarcelados, otros han muerto o cumplido sus lapsos de mandato, y lo que se observa ahora en el panorama es bastante desolador: una extrema derecha que no va a cejar en su empeño de restaurar el nuevo liberalismo y crear sus nuevas crisis para tomar nuevos aires.

 

La gente, frente a estas situaciones de crisis prolongadas, poco a poco se va adaptando a “lo menos malo” y termina aceptando cualquier ideología que le impongan, siempre y cuando se les provea de alimentos o de un empleo para sobrevivir. La sociedad actual está completamente corrompida, contaminada. No es de extrañar que muchas personas –entre las que me encuentro– apostemos por respuestas individuales (más no personales o individualistas) de amor, fraternidad, amistad, paz, arte, filosofía humanista. Puede que seamos ingenuos o idealistas, pero es mejor esto que seguir en el viejo juego político viciado del capitalismo o del totalitarismo, del militarismo o de los cultos a la personalidad, que no tienen en cuenta a ninguna respuesta sensata para salir de los graves problemas que enfrentamos en la cotidianidad.

 

Gabriel Jiménez Emán es narrador, poeta y ensayista venezolano. Estudió Letras en la Universidad de los Andes, donde fue profesor, y en la Universidad Central de Venezuela. Diplomado Internacional en Participación Ciudadana en las Naciones Unidas. Premio Nacional del Libro, Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal, Premio Monte Ávila de Poesía y Premio Nacional de Narrativa Orlando Araujo. Director y editor de las revistas Imagen (Celarg, Ministerio de la Cultura), Imaginaria y Fábula.