Discúlpenme si me permito asumir cosas. Sé que cada uno de nosotros tiene sus propios problemas. De hecho está de moda compartir una imagen que nos recuerda que hay que ser amables porque no sabemos con qué lidia cada una de las personas que nos rodean.

 

Sin embargo, tiendo a pensar que todos, por debajo de la angustia, del agobio del “hospital psiquiátrico a cielo abierto” que es Maracaibo desde que empezaron esos terribles cortes eléctricos, o el estado de pánico que provoca una inflación que hay que sospechar por dónde anda o confiar en los números del Fondo Monetario Internacional -lo que es de muy mal gusto- porque todos la nombramos y la sentimos pero nadie termina de precisarla, estamos profundamente aburridos.

 

Si, aburridos. Ese estado que provoca el sufrir de “cansancio del ánimo originado por falta de estímulo o distracción, o por molestia reiterada“. Yo lo estoy, ¿ustedes no? Esta vida de tener los pies en un espiral que sube si hablamos de precios y baja si hablamos de esperanzas, es una vida que aburre, que pierde la perspectiva.

 

Estamos aburridos, aletargados, viviendo en el pasado y además en un salón de clases donde todos han enloquecido y se lanzan aviones de papel, escuadras que chocan contra el piso, tizas que caen sobre las mesas.

 

La línea que separaba a la oposición y al gobierno, tan definida antes como la fila justa donde dejan de sentarse los estudiantes esmerados para dar paso a la parranda de hablachentos que están al final de la clase está llena de los residuos de esta batalla y así aparece Alberto Ravell retuiteando a nuestro querido Earle Herrera, Gabriela del Mar haciendo una lista de mercado con los que ella estima saltaron aunque nadie sabe de dónde y ellos no han dicho eso, y, María Corina expulsada de unas huelgas de la oposición…, es como si uno quisiera rogarle a la Virgen que regresara Miranda a gritar que esto es un bochinche y cerrara el periódico, las redes, apagara la radio.

 

¿Cómo se declara un estado de emergencia por aburrimiento nacional? ¿Cómo nos desaburrimos y vamos a la siembra, a vivir la vida sin mirar en el reloj que faltan 5 minutos para las cuatro y que hay un par de miles de personas que se les ha ido el día achantados dando vuelta en hojas de Excel y noticias inútiles?

 

Le tengo mucho miedo al aburrimiento a esta escala, desde hace tanto tiempo. Le tengo miedo al aburrimiento como estado de agotamiento que sobreviene después de la angustia de mirar el estado de cuenta o abrir la nevera. Le tengo miedo porque elimina la posibilidad de sentir placer, las ganas de estar en el aquí y en el ahora, porque nos priva de disfrutar que estamos consumiendo nuestras vidas. En el plano individual, colectivo y nacional.

 

En Ifigenia, Teresa de la Parra considera que el aburrimiento es un estado que no es compatible con la inteligencia porque el inteligente siempre termina encontrando algo útil en que ocuparse.

 

Pero ¿cómo hacemos? Si el presente se presenta así, profundamente aburrido y aturdido sin que suelte una sola nota que hable del futuro, de cómo este desastre del ahora se va a solucionar. Sin que nadie termine de esbozar que entre venezolanos hay un pacto fundamental y es que nadie va a convocar el Apocalipsis ni a poner en juego nuestra sagrada Independencia.

 

Pienso que yo no puedo ser la única que mira con tirria este panorama y resiste con contorsiones las afirmaciones de que vivir en Venezuela es perder la vida; la posibilidad de un mejor salario o estar tranquilo. Debe haber una manera en conjunto de desaburrirnos, descansarnos, reencontrarnos, mejorarnos, hacer de este tiempo la ceniza que nos llevará a mejores vidas…, ¿no?

 

Julio 25, 2018