Luego de que el neoliberalismo perdiera la batalla en Latinoamérica, gracias a la emergencia de procesos sociales y gobiernos progresistas; y en la actualidad tras un reflujo de la derecha en varios países de la región; se ha intentado implantar un discurso generalizado de conciliación de clase (como si las cuestiones de clase no fueran antagónicas), bajo el cual, se pretende despojar de ideologías con el fin de abstraer las cuestiones económicas de las políticas.

 

Es así que, nuevamente el eterno retorno hacia la retórica que exalta el crecimiento económico como desarrollo de los pueblos, ha venido posicionando con cada vez más fuerza, a la Alianza del Pacífico, con el fin de embarcar a Latinoamérica en las aguas peligrosas del libre comercio y el aperturismo indiscriminado; escondiendo tras del discurso “meramente económico”, una postura política que corresponde por completo a la ideología neoliberal.

 

Sectores empresariales y los gobiernos de Derecha han querido mostrar a la Alianza del Pacífico como un proceso de integración latinoamericana, pero la realidad es que es una iniciativa que surgió con el fin de contraponer intereses políticos frente a la UNASUR y frenar la escalada de los gobiernos progresistas en Latinoamérica, constituyéndose en importante herramienta para el imperialismo.

 

No es sino mirar la conformación de la Alianza del Pacífico, para entender su lógica; la Alianza del Pacífico fue impulsada inicialmente por Estados Unidos, a través de sus aliados latinoamericanos: México, país que mantiene vigente un Tratado de libre Comercio con EE.UU y Canadá (TLCAN), Colombia país puntal del imperio en América Latina, que cuenta con un acuerdo militar con EE.UU que le permite operar a través de 7 bases militares, y que por si fuera poco, también tiene un Tratado con la OTAN, Perú, con Gobiernos como el de Humala y actualmente el de Kuczynski, fieles impulsores del libre mercado, y finalmente un Chile, que arrastra todavía grandes rasgos neoliberales y una marcada historia de la dictadura y del intervencionismo yanqui.

 

En la actualidad, la disyuntiva que se presenta con la salida de EE.UU del Tratado Transatlántico (TTA), y la política proteccionista impulsado por Trump a través de la doctrina “Monroe”, ha provocado que la Alianza del Pacífico tome un giro significativo, y busque promover relaciones fundamentalmente con China, a través de su estrategia de incorporación bajo el carácter de país “asociado”; esto como efecto reacción y manera de blindarse frente a la política nacionalista de Trump y las posibles connotaciones comerciales que traerá para Latinoamérica; sin embargo, esto a pesar de que podría cambia el tablero en las relaciones de poder contra hegemónico, no cambia la lógica de la Alianza del Pacífico como herramienta de inclusión de Latinoamérica al capitalismo global.

 

Porque lo cierto es que, el recetario neoliberal aplicado ya de la misma forma pero con diversos matices, en diversas ocasiones no ha dado resultado, y las cifras de desarrollo social y precarización de las condiciones de vida en países como en México (TLC / NAFTA), y España (país en crisis, gracias a los impactos de su relación económicamente asimétrica dentro de la Unión Europea), se han encargado de desenmascarar el discurso neoliberal que ha tratado de pintar el crecimiento económico a través del comercio exterior como la panacea del desarrollo social; ocultando cómo los Acuerdos con economías asimétricas tienen grandes repercusiones para los más pequeños y fundamentalmente para las capas populares.

 

No es casual que los portadores de los discursos de “integración” comercial a través de alternativas como la Alianza del Pacífico, sean los representantes de la derecha, en nuestro caso Lasso, en campaña electoral ofrecía abrir Ecuador al Mundo, y vincularnos en la Alianza del Pacífico; para la derecha este instrumento sería muy favorable fundamentalmente para la capa empresarial, a costa de la economía nacional y los pequeños productores y campesinos.

 

De esta forma, la Alianza del Pacífico se constituye en un instrumento de la derecha imperialista para desplazar y mitigar importantes espacios como UNASUR y la CELAC, presentándolos únicamente como espacios de integración política; lo cual no es menos cierto, pero que le plantea a la izquierda Latinoamericana, el reto por incorporar fundamentalmente a UNASUR, componentes de integración comercial y económica, capaces de disputar el sentido desde la economía, y generar importantes rupturas con la lógica capitalista, tal y como se planteaba y se sigue planteando el ALBA con elementos como: la complementariedad comercial, el desarrollo conjunto, la solidaridad y los elementos de redistribución económica y social.