Los síntomas de cambios en el mundo evidencian un desorden de su monotonía por el reacomodo de los poderes que deciden sus destinos. Estamos en pleno siglo XXI, y los poderes decidieron retroceder eras históricas, reavivando tiempos del ultraproteccionismo productivo-comercial, amurallando fronteras y descontrolando el terrorismo. Entre uno de sus principales rasgos, el mundo que se desordena está generando incertidumbres y reavivando sentimientos racistas y xenofóbicos hacia los ciudadanos de los países de nuestra región y, también, no se lo puede negar, al interior de nuestros países.

 

¿Dónde encontrar respuestas que tejan alternativas a esta situación que inestabiliza el planeta?, ¿en las políticas excluyentes de los poderes que desordenan el mundo?, ¿en los países que construyen murallas y cierran fronteras a los migrantes y a los desplazados?, ¿en los habitantes de los barrios ricos de las ciudades que amurallan sus urbanizaciones para que no se contaminen con los desplazados del sistema?, ¿en la academia que desprecia los saberes ancestrales a título de un cientificismo occidental pretendidamente superior?; ¿o tendremos que virar la mirada hacia la cotidianeidad de las culturas inclusivas que trabajan por el retorno al futuro de la armonía?, ¿habrá que seguir los latidos y los pasos de los pueblos que luchan por su inclusión con las mismas prerrogativas por su condición de humanos respetuosos de la vida en el planeta?

 

En tiempos de incertidumbre, corresponde descentrar las perspectivas y retomar las banderas de los encuentros de los distintos y las de la unidad compleja desde las diversidades. En nuestras “sociedades mosaico”, nos toca provocar alteridades que fecunden en unidades. Este tiempo de incertidumbres es también el tiempo de las búsquedas de los encuentros y las interculturalidades, trasponiendo las miradas que se detuvieron contemplativamente en reconocer la existencia de sociedades “pluri-multiculturales”. De la exaltación de las diversidades se tiene que avanzar al encuentro de los distintos, con su complejidad diversa y plural, para que ninguno absorba al otro sino que se correspondan e intercambien para generar un proceso nuevo, inclusivo, caracterizado por la concordia.

 

En esta línea, compartimos con Walsh que la interculturalidad se constituye de “complejas relaciones, negociaciones e intercambios culturales, y busca desarrollar una interacción entre personas, conocimientos, prácticas y lógicas, racionalidades y principios de vida culturalmente diferentes; una interacción que admite y que parte de las asimetrías sociales, económicas, políticas y de poder”.1

 

La afirmación es contundente, la interculturalidad no se reduce al reconocimiento de las diversidades, ni se explica tan solo en la generación de diálogos relacionales, que no son planos, entre culturas distintas. El encuentro entre diversos reconoce la existencia de desigualdades y asimetrías, lo que provoca que las relaciones e interacciones sean complejas, tensas, condicionando que los intercambios entre culturas no se detengan en el conocimiento de los otros, sino que avancen a su reconocimiento y a su superación, para la construcción de una nueva situación producto precisamente del hecho que la interculturalidad no es una categoría étnica, sino que los intercambios culturales son también sociales y políticos.

 

Por eso digamos que la interculturalidad “[…] va mucho más allá de la coexistencia o el diálogo de culturas; es una relación sostenida entre ellas. Es una búsqueda expresa de superación de prejuicios, el racismo, las desigualdades, las asimetrías (…) bajo condiciones de respeto, igualdad y desarrollo de espacios comunes”.2 Se trata, en definitiva, de construir una nueva sociedad que, en nuestra concepción, sea la base de un sistema alternativo al capitalismo y el fundamento de una nueva era. En tiempos de incertidumbre se tiene que trabajar por la consagración de sociedades del bien común, o del Vivir Bien/Buen Vivir.

 

Como ya dijimos, no se trata solamente de reconocer las diferencias o la diversidad, tampoco se trata expresamente de tolerar y mantener matrices culturales distintas, sino de combinar y construir nuevos procesos civilizatorios. Por lo tanto, la propuesta de interculturalidad “[…] debe contribuir a establecer un principio de obligatoriedad mutua; es decir, que los grupos que comparten el mismo espacio asuman igualitariamente las responsabilidades que implica la convivencia”.3 Esto supone la legitimación de una cultura y una organización social con derechos y con deberes, políticas nacionales germinadoras de paz y de justicia y, sobre todo, sociedades que hacen de la convivencia su patrón de vida.

 

No es tarea sencilla, por cierto, porque se trata de tejer nuevas sociedades recogiendo todos los hilos, de todos los colores y crear con ellos imaginarios y realidades sin muros ni proteccionismos, sin exclusiones sociales, raciales, territoriales, ni de género. La nueva sociedad no puede asumirse como la hibridación de sociedades porque las culturas no se fusionan, es decir que una no se impone a la otra. Por el contrario, las diversidades se encuentran en una mezcla abigarrada donde se conjuga el mundo de uno con los otros. Sobre el tema, Silvia Rivera, explica bien la relación analizando el sentido del ch´ixi,4 en una “[…] coexistencia en paralelo de múltiples diferencias culturales que no se funden, sino que antagonizan o se complementan5. Entonces, en definitiva, no podemos pensar en hibridaciones estériles donde unos se asimilan a los otros, tenemos que reconocer que se trata de coexistencias con antagonismos o con complementaciones en relaciones de alteridad.

 

Mirar el mundo desde la perspectiva de la interculturalidad y proponerse diseñarlo desde este resquicio, equivale a remar contra la corriente, intentando reconducir la incertidumbre provocada por los mundos excluyentes, a realidades donde todos se encuentren en equilibrios dignificantes. Es en este desafío que cobra sentido y actualidad la cosmovisión del Vivir Bien/Buen Vivir, que en pocas palabras, la podemos definir como la convivencia complementaria o una relación del individuo con la sociedad y la naturaleza sin desequilibrios respecto a riqueza y poder; siendo de trascendental importancia el sentido de pertenencia y responsabilidad con la comunidad, lo que supone preocupación y responsabilidad por los demás, así como expresiones de afectividad y reconocimiento.6 Es una propuesta para la vida digna, con derechos, con satisfacción de las necesidades básicas en igualdad de oportunidades, velando por la supervivencia del planeta, siguiendo un contrato vinculante de los seres humanos con la naturaleza y el cosmos.

 

El camino hacia la sociedad del Vivir Bien/Buen Vivir demanda transformar el (des)orden existente mediante diversas y encadenadas rupturas. Debe superar el “vivir mejor” característico del capitalismo; desestructurar los rasgos del (neo)colonialismo excluyente; cuestionar el patriarcado; revertir las prácticas depredadoras del medio ambiente; constituirse en una alternativa al desarrollo lineal confundido con progreso7; y sobreponer el derecho a la comunicación a su manejo actual mercantilizado.

 

El Vivir Bien/Buen Vivir es un concepto complejo, en proceso de legitimación, que tiene su origen o momento constitutivo8 en los saberes, prácticas y culturas enraizadas en los pueblos del Abya Yala9 y sus fecundas experiencias de vida comunitaria con las que sostienen resistencias a sucesivas y centenarias historias de dominación, ofreciendo una alternativa viable para su propia reconstitución y descolonización, así como para el planeta.

 

La esencia de su cosmovisión es la vida en armonía, de los seres humanos consigo mismos (dimensión espiritual), en sociedad (dimensión comunitaria), con la naturaleza (dimensión ecológica) y con las deidades (dimensión cósmica) Su identidad radica en la búsqueda de la “vida buena en plenitud”; y la equidad y la justicia son condiciones radicales que se expresan en solidaridades, con lo suficiente para una vida sana, sin excesos, sin carencias, sin apuros ni angustias, ahora y en el futuro.

 

La convivencia (materialización de la interculturalidad) se sustenta en estos principios: i) la complementariedad, que reconoce coexistencias en paridad con otros; ii) la reciprocidad, que implica la capacidad de corresponder proporcionalmente las solidaridades; iii) la integridad, que se define como exigencia de equidad, inclusión e igualdad en la diversidad; y iv) el equilibrio, que busca la superación de las asimetrías, rompiendo las distancias y brechas con normas que velan por la justicia, la relación fraterna, el reconocimiento afectivo, solidario y amistoso entre personas, sociedades y la naturaleza.

 

La vida en armonía no se construye en Estados-Nación de una sola cultura, una sola religión y una sola ideología, siendo imprescindibles “[…] flujos desconstitutivos de la vieja maquinaria estatal y constitutivos de los agenciamientos y dispositivos de las formas de la participación social y política de los colectivos y comunidades”,10 por lo que se necesitan Estados Plurinacionales con pleno ejercicio de los derechos y sistemas de administración, tierra, territorio y pluralismo jurídico de sus diversas naciones.

 

El Vivir Bien/Buen Vivir, originado en la capacidad de resiliencia de los pueblos originarios, tiene carácter planetario. No es una propuesta para ser calcada sino para ser apropiada críticamente en las condiciones, características, historicidades, posibilidades y particularidades de cada sociedad donde es apropiado, superando visiones fragmentadas e inconexas. En tiempos de incertidumbre, corresponde trabajar desde nuestros sures para que todos vivamos con las mismas posibilidades y condiciones, sin discriminaciones.

 

– Adalid Contreras Baspineiro es sociólogo y comunicólogo boliviano. Ex Secretario General de la Comunidad Andina – CAN. Colaborador de ALAI.

 

Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento 525/526: Ante escenarios desafiantes 03/07/2017

 

1 Walsh, Catherine, Interculturalidad, Estado, sociedad. Luchas (de)coloniales de nuestra época, UASB/Abya Yala, Quito, 2009, p. 45.

2 Ayala Mora, Enrique, Interculturalidad. Camino para el Ecuador, FENOCIN, Quito, 2011, pp. 57-58.

3 Kowii, Ariruma, “Cultura Kichwa, interculturalidad y gobernabilidad”, en Gobernabilidad, democracia y derechos humanos, Quito, Aportes Andinos N° 13, PADH / UASB, 2011, 2005, p. 27.

4 Plomizo

5 Rivera Cusicanqui, Silvia, Ch’ixinakax utxiwa: una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores, Buenos Aires, Tinta Limón, 2010, p. 70.

6 Huanacuni, Fernando, Buen Vivir/Vivir Bien. Filosofía, políticas, estrategias y experiencias regionales andinas, CAOI, Lima, 2010, p. 2.

7 Contreras Baspineiro, Adalid, Seremos millones, en Revista Diálogos, FELAFACS, 2015.

8 “[…] el momento ancestral o su causa más remota” (Zabaleta Mercado, René, El Estado en América Latina, La Paz y Cochabamba, Los Amigos del Libro, Tomo 3, 1990, p. 180).

9 En lengua Kuná, Panamá, Abya Yala significa tierra noble que acoge a todos, y es el nombre con el que los pueblos originarios identifican el continente latinoamericano y caribeño.

10 Prada Alcoreza, Raúl, “Estado plurinacional comunitario autonómico y pluralismo jurídico”, en Boaventura de Souza Santos y José Luis Exeni (editores), Justicia indígena, plurinacionalidad e interculturalidad, Quito, Abya Yala / Fundación Rosa Luxemburgo, 2012, pp. 408-409.