Primero, aclaro que no soy ningún bolivariano a ultranza, de esos fundamentalistas que creen que todas las ideas de Simón Bolívar pueden aplicarse por igual a realidades políticas de cualquier época, o a realidades económicas y sociales a la manera de fórmulas mágicas para solucionar todo. Siendo Bolívar quien expresó las ideas más claras sobre la fundación de nuestra patria, a través de un conjunto de nociones que tienen su raíz en la Ilustración europea y el Iluminismo, el Enciclopedismo y en distintas filosofías de avanzada (que también habían inspirado a Francisco de Miranda, nuestro precursor en este sentido, víctima de las más viles traiciones), lo que hizo nuestro prócer fue interpretarlas y acrisolar muchas de ellas para adaptarlas a las nuevas realidades de nuestros nacientes países y crear el concepto de naciones libres, de patrias soberanas. Habría que admitir que Bolívar lo logró a través de sus proclamas, cartas y discursos, para sentar luego las bases de lo que hoy conocemos por patria (y no un patriotismo elemental, que puede generar un nacionalismo peligroso), haciéndolas extensivas a otros países como Perú, Bolivia, Colombia y Ecuador, librándoles del yugo español. No conforme con ello, Bolívar intentó poner sus ideas en práctica, y lo logró en buena parte. No conquistó todo lo que deseaba  –la unión de la patria panamericana, la Gran Colombia– pero su intento fue heroico; lo más importante fue demostrar que podíamos confiar en nuestra propia capacidad de lucha; con un esfuerzo casi sobrehumano, Bolívar implementó planes y batallas concretos, y articuló cientos de estrategias mediante un pensamiento que le convirtió en el líder político y social más importante de su tiempo, a nivel mundial.

 

Otra virtud de Bolívar fue su capacidad visionaria. Se adelantó a lo que podía ocurrir, y previó los problemas antes de que éstos se presentaran; urdió alianzas brillantes e hizo proclamas lúcidas acerca de la realidad de su tiempo, tanto en América como en Europa,  realizando juicios severos y determinantes sobre la puesta en práctica de éstas, lo cual lo convierte en el más notable de los pensadores políticos de entonces. Trazó así los caminos  a ser transitados con luchas posteriores; nos exhorta a hacer esfuerzos para lograr naciones pacíficas y libres de yugos externos, dotadas de leyes justas para todos sus ciudadanos.

 

Tenemos suerte de haber contado con este caraqueño genial como fuente nutricia de ideas y de luchas concretas, pero también con un buen número de instigadores y traidores que no podían tolerar su genio. Estos fueron incontables, y la historia ya los ha desenmascarado; muchos de ellos contaron con su confianza, la cual a la postre fue traicionada por viles intereses, pero en lo sustancial las ideas de Bolívar fueron complementadas con nuevas aportaciones de pensadores en los siglos XX y XXI, sobre todo de los diversos movimientos  que surgieron luego del romanticismo como el simbolismo, modernismo, positivismo, pragmatismo, naturalismo, historicismo y marxismo, sintetizados luego en un humanismo de resistencia cuya base material está fundada en la economía política, principalmente. Todos estos han intentado absorber las ideas y la doctrina de Bolívar para actualizarla y contemporizarla.

 

Por todo ello, se ha dicho que nuestra filosofía política en América Latina es una filosofía de urgencias, una filosofía práctica de resistencia que se ha enriquecido hoy con los diversos aportes de la ciencia, la economía, la sociología y los saberes populares, y en este sentido debemos retomar el legado de Bolívar, y no como una mera fórmula extemporánea para ser aplicada a contingencias pasajeras en una suerte de idealismo, de filosofía abstracta o utopista de ribetes románticos. Durante la segunda mitad del siglo XIX las ideas de Bolívar trataron de ser retomadas en la práctica por el general del pueblo soberano Ezequiel Zamora durante las revueltas federales, cuando el general José Antonio Páez se convirtió en caudillo traicionando las ideas del Libertador dando el poder económico y social a los oligarcas y terratenientes, (con la anuencia del general Santander en Colombia, otro traidor que siempre envidió al Libertador) y por pensadores pacifistas como Cecilio Acosta y Fermín Toro; posteriormente en las primeras décadas del siglo XX las ideas de Bolívar sufrieron un retroceso en los regímenes autoritarios de Juan Vicente Gómez y Antonio Guzmán Blanco, quienes se enquistaron en el poder con el apoyo de Estados Unidos y Francia, países donde fueron a morir  Gómez y Guzmán Blanco ahítos de placeres, después de haber traicionado –y muchos piensan que asesinado– a Zamora.

 

Luego las ideas de Bolívar fueron asfixiadas por las democracias representativas de mediados del siglo XX que rindieron tributo al muevo capitalismo mundial emergido en Europa y los Estados Unidos después de las Guerras Mundiales, para resurgir al final del siglo XX con el liderazgo de Hugo Chávez Frías, quien inspirado en la puesta al día de las ideas bolivarianas por parte de pensadores como José Martí, José Enrique Rodó, Juan Bautista Alberdi o Augusto Mijares, pudo desempolvar el discurso de Bolívar que estaba sepultado bajo las burocracias y los reformismos de la democracia representativa, reducido a un ámbito puramente conmemorativo, proclamando luego Chávez un bolivarismo práctico con la mediación de una nueva Constitución y un socialismo del siglo XXI, que ha tenido tantos seguidores como detractores.

 

De esta forma, las ideas de Bolívar renacieron amasadas por filósofos humanistas de tendencias que van desde el positivismo y el pragmatismo hasta el humanismo marxista, en pensadores y líderes como José Carlos Mariátegui, Augusto César Sandino, Fidel Castro, Ernesto Guevara,  Salvador Allende, y años después en filósofos marxistas como Jean Paul Sartre, Herbert Marcuse, Regis Debray, Ernest Mandel, Ludovico Silva, Roberto Fernández Retamar, Eduardo Galeano, Teotonio Dos Santos, Enrique Dussel y Bolívar Echeverría, entre otros. Todos ellos facilitaron la cercanía con gobiernos del siglo XXI en países como Cuba, Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Argentina y Uruguay, como lo ocurrido en las primeras décadas del siglo XXI en gobiernos progresistas como los de Kirchner, Correa, Morales, Lula Da Silva, Ortega, José Mujica y otros líderes que mostraron su resistencia al esquema de dominación de Estados Unidos y de la Europa occidental.

 

En la actualidad estamos asistiendo a una sucesiva traición de los países fundados por Bolívar y de sus ideales de resistencia, libertad y soberanía por parte de los mandatarios de Colombia, Perú, Brasil y Argentina, principalmente, mientras que los de Chile, Uruguay y Ecuador permanecen indiferentes. No se trata, desde luego, que deban estar de acuerdo con las directrices políticas del gobierno venezolano de Nicolás Maduro, sino que respeten sus decisiones soberanas, así como el gobierno venezolano ha respetado sus diversas maneras de gobernar. De manera insólita, observamos cómo Santos, Temer, Macri y hasta Peña Nieto (presidente de México, el país con la violencia institucional más alta del mundo) y Temer, quien es presidente de facto y se ha salvado por un tris, acusado de corrupción en Brasil, al mismo tiempo de su homólogo en España, el inepto de Rajoy, se manifiestan directamente de acuerdo con las sanciones de Estados Unidos y de la Unión Europea contra el gobierno de nuestro país, un gobierno que cuenta con un apoyo popular mayoritario, y hablan sin ningún tapujo como si nuestro país les perteneciera, o ellos hubieran contribuido alguna vez a solucionar nuestros problemas en tiempos de crisis verdadera. Lo que vemos es lo contrario: que se han aprovechado de nuestros recursos y de nuestra generosidad y solidaridad, cuando ellos han vivido momentos críticos. Santos, en Colombia, es un caso patético: cómo este señor se ha disfrazado de Mesías de la Paz engañando a todo el mundo, sin poder solucionar el problema de la paz urgente para Colombia, y cómo se pone al lado de la derecha más abyecta para lograr complacer a la oligarquía colombiana y al gobierno de los Estados Unidos, en sus solicitudes y sanciones. Perú, ni se diga: ha venido de fracaso en fracaso tras los gobiernos ineficaces  de Fujimori, Montesinos, García, Toledo, Humala y Kusinsky, llegando ahora a la cúspide su mediocridad cuando vemos a Kusinsky pidiendo perdón al pueblo peruano por no cumplir con sus metas en su primer año de gobierno, y rompe simultáneamente relaciones diplomáticas con Venezuela, mientras la gente pide a gritos su salida en las calles del Perú. Lo mismo ocurre en la Argentina con Macri (otro adalid de la corrupción y la privatización), mientras en Ecuador “un lobo disfrazado de cordero” (Correa dixit), un presidente de estreno que de revolucionario sólo tiene el nombre –Lenin– se deslinda completamente del gobierno venezolano, echando por tierra la solidaridad real del Ecuador aportada durante el gobierno de Correa, y ya empieza a hacer pactos claros con Estados Unidos. Y Chile, la patria de Allende y Neruda, es ahora el país donde un día de estos van a privatizar el aire que respiran, y no muestra a Venezuela sino indiferencia o desprecio, a través de la voz neutra de su presidenta Bachelet, porque antes, durante el gobierno corrupto de Piñera, era aún peor.

 

Así las cosas, los nuevos traidores a Bolívar –o lo que es lo mismo, a la Gran Patria Latinoamericana– no han tardado reaparecer en el escenario internacional, atraídos por los sueños de grandeza  y las falsas panaceas del país más injerencista del mundo.

 

© Copyright 2017 Gabriel Jiménez Emán