Un relato del año 2050

En la sociedad actual el dinero (“oro”) es Dios; la mercancía es Cristo (el cuerpo o la encarnación de Dios) y el mercado es el Espíritu (la energía que fluye). El centro comercial es el Templo; el vendedor es el Predicador; el banco es el Paraíso (allí accedes a Dios o pagas tus pecados) y el Estado es una simple notaría (registro y control). El Credo es la propaganda mediática y la Santa Iglesia (la que emite la Verdad) son los medios de comunicación.

El consumidor, acreedor y cliente, es el feligrés que, a la vez, es un pecador iluminado y un creyente empedernido que todos los días pasa del cielo al infierno y viceversa, y para poder asimilar esa vida debe tener a mano todo tipo de rituales (alcohol, drogas, francachelas, pornografía, etc.) para resistir esa vida de felicidad y desventura absoluta. Así, poco a poco se construye en la tierra el inframundo, que es una especie de cárcel-manicomio en donde es prohibido pensar. Por ello, ante esa realidad algunos prefieren construir un mundo imaginario en donde no existan esas tentaciones mundanas y corruptoras.

 El único problema es que a medida que avanza este mundo e inframundo, quedan pocos lugares donde refugiarse. Algunos creemos que hay que trazarse una estrategia para desmantelar ese andamiaje mientras otros prefieren rezar o gozar. “Comamos y bebamos que mañana moriremos” (Corintios, 15:32), dicen las mayorías dichosas.

 En este mundo, la ciencia fue reducida a servir a la técnica quitándole todo su arsenal filosófico y ético; la poesía y la literatura son aceptadas pero convertidas en entretenimiento por medio de la banalización del arte que fue transformado en mercancía pueril (para el “vulgo”) o en un lenguaje protocolar para especialistas y grandes oligarquías que reproducen artificialmente antiguos mundos “cultos” e “ilustrados” para soportar en mejor forma su propio inframundo.

Las antiguas religiones (judaicas, cristianas, musulmanas, budismo, hinduismo, etc.) conviven con la Nueva Gran Religión Crematística (que volvió a recuperar al “oro” como su único Dios), y son utilizadas como simples complementos; a veces, se estimulan fanatismos religiosos para reemplazar las antiguas divisiones raciales y étnicas (que han decaído con tanto mestizaje y migración) ya que son tan necesarias para distraer y dividir a la humanidad. De igual manera se utilizan los fundamentalismos políticos, izquierdas, derechas, nazismos, populismos, marxismos, ambientalismos y autonomismos, para crear confrontaciones entre los sectores más pensantes de la población y producir toda clase de teorías que son convertidas en material para carreras universitarias, libros, películas y toda clase de pasatiempos.

La filosofía murió un día del año 2035; los últimos filósofos que quedaban eran realmente psicoanalistas y todos se volvieron locos. A pesar de todo, ha empezado a surgir una economía basada en el “software libre” cuyo precursor fue un tipo llamado Julián Assange, que era un verdadero riesgo para este orden global y por eso lo tenían preso en una embajada de un país suramericano (y allí murió), pero grandes “tanques de pensamiento” están trabajando seriamente para evitar que ese peligro logre prosperar. Los mejores “brujos” de la era digital están dedicados a impedir que aparezcan o crezcan esos nuevos agentes subversivos que deben ser exterminados de raíz.

El gran sueño y plan futurista del mundo post-moderno es la inmortalidad, los viajes interplanetarios y galácticos, el sexo virtual y la felicidad absoluta. Pero… todavía hay pesimistas que no quieren desprenderse del antiguo “homos eroticus”, que era una especie de humano que todavía estaba dividido entre hombre y mujer. Por allí, en las alcantarillas de las grandes ciudades existen tribus suburbanas que se resisten a quedar en la historia pero están siendo cazadas y exterminadas paulatinamente. Son una verdadera amenaza porque todavía practican algo que le llaman amor-sexual o sexo-amoroso que es como una enfermedad o una droga pero más potente que cualquier cosa conocida y nuestra ciencia no ha podido inventar un antídoto efectivo. ¡Pero, son pocos!                      

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