En Venezuela hay un proceso de desestabilización en pleno desarrollo. ¿Desde cuándo? Desde hace más de 15 años, sin ninguna duda. Golpear a la democracia cuando ésta no conviene a los intereses de los poderosos es algo que data desde la propia implementación de las reglas democráticas, pero lo cierto es que en Venezuela, esta práctica se ha repetido insistentemente desde que Hugo Chávez ganara las elecciones el 6 de diciembre de 1998.

Hoy queremos recordar la gesta del 11-13 de abril de 2002, días donde se jugaba el destino de una Venezuela independiente, con voz propia, donde el antiguo régimen quería asesinar las esperanzas tantas veces frustradas y postergadas de un pueblo. Eran días de peligro, donde la decisión de un gobierno popular recortaba a las élites la posibilidad de contar, de forma impune, con una maquinaria propagandística que les permitiera crear discursos convalidantes de sus privilegios, como si estos fueran inmutables o de orden natural.
 

Eran momentos de una confrontación creciente entre las grandes mayorías de la sociedad que, reiteradamente respaldaban al gobierno en las urnas, y elementos de las clases sociales hasta entonces dominantes, manipuladoras de sectores medios, lamentablemente receptores de un discurso racista, discriminador y antidemocrático, auspiciado por el gobierno de Washington y las facciones políticas más recalcitrantes de Europa.

Se vivía el comienzo de la desestabilización, del golpe permanente, encabezado por las grandes corporaciones mediáticas, portavoces de los intereses extranjeros y de las grandes corporaciones trasnacionales, para frenar los procesos de transformación política que comenzaban a despertar a Latinoamérica, desde Caracas, al norte del sur.

Fueron días de masacre -como la de Puente Yaguno, tan bien documentada por el fotógrafo de Question, Carlos Rivodó-, fueron 47 horas de tensión, donde el pueblo, con ejemplares de la Constitución Bolivariana en mano, salió a la calle a reclamar por su presidente, apresado, mientras los medios hablaban de su renuncia y solo transmitían música por las radios.

“Turiamo, 13 de abril 2002. Al pueblo venezolano…(y a quien pueda interesar): Yo, Hugo Chávez Frías, presidente de la República Bolivariana de Venezuela, declaro: NO he renunciado al poder legítimo que el pueblo me dio. ¡¡Para siempre!!”, trataba de comunicar el presidente desde su secuestro en la base de Turiamo.

La prensa venezolana cartelizada no informaba lo que estaba sucediendo, la gente en las calles reclamando el retorno del mandatario, pero los corresponsales extranjeros y radios comunitarias (como Fe y Alegría) comenzaron a dar idea de la situación y las noticias de lo que pasaba en el país llegaron desde el exterior.

Fue en la madrugada del 13 cuando Chávez fue llevado en helicóptero a Miraflores. Él aún temía ser ejecutado: pero no, ahí estaba su pueblo para recibirlo, junto a algunos de sus ministros y colaboradores (los que no seguían escondidos). La revolución no sería transmitida. Los enviados especiales de las grandes cadenas llegaban para entrevistar a Carmona “El breve”, pero terminaron por registrar la huida de los golpistas y el regreso de Chávez.

Nunca había visto un levantamiento popular sin armas de fuego, con la Constitución (llamada popularmente como La bicha) como arma de resistencia a la ignominia.

La desestabilización sigue su curso: Ya van tres lustros.

Hace 15 años: Un golpe con sabor a hamburguesa, jabugo y petróleo