“Creo que, mi codiciada por muchos políticos,
llegada a las gentes, se debe a simplezas que exhiben
mis canciones mientras transportan emociones”
Carlos Indio Solari

Contenido en su camisa azul de tela rústica, el hombre superaba al músico convencido  de que “Vivir, solo cuesta vida”, mientras el océano bailaba sus tangos fatales. El recital apenas llegaba a sus primeros veinte minutos cuando las luces del escenario se apagaron y La Colmena supo que todo sería diferente, de ahí en más y tal vez para siempre.

La real realidad no es una mesa de arena, ni la línea de una geometría sin dudas. Hubo muchos recitales simultáneos aquella noche. Tantos como los que tuvieron la posibilidad de relatarlos. “Joya”, para el pibe verdulero de Rafael Castillo. “Todo bien. Sin problemas”, según el vendedor de remeras que tranquilizaba a su viejo a las 9 y 39 del domingo a través de su telefonito. “Todo bien. Es más, bastante tranqui. No fue un bardo generalizado. Ni siquiera en el pogo de ji ji ji”, de acuerdo a la versión de la joven sindicalista que fue con su aún más joven hija que se probaba su primera pilcha de ricotera.

“Muy mal organizada la salida. Parecíamos encerrados. Íbamos de un lado para el otro sin poder salir. Igual la gente se la banco bastante bien. Pero no se puede jugar con fuego con más de 200 mil personas” analizaba otro mensaje, ya desde una combi rumbo a la Ciudad. “La salida fue algo espantoso. No teníamos por donde pasar. Parecía una trampa mortal. La gente bastante tranqui. Pero empezamos a sentir miedo, toda esa gente acorralada… un desastre”, coincidía otro seguidor de siempre.