Como en muchas capitales del mundo, el paisaje humano de Quito es variopinto y ha adquirido el tinte cosmopolita propio de nuestro siglo. Por la calles de esta ciudad, se escucha hablar no solamente en español sino en inglés, en francés, alemán…pero también en chino o quechua. La cultura ecuatoriana, una cultura tradicional en muchos aspectos, es muy respetuosa y amable con los extranjeros, sea que se trate de turistas en busca de la exuberante naturaleza o de inmigrantes en busca de una nueva vida.

 

Una pareja de retirados estadounidenses –como muchos otros amigos venidos del norte-  ha decidido radicarse en Quito y se muestran felices en un país en que nadie les ha molestado por su origen étnico, por sus credos religiosos, su lengua o su nacionalidad. Como en todo el mundo, hay trámites que hacer para obtener las visas respectivas, pero no existe ningún mandato legal para expulsar a inmigrantes, sean musulmanes, judíos, católicos o ateos. Se puede afirmar que, desde este punto de vista, Ecuador es un país democrático, civilizado y muy respetuoso de las convenciones internacionales respecto a los derechos humanos y de la naturaleza.

 

Cuando muchos estadounidenses me hablan de su país, lo hacen con cierta tristeza y, en algunos casos, con una pizca de vergüenza. La situación actual de la inmigración en los Estados Unidos, creada desde el primer día de mandato de Donald Trump, dista mucho de la de un país civilizado y respetuoso de los derechos de la persona humana y del medioambiente. Los primeros pasos del nuevo mandatario desafían los más elementales principios de respeto a las personas y a la naturaleza.

 

Basta recorrer las viejas construcciones y ciudades de la antigua Roma y otros lugares, pero también Teotihuacán y muchas otras construcciones de piedras milenarias; para descubrir que América Latina, es latina y mestiza, en sus raíces, en su lengua, en sus instituciones y en muchas de sus tradiciones religiosas y culturales. En este rincón de “Nuestra América”, al decir de Martí, contra la cual Donald Trump quiere erigir su arrogante muro; aquí, un país en el Centro del Mundo, le está dando una lección de humanidad y civilización, en el más alto sentido, al gobierno de los Estados Unidos. La riqueza de Ecuador no radica tan solo en su envidiable biodiversidad sino, y muy especialmente, en la diversidad humana que lo compone. La pluralidad enriquece la cultura de este país, la multiplicidad de lenguas atestigua a una parte de la humanidad conviviendo en paz.

 

Al señor Donald Trump, ni toda su fortuna, ni su insolencia de magnate newyorkino le alcanza para disimular su basta cultura, su ignorancia fundamental. Desde las montañas y los volcanes de este rincón de América, resuenan los ancestrales ecos de una antigua sabiduría andina que todavía los abuelos enseñan a las nuevas generaciones… La imperiosa necesidad de vivir en armonía con la naturaleza toda; el deber de vivir en armonía con todos los seres humanos, en paz, con alegría y fraternidad. Una idea que es una actitud que los ecuatorianos enseñan a los visitantes lejanos, “Ecuador, ama la vida”. Un idea muy simple, en apariencia, que harían bien en aprender a escuchar en las grandes metrópolis de los Estados Unidos y en los aúlicos pasillos de Washington.

 

Álvaro Cuadra es Doctor de la Université Paris-Sorbonne. Paris. France