“Este nuevo mundo no es más que un mar borrascoso que en muchos años no estará en calma” (Simón Bolívar) (1).

 

Cuando el ruido mediático es tan intenso y extenso, cuando las pasiones brotan a flor de piel y se agitan en uno u otro sentido, y cuando a los politólogos y cientistas sociales nos cuesta encontrar el sentido real y objetivo de los procesos humanos, nada mejor que recurrir a la visión histórica, con el fin de enfriar las pasiones, aclarar los pensamientos y desenmarañar complejos nudos laberínticos.

 

Y, quizá a ello me ayuda el hecho de no ser colombiano, vivir fuera de ese país, no estar directamente involucrado en esta conflictividad y, además, poseer una lectura histórica y crítica, producto de un seguimiento permanente durante muchos años (en ocasiones por razones académicas y en otras por razones personales).

 

En tal perspectiva, frente a la presente coyuntura política colombiana, me parece evidente que existen suficientes elementos de juicio para sostener con propiedad, que lo que está en marcha en Colombia en estos momentos, es la continuidad de la lucha por la hegemonía del consenso (la cual las élites criollas mantuvieron con relativa estabilidad-precariedad desde los tiempos independentistas, pero cuyo dominio entró en crisis a partir del asesinato del candidato presidencial por el Partido Liberal Jorge Eliecer Gaitán, en 1948).

 

Todos sabemos que el período conocido como “La Gran Violencia” y el origen de los movimientos insurgentes que ahora están engarzados en procesos de diálogo y de paz (y de los que se desmovilizaron en la década de los ochenta), está directa y estrechamente vinculado a los hechos políticos que de forma inmediata se produjeron a raíz de ese magnicidio.

 

Y todos sabemos además, que el orden (o desorden) político cuestionado por Gaitán y por las fuerzas políticas insurgentes y sociales que le sucedieron a su muerte, era la edificación inconclusa de una república con enormes desajustes estructurales (con especial acento en la desigualdad de la propiedad de la tierra), edificación defectuosa que no sin cierta amargura y angustia ya Bolívar había advertido con amargura en su momento.

 

De alguna manera este marco histórico interpretativo (que nos señala la “falla de origen” en el nacimiento de la nación), nos ayuda a explicar las causas y razones subyacentes detrás de los últimos acontecimientos políticos vividos en Colombia, en particular, los relacionados a los resultados del plebiscito en torno a los acuerdos de paz entre el gobierno y las FARC.

 

Porque en realidad los resultados de ese plebiscito conllevan el grito aplastante de inconformidad de las “mayorías silenciosas” (representadas en ese 63 % de abstencionismo), inconformidad que desde mi perspectiva, no se circunscribe meramente al contenido de los acuerdos de paz suscritos entre las partes, sino, por sobre todo, a la inconformidad con la clase política en general, y con el sistema político y el orden económico en particular.

 

Esta tesis se basa en la perspectiva histórica arriba citada, que nos indica el problema de la insuficiente legitimidad política heredada de la construcción inconclusa y defectuosa del orden republicano en Colombia.

 

Este hecho que ya había sido observado (y padecido) muy de cerca por Bolívar, está a su vez íntimamente vinculado a una fuerte fragmentación socio-territorial y socio-política que desde antes del nacimiento de la república ha jugado un rol muy importante en este país.

 

Dicho en breve, hay muchas colombias. Y no me refiero exclusivamente a la conocida división/separación de lo urbano-rural (o de las simpatías con lo insurgente y/o contra-insurgente).

 

Esta característica que hasta cierto punto es común en varias naciones americanas, se expresa en la enorme diversidad y fragmentación fisiográfica, político-territorial y político-social de Colombia.

 

Ceder a la tentación de explicar los resultados del plebiscito a una simple respuesta reduccionista (todo es culpa de Uribe y de “su gente”), es traicionar las premisas más básicas de la rigurosidad de los métodos científicos en las ciencias sociales (sobredimensionando de paso el peso político de un solo actor).

 

Y, además, es muy fácil hacerlo. Hasta el prestigioso New York Times ha caído en esta tentación, publicando en días recientes análisis interpretativos que van en esta misma dirección (2).

 

Ello no supone obviar o minimizar el papel preponderante y beligerante que históricamente han desempeñado los sectores retrógrados representados por Uribe. Sin embargo, no nos exime de la necesidad de indagar con rigurosidad en ese “agujero negro” simbolizado en esa “mayoría silenciosa” del 63 %.

 

¿No estarán acaso esos millones de colombianos silenciosos y abstencionistas pensando (y/o deseando) un nuevo orden republicano?

 

Lo que si es cierto es que el problema laberíntico de Colombia (similar al de muchas otras naciones latinoamericanas), va mucho más allá de un Si y/o un No.

 

Notas:

 

  1. Bolívar el Caraqueño”: Ramón Díaz Sánchez, Editorial Istmo, Guatemala, 1971, p. 322.

 

  1. Uribe es el hombre que bloquea la paz“, se lee en el editorial del NYT el pasado viernes 14 de octubre del presente año 2016.

 

Sergio Barrios Escalante

Científico Social e Investigador. Editor de la Revista virtual Raf-Tulum y activista por los derechos de la niñez y adolescencia en la Asociación ADINA.

 

https://revistatulum.wordpress.com/

 

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