Poco a poco, entre amenazas y realidades, la acción directa gana las calles. Es un síntoma de enfermedad. Una evidencia de canales racionales obturados y de disconformidades difíciles de procesar.

 

Nada más alejado de la idea de Encuentro. Sin embargo, vaya paradoja, la raíz de la palabra “encuentro” la emparenta con “choque” con “en contra”. Y sin embargo, cuando apelamos a Encuentro, aludimos a todo lo contrario. En todo caso pensamos en el “choque … pero de manos”, a “encontrarnos” en un lugar, un espacio, un tiempo común.

 

La cultura del Encuentro es la que surge, la que se cultiva a partir de tener mensura de los costos del enfrentamiento, de la distancia, del silencio. Es una cultura de superación pero a partir de una realidad previa de enfrentamiento que no se puede, no se debe, negar. Negar la realidad del enfrentamiento es cultivar la ignorancia del Encuentro.

 

Lo que nos está pasando hoy en la Argentina procesando la crisis generada a partir de la irresponsabilidad, de la ignorancia, de la soberbia, de la cultura del choque del kirchnerismo, desgraciadamente, no es nuevo.

 

La acción directa es un reflejo propio de una Nación invertebrada como pensaba J. Ortega y Gasset; un reflejo que surge cuando las presiones generan rebotes que ciegan. Dijimos crisis y sabido es que, como señala el ideograma chino, esa situación encierra tanto peligros como oportunidades. La crisis se transforma en oportunidad sí y sólo si, se tramita en la cultura del Encuentro. Y se potencia como peligro en la cultura del desencuentro.

 

Hoy lo nuevo, con enmascarados amenazantes en el centro de la Ciudad, es el telón de fondo de la amenaza – fogoneada por algunos miembros del cristinismo – de futuras crepitaciones sociales, económicas y políticas. De un lado el peligro de la “acción directa” generalizada, del otro la oportunidad del Encuentro. ¿Dónde iremos?

 

Toda división clasificatoria del conjunto social es arbitraria, provisoria, inexacta. Pero sin duda y a la vez sin precisión, sabemos que hay “un centro”, donde están los que han acumulado económica, social y políticamente. Ese “centro” tiene resto para soportar los cimbronazos del proceso posterior al trámite de la herencia K.

 

Lo que define la relación del centro con la “periferia” es la traslación, el plano inclinado, por el que se trasladan los problemas en esa dirección (desempleo, pobreza, marginalidad). De las soluciones particulares nunca surge el bien común. Por ejemplo, del equilibrio del Estado, como una entidad propia, no se deriva el equilibrio de la Nación, que es el territorio del bien común.

 

En la dinámica de este proceso de salida de la herencia lo que nos agita es el “rebote”, la protesta activa, de la periferia que ocurre cuando el peso del traslado traspasa una medida de tolerancia.

 

Es parte de la capacidad de gobierno, de gobernar, anticipar el rebote y amortiguarlo. Hacerlo supone, previamente, la búsqueda del Encuentro. ¿Ha dado señales esta administración? Vacilantes.

 

Esta administración, la anterior ya no está y aunque su herencia tiene vigencia no administra, no atiende a que los problemas reverberan a la inversa de lo que ocurre con una piedra tirada al estanque: la intensidad del impacto siempre es mayor a medida que nos alejamos del centro.

 

La secuencia de las medidas de “ajuste” del actual gobierno tiene la dinámica de la descripta “inversa de la piedra en el agua”: golpean con más fuerza en la periferia (política, económica y social) que en el centro.

 

¿Es la consecuencia de la incapacidad de los funcionarios para anticipar el rebote? La respuesta tardía – que la hay – potencia los problemas que sufren los que, sin ser periferia, están fuera del núcleo poderoso del centro: lo que llamamos los sectores medios.

 

En otras palabras hoy la reverberación golpea más cerca del centro: se acelera la traslación.

 

Esta falencia la ha puesto en evidencia el hecho de lanzar medidas con fuerza de huracán y pegar la vuelta a la mitad. Antes del volantazo, muchas ramas cayeron.

 

Este trámite ocurrió en todo, desde la DJI hasta la tarifa de energía, pasando por el nombramiento de miembros de la Corte por decreto y vacilando en las normas sobre piquetes, arrepentidos e inclusión de funcionarios, familiares y contratistas de obra pública en el blanqueo.

 

¿Hay equipo? ¿O dominan los compartimentos estancos? La falta de coordinación es una enfermedad cerebral.

 

La cuestión es que el reverbero de esas piedras, de enorme intensidad, sigue su camino creciente, en términos de impacto, sobre la periferia y hace al rebote inevitable, excepto la existencia de amortiguación cuyo costo, por otra parte, crece más que proporcionalmente con el tiempo. Es lo que está pagando hoy el área social del gobierno. El déficit sube. La pobreza no baja. Ni déficit cero. Ni pobreza cero.

 

Por ahora los ejercicios de amortiguación, todos posteriores al huracán, no están dando resultados. Pero no han generado el repensar la estrategia: los hombres prácticos suman, multiplican, pero no repiensan. Pensar trata del futuro. Leer encuestas trata del pasado.

 

El oficialismo, como la clase política en general, se alimenta de encuestas. Y hoy la “opinión pública” se mantiene en el mismo índice de simpatía por Mauricio Macri que se manifestó en las elecciones. No es poco. Salvo que es un retroceso. Un paso atrás.

 

Es cierto que, después del triunfo, el crédito público de Macri se incrementó. Y que ahora sólo ha retornado al punto inicial. Por eso tiene un poco más de la mitad de la opinión a favor; y en contra algo más del 40 por ciento. Promedio. Pero no ocurre igual a medida que nos alejamos del centro. El gobierno pierde en la periferia. Y eso es un problema. No para el gobierno. Sino para la Nación. La periferia es el dolor nacional. El dolor enoja.

 

La inflación, la suba de los precios de los alimentos, la caída en el poder de compra de los asalariados, la baja en el consumo, no han erosionado el capital original. Pero le han quitado la ganancia del triunfo. Las ganancias del triunfo fueron la medida de las esperanzas. Esas malas noticias económicas y sociales han ido galvanizando la disconformidad en las periferias y erosionando el entusiasmo del centro.

 

La última encuesta de Raúl Aragón nos dice que 4 de cada 5 perciben la situación económica como francamente negativa. Lamentablemente lo corroboran los datos básicos de inflación y actividad.

 

La economía está en recesión luego de cuatro años de estancamiento que golpearon la creación de empleo y la tasa de inversión. La inflación ha sido la fiebre de toda la década ganada. Todo lo malo no es de ahora. Los fundamentos, de lo que se evidencia mal ahora, están en los últimos cuatro años de CFK.

 

El gobierno, con una pésima estrategia de comunicación, evitó hacer a tiempo el inventario de lo recibido. Y en lugar de “la ideología antes de la noticia” explicando el por qué y los verdaderos autores de la lluvia ácida sobre cada uno, prefirió el optimismo de Ravi Sankar, respiración y meditación.

 

Sin duda que esa bonhomía respecto de la situación heredada, la promesa que en seis meses salimos a navegar, y el optimismo PRO, le aumentó la popularidad en los primeros meses. Construyó ilusiones. Pero cuando las papas quemaron el gobierno corrió el telón de golpe y los monstruos se abalanzaron sobre el público distraído. No supo anticipar lo peor. Y tampoco fue capaz de preparar la amortiguación. No es lo mismo chocar si el auto tiene airbag, que sin él. El airbag no evita los choques pero mejora la seguridad. El control de la situación en política mejora con “amortiguadores”.

 

Son evidencias de la ausencia de Plan, de preparación, de estrategia pensada. Hay mucho de entusiasmos improvisados.

 

Pero la proliferación de la acción directa de estos últimos días, más el deslizamiento de la amenaza de desbordes en la periferia, es consecuencia no sólo de las medidas adoptadas, las marchas y contramarchas que señalan tanto vulnerabilidad como capacidad de escuchar, sino esencialmente de la falta de preparación, amortiguadores e ideología antes de la noticia.

 

La primera falta es un problema de defecto de diseño y la segunda es un problema de falta de comprensión de qué cosa es “la política”: se pueden ganar elecciones con una buena propaganda, pero para ganar voluntades es necesario alentar un futuro apetecible y mostrar algo en marcha.

 

Ha sido grave error por parte del oficialismo instalar la idea distópica que “el bienestar no es posible”. En rigor el único discurso lógico y honesto es explicar cómo es posible el bienestar; y no que no es posible. ¿Cómo imaginar que alguien aspira a gobernar para no lograrlo? Pero para lograrlo además de creerlo, hay que saberlo, diseñarlo y proponerlo.

 

Creer, saber, diseñar y proponer son los cuatro pilares de la política. No hay política que pueda sostenerse sin convicción, conocimiento, programa y propuesta, que, si tejen consenso, son Política con mayúscula. Y si lo destejen son fanatismos estériles. Hay fanatismos de todas las geografías, al centro, a la derecha y a la izquierda. Ya lo hemos vivido. Y hemos comprobado con nuestro estancamiento de 4 décadas que todo fanatismo, aún educado, es un freno a las fuerzas creativas de la Nación.

 

El Papa, como principio doctrinario, ha señalado la necesidad de una cultura del Encuentro que es el paso previo al consenso. El Papa conoce los riesgos a los que estamos sometidos. Lo sabe no por ser Francisco sino por haber vivido nuestra historia reciente.

 

Francisco, en estos meses, ha sido puesto en el centro de las tormentas políticas nacionales. Una armada de periodistas han adquirido notoriedad por el énfasis en opiniones sumamente negativas acerca de gestos de Francisco. Un discurso montado insólitamente sobre la interpretación de gestos, ya que no de palabras, de Francisco.

 

Famosos que lo entrevistan, ponen en su boca afirmaciones improbables. No se pueden probar. No hay pruebas ni ratificaciones del supuesto originante. Tienen baja probabilidad de ser ciertas. Si bien no han sido rectificadas, es obvio que el Papa no puede, ni debe rectificar o ratificar lo que interpretan quienes lo visitan.

 

Para contrapesar entusiasmos críticos con realidades irrefutables, personas respetadas como es el caso de Graciela Fernández Meijide, se han encargado de señalar el sentido del mensaje de Francisco comunicado personalmente; también Federico Pinedo, en una nota de gran densidad (“La Nación”), recorre el pensamiento del Papa desde la perspectiva del partido gobernante; la versión del pensamiento y la preocupación de Francisco, respecto del momento argentino, por parte de Gustavo Vera interlocutor habitual del Papa; y finalmente Joaquín Morales Solá que ensaya una comprensión sensata de la actitud del Pontifice.

 

Estas cuatro lecturas, de origen tan diverso, desmienten la pretendida imagen de Papa “opositor” que trata de montar la armada de periodistas “oficialistas” sin propósito entendible.

 

A esa campaña negativa, la persistencia avala tal carácter, se ha sumado la publicación en Criterio, prestigiosa revista de católicos neoliberales, de una nota de Loris Zanatta que afirma que el Papa “es peronista y populista”. Ambas cosas, definidas por él, como “muy malas”. Zanatta coincide con la versión de la armada de periodista anti Francisco, también neoliberales.

 

Pero a esa posición se suma Beatriz Sarlo comentarista política que sostiene que Jorge Bergoglio había sido peronista en sus años mozos y por lo tanto, dado que esa es una marca genética, la conclusión es que el Papa podría no ser peronista ahora y – sugiere – el Estado Vaticano vendría a ser la nueva Puerta de Hierro. Recordemos, hablando de genética, que Sarlo, según sus comentarios , fue militante maoísta hasta sus maduros 30 años. Por sus dichos, aparentemente, logró eliminar esos genes en su pensamiento actual. Sin embargo, suponiendo que fuera cierto lo que ella dice sobre Bergoglio, y a pesar del silencio del Papa acerca de estas cuestiones, ella dedujo que Francisco no puede “evitar” los genes juveniles mientras que ella sí ha podido. Un clásico.

 

Lo cierto es que el Papa, cualquiera sea su íntima convicción política, predica la cultura del Encuentro, y popes del oficialismo, felizmente no todos, entienden que el encuentro sólo se debe realizar por “oleadas sucesivas” en un marco de oportunismo de toma y daca. Pero, lo que no saben, es que un éxito global no es igual a la suma de éxitos parciales.

 

La faena de demoler la imagen del Papa respecto de la vida argentina es una campaña que alienta tempestades. ¿A qué viene esto?

 

Simple, Francisco, también para este momento argentino, pero no sólo para el aquí y ahora, propone el Encuentro que debe materializarse en un consenso, una concertación, un diálogo proactivo respecto de las salidas a los problemas económicos y de las gravísimas dolencias sociales de pobreza e inequidad que el kirchnerismo no mejoró, a pesar de la década de bonanza externa. “En economía no mejorar, con el paso del tiempo, es empeorar” (Miguel Cuervo)

 

La bonanza externa ha desaparecido y hoy los problemas, por el mero transcurso del tiempo improductivo, son estructuralmente mayores. No es imaginable un proceso de mejora y solución, si no se funda en una perspectiva de largo plazo y de esfuerzo colectivo y compartido, lo que es imposible sin el concurso de voluntades superiores a una mayoría circunstancial.

 

Sólo la búsqueda de un consenso global es la garantía de un sistema de amortiguación que nos permita superar los choques inevitables de la situación heredada y de los volantazos recientes.

 

No es, entonces, el Papa lo que realmente está siendo cuestionado, sino su prédica de la prioridad del consenso global. Sin ese consenso estaremos desatendiendo a la periferia, excluyéndola de las soluciones y regando las raíces de la acción directa. Es lo que el Papa quiere que evitemos. Y lo que este gobierno, hasta por instinto de supervivencia debería evitar.

 

Carlos Leyba

Economista, fue el redactor clave del programa económico argentino de 1973, Plan Trienal implementado durante la última presidencia de Perón hasta su muerte en 1974, origen demócratacristiano.