violencia

Las buenas almas del mundo, se desgarran otra vez sus vestiduras, como ya pasó demasiadas veces: Nueva York, Madrid, Londres, París, y, otra vez, Paris, Bruselas, San Bernardino y ahora Orlando. Habría que preguntarse ¿Cuál será la próxima ciudad inocente, donde una masacre haga entender que está prohibido serlo?

 

Cada masacre producida en Occidente, para solo contar desde que George W. Bush inició su guerra global contra el terrorismo en 2001, se replica por miles en países de Medio Oriente, Asía y África. Estos muertos que ya se cuentan en millones ¿serían mucho más culpables que los cincuentas muertos en el club nocturno Pulse de la ciudad de Orlando?

 

¿Qué derecho tiene el desclasado de turno, Omar Mateen por ejemplo, escoria, como lo hubiera llamado Nicolás Sarkozy en 2005, a terminar con la vida de 50 personas inocentes que solo querían pasar una noche divertida? Para evitar confusiones a aquellos que transpiran agua bendita: Ninguna.

 

¿Cuántos son los muertos de Occidente desde 2001? 5 mil, 6 mil, ¿cuántos los muertos en Irak, en Siria o Afganistán? La misma cantidad, pero con la diferencia que en vez de haberse producido en 15 años, se los generan en apenas poco más de un mes.

 

Además, ¿qué experto en seguridad podrá afirmar que estos nuevos cincuenta muertos hay que ponerlos en la lista del Califa Ibrahim, líder de Estado Islámico? Rápidamente el DAESH, ha salido a reconocer que Omar Mateen era uno de los suyos. Convengamos que no es necesario ser muy ducho en la materia para saber que el Estado Islámico, que ha hecho del marketing y la publicidad su arma más letal, es capaz de arrogarse estas 50 muertes, el bombardeo de Perl Harbor y el hundimiento del Titanic, si fuera necesario.

 

Pero más allá de todo esto, nos asola la repugnante racionalidad, la patética obviedad, de los periodistas que hoy se conduelen por las pérdidas de vidas inocentes en todas las pantallas de televisión, micrófonos de radio y medios escritos en todos los soportes del mundo, por estos muertos,  en su mayoría gay, en su mayoría latinos. Aunque en otro momento esos mismos periodistas puedan derrochar homofobia y aclamar, si son norteamericanos,  o envidiar, en caso trágicamente contrario, a Donald Trump cuando impulsa la construcción de un muro en la frontera sur y la expulsión de inmigrantes latinos o de color inferior.

 

Aunque la pregunta suene horripilante, ya Occidente no puede ser postergada. ¿Se puede ser inocente?

 

¿Se puede ser inocente cuando se vive en una sociedad que tolera que toda su economía esté basada en el pillaje y el vasallaje de naciones empobrecidas, estigmatizadas, martirizadas, por  el mismo accionar de los políticos que democráticamente son elegidos en los países centrales?

 

 Habría que preguntarse alguna vez qué derecho tenían Scott Helvenston, Jerko Zovko, Wesley Batalona o Michael Teague, mercenarios de Blackwater, para iniciar la matanza de Faluya, la mañana del 31 de marzo de 2004, que le costaría la vida a 600 iraquíes que solo querían seguir viviendo inocentemente.

 

Horas después del trágico ataque contra la redacción de Charlie Hebdo, el 7 de enero de 2015, más de 2000 (si dos mil, no hay ningún cero demás), campesinos nigerianos fueron masacrados en la aldea de Baga, aunque no se burlaron de ningún Dios, por la guerrilla integrista Boko Haram, de cuyo aprovisionamiento armamentístico algún día tendría que dar cuenta las Naciones Unidas y la piara de zanguangos que la dirige.

 

Uno que se conduela por estas nuevas cincuenta muertes inocentes a manos de un miliciano de DAESH o un irredento socio del Club del Rifle, piensa ¿cuán culpable serían los 17 asistentes a un casamiento a las afueras de la ciudad yemení de Radaa, que fueron asesinados con absoluta precisión por un misil disparado desde un drone norteamericano, el 12 de diciembre de 2013?

 

 ¿Serían más inocentes los belgas asesinados en la trágica mañana del 22 de marzo de 2016, que los miles de palestinos masacrados por los blitzkrieg de la aviación sionista?

 

Quizás Occidente esté pagando con Nueva York, Madrid, Londres, París y otra vez, Paris, Bruselas, San Bernardino y ahora Orlando, sus pecados imperiales como la Conferencia de Berlín de 1885, que configuró el África sangrante que hoy conocemos o el acuerdo entre míster Sykes y monsieur Picot, que levantaron en 1916 las trágicas fronteras de Medio Oriente.

 

Dicen que a la vuelta de un viaje a la Unión Soviética, el dramaturgo alemán Bertolt Brecht contestó a un periodista que le pidió una reflexión sobre los fusilamientos que Stalin estaba realizando. La respuesta fue tan tajante como criptica: “Hay que fusilar, (dicen que dijo) hay que fusilar, cuántos más inocentes sean, más hay que fusilar”. ¿Qué oscura condición les adjudicaría a esos inocentes Bertolt Brecht? ¿Quiénes son los culpables? ¿Quiénes los inocentes?

 

Sospecho que mientras sigamos siendo inocentes, más nos seguirán fusilando.  

 

 Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC