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 La historia de la costa de San Juan, un maravilloso recurso natural con un valor turístico inestimable, es una de construcción irresponsable y descontrolada y de privatización del acceso mediante barreras ilegales, incluyendo supuestos rompeolas que son en realidad rompeplayas. Desde El Condado, viajando hacia el este, pasando por Ocean Park, Punta Las Marías, y terminando en el balneario de Isla Verde, hay una muralla casi ininterrumpida de hoteles y condominios, algunos de unos 20 pisos, que impiden la vista al mar. No hay malecón, como lo hay en la Habana y otras grandes ciudades costeras del mundo. Gentrification le dicen en inglés al proceso de elitización que experimenta esta área. Los precios de las propiedades suben y suben, y las cuadras cercanas a la costa se llenan de negocios que atienden exclusivamente a una clase social adinerada.

 

Pero es también una historia de inconformidad, rebelión y resistencia, de una lucha por la protección ambiental y por el acceso público a la costa que ha tenido varias victorias. En Isla Verde, sector que marca la frontera costera entre San Juan y el municipio de Carolina, hay proyectos de variadas escalas y diversos perfiles socioeconómicos y político-ideológicos que le hacen un gran “pero” a los grandes intereses que pretenden terminar de empañetar de cemento y enrejar lo que queda de la playa.

 

El pasado 15 de mayo estas islas verdes en la Isla Verde del concreto tuvieron una jornada de actividades educativas para el público con el fin de generar apoyo para la campaña contra los cultivos transgénicos que tienen Monsanto y otras corporaciones de biotecnología agrícola en el territorio nacional de Puerto Rico (1). Al día siguiente comenzará una caravana de ciclistas, “Pedaleando por la Agroecología” que recorrerá los municipios al sur de la isla donde se concentran los monocultivos de transgénicos, donde hay comunidades aledañas afectadas por la cantidad masiva de agrotóxicos que se emplean en éstos (2). Los ciclistas terminarán su trayecto el sábado 21, Día Mundial de Acciones contra Monsanto, en la ciudad de Ponce, donde tomará lugar una gran marcha por la vida, la soberanía alimentaria y la ecología, y contra los agrotóxicos y los transgénicos.

 

Los tres proyectos que abrieron sus puertas este domingo están separados por apenas un par de cuadras uno del otro. El primero que visitamos es el Jardín Urbano Bucare (conocido como BUG, por sus siglas en inglés) (3), ubicado en una casa deshabitada en la esquina de las calles Bucare y Laurel. Susan Fairbank, residente de Punta Las Marías y principal fundadora de este emprendimiento, quien le ha puesto su energía y tiempo desde su fundación en 2009, nos da una caminata por el jardín mientras nos ofrece una charla informativa. La casa está abarrotada de vegetación tropical por todos lados: guineo, limoncillo, caña de azúcar, piña, zanahoria, albahaca, amaranta, orégano brujo, vegetales de ensalada como arúgula, bok choi, espinaca, tomate y kale, árboles de moringa, noni, aguacate, papaya, berenjena, acerola y jobo, e hierbas medicinales como insulina, poleo y tuna. Flores de cosmos y zinnia, con sus tonos amarillos, anaranjados, rojos y rosado magenta, multiplican el valor estético de este espacio alternativo.

 

La casa podría ser de la primera mitad del siglo XX, juzgando por sus formas circulares estilo art deco y por lo robusto de su construcción- data de una época en que las cosas se hacían para que duren. Ya no las hacen así. Las viviendas de hoy día son cajas de fósforos comparadas con esta. Pero aún así, se está desplomando, no es segura para habitar. Nadie vive en ella desde hace al menos quince o veinte años. Pero aunque no tiene residentes, durante el día está llena de vida y actividad, con adultos y niños entrando y saliendo y realizando un sinnúmero de tareas agrícolas, desde sembrar y desyerbar hasta irrigar las plantas y hacer composta y lombricultura. La educación permea todo lo que hace BUG. Se ofrecen talleres de agricultura para los niños de una escuela Head Start que se encuentra justo al frente, al otro lado de la calle Bucare, y se reparte a los visitantes literatura contra Monsanto, los agrotóxicos y los transgénicos. En una cartulina de alrededor de cuatro pies por cuatro se ven numerosas fotos de los logros del proyecto.  

 

Pese a su nombre y piel clara, Fairbank nació y se crió en Puerto Rico. Se considera bicultural con “mancha de plátano” y ciudadana del mundo, y su español es casi perfecto. Su interés inicial en hacer un proyecto ecológico en su vecindario se debe a sus años de trabajo en el Concilio de Edificios Verdes de Estados Unidos (USGBC). Pero cuando vio estadísticas de Puerto Rico sobre la altísima incidencia de diabetes, obesidad infantil y otros males causados por la mala alimentación, Fairbank amplió su enfoque ecológico para incluir la nutrición y agricultura. Eventualmente lo que iba a ser un proyecto de demostración de diseño y arquitectura ecológica acabó siendo uno de agroecología.

 

La existencia del BUG depende por completo de la buena voluntad del dueño de la casa, que vive justo al lado, en la calle Laurel. La tiene a la venta pero en todos estos años no ha aparecido comprador. Los hermanos y hermanas del dueño no están contentos con la presencia de jardineros en la casa y preferirían que se fueran, nos cuenta Fairbank. El dueño les aseguró que si la vende, le dará al BUG unos meses para desalojar el local sin prisa y mudar el jardín a algún otro sitio cercano. El pide un millón de dólares por la casa; un millón por una estructura que está tan deteriorada que seguramente el que la compre no va a tener otro remedio que demolerla.

 

El que una casa suburbana sin ningún atractivo especial venda por esa cantidad de dinero dice mucho de la dinámica de clase y el gentrification en el vecindario. Al otro lado de la calle Laurel, la Bucare sigue hacia el norte y termina a un par de cuadras, justo frente al mar. Pero el mar no se ve porque los residentes amurallaron la calle. A esas cuadras de Punta Las Marías no se puede entrar ni para ir a la playa sin pasar por un control de acceso que sólo deja pasar a los residentes. Esto efectivamente privatiza la playa. De cualquier modo, la playa ya prácticamente no existe. Los dueños de propiedades, empecinados en tener casas de lujo frente al mar, siguieron construyendo más y más cerca de la orilla, la cual por su parte ha estado cediendo debido a la erosión insustentable causada por las construcciones mismas, que han interferido con el proceso natural de formación de dunas, y seguramente también por el alza del nivel del mar causado por el calentamiento global.

 

En dirección opuesta, hacia el sur, el BUG tiene una vista directa al caserío residencial Luis Llorens Torres, un proyecto de vivienda pública de triste fama. Tanta proximidad entre extremos de riqueza y pobreza, separados por apenas dos cuadras y con el BUG justo en el medio, hace de las contradicciones sociales de Puerto Rico un hecho inescapable.

 

Ruiz Marrero es periodista, autor y educador ambiental puertorriqueño. Su blog periodístico (http://carmeloruiz.blogspot.com/search/label/esp) es actualizado a diario. Su cuenta Twitter es @carmeloruiz.

 

1) http://www.nadasantosobremonsanto.com/

2) En Facebook: Pedealeando por la agroecología

3) En Facebook: Bucare Urban Garden (B.U.G.)

 

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