La próxima semana se adelanta en Naciones Unidas en Nueva York una cumbre extraordinaria global sobre drogas (UNGASS), escenario importante para seguir reflexionando y discutiendo acerca de los lineamientos de la política global antidrogas. Si bien es de esperar que se produzcan solo cambios marginales, como es lo propio de las modificaciones en estas políticas públicas globales, más de tipo incremental que radical, sin embargo se esperan algunas modificaciones que pueden ser pequeños pasos en la dirección correcta.

 

Como sabemos el llamado problema global de las drogas ilícitas implica una complejidad muy grande. Primero, se trata de una amplia gama de sustancias consideradas ilícitas que van desde aquellas que tienen como base sustancias sintéticas y cuya gama es cada vez más creciente y cubre un mercado amplio de consumidores-adictos, hasta las que son originarias. Cultivos como la marihuana -cada vez más en perspectiva de salir de las consideradas ilícitas-, cocaína -originaria de la coca que a su vez es un cultivo con usos históricamente muy importantes en las culturas originarias de América para asuntos ceremoniales, pero también como un estimulante, lo conocido como el ‘mambeo’ en muchas tradiciones originarias-, la heroína y en general los opiaceos, que tienen como base la amapola. Al respecto hay que señalar que el mercado mundial de drogas ilícitas es entonces muy variado y participan en el mismo muchas regiones del mundo.

 

Segundo, se trata entonces de una actividad que incluye desde la producción, pasando por el procesamiento, transporte, distribución -mayorista y minorista- y consumo -los mayores consumidores se sitúan en los países del capitalismo avanzado, empezando por Norteamérica, Europa, Japón y crecientemente otros países suramericanos, asiáticos y africanos-. De hecho el consumo en nuestro país ha tendido a incrementarse. Esto nos lleva a decir que se trata de un problema global y que ningún país en particular, ni siquiera Estados Unidos, puede pretender resolverlo sin la cooperación de los demás.

 

Esto nos ayuda a situar, de un lado, la participación de la cocaína dentro de ese mercado global -es una parte seguramente no superior al tercio del total- y la de Colombia -la coca se produce en su totalidad en la región andina siendo Bolivia, Colombia y Perú los productores en proporciones similares y cuyo comportamiento en cuanto al tamaño del área está íntimamente relacionado-. Ahora bien, Colombia hay que recordar, inicialmente fue un punto del proceso de la pasta de coca proveniente de Perú y Bolivia y solo posteriormente se volvió un importante productor de hoja de coca.

 

Una gran inquietud, sobre la cual poco se reflexiona en estas conferencias, es porque los seres humanos a lo largo de la historia han acudido a estos estimulantes y otros -recordemos que el tabaco y el alcohol igualmente cumplen funciones parecidas-. Esta sería una pregunta importante para decidir si la política contra este tipo de estimulantes debería ser situada en el campo de la salud pública, como lo estuvo durante un trecho de la historia, o en el de la seguridad nacional donde la situó la política hegemónica global norteamericana en los últimos decenios.

 

Colombia espera contribuir en esta Conferencia con argumentos en la dirección de considerarla, en lo fundamental un problema de salud pública, independiente de que frente a los grupos de crimen organizado que trafican deba darse respuestas en el ámbito de la política criminal. Pero ante la evidencia de los fracasos de la política de mano dura, se deben ensayar opciones de política orientadas a la reducción del daño, de respeto a los derechos humanos y al medio ambiente -importante es analizar las políticas alternativas desarrolladas por varios países-. Pero la gran contribución colombiana, ya no en la concepción de la política, sino en la implementación de aspectos de la misma, sería si se ejecuta seriamente lo acordado en La Habana, es decir crear un Programa Nacional de Sustitución de Cultivos de uso ilícito, seriamente concebido y financiado y con perspectiva de mediano y largo plazo, lo cual si bien no va a terminar completamente el problema, sí puede reducirlo sustancialmente y por ahí mismo, disminuir en un porcentaje significativo la oferta de pasta de coca y de cocaína al mercado global.

 

Ojalá los países del capitalismo avanzado -hay que reconocer que existe ya una sensibilidad importante en ellos- donde están los mercados más amplios de consumidores, tengan la disponibilidad para avanzar, en pequeños cambios, pero en la dirección adecuada y dándole cada vez un margen mayor de maniobra a los países para definir sus políticas nacionales de lucha contra el consumo, el tráfico y la producción de cultivos de uso ilícito.

 

Alejo Vargas Velásquez

Profesor Universidad Nacional

Twitter: @alejovargasve

 

Publicado en El Colombiano, domingo 17 de Abril de 2016.

 

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