Análisis de la coyuntura política brasileña en la perspectiva de las fuerzas populares

 

Síntesis del taller realizado el Directorio Regional del Partido de los Trabajadores (PT), en Minas Gerais, el 19 de marzo de 2016.  Se han incorporado elementos del debate efectuado  en la reunión ampliada del consejo consultivo de la Fundación Perseu Abramo, el día 18 de marzo.

 

  1. La política brasileña parece estar muy confusa, lo que hace que algunas personas vean difícil prever lo que puede suceder en las próximas horas, días y semanas. Pero, debemos evitar el modo confuso de pensar. Al final, por detrás del aparente caos, existe un orden.

 

  1. Hay varios puntos de partida para entender la situación brasileña. Uno de ellos es la crisis internacional que comenzó en 2007-2008 y continúa hasta hoy. Uno de los efectos de la crisis fue reducir la tasa de crecimiento de la economía mundial. Otro fue ampliar las contradicciones intercapitalistas. Las exportaciones fueron afectadas. Países como China ya venían preparándose para este escenario. Quien no se preparó, está sufriendo todavía más. Nosotros no nos preparamos. En 2010 prevaleció la opinión de que el escenario del primer mandato de Dilma seria semejante al segundo mandato de Lula. Había quien creía que esta década estaba “contratada”: era el pensamiento “todo de bueno”. Olvidaron que el desarrollo capitalista se hace a través de la crisis. La “olita” [expresión usada por Lula, en 2008, para referirse a la crisis económica] se transformó en tsunami.

 

  1. La crisis internacional hace que el capitalismo brasileño vuelva a su “modo normal”. Y el “modo normal” del capitalismo brasileño no tolera la elevación de los salario directos e indirectos de la clase trabajadora. Por eso, especialmente desde 2011, los capitalistas piden cortes en los gastos sociales; reclaman por  los derechos que constan  la Constitución de 1988; recibieron subsidios y exenciones, pero no ampliaron la producción ni redujeron precios; hablan más de los impuestos, pero no apoyaron iniciativas reales contra los banqueros y la especulación: lo que desean verdaderamente es la destrucción de la legislación laboral.

 

  1. Desde el 2011, la mayor parte del gran empresariado brasileño no acepta más la presencia del PT en el gobierno federal y viene estimulando una contraofensiva ideológica y política, que tiene en los sectores medios sus destacamentos de vanguardia. Los objetivos estratégicos de la contraofensiva de la derecha son: realinear al Brasil a los Estados Unidos, dejando de lado los BRICS y la integración regional; reducir significativamente los salarios, derechos sociales y de los trabajadores; limitar las libertades de los sectores populares. Desde el punto de vista ideológico, sacaron del armario el racismo, el machismo, la homofobia y el anticomunismo, el fascismo y todo tipo de prejuicios  de clase.

 

  1. Tres características importantes de la contraofensiva de la derecha son: el pretexto de combate a la corrupción, el llamado a las movilizaciones de masas y el papel protagonista asumido por sectores de la Justicia, del Ministerio Público y de la Policía Federal. La corrupción es un tema recurrente: véase 1954 y 1964. El recurso de ocupar las calles es más raro: estuvo presente, por ejemplo, en los años 1930 y 1964. Ya la judicialización de la política y la partidización de la justicia resultan de cuatro derrotas seguidas de la derecha en elecciones presidenciales: para enfrentar esta dificultad, los sectores conservadores tuvieron que echar mano de instituciones que no están sometidas al efectivo control social.

 

  1. La contraofensiva de la derecha, iniciada en 2011, fue detenida con mucho esfuerzo en octubre de 2014, con la derrota de Aécio Neves (PSDB) y la reelección de la presidenta Dilma Rousseff. La movilización en gran medida espontánea de la militancia democrática y de la izquierda impidió la victoria de los reaccionarios. Pero, después de la victoria, Dilma Rousseff adoptó un conjunto de medidas que dividió a sus electores, sin ganar un solo apoyo entre sus enemigos; estos iniciaron durante todo el 2015 una intensa campaña por el impeachment de la presidenta.  

 

  1. En diciembre del 2015, nuevamente la movilización de la militancia detuvo el ataque de la derecha. Y una vez más, el gobierno de Dilma no correspondió, no solo en el tema del Pré-Sal, Ley Antiterrorista, la operación Lava Jato y  la partidización de hecho de la Policía Federal, principalmente en la política económica: salió el ex ministro de Hacienda Joaquim Levy, pero con Nelson Barbosa tuvieron continuidad el ajuste fiscal y los altos intereses, ahora acompañados por una promesa de reforma de la seguridad  social.

 

  1. En cuanto al gobierno insistía en encontrar un espacio de comodidad, la derecha dobló la apuesta y pasó a mirar directamente al ex presidente Lula. Sorprendiendo a quien, a pesar de todo, aun cree en el “republicanismo” del lado de allá, Lula fue conducido coercitivamente para declarar. Quedó claro, para quien aún tenía dudas cual es el menú de la derecha: apartar a la presidenta Dilma Rousseff (sea por el impeachment, sea por la decisión del Tribunal Superior Electoral), la inviabilización del PT (sea a partir de una cacería, sea por una multa que inviabilice al Partido), la condena de Lula (resultando en prisión o en impedimento de concurrir a las elecciones), así como la criminalización del conjunto de la izquierda y movimientos sociales. Esta fue la pauta de las manifestaciones que la derecha organizó a lo largo de 2015 y el día 13 de marzo de 2016.

 

  1. En resumen: para intentar detener a la derecha, el gobierno hace concesiones pragmáticas, que nos llevan a perder apoyo social, dificultando la movilización contra el golpe. Aun así, la militancia democrática y de la izquierda cumple su papel, moviliza y consigue detener por un tiempo el ataque de la derecha. Aun así, el gobierno no hace concesiones… creando un círculo vicioso. O sea: nuestro principal problema estaba en seguir estando en el gobierno, en los que él hacía, hacer y/o dejar hacer. Es importante recordar: sin el pueblo movilizado, no hay como derrotar al pueblo; pero solo  el pueblo movilizado no es suficiente. Es preciso la acción del gobierno, como ocurrió en la campaña por la legalidad desencadenada por el entonces gobernador gaucho Leonel Brizola.

 

  1.   La constatación de que el gobierno es nuestro punto frágil contribuyó a la decisión (de alto riesgo y de cierta forma consensuada) de que, para cambiar los rumbos del gobierno, sería necesario que Lula asumiera un ministerio. Como era previsible, el día 16 de marzo, cuando se anunció que Lula asumiría la Casa Civil, la derecha reaccionó violentamente con grandes manifestaciones de calle. En seguida, vinieron la decisión del juez federal de primera instancia de suspender la posesión, las filtraciones ilegales de escuchas telefónicas contra la presidencia de la República y la instalación, en la Cámara de Diputados, de una comisión de parlamentarios para analizar el pedido de impeachment contra la presidenta Dilma. Comisión controlada por la oposición golpista.

 

  1. Hasta entonces había dos tácticas en la derecha, que se combinaron y retroalimentaron: los que defendían interrumpir inmediatamente el gobierno de Dilma; y los que defendían desgastar el gobierno y la izquierda, para ganar las elecciones presidenciales de 2018. Ahora hay solo una táctica: la interrupción inmediata de mandato. O sea: la política brasileña fue “venezualizada” y la oposición adhirió a la tesis golpista de la “salida”.

 

  1. Como no hay motivos legales para interrumpir el mandato, la derecha precisa crear –a través de los medios, de la presión empresarial y de la movilización de masas- un ambiente de ingobernabilidad en nombre del cual se forme una mayoría del Congreso y/o de la Justicia, mayoría que se sienta a gusto para atropellar a la Constitución. Sin hablar, es claro, en la hipótesis que sectores conservadores estimulen, o “sugieran”, cada vez más abiertamente algún tipo de intervención militar.

 

  1. Como en octubre del 2014 y diciembre del 2015, el  18 de marzo de 2016 la militancia democrática y de izquierda volvió a manifestarse en todo el Brasil. Mientras se desarrollaban las manifestaciones, Lula estaba discurseando a favor de la tolerancia política, el ministro del Supremo Tribunal Federal, Gilmar Mendes decidió suspender la posesión del ministro Lula. O sea: predomina en la oposición de la derecha la decisión de llevar hasta el fin su ofensiva. En lo que a ellos respecta, no habrá negociación, ni rendición, ni cumplimiento de la Convención de Ginebra. La “paz y amor” que ellos defienden es en la otra vida.

 

  1. La mayor parte del pueblo, inclusive las clases trabajadores, no salieron a las calles para defender el golpe. Tampoco salió a las calles para defender la democracia. Pero sectores crecientes del pueblo están creyendo en el discurso de la derecha contra el PT. Y el motivo es claro: cuando el país crecía, había empleo, salarios, futuro, el discurso de la derecha no tenía aceptación ni credibilidad. Hoy, tenemos recesión, desempleo, caída de los salarios y derechos. Y la clase trabajadora percibe que el gobierno no está haciendo las cosas bien, por el contrario.

 

  1. A pesar de estar en la ofensiva y a pesar del creciente apoyo popular, los diferentes sectores de la derecha enfrentan problemas y tienen dudas que los enfrentan, hasta ahora, de consumar un golpe.

 

  1. En primer lugar, ellos precisan respetar mínimamente los ritos y los plazos previsto en la ley de impeachment. Es preciso mantener las apariencias, para no dejar explícito de que se trata de un golpe.  Por ese motivo, no es extraño que aun salgan a apresar a algún tucano (PSDB) y algún peemedebista (PMDB), para así  intentar vaciar las acusaciones del que la Operación Lava Jato está dirigida a juntar pruebas contra el PT.

 

  1. En segundo lugar, ellos aún están divididos sobre qué hacer después de un eventual apartamiento de la presidenta Dilma. ¿El vice-presidente Tremer asumiría? ¿Parlamentarismo? ¿Nueva elección?  La división sobre cómo hacer, así como sobre lo que se debe  hacer después, provoca, entre sus ingredientes, una lucha sin cuartel entre las diferentes fracciones del PMDB y del PSDB.  

 

  1. En tercer lugar, hay miedo. Miedo en parte, de la reacción de los sectores populares frente a un golpe y, también, frente a un gobierno de derecha. Y también algo de miedo de la extrema-derecha, fascista, anti política y anti políticos, defensora de una solución de tipo dictatorial, en la cual la derecha partidaria tradicional se verá de alguna forma disminuida (como sucedió con Lacerda y otros, luego de1964).

 

  1. Los problemas de la derecha dejan abierta una ventana para los sectores democráticos y de izquierda. Es un canto de la ventana, pero está abierta. Aun sea difícil, aún es posible revertir el golpe.

 

A continuación algunas ideas sobre qué hacer.

 

  1. Primero, esclarecer lo que está en juego. No se trata de “democracia” o del “Estado de derecho” en abstracto. Se trata de los derechos sociales, de las libertades democráticas en general, Del alineamiento internacional y del modelo de desarrollo en Brasil.

 

  1. Segundo, luchar realmente para vencer. Hay sectores que consideran que la derrota ya sucedió y seria irreversible. Así, no defienden luchar, pero si “cumplir tabla”, “saludar a la bandera”. Algunos prefieren discutir lo que va a venir después del diluvio y otros creen que debemos movilizar para negociar. Pero no habrá salida “negociada”. O derrotamos, o ellos nos derrotan. Negociar en esta condición no impedirá una derrota: apenas producirá una derrota acompañada de una desmoralización. Como algunos intentaron hacer, en diciembre de 2015, cuando defendieron un acuerdo con Cunha (presidente de la cámara de diputados).

 

  1. Tercero, alterar la correlación de fuerzas en la clase trabajadora. Además de movilizar, es fundamental el trabajo de convencimiento directo, en las bases, empresas, escuelas, locales de vivienda. Y el principal instrumento para cambiar el humor de las clases trabajadoras es la acción del gobierno. El gobierno  precisa cambiar de actitud política, precisa enfrentar el motín antidemocrático de sectores del Estado y, principalmente, precisa cambiar la política económica, en la línea de la resolución aprobada por el Directorio Nacional del PT el día 26 de febrero.

 

  1. Cuarto, abandonar cualquier ilusión de que la lucha será fácil y/o breve. La derecha puede derrotarnos en los próximos días y semanas, por ejemplo en la primera quincena de abril. En la votación del impeachment. Mientras tanto, nosotros precisamos de meses y años para derrotar a la derecha. Se trata de cambiar la política del gobierno, interrumpir la ofensiva de ellos, derrotar el impeachment, equilibrar el resultado de las elecciones del 2016, vencer en las elecciones del 2018 en condiciones que nos permitan hacer lo que dejamos de hacer desde 2003. Si conseguimos impedir el impeachment (precisamos de 342 votos a favor), la disputa continuará.

 

  1. Estamos en estado de movilización permanente. La Frente Brasil Popular (en cada una de las organizaciones que la integran) precisa crear una “salida de situación”, para acompañar diariamente la evolución de los hechos. Es necesario combinar grandes movilizaciones nacionales, con eventos descentralizados, ocupaciones de espacios públicos y principalmente, cuerpo-a-cuerpo con las bases (empresas, escuelas, barrios, etc.). Inclusive el resultado de las elecciones 2016 está vinculado a esta disputa nacional (motivo por el cual se eluden los que salen del PT con el pretexto de mayores chances electorales). Los gobernadores democráticos y la izquierda deben crear una red por la legalidad.

 

  1. Debemos proponer al Frente Brasil Popular que convoque a todas las ciudades brasileñas a realizar, el día 31 en marzo, actos con el lema “Golpe Nunca Más”. Y convocar un acto nacional centralizado en Brasilia para una fecha próxima a la votación del impeachment o cuando la coyuntura así lo exija.

 

  1. Por fin: cometimos muchos errores que facilitaron la ofensiva de la derecha. Tenemos que cambiar profundamente de conducta y de estrategia, si queremos  sobrevivir y volver a la ofensiva,  pero es preciso tener en claro: no somos atacados por nuestros errores, sino por nuestras cualidades. Y una de esas cualidades, como quedó claro en las manifestaciones del 18 de marzo, es una disposición de lucha de la militancia democrática y de la izquierda. No hay cómo saber cuál será el desenlace de la crisis actual, ni si tendrá aluna semejanza con lo ocurrido, por ejemplo, en 1947, 1954, 1961 o 1964. Pero las calles dejaron una cosa en claro: no habrá tiempos fáciles ni blandos para el golpismo. 

 

19 de marzo de 2016

 

 

 

 

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