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No se requiere ser especialista para comprender que para que existan corruptos resulta imprescindible que haya corruptores. Si buena parte de los gobernantes en los tres niveles del Ejecutivo y en los poderes Judicial y Legislativo practican en forma ordinaria actos de corrupción, es indispensable que los agentes económicos –lícitos e ilícitos, financieros y bursátiles– los corrompan.

 

Las mayorías nacionales, compuestas por más de 53.3 millones de pobres, tienen poder adquisitivo muy limitado para corromper, pero también lo practican como los primeros a partir de la Conquista de México a base de sangre, fuego y religión. Mas es errático que importa lo mismo la mordida que se entrega al policía de tránsito que las fabulosas cantidades que en dólares y euros destinan las trasnacionales para abrirse paso, incluso con casas de lujo a figuras estelares del gobierno federal, pero no sólo.

 

Por lo anterior, resulta oportuna la precisión que hizo el titular del Ejecutivo federal al ungido como presidente de la Confederación Patronal de la República Mexicana, Gustavo de Hoyos, el jueves 17 quien planteó, “Hay que dejar atrás, para siempre, las insanas realidades de la opacidad, la corrupción y la impunidad. Nunca más alguien deberá estar por encima de la ley”.

 

Enrique Peña no sólo le dio la razón sino que lo denominó “flagelo que atenta contra la convivencia social” y reviró, “hay que decirlo: la corrupción no es un elemento privativo del ámbito público, lo es también del privado y, a veces, van de la mano”. Un cáncer social que cuesta a México 740 mil millones de pesos anuales, equivalentes a 4 por ciento del producto interno bruto.

 

No “a veces” con mucha frecuencia van de la mano. Las gigantescas fortunas que acumulan los dueños de México por lo general se hicieron al amparo del poder público. Los sexenios tienen como uno de sus sellos distintivos que cada presidente, incluido Vicente Fox y Felipe Calderón, dejan su propia lista archimillonarios que tras bambalinas incluyen paquetes accionarios para ellos por medios de amigos o prestanombres. Por supuesto que es imposible documentarlo, pues el señalamiento es de corruptos no de tontos, amén de que la tarea corresponde al Ministerio Público y éste trabaja al servicio de las élites dominantes.

 

Especialistas de los procesos económicos globales acuñaron el concepto “capitalismo de compadres” para referirlo al modelo mexicano ahora salvaje, pero también cuando hace 34 años el estatismo era orgullo de los políticos que tanto lo detestan y critican hoy.

 

El presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Juan Pablo Castañón, reconoció sin inmutarse que “La corrupción no es problema exclusivo del gobierno de México, sino también de la iniciativa privada”.

 

Entrevistado sobre el discurso de Peña Nieto aseguró: “Tiene que haber dos partes para que exista la corrupción”. Y esto sucedió el mismo día 17 que se produjo la detención, en España, del empresario Juan Manuel Muñoz Luévano, en el contexto de la investigación contra el “amigo presidencial” Humberto Moreira, por presunto blanqueo de capitales, asociación delictiva, malversación de fondos públicos y prevaricación.

 

Sin duda, es para suscribirse la iniciativa ciudadana Tres de tres que presentó Coparmex, mas no es pertinente obviar que intelectuales que figuran en las nóminas de Grupo Televisa sean sus principales impulsores, pero nunca mencionan las prácticas corruptas con que se construyó, creció y consolidó el gigante televisivo.

 

Hasta el día 29.

 

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