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Evaluar en contexto, educativo y de país

 

La evaluación es de esos temas que está presente en forma permanente, un tema del que todo el mundo quiere hablar, pero cuando nos ponemos a hablar de la evaluación no nos ponemos de acuerdo sobre qué estamos debatiendo. Lo primero que debemos saber es que la evaluación es un relevante componente de lo educativo pero hay que entenderla siempre en relación a muchos otros componentes, nunca como un asunto aislado de su contexto.

 

Estamos en un país que ha cambiado abruptamente. Uno podría decir que ha mutado, de la noche a la mañana, en muchas cuestiones. Y en educación hay fuertes indicios, no con tanta firmeza y claridad como en otros planos de la gestión de gobierno y vida social, que ameritan estar atentos y al cuidado de los derechos sociales, tan claramente estipulados por las leyes educativas vigentes.

 

Cuando beneficiás al empresariado rural, cuando desconocés leyes que han sido votadas en forma democrática y favorecés a corporaciones empresariales, mediáticas y financieras en detrimento de las mayorías de a pié; cuando parecés ningunear, o al menos obviar, el funcionamiento necesario del Parlamento; cuando hay criminalización de la protesta social; cuando los pibes tienen que mostrar el DNI, que no pasaba desde la dictadura, nos pone en evidencia que ha cambiado el panorama y la vida cotidiana de los argentinos independientemente de lo que piense cada uno. Cuando algo más de la mitad de un país votó a un gobierno, pero algo menos que la mitad se manifestó desde otra perspectiva, uno tiene que pensar menos en una distribución arbitraria de los recursos y las medidas y más en la construcción de ciertos consensos o diálogos (y más si ello fue promesa y causa de triunfo electoral). Sino, como dice Alejandro Grimson, hay que inventar una catástrofe para justificar medidas antipáticas, antipopulares. Dicho de otro modo, y volviendo a educación, se está evaluando con aplazos lo que antes se daba por regular y/o aprobado.

 

Hablar de educación no significa hablar de evaluación. Significa también hablar de la sociedad en la que vivimos, significa poder tratar de tantear el ritmo cardíaco de lo que pasa con los jóvenes y con las escuelas. En esta distribución arbitraria y violenta de la economía, o sea , en este “reordenamiento” que aprieta la mano del capital y va soltando la del trabajo, hay también un reordenamiento de la portación (ya no tan plural) de la palabra, hay negación (y criminalización) de la protesta social y hay una invisibilización por parte de un conjunto de medios de comunicación de los aconteceres al respecto, la educación todavía no ha mostrado desde las políticas públicas cuál será la brújula, será porque hace solo minutos de acordaron paritarias( aunque condicionadas y con provincias en paro)

 

Hay anuncios de un instituto de la evaluación de la calidad educativa que por ahora es más anuncio que información concreta respecto a lo que va a ocurrir. Como decía Bourdieu, por ahora muestra pero no explica.

 

No está mal hablar de evaluación y de calidad porque no son malas palabras, además no tienen dueño, por más que el diccionario neoliberal suponga que le pertenece la exclusividad, nos resistimos a creer en ello. No lo tiene registrado. Es campo de disputa y hay que darla, en las aulas, las escuelas, los patios, los medios y la cola del super. Calidad, Evaluación, no explican nada por sí solas. Lo que tenemos que pensar es qué entendemos cuando hablamos de evaluación y a que nos referimos con calidad. Si hablás de calidad y la separás de inclusión estás, de alguna manera, cayendo en definiciones que han sido muy conocidas por los argentinos (en los 90) y en la región (en especial por los hermanos chilenos como los “mejores” de la clase). Cuando aceptas ese divorcio estas naturalizando la lógica mercantil, la aceptas como natural, como la única posible, entonces podes creer que las decisiones importantes en educación trasmutan en ecuación mercantil, asunto de gerentes y ya no de docentes, dando por legítima aquella publicidad de Grundig, “caro pero el mejor”, o lo bueno es para pocos y lo que es masivo disminuye en cuanto a calidad.

 

Evaluar también es una palabra a definir. Evaluar es un componente del proceso educativo tan importante como enseñar, como aprender, como los contenidos y el curriculum. El problema aparece si evaluar se reduce a controlar, a estandarizar, a comparar para disciplinar. Cuando evaluar no es otra cosa que clasificar, sin importar el para qué, el qué, el cómo y el quién. Sin considerar a qué costo? ( no económico, sino ético, pedagógico). 

 

Si la evaluación supone solo una medición, sin atender las preguntas recién mencionadas, entonces hay piedra libre para instalar como deseable una lógica meritocrática y exitista del ranking. Todo el mundo esperando el oro, la plata y el bronce y de los demás no se acuerda nadie, y cuando se acuerdan, aquellos ya están bien al fondo, llenos de etiquetas que se han convertido en estigmas (a contramano de aquella frase que identifica al colectivero, “al fondo que hay lugar!”). En este caso, el fondo deja de ser lugar, ya no hay lugar para los que quedaron atrás.

 

Por lo tanto, a tener cuidado con entrar por la puerta de esta lógica mercantil de la evaluación, limitada a la competencia y descalificación. La evaluación es importante cuando se la entiende como la obtención de información relevante para comprender lo que está ocurriendo en la escuela, y entonces desde allí mejorar los procesos y resultados de la enseñanza y los aprendizajes.

 

La evaluación como Desconfianza

 

Con la evaluación pasa algo parecido que con la autoridad, y en esto los medios de comunicación son artesanos seriales, de manera cotidiana e insistente, instalando la asociación exclusiva, en el primer caso con el control, y en el segundo con la imposición. Qué curioso que los rasgos salientes de la autoridad presidencial tienen más que ver con la imposición que con el consenso. Y la autoridad lejos de la imposición significa hacer crecer al otro, aumentarlo. Autoridad está ligada a confianza.

 

Por lo tanto, estas concepciones de evaluación alimentan la desconfianza como organizador pedagógico. La desconfianza de quienes enseñan respecto de los que aprenden (y viceversa), de la sociedad respecto de la escuela y los enseñantes.

 

Desconfianza que sintoniza con una idea del otro como amenaza, y legitima el “darwinismo social” como la regla más auténtica de mercado que al instalarse va mostrando la debilidad de la regla protectora del Estado. Desconfianza que legitima el sálvese quien pueda, el ganar a cualquier costo, el “self made man” siglo XXI, todas ellas operaciones que enaltecen la competencia y ridiculizan la cooperación (excepto si es donación).

 

Desconfianza que nutre las concepciones dominantes sobre evaluación, que significan un debilitamiento del vínculo pedagógico, sentenciando destinos anticipados de ineducabilidad para estudiantes, haciéndolos creer únicos responsables de “su” fracaso escolar.

 

Desconfianza que es ideal para establecer rankings, calificar y condenar docentes para clasificarlos en aquellos que sirven y los descartables, y en esa ecuación de utilidad responsabilizarlos en forma exclusiva del “problema de la educación”, sin importar contexto, ni condiciones del trabajo de enseñar.

 

Desconfianzas que nutren una subjetividad de la punición como estandarte de la “buena educación”, concediendo un nuevo “clima de época “y autorización a los adoradores del todo pasado fue mejor y entonces se hace más fuerte el imperativo de restauración de un anhelado viejo orden, de la más pura conservación. Y esto es como un pié para que se sueltan aquellas voces que se sentían “maniatadas”, allí se sinceran quienes hasta hace un rato, asentían “lo políticamente correcto “pero lo sentían tan íntimamente incierto. Y entonces surge (a mi entender) el único sinceramiento de precios. Que no es otra cosa que poner en valor, no de mercado sino de Estado el derecho que tiene cada pibe o piba argentinos a ser parte, aprender y terminar la secundaria, obligatoriedad que la sociedad argentina ha sellado en la Ley de Educación 26206(2006) y compele al Estado a hacerse garante de dicho derecho. Descartando aquellas opciones restauradoras que vuelven con la ”selección natural” y el “mérito” ( que disfraza y oculta la desigualdad) para justificar la idea que hay jóvenes que son para la escuela y otros que seria mejor ofrecerles alguna variante “pedagógica” de servicio militar.

 

IMESA1

 

Cuando se concibe la evaluación docente y la evaluación de los alumnos en clave de herramientas de mejoramiento de la enseñanza y el aprendizaje y del fortalecimiento institucional sería recomendable pensar en términos de IMESA (Índice de Mejoramiento de la Secundaria Argentina http://mejoraeducativa.com.ar/imesa/documentos/IMESA/IMESA_Documento_Marco.pdf), que parte de la concepción de la escuela como el centro de cualquier política de evaluación, ubica al docente como un sujeto que construye y no como un objeto de control o disciplinamiento, y todo el esfuerzo está en fortalecer la enseñanza y aprendizaje, confirmando al estudiante como sujeto de derecho y de responsabilidad creciente.

 

IMESA no es otra cosa que una posibilidad de devolverle a la escuela lo que la escuela produce, que es información. Devolución a través de un índice constituido por tres indicadores. Uno de ellos es lo que producen los operativos nacionales de evaluación a través de las pruebas de lengua y matemática en la secundaria, otro es la información del tiempo medio que tarda un pibe en hacer la secundaria y el tercer indicador está ligado a la cantidad de pibes que terminan la escuela, a la tasa de egreso. Estas tres informaciones permiten que la escuela obtenga datos propios y pueda mejorar en relación a sí misma, no comparándose con otra para rankear, sino mirando sus propias dificultades y configurando sus puntos de partida y objetivos de mejora. En todo el país se trabajó con más de 6500 directivos entregándoles el IMESA ( en mano)y expresándoles que la política en ese momento no era establecer un ranking en donde solo valían el oro, la plata y el bronce, que son maneras de clasificación y medición que alientan una concepcion binaria, de éxito y fracaso, de buenos y malos y por lo tanto contribuyen a procesos de estigmatización en donde hay escuelas que sirven y escuelas que no y tienden a convencer a sus actores de lo mismo. Por lo tanto, en esa lógica depredadora, el Estado pasa a ser un árbitro que sanciona a las escuelas que más les cuesta y premia a las que funcionan mejor, o sea reproduce lo que ya sabía. El Estado debe cuidar el mejoramiento general de las escuelas priorizando la protección de quienes están en condiciones mas desfavorables. Y eso supone cuidar la información en primer lugar, evitando la tendencia (social, mediática) a rankear para descalificar, preservando a las instituciones educativas, y al mismo tiempo fortaleciéndolas con políticas activas y universales de inclusión con calidad educativas.

 

No confundir el termómetro con la fiebre

 

Por todo lo expuesto es muy necesario e importante debatir escolar y socialmente en torno a qué significa evaluar y estar bien atentos que en la lógica de la evaluación como mercancía o como simple control, clasificación y medición subyace algo así como una creencia en el valor del termómetro como una solución de la fiebre. Una herramienta de evaluación no resuelve los problemas de la educación, del mismo modo que un termómetro no lo hace con la fiebre que mide. Si no confundimos la evaluación con la fiebre es probable que podamos comprender los problemas educativos en su contexto, atendiendo a la importancia de cada uno de sus componentes, sin creer que todo va a remolque de la evaluación ni en ella como el único modo de solución a todos los problemas de la educación. La evaluación es un componente más, fundamental, pero no es un termómetro que resuelve las cosas sino que ofrece información y a partir de ahí se puede (se debe) tomar decisiones para mejorar ( la salud en un caso, la educación en el que aquí nos interesa)

 

La educación no es mercancía

 

Cuando Macri estuvo en Davos se fotografió con Sunny Varkey, que es el fundador de Gems Education, una de las redes privadas de educación más importantes del mundo y que tiene alrededor de 140 mil estudiantes y 100 escuelas en más de 11 países y con una ganancia de 500 millones de dólares. La idea que surgió ahí está ligada a realizar un entrenamiento a docentes para formarlos en nuevas tecnologías. ¿Saben qué dijo Sunny Varkey cuando lo entrevistaron? Que la educación es un negocio sólido. Entonces tenemos que pensar cómo reconstruimos una mirada que comprenda que el único que se puede ocupar de las grandes mayorías es un Estado protagonista, que decide (y protege) para las mayorías y no un árbitro que abre oportunidades de negocios que se regulan por las reglas del mercado.

 

Pearson, la mayor empresa en educación del mundo, vendió dos compañías de medios de comunicación por 2 mil millones de dólares y ese dinero lo invirtió en educación. Para Pearson el secreto es haberse adueñado de dos ejes de la educación: el currículum y la evaluación. De algún modo nos dicen como lema: “si puedes medirlo, puedes controlar el resultado”. 2

 

Si la evaluación es comprendida como simple medición es solo para armar rankings de buenos y malos. Si vos desconfiás de los pibes con gorrita, vuelve a imponerse la lógica de la portación de rostro. Permítanme dudar que políticas de este tipo puedan pensar la autoridad como autoridad democrática, de esa que practica la confianza, en millones de pibes que son una nueva generación en la escuela secundaria, en todo caso confirma un estado de permanente desconfianza, y por tanto de exclusión ( aunque sea con discursos de inclusión). Estas contradicciones nos tienen que permitir pensar que no volvimos a los 90 sino que se trata de un gobierno de derecha con fuerte legitimidad y apoyo en las urnas, que le imprime una lógica gerencial y mercantil al funcionamiento del Estado. A veces se impone una mecánica al estilo GPS, en la que se va “recalculando” acciones y decisiones. Se avanza tres casilleros, y se retrocede. Táctica que en un primer tiempo es valorada y señalada por algunos como sensible y “democrática” aunque se puede transformar rápidamente en improvisación serial.

 

Este y otros asuntos nos tiene que ayudar a comprender (con fuerte sentido de la autocrítica) las cuestiones que no se hicieron, las que son desafíos pendientes, denunciar lo que es avasallamiento del derecho, abusos de poder y persecución, y andar fuertes en la lucha que tiene como convicción el fortalecimiento de las políticas públicas educativas que han sido un cambio de época, o mejor dicho un cambio de vida para millones de pibes/as y de familias.

 

-. Gabriel Brener es Prof. Enseñanza Primaria (Normal Nº 4) Lic. En Cs. Educación (UBA) Especialista en Gestión y Conducción del Sistema educativo y sus instituciones (FLACSO). Es Docente UBA, UnaHur, ISFD J.V González y de la FLACSO. Ex Subsecretario de Equidad y Calidad Educativa del Ministerio de Educación de la Nación (2013-2015). Co-autor de “Violencias en plural. Sociología de las violencias en la escuela” (Comp. Carina Kaplan) Ed. Miño y Dávila Bs As. 2006 . y “ Violencia escolar bajo sospecha “(Comp. Carina Kaplan) Ed. Miño y Dávila Bs As. 2009. Co autor de “La escuela inquieta. Explorando nuevas versiones de la enseñanza y del aprendizaje” Comp. Carina Rattero .Ediciones Novedades Educativas, 2103. Buenos Aires.

Autor de “Periodismo Pedagógico. De escuelas, violencias, medios y vínculos entre generaciones” Editorial Mandioca. Bs.As. 2014 –

El presente artículo es una reescritura de una entrevista realizada por el colectivo docente del Frente Educativo de Marcos Paz, en Enero de 2016.

http://www.ivoox.com/programa-n-4-audios-mp3_rf_10378467_1.

 

 

1 En este artículo se puede ampliar sobre IMESA http://www.alainet.org/es/articulo/171235