Corría el año 2005, como solución a la crisis política que, en octubre de 2003, derivó en la renuncia forzada y en la salida precipitada al autoexilio de Gonzalo Sánchez de Lozada, su familia y sus más íntimos colaboradores, y luego de dos presidencias interinas, la de Carlos Mesa G. y Eduardo Rodríguez Vetzé, se había convocado a elecciones nacionales anticipadas. Ante los resultados en las urnas, la reacción de Evo Morales, ganador inobjetable con el 53,72% de la preferencia electoral, decía “todavía no lo puedo creer”.

 

 Ataviado con su célebre chompa a rayas, realizó una gira internacional por varios países de América y Europa, y en todas sus presentaciones repetía la misma frase. Y es que, claro, algo inverosímil había sucedido el 18 de diciembre de aquel año, por primera vez en el periodo democrático que arranca en 1982, un candidato superaba la barrera del cincuenta por ciento más uno de los votos para ser acreedor de la banda presidencial sin mediación del Congreso Nacional. Acababa de terminar el periodo de la “democracia pactada”, durante el cual fuimos testigos de las alianzas más inverosímiles con tal de dar al país –en el discurso de los actores políticos de entonces– un escenario de gobernabilidad que, en realidad, terminaba siendo un escenario de feria, con “mesas de negocios” de por medio, en el que la partidocracia lograba grandes réditos.

 

De ahí en adelante, Evo Morales sólo conoció triunfos electorales, ninguna pérdida. Es por eso que hoy, ante los resultados del referendo, mediante el cual pretendían modificar el artículo 168 de la CPE para darle oportunidad a postularse a un cuarto mandato presidencial, diez años después Evo –otra vez– ¡NO lo puede creer! Tan es así que ya habla de “segundo tiempo”, como si de un partido de fútbol se tratara, en el que espera revertir los resultados del 21 de febrero.

 

Es triste, y hasta patético, observar cómo Evo y su entorno evalúan el dictamen de las urnas, en sus filas no parece existir un solo analista capaz de mirar hacia adentro para preguntarse ¿en qué fallamos, qué hicimos mal para obtener este resultado? Buscan al “culpable” y lo encuentran en “las redes sociales”, creen que descuidaron esa herramienta de comunicación y fue por ahí que se “filtró” una cadena de “mentiras” que dieron lugar a generar una imagen negativa de un líder intachable.

 

Nada más lejos de la realidad, lo que se “filtró” por ahí fue el hartazgo de una porción de la población que, ante la imposibilidad de expresar su descontento por los medios de comunicación tradicionales, tomó la palabra para decir NO, basta, ya es suficiente, hasta aquí no más. Pero, también por las redes, circularon mensajes en la otra dirección, a favor del SÍ, sosteniendo (entre otras) una idea fuerza: “sin Evo, el país retornará al pasado”, lo cual tiene una gran dosis de mesianismo que genera una reacción de rechazo casi visceral.

 

Un equívoco irrebatible de la perspectiva con que analizan el resultado dentro del MAS, es suponer que 2.645.048 electores –con datos oficiales del TSE, que están puestos en duda por motivos serios y no por simples “susceptibilidades”– tienen como principal fuente de información/comunicación las “redes sociales”. Esto es, sencillamente ¡absurdo! Es más, no sólo piensan eso, sino que toda esa gente no tiene el más mínimo criterio racional para elegir una posición política, que se dejan influir por mensajes –expresados en imágenes y palabras– que no tienen el menor contraste con la realidad que viven cotidianamente. Este menosprecio hacia la gente que les dijo NO, es exactamente la cara opuesta de la medalla de quienes creen que los otros 2.506.562 ciudadanos que dijeron SÍ, son borregos atolondrados por la propaganda oficial, incapaces de discernir para decidir su voto con criterio propio.

 

Entre paréntesis, un dato que no se está teniendo en cuenta en los análisis de unos y otros es que hubo 190.223 votos nulos y 68.005 votos en blanco que, sumados, representan casi el cinco por ciento de los votos emitidos. Quitando equívocos en las marcas e “interpretaciones graciosas” de esos votos, se debe tener en cuenta que hubo una proporción nada despreciable de electores que les dijo NO de otra manera, que expresaron su inconformidad con el simple llamado al referendo, por ejemplo.

 

Si Evo NO lo puede creer, su entorno responde a este veredicto con una torpeza similar a la de un “elefante en cristalería”, conminando a los funcionarios públicos que hicieron campaña por el NO a “dar un paso al costado” (Gabriela Montaño), advirtiendo que “los movimientos sociales” evaluarán si aceptarán o no el resultado, vociferando, amenazando, insultando la inteligencia de la gente.

 

Sería mejor si el presidente se lo creyese, si por fin comenzase a hacer gestión y dejase de hacer campaña –ya lleva más de diez años haciendo campañas electorales–, si comenzara a preparar un escenario distinto para las elecciones de 2019, dando muestras irrefutables de que, ahora sí, dará dura batalla contra la corrupción (empezando por su propia casa), hablando con la verdad, bajando el tono de sus discursos arrebatados, mostrando un mínimo de respeto por el electorado boliviano que le dio, en tres elecciones consecutivas, la oportunidad de generar un cambio del cual todos –incluidos sus archienemigos– se sintiesen orgullosos. Tiene tres años y medio por delante y en ese “segundo tiempo” del que nos está hablando ahora, tendrá que resignarse a quedarse en la banca, porque la gente ya le dijo que, en ese tiempo, NO estará habilitado para jugar en la cancha, NO podrá postularse a un nuevo mandato.

 

 

La Paz, 13 de marzo de 2016

 

Jenny Ybarnegaray Ortiz

Activista  feminista, librepensadora