Ante la inexistencia de plasmar una propuesta política opositora que difiera y señale una nueva alternativa al del actual gobierno, la derecha boliviana recurre también como aliados incondicionales a los medios de comunicación, a las redes sociales, a sus analistas y cuando menos, a periodistas, como recientemente vimos a un “periodista” con antecedentes criminales, como es Carlos Valverde Bravo, Jefe Nacional de Inteligencia del gobierno de Jaime Paz Zamora, muy ligado a la red de los narco vínculos.

 

Carlos Valverde en el aparente “silencio electoral”, llevó a cabo en Santa Cruz una marcha a su favor para justificar, desde esa movilización, ser la única voz de Bolivia, que “les sirva” sobre todo a los sectores oligarcas y grupos de poder económico, para imponer su ideología. Los bolivianos que recurrimos a la memoria histórica, sabemos muy bien de su pasado, conocemos de sus relaciones con paramilitares, con grupos de narcotraficantes y la extrema derecha radical y racista de nuestro país.

 

Lo más perverso que tienen hoy algunos periodistas ligados medios de comunicación es el de juzgar y condenar, sin tener ninguna base sólida de argumentación, en muchos casos atentando al sentido común, en ese papel los medios demuestran un desprecio del público que durante años se acostumbró a tener una compañía que informaba, educaba y entretenía a toda la familia.

 

Esa vieja comunicación ha sido reemplazada por una maquinaria de poder. La comunicación es hoy un poderoso dispositivo de poder y sus propietarios han llegado a sentenciar incluso la duración de un gobierno, como es el caso del diario Clarín de Buenos Aires.

 

Este dispositivo de poder utiliza la falacia como uno de sus elementos centrales en el armado de su discurso; en nuestro medio hemos visto cómo una “periodista” jugando un rol político, niega la existencia de informes técnicos fácilmente comprobables.

 

El nivel de irracionalidad demostrado por la feroz defensa de “su” verdad se constituye ya en una patología, que recomienda una urgente ayuda de control emocional.

 

Otra faceta de esta perversa práctica del periodismo consiste en la adjetivación, propia de una pluma que a falta de argumento recurre al insulto procaz o la sutil palabra hiriente, ese es el cuerpo de una nota firmada por una ex ministra de Carlos Mesa, que no mereció ninguna reacción de centenares de ONGs dedicadas a defender cualquier agresión a la mujer.

 

En nuestro país hemos tenido la constante tragedia colonial por la que una oligarquía se acostumbró a manejar el poder económico, político y cultural. De estas entrañas coloniales han salido hijos díscolos que se rebelaron contra sus padres conservadores y se acercaron al marxismo, pero como existe una condición de clase, que finalmente se impone, emerge el verdadero habitus burgués que trataron de ocultar en sus días de rebeldía edípica.

 

Hoy estamos viendo cómo el rencor colonial va conformando un núcleo común de quienes hasta hace poco se presentaban como “intelectuales progresistas”, incluso algunos se autonombraron “revolucionarios”, es la clase burguesa-colonial que busca afanosamente una restauración del antiguo régimen, postura muy a tono con los intereses económicos del reducido grupo de multimillonarios del mundo.

 

La única defensa que tiene el ciudadano frente a esta maquinaria de poder comunicacional es fomentar un pensamiento crítico y esto es justamente lo que no quieren los poderes económicos, por eso han fomentado sectas adormecedoras de conciencia, basta investigar un poquito la afiliación de varios dirigentes indígenas del oriente y el resultado nos lleva a varias iglesias evangélicas.

 

Pero la Iglesia católica tampoco se queda al margen, el pasado domingo 14 de febrero, la homilía de un obispo se dedicó a posicionar el No en el referéndum, una mezcla entre las tentaciones del demonio y el referéndum dejaron muy claro el pensamiento del obispo, no de la biblia, porque citando las palabras de Jesús encontraremos que sentenció: “Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”, estas palabras han sido olvidadas sistemáticamente por muchos clérigos que prefieren estar del lado de los poderosos y del dinero, ese verdadero “estiércol del diablo”,  como dicen las mismas santas escrituras.

 

Estas coincidencias entre algunos medios de comunicación, iglesias, algunas ONGs, no son casualidades son las expresiones nítidas de una operación política que impulsa el imperio contraria no solo al gobierno sino y específicamente al mismo Evo Morales. 

 

– Camilo Katari, es escritor e historiador potosino