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Nada peor como “retozar” con la angustia humana.

 

Durante su visita a Cuba el Papa Francisco recibió como obsequio del Presidente Gral. De Ejército Raúl Castro Ruz un símbolo de solidaridad espiritualmente conmovedor: la escultura de un Cristo Crucificado por dos haz de remos de madera rudimentaria.

 

En un gesto desafiante contra el holocausto de las guerras imperialistas, el Papa donó la escultura al altar de la Iglesia de la isla de Lampeduza en Italia; puerta principal de salvación y calvario para cientos de miles de migrantes árabes y subsaharianos que huyen de los bombardeos y el genocidio provocados por las beligerancias imperialistas durante la expansión del terrorismo internacional, que a modo de guerras “locales” inunda de hambruna y desesperación a cientos de miles personas, víctimas inocentes obligadas a acogerse al tráfico ilegal de una mafia que los lanza al mar mediterráneo sobrecargando embarcaciones sin condiciones mínimas que terminan, casi siempre zozobrando en las costas de la isla de Lampeduza. Uno de los desastres más graves e insuficientemente atendidos por las agencias transnacionales de noticias y los gobiernos europeos; de paso habría que recordar que el mismo gobierno italiano, en su momento, dilucidó como ilegal la asistencia a las víctimas. No olvidemos los desgarradores reclamos de ayuda por parte de la alcaldesa de Lampeduza.

 

Miles de ahogados y desaparecidos en el Mediterráneo aún provoca esa situación criminal.

 

Kcho, el artista cubano autor de la escultura no es conocido como un católico devoto. Muchos en el mundo se asombrarían de que el mulato oriundo de la Isla de la Juventud, un Municipio Especial de la República de Cuba, no fue apreciado al principio por ser un artista precoz; incluso fue excluido de entrar como alumno en el Instituto Superior de Arte de la Habana. Hijo de una artista (artesana) popular muy querida en ese municipio especial –que es una isla separada de la grande por unas tres o cuatro horas en barco-, estimulado por su madre siguió trabajando.

 

Durante la peor etapa de la crisis de los 90’s del siglo veinte en Cuba -1993/98-, y en medio  de la también crisis de los balseros, provocada esencialmente por el bloqueo genocida de los gobiernos de los EEUU contra Cuba y resultado del incumplimiento consuetudinario de los tratados migratorios por parte de los gobiernos estadounidenses interactuando con el peor momento histórico de insustentabilidad material en Cuba, cientos de miles de personas se lanzaron al mar con el objetivo de cruzar el Estrecho de La Florida plagado de tiburones, grandes vientos y marejadas, trayendo como consecuencia que cientos de víctimas terminasen tragados por las aguas de esa ruta del diablo.

 

Desde esencialmente el litoral habanero, las personas se lanzaron a dicha odisea utilizando embarcaciones harto precarias: tablas y palos unidos por cables o sogas remando con lo primero que tuviesen a mano. La jerga popular les bautizó como “balseros”. A partir de ahí que tal holocausto fuese bautizado como “la crisis de los balseros cubanos”.  Contra el desdén y la falta de solidaridad el eminente poeta y ensayista Cintio Vitier –ya fallecido-, les dilucidó como nuestros balseros.

 

La manifestación más excelsa de este drama la reflejó en su obra Kcho, que desde un injusto anonimato, del que la institucionalidad del país tiene su responsabilidad, saltó a la fama internacional. Las grandes mecas del arte escultórico (de París) exhibieron y promocionaron su obra. Con el perdón del resto de los prestigiosos artistas cubanos de la manifestación, hasta el momento Kcho es la personalidad más prestigiosa del arte escultórico cubano de la actualidad.

 

La fama y el éxito no se lo tragaron; legítimo hijo de su madre y de la Revolución Cubana, se mantiene trabajando afanosamente en la isla.

 

Cierto mercachifle español con el objetivo de hacer dinero en Cuba aprovechando la crisis, en la barriada de Romerillo asentamiento marginal situado a pocas cuadras o quizás en el mismo centro de la barriada “jet set” de Miramar, intentó levantar un bodrio de “recreación” nocturno para jóvenes con la anuencia y la complicidad de funcionarios malversadores del Municipio de Playa al oeste de la capital. Aún para nosotros es un enigma como Kcho al enterarse protestó ante las autoridades del país –a veces en un estado de inercia inexplicable-, y logró no solo desmantelar ese bodrio y que se ajustase cuentas a los funcionarios corruptos, sino que de su propio pecunio personal que otros colegas locales utilizarían para viajar por el mundo y vivir a sus anchas, levantó un centro comunitario para el desarrollo social, cultural y ético de la población toda, que precisamente ahora es un ejemplo del modo en que debe rectificar radicalmente nuestro modelo de socialismo para hacerse sustentable.

 

No dudo que algo de lo antes comentado adolezca de cierto hálito de leyenda urbana, pero lo que si es absolutamente real es que Kcho en estos momentos es un de las personas más queridas por la mayoría de la gente en Cuba; incluyendo el respeto de no pocos de los llamados “disidentes”.

 

Su proyecto comunitario personal se extiende a su querida Isla de la juventud, donde en honor a su madre ya fallecida y con la ayuda de familiares y amigos realiza con trabajo tesonero algunos “milagros” de esos que no abundan ni en las Iglesias.  

 

Somos una nación compuesta esencialmente por emigrantes españoles que huían de las condiciones precarias en busca de un futuro mejor, o procedentes de destinos diversos en menor proposición. Y de millones de secuestrados africanos que dan sentido al santuario de Goré; alredor de 10 millones de seres humanos africanos fueron dejados en, o lanzados al mar por los traficantes negreros europeos. Hasta el momento muchos prefieren olvidarlo. La “vocación” suicida de los balseros cubanos tiene un origen tan remoto como cruel.   

 

Lo que ha depositado Kcho en el altar de la iglesia de la isla de Lampèduza a través del Papa Francisco y del presidente Raúl Castro Ruz  no es más que el corazón solidario, desinteresado y humilde del pueblo cubano.