Tú estudiaste la carrera en la antigua Escuela de Periodismo “Manuel Márquez Sterling” ¿cómo evalúas los estudios cursados allí?

 

En la Escuela tuve profesores, aunque prefiero llamarlos maestros, que recuerdo con gran estimación. Entre ellos estaban José Zacarías Tallet y Juan David. También podría agregar otros catedráticos de indiscutible capacidad que, sin haber tenido posiciones de renovación social, impartieron clases muy provechosas para los futuros profesionales, Y claro está, había algunos que los estudiantes considerábamos por debajo del nivel requerido o simplemente incompetentes, pero eran muy pocos verdaderamente. En el alumnado existía una amplia gama de tendencias políticas. Sin embargo, quiero destacar que un grupo bastante numeroso de graduados de la “Márquez Sterling”, después del triunfo de la Revolución, dieron el paso al frente y con su incorporación a los puestos de trabajo dejados vacantes por los profesionales comprometidos con el régimen batistiano o simplemente contrarios a las ideas socialistas, impidieron cualquier intento de boicotear los medios de comunicación en la nueva sociedad..

 

Tú estuviste precisamente en ese grupo que dio el paso al frente. ¿Te resultó fácil adaptarte a los cambios en la prensa? 

 

Bueno, la verdad es que yo apenas hice algunos pininos periodísticos antes de 1959. Recuerdo que escribí comentarios o reseñas, no los puedo llamar críticas, de películas que estrenaban los cines habaneros. Hay una muy famosa y que recuerdo con mucho placer que se llama “Bienvenido Mr. Marshall”. Al  verla me impresionó el hábil uso de la ironía que hacen en este filme los cineastas españoles para burlar la censura franquista y denunciar las falsas expectativas creadas en torno a la ayuda norteamericana.

 

Mi primer trabajo fue en los ferrocarriles. Mi puesto era de suplente en la estación ferroviaria de Luyanó. Así me ganaba unos 50 pesos al mes, que en aquella época rendían bastante y más para un hombre soltero. Como no tenía trabajo todos los días, cuando estaba vacante asistía a las clases de periodismo y pude graduarme a pesar de que falté mucho a la Escuela desde la huelga del 9 de abril de 1958, cuando fui delegado de cuarto año y tuve la misión de conseguir el apoyo de mis compañeros de curso para esa protesta revolucionaria.

 

¿Dónde hiciste la práctica que exige la carrera de periodista?

 

Fue en un periódico que se llamaba “Diario Nacional”, que tuvo una corta existencia entre mediados de los años 50 y principios de los 60. Allí trabajé de redactor de mesa y titulista, y digo trabajé porque había poco personal y cubría un turno fijo de 7 de la noche a una de la madrugada.

 

Lo más pintoresco de aquella experiencia, si se puede llamar pìntoresco, fue ver cómo funcionaba la censura en la prensa. El censor, creo que era abogado de profesión, trataba de pasar inadvertido en la redacción y casi no hablaba con los periodistas. Yo diría que el hombre tenía miedo porque ya la dictadura de Batista estaba agonizando. Él revisaba las pruebas de plana que traían de la imprenta para darles el visto bueno, luego de purgar cualquier frase o noticia que considerase inconveniente para el régimen.

 

El momento más esperado por mí era cuando los teletipos anunciaban con sus campanitas de alerta que iban a transmitir una información urgente. Comenzaba la noticia y a la tercera o cuarta línea se cortaba la transmisión del texto y aparecía el fatídico letrero de “Havana out”. Sin embargo, los que estábamos junto al teletipo nos enterábamos con esas pocas palabras del “lead” que la noticia se refería a que los rebeldes habían tomado un poblado de la provincia de Oriente o que en Las Villas el ejército batistiano estaba en jaque con la ofensiva de los insurgentes, etc.

 

Las agencias noticiosas también estaban sometidas a la censura, pero daban esos cortos flashes que, cortados y todo, permitían conocer el avance de la guerra de liberación.

 

Para los cubanos de tu generación, digo los jóvenes de entonces, debe haber sido maravilloso el año 1959. ¿Cómo lo viviste?

 

Bueno, en enero me despedí del ferrocarril y empecé en el periodismo, ya como profesional y profesional pagado, porque antes nadie me pagó por mi trabajo en la prensa.  Imagínate en pocos meses conseguí empleo en tres medios a la vez. Por la mañana era redactor en el vespertino “Combate”, del Directorio Revolucionario: por la tarde, reportero para el matutino “Revolución” , del Movimiento 26 de Julio, y por la noche, redactor-titulista en el “Diario Nacional”, donde ya me asignaron salario.

 

En octubre de ese mismo año entré a trabajar en “Prensa Latina”, como redactor de noche. Allí conocí a su primer director, Jorge Ricardo Masetti, que me causó una gran impresión porque nos trataba como un colega más y para mí era una leyenda viva porque había estado en la Sierra Maestra y entrevistado a Fidel y al Che.

 

Creo que tuviste oportunidad de entrevistar al Che …

 

Tú sabes, cuando hago charlas con los estudiantes de periodismo noto que ellos se quedan muy impresionados cuando les cuento algunas anécdotas de mi trabajo como periodista con el Che Guevara.

 

De todas esas anécdotas considero la primera como la más importante, la considero como una de las más importantes de mi carrera y es mucho decir con tantos años en la profesión.

 

Ocurrió en octubre de 1959 y el inolvidable Guerrillero Heroico acababa de tomar posesión de la presidencia del Banco Nacional.

 

Yo le pregunté: ¿Comandante, y como está la situación de las divisas? Entre paréntesis, debo aclarar que la dictadura dejó a Cuba casi sin divisas.

 

El Che me contestó con otra pregunta: ¿Qué tu eres primero, revolucionario o periodista?

 

A mí no se me ocurrió otra cosa que decirle que primero era revolucionario y él Comandante me dijo: Como revolucionario te puedo decir que la situación de las divisas está muy jo …, y como periodista te digo que esa información no es para publicar.

 

¡Nunca he olvidado aquella conversación!

 

De tu trabajo de corresponsal de Prensa Latina ¿recuerdas algún episodio que también consideres importante recordar?

 

Sí. En 1979 cubrí la sesión de la Asamblea General de la ONU en la que habló el compañero Fidel como presidente de Cuba y del Movimiento de Países No Alineados. Cuando llegué a la sala de prensa todavía Fidel no había terminado su discurso y me impresionó grandemente la atención, puedo decir unánime, conque los periodistas de muchos medios en el mundo escuchaban a nuestro Comandante en Jefe. La sala estaba repleta, todas las sillas y máquinas de escribir estaban ocupadas, había muchos periodistas de pie tomando notas en sus libretas. Lo que había visto antes era que la sala de prensa nunca estaba llena y frecuentemente los periodistas conversaban en voz alta sin apenas mirar y oir el televisor de circuito cerrado que transmitía lo que ocurría en el plenario de la Asamblea.    

 

Ahora quiero que me hables de tu tiempo de corresponsal en la Argentina, porque he sabido que los militares querían que tú te fueras y dejaras al garete la corresponsalía de Prensa Latina.

 

  Voy a rectificarte. Los que querían que me fuera eran los militares y los pistoleros de la denominada Triple A, es decir la Alianza Anticomunista Argentina, que pagaba la tendencia derechista, fascista la llamo yo, del peronismo.

 

Después del golpe militar de 1976 se acrecentó la hostilidad a la Embajada de Cuba y a los cubanos “de Castro” como decían ellos. A mí me pusieron un seguimiento de 24 horas a dondequiera que fuera en Buenos Aires. Si visitaba alguna familia  amiga, después que me iba la interrogaban agentes de la policía. Por las noches paraban el auto en que me seguían frente al apartamento donde vivía. Mi esposa y mis hijos habían tenido que regresar a Cuba por el peligro que corríamos los cubanos y el embajador Emilio Aragonés me autorizó a que fuera a dormir en la Embajada mientras durase el seguimiento y además, que fuese a la oficina de Prensa Latina acompañado por un funcionario de la misión diplomática.

 

La situación empeoró cuando chocaron el auto donde iba a mi trabajo y tengo que reconocer que ese día me impacienté, no esperé al compañero que iría conmigo e incumplí  las instrucciones del Embajador. Fui solo  a la corresponsalía, que estaba en el centro de Buenos Aires, y en el trayecto me chocaron. Bajé del auto y los tipos que me seguían hicieron un ademán como de sacar un arma. Yo volví al carro y lo que hice fue perderme de los perseguidores con un  cambio de ruta que.los confundió.

 

Más tarde el compañero Aragonés fue a la Cancillería argentina para informar del incidente, protestar y pedir garantías. Sin embargo, el funcionario que lo recibió dijo que probablemente el choque había sido culpa mía y los que chocaron debían ser agentes encargados de proteger a los cubanos. ¡Qué cinismo!

 

Cuando Aragonés me contó lo que le habían dicho en la Cancillería, me advirtió, en lo que yo llamo un lenguaje muy castizo: “Fíjate Bodecito –así me llamaba- te quieren jo…. pero tú no puedes acobardarte”.

 

Y continué en Argentina hasta diciembre de 1977, cuando le dieron la visa a mi relevo, porque la Cancillería había retenido esa visa durante nueve meses, supongo que esperando que yo me fuera y dejara sin representante la corresponsalía y así poderla cerrar.

 

Bueno Bodes, ¿y cómo te sientes ahora en tu vida de jubilado?

 

Jubilado sí, pero retirado no, como decimos muchos veteranos del periodismo. Colaboro con Prensa Latina en el periódico “Negocios en Cuba” y también con la Asociación de Economistas en el sitio informativo digital que tiene.

 

Alternando con el trabajo periodístico he escrito varios libros. Uno de ellos se titula “Perón-Fidel. (Cuando Argentina rompió el bloqueo a Cuba)”. y narra la historia del crédito de mil 200 millones que el general Perón otorgó a Cuba en 1974, cuando era presidente. ¿Te acuerdas de los Chevey? Pues Perón les dijo a las sucursales norteamericanas, como General Motors, que si no vendían por el  bloqueo, el gobierno adquiría los coches en venta forzosa y los exportaba a Cuba.

 

¿Qué planes inmediatos tienes?

 

En breve voy a ir a Chile, como invitado a la Feria Internacional del Libro de Santiago, porque van a presentar la nueva edición de la biografía que escribí en 2008 del periodista Elmo Catalán, un destacado periodista chileno que en 1968 tomó las armas para luchar  en el Ejército de Liberación Nacional de Bolivia, que fundó el comandante Ernesto Che Guevara.

 

Últimamente he escrito una biografía del compañero José Felipe Carneado, quien desde los días de Girón fue designado para explicar y persuadir a los practicantes de la fe acerca de la política de la Revolución de respeto a todas las creencias. Carneado   fue el jefe de la Oficina de Atención de los Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido, hasta su fallecimiento en 1993. El título del libro es “De la confrontación al diálogo” porque trata, fundamentalmente, de las relaciones entre las instituciones religiosas, como la iglesia católica y las comunidades evangélicas, y el estado socialista cubano. Me parece que una muestra elocuente de las buenas relaciones que existen en este campo, y desde hace ya algunas décadas, es la reciente visita a Cuba del papa Francisco.

 

Gracias, Bodes. Te deseamos buena salud y que sigas escribiendo muchos años más.